Panorama Católico

La Lámpara bajo el Celemín

El padre Álvaro Calderón, FSSPX, acaba de publicar un libro bajo el título que encabeza esta nota. Libro arduo, sobre un tema arduo: ¿cómo se resuelve el problema de la contradicción entre enseñanzas del magisterio conciliar – posconciliar y el magisterio de todos los tiempos?

Su planteo central es: Los dogmas son las sentencias que la Iglesia ha acuñado a lo largo de los siglos para expresar de la manera más propia las verdades reveladas. Y el magisterio es el carisma que le ha dejado Jesucristo al Papa y a lo Obispos para que establezcan los dogmas en su nombre y con su autoridad. Ya se desconozcan los dogmas cambiando las sentencias, ya el magisterio restándole autoridad, de una u otra manera se pierde la seguridad de haber conservado fielmente la Tradición.

El padre Álvaro Calderón, FSSPX, acaba de publicar un libro bajo el título que encabeza esta nota. Libro arduo, sobre un tema arduo: ¿cómo se resuelve el problema de la contradicción entre enseñanzas del magisterio conciliar – posconciliar y el magisterio de todos los tiempos?

Su planteo central es: Los dogmas son las sentencias que la Iglesia ha acuñado a lo largo de los siglos para expresar de la manera más propia las verdades reveladas. Y el magisterio es el carisma que le ha dejado Jesucristo al Papa y a lo Obispos para que establezcan los dogmas en su nombre y con su autoridad. Ya se desconozcan los dogmas cambiando las sentencias, ya el magisterio restándole autoridad, de una u otra manera se pierde la seguridad de haber conservado fielmente la Tradición.

Ha sido una crítica constante al tradicionalismo la reticencia a aceptar aquellos documentos que -a partir del Concilio Vaticano II- contradicen el magisterio de la Iglesia. De hecho, tras varias décadas de conflicto, Roma, en la persona de su Vicario el Papa Benedicto XVI ha aceptado poner estos puntos en discusión. El libro que vamos a presentar aquí, reproduciendo textualmente su introducción en distintas entregas, apunta a distinguir cuestiones que hasta estos tiempos no habían sido necesario disputar más que a modo de hipótesis, y que hoy son esenciales para el mantenimiento esclarecido de la Fe. Presentamos, pues, la primera parte de la introducción.

 

Introducción, primera entrega

Desde el Concilio Vaticano II, las máximas autoridades de la Iglesia encerraron al católico de tradición en un dilema tal que lo paralizaron en la perplejidad. La fiel transmisión del depósito de la fe depende necesariamente de dos elementos: los dogmas y el magisterio. Los dogmas son las sentencias que la Iglesia ha acuñado a lo largo de los siglos para expresar de la manera más propia las verdades reveladas. Y el magisterio es el carisma que le ha dejado Jesucristo al Papa y a lo Obispos para que establezcan los dogmas en su nombre y con su autoridad. Ya se desconozcan los dogmas cambiando las sentencias, ya el magisterio restándole autoridad, de una u otra manera se pierde la seguridad de haber conservado fielmente la Tradición. Pero hoy, ¿qué ocurre? Es el mismo Papa y los Obispos quienes han cambiado desde el Concilio las sentencias que expresan la Revelación. Si el católico busca seguridad en la autoridad del magisterio conciliar, es llevado a desconocer la validez de los dogmas; si busca seguridad en los dogmas tradicionales, es llevado a desconocer la autoridad del magisterio. Los dos cuernos del dilema lo empujan al abismo, y ante la angustia de su perplejidad pareció no quedarle mas remedio que paralizar su espíritu y no pensar.

Pero la vida no se detiene e impone decisiones prácticas que, con el tiempo y aunque no se quiera, se van haciendo solución doctrinal. Ante un verdadero dilema las actitudes posibles son cuatro: ser herido de muerte por ambos cuernos de la bestia, escapar a uno u otro cuerno para enfrentar el contrario, o volverse loco para esquivar ambos. Simplificando matices, son los cuatro caminos que se abrieron a los católicos perplejos después del Concilio.

Muchos, al no encontrar más en su parroquia la religión en la que habían sido formados, se alejaron de la práctica religiosa. Y aunque se hayan apartado por amor a la tradición católica, al ser heridos a la vez de desconfianza en el magisterio y de duda en los dogmas de su catecismo, el tiempo y la falta del alimento espiritual los va llevando a perder la fe.

Otros se aferraron a los dogmas tradicionales e hicieron oídos sordos al magisterio de hoy. Pero es un dogma de fe que el magisterio goza de autoridad divina, y el católico de tradición no puede soslayar durante mucho tiempo este problema, al que le va dando necesariamente alguna solución. Unos justifican su actitud minimizando la autoridad del magisterio a una infalibilidad en casos extraordinarios, de la que no se habría revestido el magisterio conciliar. Otros maximizan la autoridad a una infalibilidad en todos los casos y se justifican diciendo que desde el Concilio los Papas no son infalibles porque no son verdaderos Papas. Pero la primera solución se aparta de lo que enseña la sana teología y se acerca en ese punto a las posiciones modernistas, reduciendo el caudal de la doctrina segura de la Iglesia a poco más que el símbolo de los Apóstoles; y la segunda, de apariencia más tradicional, atenta contra el dogma de la visibilidad de la Iglesia pues acepta que el Vicario de Cristo en la tierra haya desaparecido sin que nadie casi se haya dado cuenta. Convivir largo tiempo con estos errores puede llevar a posiciones muy contrarias a los dogmas tradicionales que comenzaron por defender.

Un tercer grupo mas numeroso, quiso conservar la tradicional docilidad al magisterio y en lugar de taparse los oídos prefieren cerrar los ojos para no ver la contradicción entre los viejos dogmas y la nueva evangelización. Pero no puede sostenerse mucho tiempo una actitud tan poco vital y quiérase o no, los ojos se entreabren buscando justificación. Y no hallan más receta que la que les ha preparado el ala conservadora del modernismo, especializado desde hace un siglo en balar como cordero con la voz del dragón: Evitar el simplismo de entender cada texto de la tradición olvidando el contexto histórico en que se formuló, y valorar la riqueza del pluralismo doctrinal y litúrgico. Así se pierde el asco a la contradicción y uno comienza a vivir tranquilo en la indefinición.

Otros y son quizás lo más, han caído en una especie de esquizofrenia por la que hablan el nuevo lenguaje en las reuniones ecuménicas de la parroquia y usan el tradicional al rezar en sus casa una novena al Sagrado Corazón. Solo Dios sabe como acaba en cada caso esta situación. Como miembros de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, nos contamos decididamente en el segundo grupo de nuestra clasificación. Y puesto que los años pasan, se hace cada vez más necesario justificar de manera adecuada la aparente contradicción de nuestra postura, para que soluciones parcialmente equivocadas no pudieran llevarnos en el futuro a tomar posiciones menos acertadas. Por este motivo, trataremos de exponer de manera más clara y accesible la explicación que ya hemos dado acerca de esta asunto en otra circunstancia. Utilizaremos para ello el pedagógico método de la Cuestión Disputada, sobre el cual parece conveniente decir unas palabras.

Álvaro Calderón, “La Lampara Bajo el Celemín”, ediciones Río Reconquista, Buenos Aires, febrero de 2009.

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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