Panorama Católico

La ignorancia religiosa es espantosa, el pecado también

Recientemente, el Papa Benedicto XVI se dirigía a los obispos suizos señalando desde la altura del Solio Pontificio una realidad que constatamos a diario muchos católicos.

Recientemente, el Papa Benedicto XVI se dirigía a los obispos suizos señalando desde la altura del Solio Pontificio una realidad que constatamos a diario muchos católicos. “La ignorancia religiosa es espantosa”. Lo que el Papa no ha dicho expresamente es cuanta de esa ignorancia se debe al pecado de omisión del clero.

Escribe Agustín Moreno Wester

Dos tipos de pasiones aquejan al hombre: la irascible y la concupliscible. De ellas nacen infinidad de desórdenes. Es doctrina clásica que las virtudes cardinales o fundamentales (prudencia, justicia, fortaleza y templanza) son la fuente de las que manan muchas otras innumerables, afanosamente clasificadas por los teólogos morales y cuya síntesis más esclarecida apreciamos en el célebro tratado de Joseph Pieper, conocido en castellano como “Las Virtudes Fundamentales”.

En este libro, el autor tomista alemán resume la docrina de su maestro mostrando la intrincada relación de las virtudes entre sí (y de sus correspondientes los defectos), la cual conforma una red de hábitos interrelacionados estrechamente, de modo que el progreso en una beneficia de un modo directo o indirecto a las demás, en grados diversos. Y lo mismo, en sentido inverso, su retroceso.

Pero el tema de este comentario es la “ignorancia”, que entronca con la inteligencia. Santo Tomás mismo, en una bella oración para antes del estudio pide a Dios que lo libre de las dos tinieblas que anublan su mente, el pecado y la ignorancia, resabios del pecado original. Aquí ya vamos teniendo la intuición de un vínculo entre la virtud o su ausencia y la ignorancia.

Hay ignorancia insalvable, hay ignorancia excusable, pero hay ignorancia culpable. Y si bien en todos los casos la falta de virtud moral coadyuva a mantener a las personas en la ignorancia, en especial cuando estas tienen a mano los medios para salir de ella y no los toman, nos ocupa aquí principalmente la relación entre el pecado y la ignorancia culpable.

Por esta se entiende la del que ignora lo que por su estado o profesión debe saber pero ha omitido estudiar. O sabía, y ha dejado caer en el olvido. O sabe a medias, insuficientemente. Porque no puede, por dar un ejemplo, el cirujano ignorar como se sutura una herida, o el riesgo que corre su paciente, o qué medidas preventivas ha de tomar para minimizarlo. Esto, que hoy se conoce como “mala praxis” y es tan celosamente vigilado por tantos pacientes, parece no tener un correlato en un orden mucho más importante, como es el espiritual, donde se juega la salud eterna.

“La Natividad” y la ignorancia

Vamos al caso que más nos conmueve en estos días: hemos visto el filme La Natividad, al que dedicamos un comentario en la edición de la semana anterior y seguimos desmenuzando en esta. A todas luces se trata de una película heterodoxa, que presenta a la Sagrada Familia con una visión naturalista-arriana, inmanentista, completamente distorsionada. Se afecta principalmente, negándolo en muchos de sus aspectos (aunque en materia dogmática basta con negar algo para negarlo todo) el dogma de la Inmaculada Concepción.

“…con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, con la de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo y con la nuestra: Definimos, afirmamos y pronunciamos que la doctrina que sostiene que la Santísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de culpa original desde el primer instante de su concepción,… , ha sido revelada por Dios y por tanto debe ser firme y constantemente creída por todos los fieles.” Así afirma la definición solemne del bienaventurado papa Pío IX. Pero esta verdad era conocida, aceptada y venerada por la Iglesia universal desde los primeros tiempos, -como toda verdad de Fe-.

Veamos algunos otros testimonios que nos ha hecho llegar un docto lector de Panorama:

De mucho tiempo antes data la definición de la Virginidad Perpetua. El Papa Martín I, dice:

"Propia y verdaderamente la Madre de Dios, la Santa y siempre Virgen María (…) concibió sin semen viril, del Espíritu Santo, al mismo Verbo de Dios, y de manera incorruptible dio a luz ".

El Papa Pablo IV, en 1555 tuvo que ratificar ese dogma contra la herejía de los socianos, y otros, de esta manera:

"María permaneció siempre en la integridad de su virginidad, a saber, antes del parto, en el parto y después del parto, por obra de Dios omnipotente".

En muchos lugares se confiesa con gozo diariamente al rezar tres avemarías después del Rosario, a la "Virgen purísima y Santísima antes del parto, en el parto, y después del parto". 1

También, San Ignacio de Antioquía, obispo y mártir, que fue el primer sucesor de San Pablo en esa diócesis afirma en su carta a los Efesios: "Y quedaron ocultos al Príncipe de este mundo: la virginidad de María y el parto de ella, así como también la muerte del Señor; tres misterios clamorosos que fueron hechos en el silencio de Dios".

La Iglesia nos enseña que María Ssma. no sufrió los dolores corporales del parto al nacer el Señor, pero los padeció en su alma por nosotros pecadores, al pie de la Cruz, cuando se convirtió en Madre nuestra por mandato de Nuestro Señor agonizante.

Pensar en dolores de parto de la Virgen es algo que repugna al sentido católico. El Señor la predestinó desde toda la eternidad para que sea su Madre, la hizo Inmaculada y su divinidad exigía la virginidad, como dice San Bernardo, virginidad perpetua y perfecta, que supone el parto milagroso como siente toda la Iglesia.

