Panorama Católico

La Inmortalidad del Alma

“El que cree en mí, dice Nuestro Señor, posee la vida eterna”[1].Ésta es sin duda una de las verdades más fundamentales de nuestra fe, la inmortalidad del alma. Porque si el alma es inmortal, tiene valor infinito, y ningún sacrificio estará de más para salvarla. En cambio si todo termina con la muerte, entonces vana es nuestra fe.

Nuestra alma es espiritual

“El que cree en mí, dice Nuestro Señor, posee la vida eterna”[1].Ésta es sin duda una de las verdades más fundamentales de nuestra fe, la inmortalidad del alma. Porque si el alma es inmortal, tiene valor infinito, y ningún sacrificio estará de más para salvarla. En cambio si todo termina con la muerte, entonces vana es nuestra fe.

Nuestra alma es espiritual

Para comprenderlo debemos antes todo rechazar todo prejuicio y partir de la observación objetiva de las cosas tal como son. El alma es, por definición, el primer principio de vida, y la vida se nos manifiesta por sus operaciones propias: crecimiento, generación, etc. En los animales, las operaciones de vida son sobre todo el movimiento y el conocimiento. ¿Y en el hombre? En el hombre observamos algo muy particular e incluso misterioso : el conocimiento intelectual que nos permite formar conceptos, emitir juicios sobre las cosas, razonar sobre las causas y fines, etc. Ahora bien, si lo consideramos con atención, comprenderemos fácilmente que este conocimiento intelectual, tal como se manifiesta en el hombre, no puede de ninguna manera atribuirse a una substancia corporal, por más sofisticada que sea. Dicho de otra manera, el hecho de que gocemos de esta facultad admirable de conocer todas las cosas y las razones de las cosas (el bien, el mal, el fin, etc.) nos demuestra que existe en nosotros una substancia inmaterial, distinta del cuerpo, espiritual. ¿Por qué? Porque si nuestro conocimiento fuera el acto de alguna potencia corporal y material como lo pretenden los materialistas, quedaría estrictamente limitado por la naturaleza propia de dicha potencia y de dicho cuerpo. Tomemos un ejemplo : el que lleva lentes verdes ve todas las cosas verdes, y el color de sus lentes le impide ver los otros colores. De la misma manera la materia que conforma un órgano corporal hace que no podrá conocer sino solamente cosas materiales y concretas, y jamás podrá formar el menor concepto intelectual, juicio o razonamiento. Ese es precisamente el caso de los animales.

¿Los animales tienen alma?

Los animales tienen un conocimiento puramente sensible: aprehenden con sus ojos los colores y movimientos, y con sus oídos los sonidos. Con todos sus sentidos llegan así a cierto conocimiento de las cosas que los rodean, reaccionando luego en función de los instintos que tienen como programados en su naturaleza. Pero existe una diferencia abismal entre el conocimiento animal y el conocimiento humano y racional. El primero queda estrechamente limitado a lo que pueden conocer órganos puramente corporales, y por lo tanto nunca podrá elevarse al conocimiento universal de todas las cosas. Ningún animal tendrá jamás la menor idea abstracta de causa y fin, especie y genero, bien y mal, y menos aún la idea de Dios. Sin duda alguna, el animal es mucho más que una simple máquina o robot, sin embargo ninguna de sus operaciones requiere la intervención de un alma espiritual. Y hablando de máquinas, podemos plantearnos otra cuestión de interés:

¿La inteligencia humana es una super computadora?

Los materialistas modernos gustan comparar la inteligencia humana con una computadora, como si todo nuestro pensamiento pudiera resolverse en corrientes eléctricas o reacciones químicas entre las células que componen el cerebro. Ahora bien, si consideramos objetivamente el tipo de conocimiento que puede tener una computadora, haremos enseguida una constatación muy sencilla: este conocimiento está estrictamente limitado a los puntos de color que conforman su pantalla y a los números digitales que llenan sus memorias. No hay aquí ni el menor principio de conocimiento universal. Y si el hombre puede, mediante la computadora, llegar al conocimiento de cosas e ideas, es simplemente porque tiene él (¡y no la computadora!) una alma espiritual, capaz de ver más allá de los puntos coloreados y dígitos memorizados.

De la misma manera el cerebro humano puede, mediante las complejas reacciones químicas que se desarrollan entre sus millones de células, proporcionarnos imágenes e informaciones sensibles, pero jamás podrá el cerebro por sí mismo producir el más mínimo concepto abstracto, juicio o razonamiento. Para ello es imprescindible la intervención de una substancia incorporal o espiritual (las dos palabras tienen el mismo sentido) : el alma.

