Panorama Católico

La Navidad: El Misterio de Dios Encarnado

¿Se puede creer que Dios se haya Encarnado?

¿Por qué lo Hizo?

¿Se puede creer que Dios se haya Encarnado?

¿Por qué lo Hizo?

La idea de un Dios encarnado, y más aún de un Dios niño y de un Dios crucificado, fue y sigue siendo desde luego un escándalo para muchos. ¿Qué puede haber de común entre lo finito y lo infinito, entre lo visible y lo invisible? ¿Acaso no es una blasfemia pretender que un hombre sea Dios? ¿Acaso no prohibió Dios bajo las penas más severas que se hiciera el hombre imágenes para adorarlas? ¿Acaso no son idólatras los católicos cuando dan culto a sus imágenes de Cristo o de los santos?

Por lo visible a lo invisible

Estas objeciones de los no?católicos nos dan pie para destacar uno de los puntos más interesantes y más importantes de nuestra fe. Sí, es cierto, Dios es invisible, pero eso es precisamente lo que nos muestra la suprema conveniencia de la Encarnación: para que por medio de algo visible podamos conocer las cosas invisibles de Dios, su bondad, su sabiduría, su justicia, su poder y su virtud (Rom l). Porque la única finalidad de toda la creación es ésta: que por la consideración de las creaturas, llegue el hombre al conocimiento y al amor del Creador. Y fíjense bien aquellos que nos echan en cara nuestras imágenes de Jesús, de María Santísima y de los santos: no solamente Dios ordenó varias veces hacerse imágenes, como las de los querubines (Ex 25,18), la imagen de la serpiente de bronce (Num 21,9) etc., sino que Él mismo quiso darnos la imagen perfecta, Jesucristo, "el cual es imagen del Dios invisible, primogénito ante toda criatura. Porque en Él fueron criadas todas las cosas en los cielos y en la tierra, las visiles y las invisibles, ora tronos, ora dominaciones, ora principados, ora potestades: todas las cosas fueron criadas para Él" (Col 1,15). Por eso quiso Dios encarnarse: para que mirando a Jesús comprendamos un poco mejor la bondad infinita y las otras perfecciones de Dios.

Dios amó tanto al mundo…

Sin embargo existe otra razón que nos hará comprender mucho mejor la conveniencia y el por­qué de la encarnación del Verbo de Dios en el seno de María : "Dios amó tanto al mundo, dice Jesús a Nicodemo; que dio a su propio Hijo, a su Hijo Unigénito, para que quien crea en Él no perezca, sino que tenga la vida eterna 11 (Jn 3,16). De manera que ésta es la razón última, aquella que vence todas las objeciones de los incrédulos, y sin duda convertiría enseguida sus corazones si ellos no pusieran obstáculo a la gracia: ¡Dios amó tanto al mundo! Es propio del bien y de la bondad comunicarse a los demás, dice San Dionisio, y Dios es la suma bondad. Por lo tanto era muy conveniente que se comunicara lo más posible a su criatura, uniéndose con nuestra naturaleza creada y viniendo a habitar entre nosotros. He aquí el gran misterio escondido en Dios durante siglos y manifestado ahora a los santos: Nuestro Señor Jesucristo (C0l 1,26). En Él, Dios encerró todas las riquezas de su gracia y todos los dones de su corazón. Él es el primogénito de toda creatura, el principio y el fin de todas las cosas, la cabeza del cuerpo de la Iglesia. Por Él y solamente por Él, con Él y en Él podemos los hombres dar gloria suficiente y superabundante a Dios, y alcanzar la vida eterna.

Jesucristo camino y vida

Pero debemos considerar muy atentamente los inmensos beneficios que nos vienen por Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre. Sin duda Dios hubiera podido salvamos de otro modo sin necesidad de encarnarse. Pero si su sabiduría eligió este medio concreto, es porque era de veras el más conveniente, tanto para promovemos en el bien y en la virtud como para apartar de nosotros todos los males. Veamos por qué.

