Panorama Católico

La Paradoja Conciliar

Una nueva alusión pontificia al Concilio Vaticano II pone otra vez sobre el tapete el tema de sus frutos y su espíritu. El papa Benedicto distingue entre quienes invocan el "espíritu del Concilio" y aquellos que lo reciben como una "reforma sin ruptura".

Escribe Agustín Moreno Wester

Una nueva alusión pontificia al Concilio Vaticano II pone otra vez sobre el tapete el tema de sus frutos y su espíritu. El papa Benedicto distingue entre quienes invocan el "espíritu del Concilio" y aquellos que lo reciben como una "reforma sin ruptura".

Escribe Agustín Moreno Wester

Meses atrás Benedicto XVI sorprendió en cierta manera al hablar de la necesidad de "interpretar" el Concilio Vaticano II a la luz de la tradición. El concepto era obvio, aunque llamó la atención la necesidad de recordarlo.

Si el Concilio necesita interpretación, decíamos desde estas páginas en ese momento, existe algún problema. Porque hasta que se inauguró, nunca antes (salvo en el caso de los conciliábulos o concilios heréticos) las definiciones conciliares confundían. Por el contrario, ponían claridad allí donde la imprudencia de algunos teólogos, la confusión del clero y los fieles y los errores de gobierno eclesiástico habían llevado tinieblas.

En cambio el Vaticano II ha puesto tanta neblina que ahora es necesario interpretarlo a él a la luz de la tradición y no a la inversa, es decir, ver más claramente los contenidos de la Fe explicitados por el magisterio del Concilio. Al menos esto surge de la frase pontificia antes citada.

Pero durante su larga alocución del 22 de diciembre a la Curia Romana el Papa abrió una nueva discusión. Allí reivindicó el Concilio como una continuidad de la doctrina de la Iglesia, señalando como a falsificadores a quienes dicen interpretar su verdadero "espíritu".

¿Cuál ha sido el resultado del Concilio? ¿Ha sido acogido de manera adecuada? En la recepción del Concilio, ¿qué es lo que ha habido de bueno, y qué es lo que ha sido insuficiente o equivocado? ¿Qué queda por hacer? Nadie puede negar que en amplias partes de la Iglesia, la recepción del Concilio tuvo lugar de manera más bien difícil […]

Todo esto depende de la justa interpretación del Concilio o -como diríamos hoy- de una hermenéutica adecuada, de una clave de lectura adecuada para su aplicación. Los problemas de recepción nacieron por el hecho de que dos hermenéuticas contrarias se confrontaron y han tenido litigios entre sí. Una ha causado confusión, la otra, de manera silenciosa pero cada vez más visible, ha dado frutos. Por una parte, se da una interpretación que quisiera llamar «hermenéutica de la discontinuidad y de la ruptura»; con frecuencia ha podido servirse de la simpatía de los medios de comunicación, y también de una parte de la teología moderna. Por otra parte, se da la «hermenéutica de la reforma», de la renovación en la continuidad del único sujeto-Iglesia, que el Señor nos ha dado; es un sujeto que crece en el tiempo y se desarrolla, permaneciendo siempre el mismo sujeto único del Pueblo de Dios en camino. La hermenéutica de la discontinuidad corre el riesgo de acabar en una ruptura entre la Iglesia preconciliar y la Iglesia postconciliar. Afirma que los textos del Concilio como tal no serían la auténtica expresión del espíritu del Concilio. Serían el resultado de compromisos en los cuales, para alcanzar la unanimidad, se tuvo que arrastrar con muchas cosas viejas que hoy son inútiles. Sin embargo, el verdadero espíritu del Concilio no se revelaría en estos compromisos, sino más bien en los impulsos hacia lo nuevo que están sobreentendidos en los mismos: sólo estos representarían el verdadero espíritu del Concilio y partiendo de ellos y en conformidad con ellos habría que seguir adelante. Precisamente porque los textos reflejarían sólo de manera imperfecta el verdadero espíritu del Concilio y su novedad, sería necesario ir valientemente más allá de los textos, dejando espacio a la novedad en la que se expresaría la intención más profunda, aunque todavía no clara, del Concilio. En una palabra, no habría que seguir los textos del Concilio, sino su espíritu […].

