Panorama Católico

La Misa cara a Dios…

En el número en curso de 30Giorni se ha realizado una extensa entrevista a Mons. Ranjith, Secretario de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos. Reproducimos los últimos párrafos porque nos parecen muy reveladores de las novedades litúrgicas que se esperan.

 

En el número en curso de 30Giorni se ha realizado una extensa entrevista a Mons. Ranjith, Secretario de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos. Reproducimos los últimos párrafos porque nos parecen muy reveladores de las novedades litúrgicas que se esperan.

 

Excelencia, su primera intervención pública como Secretario de la Congregación para el Culto Divino fue la conferencia con ocasión de la presentación del libro del P. Uwe Michael Lang, oratoriano de origen alemán que reside en Londres, denominado "Vueltos al Señor. La orientación de la oración litúrgica (Catagalli, Siena 2006, 150 págs.) que tuvo lugar el 27 de abril pasado en el Instituto Patrístico Agustiniano de Roma. El volumen, editado en alemán en 2003, contiene un prefacio del entonces Card. Ratzinger, y fue publicado por vez primera en italiano en el número de marzo de 2004 de 30Giorni. ¿Qué lo ha impresionado más de este libro?

Ranjith: Ya había leído el libro y el bellísimo prólogo del entonces cardenal Ratzinger. Así pues, cuando recibí la invitación, rápidamente la acepté. Porque era la ocasión para impulsar un debate muy positivo en la Iglesia. Se habla mucho de participación de los fieles en la liturgia. Sin embargo ¿los fieles participan más cuando el sacerdote celebra versus populum o cuando lo hacen vuelto hacia el altar? De hecho no consta que esta participación sea más activa si el sacerdote celebra mirando al pueblo: puede ocurrir que en este caso el pueblo se distraiga. Más aún, ¿hay una verdadera participación cuando durante el saludo de la paz se crea en la iglesia un gran desorden, con los sacerdotes que van a dar el saludo hasta la última fila? ¿Se trata de la participación activa, auspiciada por el Concilio Vaticano II o simplemente de una gran distracción que no ayuda para nada a seguir con devoción el momento siguiente de la misa -además del hecho de que a veces se olvida recitar el Agnus Dei…? Repito, el libro del P. Lang ha sido una utilísima incitación, comenzando por el prólogo, en el cual el Cardenal Ratzinger recuerda que el Concilio no ha querido abolir el latín ni revolucionar la dirección de la oración litúrgica…

Su entrevista a La Croix del 26 de junio, titulada "La Reforma Litúrgica del Vaticano no ha despegado", ha causado muchos rumores. ¿Puede explicar mejor su juicio sobre la reforma litúrgica realizada después del Concilio Vaticano II?

Ranjith: Estas palabras han sido puestas fuera de contexto. No es que valoro negativamente todo lo que vino después del Concilio. He dicho, en cambio, que el resultado obtenido por la reforma litúrgica no se ha manifestado. Suele preguntarse si la vida litúrgica, la participación de los fieles en las funciones sagradas son más elevadas y mejores hoy comparando con los años '50: se ha criticado el hecho de que antes del Concilio los fieles no participaban verdaderamente de la misa, sino que asistían pasivamente o realizaban devociones personales. Pero hoy ¿realmente los fieles participan de un modo espiritualmente más elevado y personal? ¿Acaso sucede que tantos que estaban fuera de la Iglesia, con la nueva liturgia forman fila para entrar a nuestras iglesias? ¿O por el contrario, muchos se han ido y las iglesias se han vaciado? ¿De qué reforma se habla?

Culpa de la secularización…

Ranjith. Seguramente, pero una situación así es también fruto del modo en que la liturgia ha sido tratada, o mejor dicho, destratada… En la práctica, me parece, las sacrosantas expectativas del Concilio respecto a una liturgia mejor comprendida y por tanto espiritualmente más fecunda, se han frustrado. Por lo tanto hay mucho que hacer para que se llenen las iglesias con fieles que durante las celebraciones litúrgicas se sientan verdaderamente tocados por la gracia del Señor. En un mundo secularizado, en lugar de buscar la elevación de los corazones a la grandeza del Señor, se ha buscado, yo creo, bajar el misterio divino a nivel de lo banal.

