Panorama Católico

La Querella de Antioquia y la autoridad petrina

La misma querella de Antioquía es más bien un argumento a favor de la preeminente posición de Pedro en la Iglesia primitiva. Precisamente porque Pablo conocía y reconocía la significación de Pedro, es por lo que exige de él tan inflexiblemente una conducta rectilínea. No combatía la autoridad de Pedro, sino las peligrosas consecuencias de su debilidad.

La misma querella de Antioquía es más bien un argumento a favor de la preeminente posición de Pedro en la Iglesia primitiva. Precisamente porque Pablo conocía y reconocía la significación de Pedro, es por lo que exige de él tan inflexiblemente una conducta rectilínea. No combatía la autoridad de Pedro, sino las peligrosas consecuencias de su debilidad. Él no pretendía un cisma, sino, por el contrario, la unidad y la comunión de todos, judíos y paganos, en aquella Roca sobe la cual el Señor había construido su Iglesia.

Por Otto Hophan

Una sola vez muestra Pedro su condescendiente debilidad y una vez más volvió a sus negociaciones con motivo de aquellos acontecimientos conocidos con el nombre de “conflicto de Antioquía”. Este conflicto tiene una dolorosa y larga historia preliminar y no deja de ser significativo el que Pedro haya tenido que pasar por estos sinsabores para hacer que la Iglesia recién nacida viniera a ser la Iglesia Universal. Se trataba de la posición de los cristianos venidos del gentilismo dentro de la Iglesia. Con el bautismo del primer pagano convertido, Cornelio, vino a definir San Pedro que no solo el pueblo escogido, sino también los pueblos gentiles tenían participación en el Reino de Cristo. “Dios me ha mostrado (bajo la figura de los animales puros e impuros) que a ningún hombre se le puede llamar execrado o inmundo… ¿Es que se puede prohibir el bautismo a aquellos que han recibido como nosotros el Espíritu Santo? Bauticémoslos, pues, en el nombre de Jesucristo”. Esta decisión suscitó contra él las críticas y censuras de sus hermanos en la fe venidos del judaísmo. Pedro se mantuvo firme en su decisión; sin embargo, la forma en que trata de conciliar la autoridad con la prudencia y la deferencia para sus opositores llega a una gran delicadeza. No se desata en violentas decisiones anta la asamblea de los hermanos –sic volo, sic jubeo, stet pro ratione voluntas!-, sino que “comenzó a exponerles toda la serie de sucesos”, y, como si quisiera disculparse, concluyó: “Si Dios les ha dado (a los paganos) el mismo don que a nosotros, que recibimos la fe del mismo Jesucristo, ¿cómo me habría de oponer yo a los designios del Señor? Y oídas estas razones se tranquilizaron y alababan a Dios diciendo: Así, pues, también ha escogido el Señor a los paganos para que por la penitencia lleguen a la vida.” Un segundo paso es la resolución del problema planteado por los paganocristianos, a quienes los mismos mezquinos círculos judeocristianos querían obligar al cumplimiento de la ley y a la circuncisión, diciendo que no podían salvarse si no se circuncidaban según el rito de Moisés. Pablo y Bernabé se opusieron a esta doctrina con su poder apostólico. En el llamado Concilio Apostólico, celebrado en Jerusalén el año 49, fue preciso llegar a una solución en esta querella. Los ánimos se hallaban excitados, la discusión fue larga y acalorada, y la decisión final se presentaba espinosa y ardua. Pero allí estaba Pedro, quien con asombrosa moderación y prudencia -no ya con su espada- zanjó la cuestión a favor de los paganocristianos: “Dios no ha hecho diferencia entre ellos y nosotros, después de haber purificado por la fe de sus corazones. ¿Por qué, pues, queréis tentar a Dios e imponer sobre la cerviz de los discípulos el yugo, que ni nosotros ni nuestros padres han podido soportar?”

Sin embargo, aquella decisión conciliar tuvo, según se deduce de la Epístola a los Gálatas, un fallo y una consecuencia. El Concilio Apostólico no decidió nada respecto de la situación de los judeocristianos con relación a la ley del Antiguo Testamento, ni había habido ciertamente ocasión para ellos. Los judeocristianos se sentían ligados a la Ley tanto más fuertemente cuando más se desentendían -a su juicio- los paganocristianos de ella. Esto condujo a desavenencias y dificultades en las comunidades judeo y paganocristianas, en las que el mismo Pedro se vio envuelto. Porque poco después de la reunión de los Apóstoles en Jerusalén marchó a Antioquía, donde participaba de las comidas de los cristianos venidos del paganismo. “Pero como llegasen algunos (judíos) de parte de Santiago volviese de su acuerdo y comenzó a retirarse por temor a aquellos circuncisos”. ¿Fue esta actitud una muestra solamente de su debilidad? Séanos permitido aventurar unas palabras en defensa de Pedro. El buen Apóstol se encontraba en esta ocasión en una situación muy delicada entre los judeo y los paganocristianos. Si seguía comiendo con los gentiles se enemistaba con los judíos. Si se sentaba en la mesa de los judíos heriría los sentimientos de aquéllos. Por dos veces había definido el problema suscitado por los gentiles venidos de la Iglesia. Humanamente hablando, no creemos que sea imperdonable que en una cuestión claramente de detalle de la vida práctica haya querido dar una muestra de condescendencia a los judíos.

Pablo, sin embargo, entendió que la cuestión era más amplia y profunda. Pedro no podía apartarse de los gentiles después de haberlos ofendido y liberado del yugo de la Ley. De otra suerte, los cristianos venidos del paganismo vendrían a convertirse en cristianos de segunda clase, so pena de tener que someterse a las prácticas de la vida judía, si querían vivir en comunión con Pedro, a pesar de las seguridades dadas por éste de que estaban libres el cumplimiento de la Ley mosaica. Éste sería un golpe mortal para la naciente misión entre los gentiles y una traición a la misma esencia del cristianismo, que no está en la servidumbre de la Ley, sino en la liberación por Cristo. Y, en efecto, el ejemplo de Pedro había empezado a sembrar la discusión en la comunidad de Antioquía: otros judeocristianos y el mismo San Bernabé, Apóstol de los gentiles, se apartaban de la convivencia con los paganocristianos. San Pablo lo refiere acaloradamente en su Epístola a loa Gálatas: “Cuando vi que no caminaban conforme a la verdad del Evangelio, le dije a Cefas delante de todos los hermanos: Si tú, siendo judío, vives como los gentiles y no como los judíos, ¿cómo obligas a los gentiles con tu ejemplo a judaizar? Y se lo reproché cara a cara, porque no estaba en lo cierto”.

Se ha tratado de disimular la aspereza y acrimonia de esta disensión, aunque en realidad lo único que demuestra es que también Pedro y Pablo eran hombres. Pablo tenía razón. La conducta de Pedro creaba el peligro de que el cristianismo retornara al judaísmo y cerrara sus puertas a la gentilidad. Pablo se vio obligado a hablar para alejar este gravísimo peligro. Sin embargo, parece que pudo haber planteado el problema de una forma más moderada –fortiter in re, suaviter in modo-; pero el carácter colérico de Pablo actuaba fortiter lo mismo para pensar que para ejecutar.

En el fuego de esta prueba se acrisoló el oro del carácter de Pedro. Humildemente recibió la áspera reprensión de Pablo ante toda la asamblea, y no se escudó en su autoridad para dar a sus faltas una excusa o defensa. El pasaje de la carta a los Gálatas da a entender claramente que Pablo obtuvo la victoria incontestable. Y Pedro no le guardó ninguna prevención por aquella reprensión. Precisamente en su Carta Segunda habla cordialmente de “nuestro amado hermano Pablo”. Son casi las últimas palabras que tenemos de Pedro. ¡Cuánto ha cambiado aquel Pedro del Evangelio! Casi lo único que en él queda de aquellos lejanos tiempos de su sencillez. Esta sencillez es el mejor ornato de su autoridad, que ejerció tan humildemente que no sólo aceptó las críticas y las reprensiones, sino que cuando fue preciso volvió a desandar el camino extraviado en que se había metido. Realmente la humildad de Pedro no es menos admirable que la santa libertad de Pablo.