Esta interpretación de los hechos nos abre algunos interrogantes a la vez que cierra otros. Por un lado, sin duda confirma que hay una fuerte corriente eclesial lanzada al vaciamiento doctrinal de la Iglesia. Y que su caballo de batalla ha sido siempre, desde los años ’60, el Concilio Vaticano II. Todos los que hemos vivido las décadas posconciliares sabemos por experiencia propia que hubo una "demolición" (Paulo VI la llamó "autodemolición") de las cosas más esenciales de la Iglesia: doctrina, liturgia, sacramentos, autoridad, vida religiosa… llevada a cabo en nombre del Concilio y a golpes de documentos conciliares.

El Papa oficializa, con esta afirmación, algo que no se había dicho hasta ahora en ninguna instancia pontificia; esto es una novedad alentdora. Además advierte que ya es insuficiente para los "rupturistas" la letra del Concilio. Ya no les alcanza y necesitan echar mano de su presunto "espíritu" para justificar sus desvaríos. De este modo nos confirma en nuestra certeza: el Concilio ha sido el Caballo de Troya donde los invasores se han escondido para tomar la ciudadela de la Iglesia.

Pero su interpretación de la "hermenéutica de reforma" en continuidad con la tradición de la Iglesia nos desconcierta. Por otra parte, se da la «hermenéutica de la reforma», de la renovación en la continuidad del único sujeto-Iglesia, que el Señor nos ha dado; es un sujeto que crece en el tiempo y se desarrolla, permaneciendo siempre el mismo sujeto único del Pueblo de Dios en camino.

Después de recordar textos de Juan XXIII y Paulo VI reafirmando que el objetivo de la reunión ecuménica sería la conservación del depósito de la fe y la venerada doctrina católica, aunque reformulando la "pastoral" para afrontar los desafíos de los tiempos modernos, el Papa Benedicto nos plantea un costado muy conflictivo de esta "reforma". El choque de la fe de la Iglesia con un liberalismo radical y también con las ciencias naturales que pretendía abrazar con sus conocimientos toda la realidad hasta sus fronteras, proponiéndose con soberbia hacer superflua la «hipótesis Dios», provocó en el siglo XIX, bajo Pío IX, por parte de la Iglesia ásperas y radicales condenas de este espíritu de la edad moderna. Por tanto, parecía que no quedaba ningún ámbito abierto para un entendimiento positivo y fructuoso, y drásticos eran también los rechazos por parte de quienes se sentían los representantes de la edad moderna

El Vaticano II habría tendido, creemos leer claramente en estas palabras y su contexto, el puente para un entendimiento positivo y fructuoso con la edad moderna. El puente roto durante reinados como los del beato Pío IX. Pero es el mismo Pío IX quien en su Syllabus, punto LXXX, establece lapidariamente una condena a la siguiente proposición. "El Romano Pontífice puede y debe reconciliarse y transigir con el «progreso», el liberalismo y la civilización moderna". Aloc. "Jamdudum cernimus", del 18 de marzo de 1861.

Aquí es donde no vemos con evidencia esta "continuidad" doctrinal, no ya en los textos sino en los objetivos mismos del Vaticano II, del que el actual pontífice fue destacado perito teológico. Pues estos serían más que una reformulación pastoral, una reconciliación, un entendimiento fructuoso y positivo con la edad moderna… ¿Es esto posible? Y si algo distingue al "edad moderna" esencialmente es su anticristianismo, como vemos a diario en Europa y en la propia Hispanoamérica, en especial en los países católicos. Salvo que el Papa entienda por "edad moderna", al hombre de la edad moderna, rehén de un tiempo desacralizado y ateo, a quien la Iglesia deba buscar para transmitir la Verda. Pero por cierto antes de que esta entre deberá salir aquello que es propio y específico de los tiempos modernos: el naturalismo, el liberalismo.

No hay duda de que el debate queda abierto y las cuestiones han de resolverse al más alto nivel teológico, con la autoridad de la Iglesia misma. Pero sin duda la época en que las tinieblas conciliares se disipen no ha llegado todavía. Seguiremos en la bruma, seguramente por muchos años más.

Volver a la Portada

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *