Panorama Católico

La “libertad religiosa” en la aplicación práctica…

Qué hacer con los capellanes militares

Por Juan G. Navarro Floria
Para LA NACION

 

Qué hacer con los capellanes militares

Por Juan G. Navarro Floria
Para LA NACION

 


Desde hace ya muchos meses, hay una discusión más bien subterránea
acerca del futuro del Obispado Castrense de la Argentina. Voceros
oficiosos del Gobierno han anunciado varias veces la intención de
eliminarlo, posiblemente de modo unilateral. Se utiliza como excusa el
enfrentamiento entre el último titular del obispado y el ex presidente
Néstor Kirchner, y se suele argumentar que es un organismo que existe
solamente desde 1992, o bien que es una creación de la Revolución
Libertadora, cuando no se trae a colación la actuación real o supuesta
de la Iglesia durante la última dictadura.

Ultimamente, se ha mezclado esta cuestión con la designación
del embajador ante la Santa Sede, que es, manifiestamente, un tema
distinto.

Una discusión seria requiere situar los temas en su exacta dimensión.

Una de las exigencias de la libertad religiosa (que es un
derecho fundamental garantizado a todas las personas, también a los
militares), es que cada uno pueda practicar libremente, solo o asociado
con otros, los actos propios de su culto; que cada persona pueda
recibir la asistencia de ministros de su credo y comunicarse libremente
con ellos, y, en suma, que cada persona pueda tener una práctica
religiosa, si lo desea. Normalmente, cada uno puede acudir a los
templos o lugares de culto o buscar a los ministros religiosos de su
credo sin mayores dificultades. Sin embargo, existen situaciones en las
que ese acceso se ve limitado por circunstancias externas: es el caso
de quienes están detenidos o presos, de quienes están internados en un
hospital o centro de salud, y también de los militares.

Los militares pueden estar constreñidos a vivir en cuarteles
alejados, o embarcados en alta mar, o integrando misiones de paz en
algún lugar del mundo o, llegado el caso, en un frente de batalla. En
todo caso, estarán sometidos a una disciplina estricta, que no les
permite ir al templo más cercano o a buscar el auxilio del sacerdote,
pastor o ministro que deseen. Si esto es así en tiempo de paz, tanto
más en tiempo de guerra o al cumplir misiones de paz en el extranjero.
En la desgraciada circunstancia de una guerra, además, y como saben
quienes debieron vivirla en las Malvinas, esa asistencia religiosa
resulta crucial incluso desde un punto de vista estratégico.

Nada de lo dicho es una originalidad argentina: la necesidad
de que el Estado brinde asistencia a las confesiones religiosas y a sus
ministros en esas situaciones "de especial sujeción", para que puedan
desempeñar su misión y, de ese modo, los fieles vean garantizado el
ejercicio de su libertad religiosa, es algo bien conocido en el mundo.
En concreto, los capellanes militares existen desde que hay ejércitos,
en todo el mundo, y son una figura reconocida por el derecho
internacional, como se ve fácilmente en las Convenciones de Ginebra.
Podemos desear y rogar que no haya guerras y que, por lo tanto, no sean
necesarios los ejércitos, pero sería necio desconocer la realidad.

En la Argentina, los capellanes militares existen desde que la
Nación existe, es decir, desde las mismas guerras de la independencia.
El Vicariato Castrense fue creado por la Asamblea de 1813 y, con
distintas formas, ha subsistido hasta hoy. El acuerdo firmado en 1957
con la Santa Sede (como fruto de una gestión iniciada por la Argentina
durante el gobierno de Perón) no hizo más que dar normas nuevas para
algo que ya existía. En 1992, solamente se adaptó esa estructura al
cambio de normas internas de la Iglesia Católica en la materia,
ocurrido en 1983. Tales acuerdos bilaterales (entre la Argentina y la
Santa Sede) exigen que cualquier cambio que quiera hacerse deba ser
negociado y acordado previamente.

Esos antecedentes no impiden que pueda pensarse en una
organización distinta, acaso mejor, de la atención religiosa de las
Fuerzas Armadas. Las circunstancias históricas y sociales han cambiado
mucho. Es evidente que hay muchos militares que no son católicos y
tienen el mismo derecho a la asistencia religiosa que los católicos.
Por otra parte, la existencia de capellanes con grado y uniforme
militar resulta, por lo menos, chocante, aun para la mayoría de los
católicos. El sistema actual, de "integración orgánica" de los
capellanes (que son al mismo tiempo funcionarios públicos pagados por
el Estado) es uno de los posibles, pero no el único. Se puede pensar,
por ejemplo, en un sistema de concertación entre el Estado y las
confesiones religiosas (incluso, y en primer lugar, la Iglesia
Católica) mediante el cual se "terceriza" el servicio religioso y se da
a los ministros de culto las facilidades necesarias para su labor, sin
necesidad de que sean empleados públicos. Puede pensarse también en un
cuerpo de capellanes que incluya a ministros de culto no católicos.

La Iglesia Católica tiene una vasta y variada experiencia en
esta materia. En el mundo hay casi cuarenta obispados castrenses, en
países tan diversos como Australia, Bélgica, Canadá, Corea, Filipinas,
Francia, Indonesia, Kenya, Estados Unidos y muchos países
latinoamericanos. En algunos casos, con acuerdos bilaterales y en
otros, sin ellos. En algunos casos, coexistiendo, incluso en minoría,
con capellanes de otros credos.

Las soluciones jurídicas pueden ser varias. Lo importante es
no perder de vista el objetivo central, que es garantizar el ejercicio
de su libertad religiosa a los militares (que también tienen derechos
humanos, y entre ellos el derecho a practicar sin restricciones su
religión, cualquiera que sea, o a no hacerlo, si no lo desean). El
camino para alcanzarlo no puede ser otro que el diálogo, por los
canales apropiados y mediante interlocutores idóneos, evitando los
agravios, la demagogia y la improvisación. Lo mismo que para cualquier
otra de las cuestiones pendientes o posibles entre el Estado, la
Iglesia, y las demás confesiones religiosas.

El autor es abogado, profesor de Derecho Eclesiástico
Argentino (UCA) y presidente del Consorcio Latinoamericano de Libertad
Religiosa.

Fuente: La Nación

Comentario Druídico: He aquí un sutil llamado a quitar a la Iglesia la exclusividad de las capellanías castreses. (En las cárceles ya es práctica usual la presencia de "capellanes multirreligiosos", aunque creemos que se ha impuesto de hecho más que de derecho. Recientemente un lector nos preguntaba si existe todavía un estado confesional católico en el mundo. La respuesta técnica es sí, existen, aunque no son potencias precisamente. Pero lo más importante es que existen áreas en las que muchos estados han mantenido confesionalidad católica: por ejemplo, la Argentina respecto al régimen privilegiado de la Iglesia y a las capellanías militares, de hospitales y cárceles. Artículos como el aquí reproducido y acciones concretas como las lleva adelante la institución que el autor preside, Consorcio Latinoamericano de Libertad Religiosa, buscan, desde "dentro de la Iglesia" quitar lo que ha quedado de confesionalidad de los Estados hispanoamericanos.

 

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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