Panorama Católico

La PUPA está en las últimas…

El proyecto de ley sobre retenciones móviles que recibió el sábado 5 de julio sanción en Diputados, y fue  pasado para su consideración por el  Senado, puede considerarse bajo dos aspectos estrechamente relacionados entre sí:  como rutina de mal gobierno y como síntoma de enfermedad terminal de un régimen.

Luis María Bandieri

El proyecto de ley sobre retenciones móviles que recibió el sábado 5 de julio sanción en Diputados, y fue  pasado para su consideración por el  Senado, puede considerarse bajo dos aspectos estrechamente relacionados entre sí:  como rutina de mal gobierno y como síntoma de enfermedad terminal de un régimen.

Luis María Bandieri

El mal gobierno es práctica vieja en la Argentina. También viene de largo que el ciudadano termine aceptándolo, aunque sea a disgusto y mordiendo el freno, porque no hay otra cosa y este país –“este país de mierda”, en la variante preferida- es así. La amplia faja gris del desprecio de la ley  en que coinciden tantos de nuestros connacionales tiene su origen o, cuando menos, su espuela motivadora, en esta conciencia colectiva de que el buen camino no resulta senda practicable en estos pagos. Preferible es ir por izquierda, gambeteando la norma fastidiosa, establecida por quienes se consideran por encima de ella, y con el solo ánimo de incordiar. El desprecio de la ley, que ya a fines del siglo XIX don Juan Agustín García señalaba como una de las características nacionales, resulta la respuesta instintiva e inmediata al desprecio del ciudadano por parte del mal gobierno. Cuando, por ejemplo,  el gobernante fija a placer un tributo, mostrando así que pese a sus bellas y marketineras palabras, el poseedor de un documento electoral sólo le interesa bajo el número de CUIT o CUIL, la reacción será cuerpearlo a como dé lugar. Y realimentándose así desprecio por el ciudadano con desprecio de la ley,  este país, “este país de mierda”, va deslizándose por una tabla enjabonada, con el único consuelo de considerar una excepcionalidad  destacable el que nuestra decadencia, al contrario de otras similares que suceden en otros puntos del globo, resulte sostenida y progresiva, no interferida por ninguna contracorriente exitosa.

Desde que Julio Argentino Roca puso definitivamente los cimientos del Estado nacional, el mal gobierno se caracteriza por una concentración de poder en el monarca presidencial asentado en la Rosada. El Congreso ha tenido casi siempre entre nosotros un papel inferior y subordinado. El federalismo, por otra parte, resulta apenas una curiosidad  folklórica aplastada por la brutal centralización del poder en la sede de Buenos Aires –cualquiera sea la provincia de origen del gobernante-, especialmente a través del cuasi monopolio de la recaudación de dineros públicos que conforman la “caja”. Un monótono monócrata en Balcarce 50, y el resto es silencio. Este esquema se ha repetido tanto en nuestros turno de democracia plebiscitaria y movimientista como en épocas de democracia minoritaria y proscriptiva. Desde 1930, la irrupción del “partido militar” pudo hacer creer que habíamos, por fin,  identificado al villano de la película. Pero la mirada retrospectiva muestra que, más allá de sus demasías, el golpe militar oficiaba como una sutura necesaria entre un fracaso de una u otra forma de nuestra democracia, estableciendo un puente entre ambas, y poniendo en práctica mientras tanto, con suma aplicación, el esquema del mal gobierno monocrático. Era un síntoma terrible, pero no la enfermedad. Desde 1983 cerramos felizmente el ciclo de las incursiones del “partido militar”, pero la misma mirada retrospectiva y el examen del día nos advierten que la democracia nacida aquel año ha reincidido en la fórmula perversa del mal gobierno, a riesgo de fracaso. Y, lo que es peor, ahora no podemos echarle la culpa a los milicos.

El 14 de octubre del 2001, en las  elecciones de renovación legislativa durante el gobierno de Fernando de La Rúa, se produjo lo que entonces llamé una “huelga electoral”: votó el 50% del padrón nacional y el otro 50% se abstuvo, votó en blanco o anuló a sabiendas su voto. Fue un primer registro de la aguja del sismógrafo, que la voces oficiosas insistieron en minimizar.  En diciembre de 2001 estalló el grito: “¡que se vayan todos!”. Un grito ingenuo, si se quiere, ya que –y sobre todo en política- nadie se va sin que lo echen. Esta vez, sin embargo, el sismo fue perceptible y se conmovieron las estanterías de la clase política. Los partidos, que hasta ese momento, aunque manejados por oligarquías  dirigentes, aun subsistían, quedaron pulverizados. Se recompusieron bajo forma de agrupaciones provisorias nucleadas alrededor de figuras públicas, reforzadas por el trabajo de los fabricantes de imagen. El último golpe del viejo régimen partidocrático fue la organización de una pueblada contra un presidente débil y desnorteado, promovida por el trato pampa entre Duhalde y Alfonsín, a cuyo fin se echó mano a las cuadrillas manejadas con subsidios y favores por los intendentes del primer y segundo cordón de la provincia. Estos elementos, que en el fútbol se asumen como barras bravas, son ciudadanos reducidos a servidumbre por el mal gobierno, a los que se congela en una situación de miseria subsidiada para que sirvan de tropa disponible en toda ocasión. Como estos grupos fueron asumiendo su propia personalidad presentándose como partidarios de la revolución, según resulta de sus cánticos y banderas, se asistió a un nuevo invento aborigen, parangonable al del dulce de leche y del colectivo: el del revolucionario subsidiado con dineros públicos. Pérsico, D’Elía o Depetris son hoy algunos de sus capangas de los revolucionarios de Estado.

