Panorama Católico

La Pasión del Fútbol

Una particular mirada sobre el fútbol en vísperas de un nuevo campeonato mundial. ¿Queda aún en este lucrativo deporte profesionalizado algo de la chispa divina de los olímpicos? Según el autor, contra muchos análisis sesudos, aparentemente, sí.

Escribe Ricardo Fraga

Una particular mirada sobre el fútbol en vísperas de un nuevo campeonato mundial. ¿Queda aún en este lucrativo deporte profesionalizado algo de la chispa divina de los olímpicos? Según el autor, contra muchos análisis sesudos, aparentemente, sí.

Escribe Ricardo Fraga

         Ya el historiador holandés Johann Huizinga señalaba el carácter lúdico esencial de la naturaleza humana (homo ludens) manifestado desde la remota antigüedad en sus más elementales actividades cotidianas. Los griegos, particularmente, configuraron su historia social y política alrededor de diversas expresiones del atletismo, ante las cuales, por más famosas, recordaremos los Juegos Olímpicos, destinados, originalmente, al culto latréutico de los dioses y que, más allá de sus aspectos corporales específicos (y quizás por ello mismo), fueron ocasión de las &hellip… vetas poéticas, tales como –nada menos- las Odas de Píndaro.

         El juego de pelota se remonta a las culturas mesopotámicas y, alcanzará significativa difusión principalmente en las ciudades italianas. Los ejercicios gimnásticos, que son la base de las modernas prácticas deportivas, constituyen un concreto y eficaz modo de proyectar a través del juego los impulsos agresivos subyacentes a la esencia del hombre caído y, a la vez, una utilización (digamos así) civilizada de los componentes de astucia y picardía que (ahora en función de reglas) tales enfrentamientos implican.

         El romanticismo pacato del s. XIX (que rebajó la condición viril del varón) tendió a la ocultación del cuerpo y a la reducción del ideal masculino en relación satelital de la mujer. Esto lo notó y lo describió José Ortega y Gasset en un apéndice magistral de su (siempre actual) Rebelión de las masas.

         El sport que caracterizó a las clases ociosas de la Inglaterra del auge del Imperio británico será el marco adecuado para el surgimiento del foot-ball, en la segunda mitad de la centuria antes mencionada, y como una típica reacción del espíritu de camaradería ante la disolución de los esteriotipos delicados. No sin razón las causas del nuevo deporte (y la palabra es latina y no anglosajona) serán los internados de los colleges británicos, a cuyo modelo nació en el English High School St. Andrews el primer equipo argentino, esto es, el legendario Alumni (palabra también latina: alumnos), disuelto en 1913 (después de conquistar diez títulos amateur).

         La organización natural de la pandilla juvenil, guiada por una filosofía vitalista de culto al vigor físico y a la juventud per se (que destaca Juan José Sebreli en su exhaustivo La era del fútbol) será también el contexto regulador del surgimiento del scoutismo (también en Inglaterra y también con etimología latina: esculta), movimiento al cual la Iglesia Católica infundirá una mística peculiar que la alejará de la masificación, por profundización de su espíritu selectivo y pedagógico (así percibido en su momento por el mismo Baden Powell).

         Las virtudes originarias del fútbol (que lo constituyen en un prototipo aristocrático de la areté platónica tal como puede observarse en el Fedro) fueron tempranamente descritos por el inefable Leonardo Castellani en un atractivo relato intitulado La defensa del fútbol (utilidad educativa del deporte). Allí leemos esta estupenda captación intuitiva de la ética nicomaquea aplicada concretamente (y no como difuso debate racional): “Pues es un espectáculo. Aire abierto, la cancha verde y el cielo azul maravilloso: ése es el limpio teatro, con el sol por candilejas y el viento por ventilador. Las camisetas rojas y azules que se esparcen por él como grandes flores, que se desparraman ordenadamente a tomar sus puestos como una batalla de &hellip… patos marruecos. (No se rían. ¿Ustedes no los han visto en la estancia, rojos y enfilados?) Hay un minuto de silencio profundo como el que precede a las batallas. En todos los rostros tenaces se lee la voluntad del esfuerzo. (¿Ustedes piensan que es poco educativo ese ejercio de energía, esa voluntad de vencer, esa práctica del esfuerzo colectivo? ¿Usted cree que se necesita poca energía para continuar animosamente un partido que va 3 a 0? La energía es una virtud natural que se acrece por repetición de actos… y el saber querer con vigor, aunque sea ganar un partido, es muy buena cosa, tío). Pero he aquí que un silbido hiende el aire y la pelota da un brinco y tres jugadores se lanzan sobre ella como tres leones&hellip…

