Panorama Católico

La maldición clerical

Más allá de las tendencias ortodoxas o liberales, los miembros del clero siempre han sido tentados por la inclinación a excederse de los límites de su competencia, para convertirse en referentes de todo y de todos.

Escribe el Editor y Responsable

Más allá de las tendencias ortodoxas o liberales, los miembros del clero siempre han sido tentados por la inclinación a excederse de los límites de su competencia, para convertirse en referentes de todo y de todos.

Escribe el Editor y Responsable

Quizás una de las tendencias postconciliares más marcadas, la laicización masiva en todos los órdenes empezando por el orden sagrado, sea una mala reacción contra un período fuertemente teñido de clericalismo, como puede haber sido el comienzo del siglo XX.

Es curioso, pero habiendo debido enfrentar copiosas persecuciones, la función de los seglares (hoy nombrados con el malsonante término de “laicos”) se hizo indispensable en el funcionamiento de las actividades propiamente clericales.

La obligación de confesar la Fe, asumida en el bautismo y reafirmada por la unción en la frente (sede simbólica de la dignidad –y de la vergüenza-) mediante el sacramento de la confirmación, hace del católico no consagrado un soldado de reserva activa.

El seglar confiesa la Fe normalmente viviendo y actuando como católico fiel (más allá del cumplimiento de todas la virtudes de religión). Por medio de las obras de misericordia, en el ámbito de la familia, la profesión, la empresa.

Pero en caso de “guerra”, es decir, persecución contra la Iglesia y sus sagradas leyes, el hoy llamado laico da un paso adelante y se vuelve en muchos aspectos suplente del sacerdote.

Hoy vivimos la exacerbación de esta tendencia a ocupar los lugares del clero, que es masculino por definición, inclusivo hasta por las mujeres. (Recordemos que las religiosas no forman parte del clero). Monaguillas, distribuidoras de la comunión, directoras o animadoras de las paraliturgias, codo a codo con sus colegas masculinos seglares, confunden las atribuciones del sacerdocio real de todo católico con el sacerdocio ministerial.

Por lógica contracara, el clérigo se laiciza, deja el vestido talar y hasta toda insignia de su condición, pierde el tono más ceremonioso, aplebeya su lenguaje y sus modales. Pero lo curioso es que a pesar de esto no pierde la tentación clerical.

El sacerdote es un hombre de autoridad. O bien la utiliza para cumplir su función santificadora, o bien la usa según su propio designio, para hacerse servir, a veces materialmente, a veces intelectualmente. O de ambas maneras a la vez.

Lo peor, sin embargo, es cuando esta inclinación, lejos de ser sentida como un pecado del que se deba acusar, el sacerdote lo convierte en doctrina, y pésimo cuando esta doctrina se utiliza como fundamento de la ortodoxia. A saber, cuantos más seguidores de mis opiniones personales tengo, más ortodoxo soy… (en el caso de los “posconciliares” puede sustituirse la palabra “ortodoxia” por otros términos que les son caros, como “apertura”, “diálogo”, “opción preferencial”…).

El vicio es el mismo. El sacerdote irrumpe en el terreno que no le es propio, se erige en juez de todo (no solo de las conciencias en el confesionario y de los hechos atingentes a la doctrina o a la moral). Es también juez en materia organizativa, en buen gusto, en moda, en literatura, en sociología, en política y geopolítica…

Tenga o no competencia en las materias, su opinión vale porque es cura. Nada tiene que aprender de los seglares, ni siquiera de los que lo superan en años, experiencia y ciencia. Todo lo saben por la imposición de las manos…

Esta es la esencia de la maldición clerical. Un hábito que conduce a la esterilidad apostólica disfrazándola de muchas cosas que no son la salvación de las almas. Y causando el escándalo de tener que sufrir al sacerdote, el otro Cristo, en su aspecto humano más odioso, con merma, daño y muchas veces pérdida de la Fe.

Señor, danos sacerdotes.
Señor danos muchos sacerdotes.
Pero por sobre todo, Señor, danos muchos santos sacerdotes.

Y si hubiera que sacrificar la cantidad, vale la pena mientras no sacrifiquemos la calidad…

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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