Panorama Católico

La Primacía de la Inteligencia

Está
de moda hablar de la crisis moral que nos perturba, tanto en nuestro país como
en el resto del mundo. Empero, es fundamental que nos grabemos esta idea: las
conductas humanas morales o éticas son, antes que nada, algo de la
inteligencia, y si queremos empezar bien y terminar mejor, tenemos que empezar
por la inteligencia.

 

Escribe Ricardo Fraga


Está
de moda hablar de la crisis moral que nos perturba, tanto en nuestro país como
en el resto del mundo. Empero, es fundamental que nos grabemos esta idea: las
conductas humanas morales o éticas son, antes que nada, algo de la
inteligencia, y si queremos empezar bien y terminar mejor, tenemos que empezar
por la inteligencia.

 

Escribe Ricardo Fraga

Naturalmente que la formación intelectual de la inteligencia no implica
una dimensión puramente racional. Eso es racionalismo. No se trata de enseñar
las tablas de multiplicar o de poner en una lámina o en un esquema
qué es bueno y qué es malo; eso sería un espanto, aunque
en ocasiones ha acontecido. La educación moral se alcanza con la luz de la
inteligencia pero con la vida profunda del corazón y por ello la primacía
de la inteligencia supone la plenitud cordial, tal como la propuso el gran
Pascal.

La formación del corazón exige, justamente,
potenciar las buenas inclinaciones y retraer las malas. Por lo tanto, como
toda potenciación, implica jugarse más allá de lo que
uno está dispuesto a hacer y, a la vez, poner los límites, aunque
cuesten. Si el niño quiere dar una limosna de cien pesos, hay que potenciarlo
en la medida en que no comprometa el presupuesto familiar completo. Es un
ejemplo solamente que podría completarse con este otro: si el niño
le va a pinchar con un tenedor los ojos al hermanito hay que darle un saque,
cuanto menos, que es el límite mínimo; ya que bueno no es lo
que me place y malo lo que me perjudica que es la gran noción que los
jóvenes pueden extraer en "los Argento" o "los Roldán"
y cuanto programa chabacano y pornográfico esté pululando hoy
en la televisión.

El mensaje educativo que hoy la televisión brinda a
la sociedad es realmente tan escabroso que sorprende que no haya más
desastres en materia de seguridad que los que hay hasta ahora; es hasta milagroso.

Por supuesto que la sola educación intelectual no garantiza
la virtud ya que siempre han existido las perversiones y por ello no conviene
idealizar el pasado. Nos toca vivir en una situación de crisis tan profunda,
sobretodo en materia ética, que nos parece siempre que lo pasado fue
mejor y así, como dicen las coplas de Jorge Manrique, "daremos
lo no venido por pasado
".

Fiodr Dostoievski

Para conocer la perversión del corazón basta
leer el Antiguo Testamento. Yo conocí siendo pibe (esto es una cosa histórica)
un pastor evangélico pentecostal que se volvió un desordenado
moral terrible por imitar los modelos de corrupción que encontraba en
el Antiguo Testamento. Y, por cierto, uno se topa allí con casos como
el del rey David que fue adúltero y, para justificar su adulterio, hizo
una catástrofe, mandó aniquilar un ejército; por eso conviene
siempre leer las Escrituras de la mano del Magisterio. Siempre han existido
las perversiones pero lo que seguramente no existía antes (y ahora nos
llama tanto la atención) es que no se justificaba intelectualmente la
malicia y esto acontecía porque regía un orden objetivo de las
esencias, esto es, una naturaleza propia de las cosas.

En cambio, hoy en día ¿qué es lo malo y qué
es lo bueno? Sólo restan como límite mínimo las conductas
típicas del código penal y todo lo demás parece moralmente
lícito. ¿No se dice en el debate sobre la despenalización
o no de la tenencia personal de estupefacientes que, en definitiva, se está
alterando en la simple posesión el principio de reserva de la constitución
nacional en su artículo 18?, como si un chico de dieciocho años
tuviese capacidad de discernimiento suficiente para determinar si se está
destruyendo a él, a la familia o al núcleo en el cual vive por
salvaguardar una hipocresía formal terrible. No se puede decir con
seriedad, en cuanto a mí al menos me lo parece, que una persona a los
dieciocho años (ni hablemos menos) puede en su casa hacer lo que se
le da la gana porque no compromete el orden público y sus actos quedarían
solamente reservados a la autoridad de Dios, cuando sabemos la repercusión
social que tiene después el consumo de la sustancia aparentemente más
neutra, ni hablar del alcohol que es el componente continuo en la dinámica
penal de cualquier fin de semana (como lo sabe cualquier juez del fuero).

Una conciencia educada, moralmente educada, podrá
fallar mil veces, un millón de veces, pero jamás negará
la existencia misma del orden objetivo y de la Inteligencia Ordenadora. Una
cosa es fallar y otra, muy distinta, es justificar la malicia. Son dos planos
completamente distintos, por eso el que falla y dice "fallé",
en el lenguaje teológico dice "perdón, pequé";
está, con ese solo acto de profunda humildad, reconociendo el orden objetivo
y al Ordenador de ese orden objetivo. Si no lo puede decir se queda en la ceguera
de su propia ignorancia. Por eso el agnosticismo que, a primera vista, parece
sólo una cosa de la inteligencia es algo que, a la vez, compromete al
orden moral y será bueno recordar que en el sistema de Tomás de
Aquino (que tiene derecho a ser oído como cualquier otro) la moral
es una cosa de la inteligencia
. Yo puedo darme el gusto de ser agnóstico
pero después me tengo que atener a sus consecuencias morales. "No,
pero el agnosticismo, dice el premio Nobel Saramago, es una cosa que …".
Saramago vaya a ver lo que está pasando en Portugal y ni le quiero contar
lo que pasa en otros lugares de la Unión Europea.

El agnosticismo tiene precio, paguémoslo, podemos pagar,
somos libres, la revolución francesa nos ha liberado del antiguo régimen.
Paguémoslo pero sepamos lo que estamos pagando, no nos escandalicemos
de las consecuencias
. Ya Vázquez de Mella decía en su tiempo
que los liberales eran unos personajes muy extraños que levantaban "cadalsos
a las consecuencias y monumentos a las premisas".

El agnosticismo niega la ordenación jerárquica
del ser; niega, por ende, la misma noción de moralidad que pierde así
su significación analógica y su dimensión finalística.
De allí que, en "Los hermanos Karamazof" de Dostoievsky el
agnóstico Iván Fiodorovich apunta esta conclusión tremenda:
"si Dios no existe, todo está permitido".

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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