Mons. Ranjith, apenas consagrado obispo auxiliar de Colombo es recibido en su parroquia de origen. Cuando lo designan como secretario de Culto Divino, esto se ha publicado, recibió excelentes repercusiones del mundo lefebriano. ¿Es verdad?

Ranjith: No he conocido a Mons. Lefebvre por motivos cronológicos, puesto que él es de otra época. Pero ciertamente que he tenido contacto con algunos de sus seguidores. Pero no soy un apasionado del lefebrismo. Por desgracia no están ahora en plena comunión con la Santa Sede, pero lo que muchas veces han dicho sobre la liturgia lo han dicho con fundamento. Por lo tanto ellos son como un acicate que nos mueve a reflexionar sobre lo que estamos haciendo. Esto no significa que se me pueda definir como un sostenedor o amigo de los lefebrianos. También comparto algunos puntos de la llamada justicia social no globalizada, lo cual no significa que sea un adherente… Por otra parte la misa tridentina no es propiedad privada de los lefebrianos. Es un tesoro de la Iglesia y de todos nosotros. Como ha dicho el Papa en el año pasado, el Concilio Vaticano II no es un movimiento de ruptura, sino de renovación en la continuidad. No se bota fuera el pasado, sino que se crece en virtud de él.

¿Lo cual significa que la misa así llamada de san Pío V en realidad no ha sido abolida?

Ranjith. El hecho es que la Santa Sede haya aprobado recientemente en Bordeaux una institución, una sociedad de vida apostólica de derecho pontificio caracterizada por el hecho de usar exclusivamente los libros litúrgicos preconciliares. [se trata del Instituto del Buen Pastor en el que se han amparado algunos "lefebrianos" expulsados, n.del.r.] significa de un modo irrevocable que la misa de san Pío V no puede ser considerada como abolida por el nuevo misal así llamado de Paulo VI.

Fuente: 30Giorni

Reproducimos a continuación el prólogo del libro del P. Lang que adelantara 30Giorni en marzo de 2004

Versus Deum per Iesum Christum

«La dirección última de la acción litúrgica, que no se expresa nunca completamente en las formas exteriores, es la misma para el sacerdote y para el pueblo: hacia el Señor». La introducción del decano del Sagrado Colegio al libro de Uwe Michael Lang

por el cardenal Joseph Ratzinger

Para el católico practicante normal son dos los resultados más evidentes de la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II: la desaparición del latín y el altar orientado hacia el pueblo. Quien lee los textos conciliares puede constatar con asombro que ni lo uno ni lo otro se encuentran en dichos textos en esta forma.

A la lengua vulgar, por supuesto, había que darle espacio, según las intenciones del Concilio (cf Sacrosanctum Concilium, 36,2) –sobre todo en el ámbito de la liturgia de la Palabra– pero, en el texto conciliar, la norma general inmediatamente anterior dice: «Se conservará el uso de la lengua latina en los ritos latinos, salvo derecho particular» (Sacrosanctum Concilium 36,1).

El texto conciliar no habla de la orientación del altar hacia el pueblo. Se habla de esta cuestión en instrucciones posconciliares. La más importante de ellas es la Institutio generalis Missalis Romani, la Introducción general al nuevo Misal romano de 1969, donde en el número 262 se lee: «Constrúyase el altar mayor separado de la pared, de modo que se le pueda rodear fácilmente y la celebración se pueda hacer de cara al pueblo [versus populum]». La introducción a la nueva edición del Misal romano de 2002 ha tomado este texto a la letra, pero al final añade lo siguiente: «es deseable donde sea posible». Muchos ven en este añadido una lectura rígida del texto de 1969, en el sentido de que ahora existe la obligación general de construir –«donde sea posible»– los altares de cara al pueblo. Esta interpretación, sin embargo, fue rechazada por la competente Congregación para el Culto Divino el 25 de septiembre de 2000, cuando explicó que la palabra «expedit» [es deseable] no expresa una obligación, sino un consejo. Hay que distinguir –dice la Congregación– la orientación física de la espiritual. Cuando el sacerdote celebra versus populum, su orientación espiritual debe ser siempre versus Deum per Iesum Christum [hacia Dios por Jesucristo]. Dado que ritos, signos, símbolos y palabras no pueden nunca agotar la realidad última del misterio de la salvación, se han de evitar posturas unilaterales y absolutas al respecto.

