Panorama Católico

La Precarización Laboral de los Sacerdotes

Un fenómeno poco conocido fuera del ambiente eclesial es el de la “precarización laboral” de los sacerdotes. Tradicionalmente el nombramiento de obispos y de párrocos era de por vida. Sin embargo actualmente la mayoría de los párrocos tienen “contratos temporales”. Y todos deben renunciar a los 75 años. Veamos los motivos.

Escribe Marcelo González

Policía eclesiástica.

Un fenómeno poco conocido fuera del ambiente eclesial es el de la “precarización laboral” de los sacerdotes. Tradicionalmente el nombramiento de obispos y de párrocos era de por vida. Sin embargo actualmente la mayoría de los párrocos tienen “contratos temporales”. Y todos deben renunciar a los 75 años. Veamos los motivos.

Escribe Marcelo González

Policía eclesiástica.

En el Concilio se establecieron disposiciones atingentes al gobierno de la Iglesia cuyos resultados, vistos en el transcurso de los años, parecen confirmar las sospechas de algunos perspicaces alarmados por estas medidas, que las señalaron en aquellos tiempos ya como peligrosas. Más que nuevos enfoques pastorales renovadores, estas disposiciones se convirtieron en modos de establecer una cierta manera de “policía” eclesiástica al servicio del establishment posconciliar.

Antes de estas reformas, instrumentadas casi en su totalidad por Paulo VI, un obispo nombrado en su diócesis era inamovible de por vida. Salvo promoción (aceptada o no voluntariamente) o destitución -casos gravísimos- o renuncia voluntaria (algunos, al fin de sus vidas preferían retirarse a monasterios, etc), los obispos morían en sus diócesis. En caso de incapacidad por razones de salud o edad muy avanzada, un obispo auxiliar gobernaba la diócesis en su nombre, normalmente con derecho a sucesión, con las atribuciones propias del obispo titular o casi.

Una medida pastoral de un concilio pastoral

Pero a partir del Concilio Vaticano II la tendencia a la “jubilación” de obispos y párrocos se generalizó. El Decreto Christus Dominus establece que: “Una vez que el encargo pastoral de los Obispos es de tal magnitud y gravedad, a los Obispos de la Diócesis y a los otros Prelados a ellos equiparados en su derecho, si, por edad avanzada u otra causa grave, se transformen en incapaces de realizar su labor con empeño se les ruega que presenten su renuncia a las tareas, sea por espontánea voluntad, sean invitados por la Autoridad competente. La misma, en consecuencia, si aceptará tal renuncia, dispondrá tanto la congruencia de sustentación de los renunciantes, como los derechos peculiares los cuales les serán reconocidos.” (CD 21).

Esta disposición general alcanzó una aplicación concreta por medio del Motu Proprio Ecclesiae Sanctae de Paulo VI, donde se estableció la edad máxima de 75 años para la renuncia de los obispos, siendo luego la norma confirmada por la reforma del Código de Derecho Canónico: “Can. 401 1. El Obispo de la diócesis que haya completado setenta y cinco años de edad, es solicitado para presentar la renuncia a las labores al Sumo Pontífice, que, teniendo en cuenta las circunstancias tomará recaudos. El Canon comporta un segundo párrafo el cual recomienda con énfasis, la renuncia en determinados casos: “2. El Obispo de la diócesis que, por motivos de enfermedad o por otra causa grave, se vuelva menos capacitado para cumplir sus tareas, es solicitado para presentar la renuncia a sus actividades”. Paulo VI impuso también a la Curia Romana, una fuerte “depuración” por razones de edad, que alcanzó a los cardenales (los cuales hoy normalmente se retiran a los 80, aunque renuncien a los 75)… los Dicasterios, las Congregaciones, etc. El derecho a votar (no a participar) en el Conclave se limitó a los 80 años.

¿Ineficacia del Espíritu Santo?

Desde el punto de vista sobrenatural, sería casi un sarcasmo fundamentar esta necesidad de recambio en razones de edad. Deberíamos atribuir al Espíritu Santo la imposibilidad de inspirar a los pastores las decisiones adecuadas a su feligresía por el hecho de pertenecer a una generación mayor. Dios concedió a Isabel la capacidad de ser madre en su ancianidad, de donde nació Juan el Bautista, el más grande de todos los hombres.  Mal podría tener dificultades en dictar algunas ideas sobre pastoral juvenil a un anciano de 85 años.

Por el contrario, en todas las civilizaciones tradicionales se ha preservado a los más viejos los cargos de consejo (de donde resulta inexplicable la exclusión de los cardenales de 80 años o más). Es verdad que el obispo gobierna, no solo aconseja. Pero para ejecutar tiene a sus auxiliares y vicarios. De hecho en las megadiócesis actuales, la cosa funciona así, aún con obispos cincuentones.

La era post postconciliar

Quizás el cálculo haya sido demasiado humano y natural. Un viejo ya no entiende a los jóvenes y este mundo cambia muy rápido… Se necesita gente de generaciones intermedias… Todo muy atendible como medida pastoral en tanto dé buenos frutos… Pero los frutos que se ven no parecen muy atractivos, y en la práctica, cumplió la función de remover legalmente a todos los obispos que se resistieron (más o menos) a los cambios posconciliares abusivos, que eran mayoría. Se sabía que, llegado el tiempo, el renuente iba a ser despedido de un modo legal: cumpliendo lo dispuesto por el Motu Proprio… y luego por el propio Derecho Canónico reformado.

Ahora bien, en el orden parroquial, aún con el límite de los 75 años, hubo mucha resistencia a ciertas novedades. O tal vez mucho apego a las formas de piedad tradicionales y a la doctrina y moral católicas, que el nuevo clero relativiza con absoluta frescura. Algunas parroquias, lo mismo que algunas diócesis, se convirtieron en el “refugio de los pecadores” que no comulgaban con las novedades postconciliares. Así, el cambio pudo ralentarse, y muchos jóvenes educarse en una parroquia al estilo antiguo y engrosar las filas de los resistentes, que iban envejeciendo. De hecho los movimientos tradicionalistas y sus simpatizantes en todo el espectro son relativamente jóvenes. Y la parte más sana del clero, cuanto más joven, más abierta está a un revisionismo conciliar. Vivimos ya en la Iglesia la era post postconciliar.

Por eso muchos de los párrocos o vicarios renuentes a seguir el tenor mundano de sus obispos o hermanos en el sacerdocio son precarizados laboralmente, a los fines de disponer libremente de ellos. Ya se nombran muy pocos párrocos en las diócesis -esto les otorga una sólida estabilidad- cuyos ordinarios no quieren conatos contestatarios tradicionales. Se los “contrata” &#8211…por sindical que parezca la cuestión- dejándolos a merced del vencimiento con o sin renovación, según los humores del obispo. No son párrocos, son “administradores parroquiales”.

Tampoco se aplican ya casi las sanciones canónicas previstas para faltas graves, como la suspensión a divinis, que implica la suspensión de las licencias sacerdotales (celebrar misa, confesar, casar, exorcisar, etc.) que le otorga el obispo por derecho. Así encontramos todos los días casos de curas desobedientes, de mala doctrina, amancebados, o con conductas morales perversas que &#8211…no teniendo cruces personales con el obispo o bien teniendo algunos informes cuya publicación sería ingrata para el obispo (vid. la relación insólita entre Mons. Ñañez y el padre Quito “sin tapujos” Mariani en la diócesis de Córdoba)- apenas si son “trasladados” a otros cargos cuando la sangre llega al río, en lugar de ser suspendidos y procesados según la ley canónica vigente.

Pero también encontramos otros casos terribles: sacerdotes fieles que por simpatizar con unos latines más o menos o ser más cuidadosos en la liturgia, o negarse a aplicar ciertas prácticas contrarias a la doctrina, son “suspendidos” de hecho. La suspensión de derecho le da al acusado de algún delito canónico la posibilidad de defenderse ante un tribunal. La de hecho es una persecución sorda. Una amenaza: “si no me hacés caso, estás acabado”. O bien “yo puedo hacer que no te reciban en ninguna diócesis”. Este modo de “amansar” al clero que se aferra a la Tradición de la Iglesia en mayor o menor grado, es una práctica común y constituye una ruptura escandalosa con la verdad y la caridad, los dos pilares de la Fe.

Roguemos a Dios que el Papa Benedicto pueda poner en práctica medida concretas de protección de la parte más sana del clero. Obispos, párrocos, presbíteros rasos que sucumben bajo el poder de los cuerpos colegiados o la autoridad despótica. Y ante la indiferencia de los fieles, que nos los apoyan, por temor o falsa obediencia.

Roguemos para que los que mandan sean la encarnación del lema paulino: Charitas Christi urget nos… y no se escuchen ya más las tan desafortunadas expresiones que estamos acostumbrados a oír cuando alguien reclama su derecho: “Yo en mi (diócesis, parroquia, etc.) hago lo que se me…” complete el lector mentalmente la expresión.

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cabezadetortugamacho@gmail.com

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