De modo que la película ciertamente es heterodoxa y en una materia especialmente sensible al corazón de los católicos, cual es la Virginidad perpetua de nuestra Señora, la Theotokos, Madre de Dios, Santísima en grado excepcional a ningún otro humano concedido, por lo cual también es objeto de un culto excepcional (hiperdulía) propio y exclusivo de ella.

La Natividad y la jerarquía

Por eso no se entiende como algunas autoridades de la Iglesia se deshacen en loores al filme, sin siquiera advertir sobre estos tremendo fallos doctrinales. Primero fue el Predicador de la Casa Pontificia, Rainiero Cantalamesa, luego la Conferencia Episcopal Uruguaya, más tarde el Cardenal Arzobispo de Lima… Tememos mucho que la lista se ampliará notablemente.

Sabemos que la ignorancia religiosa es espantosa. Sabemos que muchos católicos no saben siquiera lo que es un dogma de fe y lo que es una herejía. Por lo tanto podemos atribuir a ignorancia no culpable y a la falta de educación en la virtud, en especial de los sentimientos que han venido a suplantar la Fe, el ver no solo con indiferencia sino hasta con simpatía esta versión “más humana” de la Santísima Virgen.

Pero es claro que la ignorancia religiosa termina siendo coronada por una pérdida completa del sensus fidei, ese “instinto” por el cual el católico aun poco intruido percibe cuando la Fe es rozada o negada por el error. Más aún en temas marianos, más aún en un continente mariano. ¿Cuántos de los millones de peregrinos que pasan por el Santuario de Luján entienden qué significa la “pura y limpia concepción de la Santísima Virgen María”, que representa la imagen milagrosa? Y mucho más ¿cuántos entienden las consecuencias de estas verdad? ¿Alguien les predica las verdades de la Fe? Cada vez que visitamos a Nuestra Señora en su Santuario solo oímos la cantilena repetida de verdades a medias, sentimentalismo del peor cuño y “aplausos” a Nuestra Señora.

No sabemos porqué estas importantes figuras de la Iglesia, obligados por oficio a conocer y defender la doctrina, apoyan un filme donde uno de los dogmas más venerados por los católicos es pulverizado en por medio de imágenes, sugerencias y sobreentendidos completamente heréticos. Lo apoyan y lo recomiendan, (Card. Cipriani) como un modelo de la familia cristiana reflejado, a su ver, fielmente en la representación de la Sagrada Familia… Podemos, sí, entender porqué el clero de bajo rango sale de los seminarios en la más brutal ignorancia, y compadecer a los fieles, que son ovejas sin pastor.

Las dos tinieblas

Muchos clérigos son ignorantes. Pero también reacios a escuchas y negligentes para estudiar lo que el Magisterio ha sostenido siempre y es obligación creer, a riesgo de perder el alma propia y las de los fieles a ellos confiados.

Las dos tinieblas que anublan la mente están íntimamente ligadas: el pecado y la ignorancia. El pecado negligencia en la formación doctrinal. El pecado de cobardía al no defender la Fe porque es políticamente incorrecta. El pecado de desobediencia al Magisterio. El pecado de “respeto humano”, al no contradecir lo que la mayor parte de la gente sostiene por temor. El pecado de demagogia religiosa, darle a los fieles una religión de supermercado. El pecado de ambición, que inmoviliza a la hora de decir la verdad a los que quieren subir en la “carrera eclesiástica”, por temor a quedar “mal vistos” por los medios de comunicación y por algunos de sus superiores. Y la lista sigue…

Si bien lo vemos, todos estos pecados van sumando en uno solo, que es su síntesis o resumen: el pecado de apostasía. Dios Nuestro Señor y la Virgen Santísima le otorgue al clero la fuerza de conocer y prácticar lo que creen.


1 Si alguien afirma que con los dolores no perdió la Virginidad, y por lo tanto no niega el dogma, respondemos que es un argumento que a nadie convence porque si bien en el mismo no está definido que María Santísima dio a luz sin dolor, es algo que se sigue del dogma y negarlo es decididamente temerario, porque es rozarlo con una afirmación que no es la del sentir de la Iglesia, y que es proclive a blasfemias y herejías.

Al respecto leemos en el Nuovo Dizionario di Mariologia (año 1985):

"María dio a luz al Verbo Encarnado con un parto sin dolor que no fue acompañado por derramamiento de sangre. Esta convicción, es más que sabido ("é risaputo", resabido) está documentada por la tradición de la Iglesia de manera impresionante, tanto en Oriente como en Occidente. Ya en el siglo II se tienen los testimonios del Protoevangelio de Santiago (cap 19-20), de la Ascención de Isaías (XI, 7-14), de las Odas a Salomón (19, 6-10), y de San Ireneo (Adversus Haereses IV, 33.11)."

La misma obra trae varias páginas tratando el tema, inclusive a la luz de algunos estudios recientes en los que afirman que el parto sin dolor de la Virgen tiene fundamentos bíblicos, pero no me extiendo para no hacer demasiado largo este correo.

Convendría conocer bien y difundir la doctrina de San Agustín para disipar esta herejía, escritas contra Helvidio, el heresiarca. ("adversus Helvidio").

Nota: Comentarios sobre el tema de las consecuencias de la Inmaculada Concepción enviados por un lector.

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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