Tampoco éste siguió después de esto su propio camino, sino que continuó en comunión con Pedro. La querella de Antioquía ha dado lugar a muchas suposiciones y conjeturas. Se ha pretendido sacar de ella un argumento contra el Primado de Pedro; se ha visto en ella la expresión de dos tendencias enfrentadas en la Iglesia primitiva: el “Petrinismo” y el “Paulinismo”; se ha presentado la lucha de Pedro contra Simón Mago, primero en Samaria y más tarde en Roma, como un relato velado de la lucha entre Pedro y Pablo. La misma Sagrada Escritura echa por tierra tales interpretaciones. En la citada carta a los Gálatas, donde se refiere el conflicto de Antioquía, encontramos también el reconocimiento por parte de Pablo de la autoridad de Pedro. Afirma allí San Pablo que fue a Jerusalén a ver a Cefás y que con el pasó quince días. Cuenta igualmente a Cefás entre los “varones principales” de quienes recibió la confirmación e su misión entre los gentiles. La misma querella de Antioquía es más bien un argumento a favor de la preeminente posición de Pedro en la Iglesia primitiva. Precisamente porque Pablo conocía y reconocía la significación de Pedro, es por lo que exige de él tan inflexiblemente una conducta rectilínea. No combatía la autoridad de Pedro, sino las peligrosas consecuencias de su debilidad. Él no pretendía un cisma, sino, por el contrario, la unidad y la comunión de todos, judíos y paganos, en aquella Roca sobe la cual el Señor había construido su Iglesia. Nadie es, por lo tanto, tan contrario a la teoría del Petrinismo y Paulinismo en la Iglesia primitiva como el mismo Pablo. Cuando en la cristiandad de Corinto surgen algunos partidos: “Yo soy de Pablo. Yo de Apolo. Yo de Cefas. Yo de Cristo.”, les conjura San Pablo: “Yo os ruego, en el nombre de Nuestro Señor Jesucristo, hermanos míos, que guardéis la unidad. Que no surja entre vosotros disensión alguna. Que viváis unidos en pensamiento y sentimiento. ¿Es que Cristo está partido? ¿Es que Pablo ha sido crucificado por vosotros? ¿Es que habéis sido bautizados en el nombre de Pablo?”

El arte y la liturgia hacen resaltar desde los primeros siglos cristianos hasta nuestros días esta perfecta unión de Pedro y Pablo. El Crisóstomo los llama en uno de sus sermones “la apostólica yunta”. En las más antiguas representaciones se les muestra siempre unidos como si fueran hermanos. A partir del siglo III ocupan en las representaciones el apostolado un lugar de preeminencia a los costados del Salvador. La liturgia celebra su fiesta conjuntamente el 29 de junio, fecha de su muerte. Debido a la gran distancia que mediaba entre las dos grandes basílicas dedicadas en Roma a la memoria de ambos Apóstoles y que hacía muy difícil celebrar su fiesta el mismo día, se dejó más tarde la fiesta de San Pablo para el día 30 de junio. Cuando el calendario litúrgico festeja a San Pedro recuerda siempre y conmemora a San Pablo. Es posible que el arte y la liturgia hayan recibido su inspiración de las actas apócrifas de San Pedro y San Pablo compuestas entre los años 170 – 250. Estas actas insistan en la íntima unión que existió entre San Pedro y San Pablo, y relatan sus trabajos en común en Roma, su pasión común en la misma cárcel, su muerte el mismo día. Tal vez haya en muchos de estos relatos exceso de fantasía poética, pero es indudable que no se hubieran llegado a formular de esta suerte las relaciones que mediaron entre los dos Apóstoles si históricamente hubiera constado que habían vivido enfrentados y en lucha.

Es San Lucas quien en la primera y segunda parte de sus Hechos de los Apóstoles une fraternalmente a los dos. Los Hechos de los Apóstoles son la primera y más hermosa representación de estas dos figuras que tantas al correr de los siglos habían de aparecer juntas. ¡Pedro y Pablo! No eran ellos, a pesar de lo de Antioquía, rivales ni adversarios. Eran dos rayos que venían a concentrarse en el mismo divino sol; eran dos veces, eco de la misma palabra divina. Los dos eran uno en el mismo Señor Jesucristo. ¡A Él, Uno y Todo, sea el honor y la gloria!

Extracto del libro, Los Apóstoles del P. Otto Hophan

Ediciones Palabra, Madrid, 1982

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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