A partir de marzo de 2008, la tierra política tembló otra vez. Un ventarrón de desobediencia civil,  promovida a partir de la angurria tributaria llamada retenciones a oleaginosos, cruzó en diagonal el país. Algunas manifestaciones fundamentales del mal gobierno quedaron entonces al descubierto, con la consiguientes crisis de legitimidad, de la noción de representación política y del centralismo recaudador. Un gobierno elegido por mayoría poco tiempo antes, comenzó a sufrir una veloz deslegitimación de ejercicio: es un ejemplo de mal gobierno, de mandato monocrático, para peor ejercido por el ladero de quien ha sido elegida para ejercer él el Poder Ejecutivo, nuestro poder por antonomasia. Los representantes del pueblo, por su lado, se representan a sí mismos, sus privilegios y sus intereses. No hay tampoco poderes territoriales que sirvan de contrapeso : todos dependen de la caja central acumuladora y repartidora, hasta el límite de la humillación, como el caso del gobernador Scioli.

El monócrata, entonces, ante la presión pública, decide mandar su proyecto de retenciones móviles desmedidas a consideración del Congreso. Lo hace a través de un proyecto cuyos artículos primero y segundo, según es notorio y ya he comentado anteriormente, obligan al Congreso a ratificar una delegación legislativa en materia tributaria, notoriamente inconstitucional, a favor del Ejecutivo. En este caso, la delegación legislativa ni siquiera se ejerce por decreto, sino por mera resolución ministerial.  El Congreso, como he dicho ya, resulta así rebajado a mera oficina de legalización de la firma de un ministro, para colmo luego expulsado del gabinete. El monócrata se sube a la tribuna para dictar mensajes, no al pueblo (sumatoria de los CUIT/CUIL) sino a los diputados. ¡Guay de quien se aparte de la voz de orden! El mandato va dirigido al PUPA. ¿Qué es el PUPA? El Partido Único de los Políticos Argentinos, cuyo acrónimo   me descubriera un amigo finamente crítico. En el PUPA está el grueso de la clase política argentina, con independencia de caídos rótulos partidarios. Es un mismo lodo discepoliano donde andan todos manoseaos, persiguiendo de cualquier modo mantener ventajas y prebendas. El PUPA ha sido hasta ahora el reaseguro del mal gobierno, que le ha permitido a nuestros monócratas pasarse gloriosamente por el arco de triunfo los resguardos institucionales. Pero el PUPA se resquebraja, da las últimas boqueadas, está por palmarla. Las amenazas y la billetera ya no resultan tan efectivas. ¡129 a 122! ¿qué festejan en ese recinto?  Comienzo del fin del PUPA, comienzo irrevocable del fin de un régimen 

Decían los antiguos que Dios ciega a quienes quiere perder. Agregué alguna vez que, a veces, le basta con volverlos bizcos. Y un escritor mexicano le ponía este colofón: “pero antes los apendeja un poco”. La última pendejada monocrática ha sido recurrir a la revolución: estamos haciendo una revolución, por eso quieren voltear a Cristina los golpistas de siempre y por eso hay que votar las retenciones como están. Para nuestra progresía extrema, los negocios son la continuación de la revolución por otros medios.  Es revolucionario expropiar por vía recaudatoria inconstitucional los dineros públicos, para favorecer la continuidad del régimen y los negocios de los amigos. Por eso hay que defender la revolución; por eso hay que votar las retenciones móviles. Para eso se levantaron siete carpas revolucionarias ante el Congreso…pagadas con dineros públicos, con platita de la masa de CUIT/CUIL desparramada por nuestro país. Es ésta una revolución muy particular, convengamos. Un simulacro revolucionario de pendejos agrandados, de gamberros encanecidos, de mostacilla engrupida por los negocios fáciles. Dan ganas de contar otra vez el cuento del emperador y del chico que grita que está desnudo. Pero, en nuestro caso, no es que el emperador esté desnudo. Desnudo y todo, el del cuento continuaba siendo emperador. Aquí ocurre algo peor: debajo del ropaje del emperador no hay nadie, no hay nada. La perfección del simulacro.     

 

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