Es una aclaración importante porque evidencia el carácter relativo de las formas simbólicas exteriores, contraponiéndose de este modo a los fanatismos que por desgracia en los últimos cuarenta años han sido frecuentes en el debate en torno a la liturgia. Pero al mismo tiempo ilumina también la dirección última de la acción litúrgica, que no se expresa nunca completamente en las formas exteriores y que es la misma para el sacerdote y para el pueblo (hacia el Señor: hacia el Padre por Cristo en el Espíritu Santo). La respuesta de la Congregación, pues, debería crear un clima más tranquilo para el debate; un clima en el que pueda buscarse la manera mejor para la actuación práctica del misterio de la salvación, sin condenas recíprocas, escuchando con atención a los demás, pero sobre todo escuchando las indicaciones últimas de la misma liturgia. Tachar apresuradamente ciertas posturas como “preconciliares”, “reaccionarias”, “conservadoras”, o “progresistas” o “ajenas a la fe”, no debería admitirse en la confrontación, que debería dejar espacio a un nuevo y sincero compromiso común de cumplir la voluntad de Cristo del mejor modo posible.

Este pequeño libro de Uwe Michael Lang, oratoriano residente en Inglaterra, analiza la cuestión de la orientación de la oración litúrgica desde el punto de vista histórico, teológico y pastoral. Y haciendo esto, vuelve a plantear en un momento oportuno –creo yo– un debate que, a pesar de las apariencias, no ha cesado nunca realmente, ni siquiera después del Concilio.

El liturgista de Innsbruck Josef Andreas Jungmann, que fue uno de los arquitectos de la Constitución sobre la Sagrada Liturgia del Vaticano II, se opuso firmemente desde el principio al polémico tópico según el cual el sacerdote, hasta ahora, había celebrado “dando la espalda al pueblo”. Jungmann subrayaba, en cambio, que no se trataba de dar la espalda al pueblo, sino de asumir la misma orientación que el pueblo. La liturgia de la Palabra tiene carácter de proclamación y de diálogo: es dirigir la palabra y responder, y, por consiguiente, quien proclama se dirige a quien escucha y viceversa, la relación es recíproca. La oración eucarística, en cambio, es la oración en la que el sacerdote hace de guía, pero está orientado, con el pueblo y como el pueblo, hacia el Señor. Por esto, según Jungmann, la misma dirección del sacerdote y del pueblo pertenece a la esencia de la acción litúrgica. Más tarde Louis Bouyer –otro de los principales liturgistas del Concilio– y Klaus Gamber, cada uno a su manera, retomaron la cuestión. Pese a su gran autoridad, tuvieron desde el principio algunos problemas para hacerse oír, pues era muy fuerte la tendencia a poner en evidencia el elemento comunitario de la celebración litúrgica y a considerar por eso que el sacerdote y el pueblo debían estar frente a frente para dirigirse recíprocamente el uno al otro.

Sólo recientemente el clima se ha vuelto más tranquilo y así, quienes plantean cuestiones como las de Jungmann, Bouyer y Gamber ya no son sospechosos de sentimientos “anticonciliares”. Los progresos de la investigación histórica han dado más objetividad al debate, y los fieles intuyen cada vez más lo discutible de una solución en la que a duras penas se advierte la apertura de la liturgia hacia lo que le espera y hacia lo que la transciende. En esta situación, el libro de Uwe Michael Lang, tan agradablemente objetivo y nada polémico, puede ser una ayuda preciosa. Sin la pretensión de presentar nuevos descubrimientos, ofrece los resultados de las investigaciones de los últimos decenios con gran esmero, dando la información necesaria para poder llegar a un juicio objetivo. Es digno de mérito el hecho de que se evidencia al respecto no sólo la aportación, poco conocida en Alemania, de la Iglesia de Inglaterra, sino también el relativo debate, interno al Movimiento de Oxford en el siglo XIX, en cuyo contexto maduró la conversión de John Henry Newman. Sobre esta base se desarrollan luego las respuestas teológicas.

Espero que este libro de un joven estudioso pueda ser una ayuda en el esfuerzo –necesario para cada generación– de comprender correctamente y de celebrar dignamente la liturgia. Le deseo que encuentre muchos lectores atentos.

Fuente: Revista 30Giorni, Marzo de 2004

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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