Jesucristo, el Hijo de Dios, no un simple profeta

En primer lugar, desde que es el mismo Hijo de Dios (y no un simple profeta) el que nos habla y nos enseña, nuestra fe se hace mucho más segura y nuestra esperanza crece incomparablemente, puesto que bien sabemos que no hay sombra de mentira en Dios, y que Él cumplirá siempre fielmente todas sus promesas. De manera que la santa encarnación del Verbo de Dios aumenta considerablemente nuestra fe y esperanza. Pero si la fe y la esperanza son virtudes imprescindibles, la caridad es mucho más grande. Ahora bien, ¿qué motivo mayor podríamos tener de amar a Dios, que el verlo encarnándose por nosotros, viviendo con nosotros, sufriendo y muriendo por el amor de nosotros? "El que ama entiende lo que digo", como dice San Agustín, y quien haya leído la vida de los santos sabe hasta dónde puede llegar el amor de Jesús encarnado. Además, por su vida admirable el Salvador nos dio el ejemplo perfecto de todas las virtudes que debemos practicar. Y finalmente nos mereció ser partícipes de su misma divinidad según la frase de San Agustín: "Dios se hizo hombre para que el hombre fuera hecho Dios" (Sermón 13 de la Natividad).

¡Líbranos del mal!

Muchos hoy día contemplan con angustia cómo el mal se va apoderando de los corazones y extiende sobre el mundo su triste sombra. El demonio parece triunfar, haciéndose rendir el pésimo homenaje del vicio y de la blasfemia. La sociedad entera se encuentra carcomida e infectada por la injusticia e infidelidad reinantes. Contra todos estos males Dios nos dio el remedio: la santa encarnación de Nuestro Señor Jesucristo. Con ella nos manifestó de modo admirable la dignidad de nuestra naturaleza humana, para que no la manchemos con el pecado, y para que no seamos tentados de venerar y adorar a los demonios y espíritus infernales. ¿No es ésa la causa de aquella alegría misteriosa que se apodera de nuestra alma al contemplar con ojos de niños al Niño Dios recostado en el pesebre? Con su encarnación, Jesús sana también nuestra soberbia, dándonos el ejemplo más sublime de la humildad, y demostrándonos claramente que nuestra salvación es un don gratuito de Dios. Nadie se atribuya nada. Todo es gracia. El demonio ha sido vencido por el sacrificio del Hombre Dios en la cruz, y por su muerte nos da la vida eterna.

El Sacrificio Redentor

Este último punto es demasiado importante para que no nos detengamos en él. La noción de sacrificio es esencial a la religión y las Sagradas Escrituras nos muestran que el sacrificio fue instituido por el mismo Dios desde los primeros tiempos de la humanidad (Gn 4,4 y 22,2). Con el sacrificio el hombre da culto al Creador, reconociendo sus derechos soberanos sobre todas las creaturas. Y con el sacrificio el hombre se esfuerza en reparar por sus pecados y obtener su perdón. Ahora bien, un puro hombre jamás hubiera podido ofrecer una reparación suficiente por los pecados del género humano. Dios por su parte lo podía pero no lo debía, puesto que Dios es la santidad misma y no hay pecado en Él, ni sombra de imperfección. ¿Entonces? ¿Debía el hombre resignarse a su desgracia, sufriendo el castigo merecido por sus culpas? ¿O debía Dios perdonarle sin exigir la justa reparación? La divina sabiduría encontró el único medio de conciliarlo todo: el Salvador será Dios y hombre a la vez. Y por lo tanto el sacrificio que ofrecerá por nosotros será de tanto valor que bastaría para reparar los pecados de todos sus hermanos los hombres, e incluso infinitamente más si fuera necesario. Por eso dice San León Papa en el lugar ya citado: "La debilidad es asumida por la fortaleza, la humildad por la majestad, la mortalidad por la eternidad, según lo que convenía para remedio de nuestros males: para que el mediador entre Dios y los hombres, siendo a la vez lo uno y lo otro. Pudiera morir por lo que ofrecerá por nosotros será de tanto valor que bastaría para reparar los pecados de todos sus hermanos los hombres, e incluso infinitamente más si fuera necesario. Por eso dice San León Papa en el lugar ya citado: "La debilidad es asumida por la fortaleza, la humildad por la majestad, la mortalidad por la eternidad, según lo que convenía para remedio de nuestros males: para que el mediador entre Dios y los hombres, siendo a la vez lo uno y lo otro, pudiera morir por lo primero y resucitar por lo segundo. Porque si no fuera verdadero Dios, no podría dar el remedio y si no fuera verdadero hombre, no nos daría el ejemplo".

Hasta aquí, dice Santo Tomás, algunas de las utilidades y frutos de la Encarnación. Hay muchos más sin embargo, que no están al alcance de nuestra pobre razón: es en la oración y en la contemplación cuando Dios revela al alma fiel y amante todos estos secretos admirables, encendiendo en ellos el fuego de su amor.

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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