La libertad demuestra la espiritualidad del alma

Estando el alma compuesta de inteligencia y voluntad, consideremos ahora esta segunda parte. Nosotros católicos sabemos que el hombre es libre en su voluntad, que está en sus manos elegir el bien o el mal, y que por ese motivo es justo que sea castigado o premiado. Además, tenemos todos de esta libertad una experiencia tan íntima que nadie podría negarla en la práctica de su vida diaria sin caer en la demencia[2]. Ahora bien, si se acepta la teoría materialista del hombre-robot, especie de super-computadora muy bien programada, entonces no queda lugar para la libertad. Porque una computadora no tiene evidentemente libertad, sino que está totalmente determinada por su programación y por los datos que se cargan en ella. Por lo tanto, si se admite la teoría materialista, la bondad o maldad de las acciones ya no se puede imputar al hombre, sino más bien a su programador. Y desaparece por completo la ley moral. El hombre que roba o mata ya no será digno de castigo sino de lástima. El criminal no será más responsable y culpable, sino pobre e inocente víctima de un destino contrario o de una sociedad corruptora. Y llegando aquí en nuestra reflexión, entendemos mejor de dónde nacen las absurdas teorías modernas en materia de educación y de policía. El materialismo hoy reinante hace que la escuela y la misma sociedad se asemejen cada vez más a oficinas de programación y acondicionamiento. De hecho cada uno puede comprobar cómo la formación de las inteligencias espirituales y la educación de las voluntades libres son cada vez más abiertamente despreciadas como cosas obsoletas. Y aparecen en su lugar unas técnicas pedagógicas y sociales que podríamos definir más o menos así : el arte de “programar” a los hombres para su futura inserción (o reinserción cuando se trata de delincuentes) en la “red” social, de modo que piensen lo menos posible por sí mismos y sean seguidores dóciles de las consignas mediáticas. Estas teorías, visiblemente inspiradas en Freud y otros autores ateos, no ven más que la parte inferior y animal del hombre, desconociendo por completo lo esencial : su alma espiritual e inmortal.

Nuestra alma es inmortal

Y aquí llegamos al punto clave : la inmortalidad del alma, consecuencia de su espiritualidad. ¿Qué es la muerte? La muerte de un ser viviente no es desde luego su vuelta a la nada, puesto que en la naturaleza no desaparece nada. La muerte es la corrupción o alteración del delicado orden que hacía posible la vida. Por el desgaste debido a la vejez, o por otra razón cualquiera, he aquí que las diferentes partes de la planta o del animal se alteran y se separan unas de otras: ¡es la muerte! Ahora bien, siendo nuestra alma una substancia espiritual, no tiene partes como tienen los cuerpos. Y por lo tanto no puede corromperse ni morir: ¡es inmortal! De modo que nuestra fe en la vida eterna y la gran esperanza que llena nuestros corazones no se apoya solamente sobre el testimonio infalible de la revelación cristiana, sino también sobre una verdad indiscutible y asequible por nuestra misma razón natural. Demos gracias a Dios porque su obra en nosotros es admirable, y vivamos de tal manera que podamos cantar eternamente sus misericordias.

Las trampas del falso espiritualismo

Es costumbre de Satanás disfrazarse de ángel de luz para mejor engañar a los hombres[3]. Existe hoy día una corriente espiritual muy fuerte: los ángeles están de moda, pero también el espiritismo y el panteísmo de la “Nueva Era”. Y muchos de nuestros contemporáneos, desengañados del viejo materialismo, y olvidadizos de las advertencias de nuestra fe, caen en las trampas de un falso espiritualismo. La doctrina principal del espiritismo es la reencarnación, doctrina absurda y totalmente contraria tanto a la fe como a la razón. Es claro en efecto que cada ser humano consta de la unión de una alma con un cuerpo determinado. Y muerto éste, el alma no tiene otra alternativa que esperarlo todo de Dios, según los decretos de su infinita justicia y misericordia. Los imprudentes que asisten a reuniones espiritistas no dialogan por cierto con las almas de los difuntos, sino con los demonios. Semejantes a Eva, desoyen las advertencias de la revelación divina para creer las mentiras de Satanás. Y Satanás y sus ángeles saben perfectamente cómo disfrazarse de ángeles de luz para conseguir sus fines perversos: la destrucción de la fe católica y la perdición eterna de las almas. Además del espiritismo, el demonio dispone hoy en día de miles de teorías falsas, sectas y religiones extrañas con las cuales engaña a multitudes. Pero su arma principal es sin duda la pasividad y el silencio de los católicos. Estimado lector, si este artículo es de su agrado, pídanos más copias y difúndalo a su alrededor.

 

[1] Juan 6,47

 

[2] Pero sí se puede perfectamente negar la libertad en teoría y en dichos, como lo hacen muchos filósofos modernos. Es que, como lo dice Aristóteles, lo que dice un hombre, ¡no es necesario que lo piense!

 

[3] 2 Cor. 11,4

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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