-Y empieza una behetría de carreras, patadas, caídas y gritos, que dura hora y media de la más monótona y sonsa manera que el cerebro de un inglés esplenético pudo brotar. Excepto el caso en que la aridez se rompa con algún incidente divertido, como piernas rotas, insultos, botellas tiradas por el público o trenzada de dos jugadores a puñete limpio. Sí, lo he visto.

-No hay tal aridez, tío. No hay tal confusión. De las botellas tiene la culpa la policía. Por encima de aquel conjunto de movimientos variadísimos, de carreras precisa, de los saltos atrevidos, de los ataques y de las defensas, de los limpios esguinces (gambetas en italiano), de los golpes poderosos al balón derecho al blanco como una bomba dorada que en inglés se llaman chutes, hay una voluntad ordenadora, hay un jefe, tío, y hay una idea. Mejor dicho dos  jefes en lucha entre sí, mayor belleza. Por eso un buen partido de fútbol tiene tanta unidad como un drama, con sus peripecias y su desenlace, y por eso oprime los pechos y arranca gritos. Así como en cada jugador hay una voluntad tensa hacia un fin, que preside el juego de los músculos elásticos (¡oh, el cuerpo humano es hermoso, es una maravillosa criatura de Dios, tío, más hermosa que una puesta de sol!), así también hay en el team una voluntad superior que unifica a los Once, que les ha repartido su puesto eficaz, que trabaja por medio de ellos y hace por ellos lo que por sí no podría hacer. Eso es gobernar, tío… ese es el placer, el arte, y el dolor de gobernar. ¡Las cosas que yo aprendí siendo capitán del team “Coscorrones”! El capitán tiene que ser el más disciplinado, el más animoso y el más sufrido de las otras, que son su prolongación. Manda a todos pero también tiene que someterse a todos, siervo de los siervos de Dios, como el Papa. “Ninguno manda bien sino el que sirve a todos”, dijo otro poeta inglés.”.

         A esta altura es dable preguntarse si la perfectiva bondad que el autor atribuye al deporte en general, y al fútbol en particular, sobrevive en estos tiempos de predominio financiero, en los cuales la cotización de un jugador o el gerenciamiento de un club prevalecen sobre toda otra consideración exclusivamente deportiva. Incluso si corresponde moverse en dicha altura virtuosa o estética si se asiste a los desmanes desenfrenados de barrabravas o al enceguecimiento pertinaz de hinchas, hoolighans o tifosi, cuando no al fanatismo perturbador que actúa más allá de toda clase social, nivel cultural y posición económica.

         Entiendo que, pese a todas estas lacras que, en gran medida, han pervertido el ejercicio natural de tales técnicas, el fútbol ha venido a constituirse en un contagioso espectáculo de habilidad especulativa y belleza física del que pretenden servirse los poderosos multimedios periodísticos (y la misma política) para sus parcializados fines crematísticos y/o xenófobos.

         Es innegable la proyección global del fútbol que alcanzará cotos de delirio en el Campeonato mundial que se avecina y que supera con creces en su difusión masiva (y masificadora) los alcances que alguna vez tuvieron los mismos acontecimientos religiosos. Quizás porque en la magia de una pelota sobreviva algo del genio gimnástico de aquellos griegos lejanos que, si volvieran, aún el la (hipotética) &hellip… de un Sócrates extasiaran sus experimentados ojos con el prodigio incandescente de un Ronaldinho o la sutileza petulante de Guillermo Barros Schelotto o la elegante conducción de un Andreij Sherchenko, por citar tan sólo a unos pocos que en nuestro tiempo vigente nos deleitan y fascinan.

         ¡Por algún motivo Platón fundó la Academia!

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *