Panorama Católico

La Semana Mayor: Semana Santa

LA
SEMANA SANTA


(Celebración
dolorosa de la Redención)

 

LA
SEMANA SANTA


(Celebración
dolorosa de la Redención)

 

Semana
Santa y Semana Mayor llama la liturgia a la última semana
de Cuaresma, porque en ella se conmemoran los misterios más
santos y más augustos de, nuestra religión. Son días
de luto, pero de un luto reconfortador, pues recuerdan la muerte
afrentosísima del Hombre-Dios, y por ella nuestra redención.
¡Cuán al vivo nos pintan los oficios de estos días
la perversidad y la ingratitud de los hombres para con Dios, y la
mansedumbre y el amor entrañable de Jesús para con
la humanidad!


Hay ceremonias en esta semana como para conmoverse y llorar, ora
de alegría, ora de conmiseración. Recorrámoslas
rápidamente, aunque sólo sea para formarnos una idea
general del bello panorama que la Iglesia va a ofrecer a la vista
de sus hijos.

1.
Domingo de Ramos.
Antes de prestarse a ser crucificado,
Jesucristo desea ser proclamado Rey por el mismo pueblo deicida,
y por eso entra hoy triunfante en Jerusalén.
La liturgia de este día es una mezcla de alegría y
de tristeza. Hay que notar en ella tres particularidades

a) la bendición de los ramos; b) la procesión, y
c) la Misa.

a) La bendición de los,
ramos.
Precede a la Misa, con la que, a primera
vista, se confunde; pues tiene, como ella: Introito, Colecta, Epístola,
Gradual, Evangelio, Prefacio y Sanctus, a continuación del
cual vienen, en lugar del Canon, las oraciones de la-bendición.
Una vez benditos los ramos, el celebrante los rocía con agua
bendita y los inciensa, y al compás del canto de las antífonas
"Pueri hebraeorum", que recuerdan los vítores de
los niños hebreos, se hace la distribución. Al recibirlo,
los fieles han de besar el ramo y la mano del sacerdote.


El rito de la bendición de los ramos responde fielmente al
tipo antiguo de las synaxis alitúrgicas, tenidas, a imitación
de las celebradas por los judíos en sus sinagogas, para la
recitación del oficio divino, para la edificación
e instrucción de los fieles, etcétera, pero sin la
ofrenda del Santo Sacrificio.

b) La procesión.
cabada la distribución, se forma y desfila la procesión,
que semeja un paseo triunfal. Es de origen muy antiguo y una como
continuación de la que, ya en el siglo IV, se realizaba en
Jerusalén, con asistencia de toda la ciudad y de los mismos
monjes de la Laura de Pharan, y presidida por el obispo, quien,
para mejor representar a Nuestro Señor, cabalgaba montado
en un jumento. Todos los que toman parte en la procesión,
llevan en sus manos las palmas o ramos benditos, y los cantores
entonan cánticos alusivos al triunfo de Jesucristo. Al llegar,
de regreso, a las puertas del templo, la comitiva las encuentra
cerradas. Detiénese ante ellas, y oye que en el interior
voces infantiles entonan un himno, cuyo estribillo repiten los de
afuera, como entrelazándose en un porfiado diálogo
en alabanza de Cristo Rey.


Es el célebre himno "Gloria, laus…" compuesto,
en '.el siglo IX, según se cree, por Teodulfo, obispo de
Orleáns, estando prisionero en Angers por orden del rey Luis
el Bueno, y cantado por él, o por un coro de niños
por él preparados, en el preciso momento de pasar el rey
por delante de la cárcel acompañando a la procesión
de ramos.
Terminado el himno,, el subdiácono pide la entrada en el
templo para él y para toda la comitiva, golpeando la puerta
con la Cruz procesional, y los de adentro los reciben al son de
nuevos cánticos.


Este rito representa la entrada de Jesucristo en el cielo, cuyas
puertas, cerradas por el pecado, tuvo Él que abrirlas por
virtud de la Santa Cruz, siendo recibido por los Ángeles
al son de músicas y cánticos.

c) La Misa.
Con la procesión se extingue la nota alegre y triunfante
de este día, y se apodera del templo y de los oficios litúrgicos
un sentimiento de profundo' dolor. Éste llega a su colmo
en el canto de la historia de la Pasión según San
Mateo, que reemplaza al pasaje acostumbrado del Evangelio.


En señal de duelo no se inciensa el Misal ni los acólitos
llevan ciriales como de ordinario. Los fieles están de pie
y con las palmas y ramos benditos en las manos, como para vitorear
a Cristo mientras los judíos lo escarnecen. La cantan en
tono muy severo y con música del maestro Victoria, contemporáneo
de Palestrina, retocada últimamente por los monjes de Solesmes.
Está distribuída en forma de diálogo, en el
que intervienen como actores: Jesucristo (t), el Cronista (C) y
la Sinagoga (S), por la que habla el tercer diácono siempre
que media en la conversación un personaje aislado, y el coro
o asamblea de fieles cuando son varios o todo el pueblo en tumulto.
Al anunciar el Cronista la muerte del Señor, el clero y los
fieles se prosternan en tierra, por breves instantes, "para
adorar al Redentor. Prosigue el relato de lo sucedido después
de la' muerte, reservando la última parte para el diácono
de oficio, a quien corresponde el canto del Evangelio en todas las
misas solemnes.

2. Lunes Santo. Jesús,
que el domingo de Ramos por la tarde se retiró a Betania
al castillo de sus amigos, vuelve hoy de madrugada a Jerusalén,
en cuyo camino maldice a la higuera estéril y es asediado
a preguntas insidiosas por sus enemigos. Por la tarde regresa de
nuevo al castillo.

La liturgia de este día no ofrece ninguna particularidad.

3. Martes Santo. Nueva
visita de Jesús al templo de Jerusalén, acompañado
por sus discípulos. En el camino contempla la higuera seca,
y el Maestro aprovecha la ocasión para insistir sobre la
necesidad de la fe. En el templo se le acercan sus enemigos para
provocarlo, y Él les expone la parábola de los viñadores
y les responde a diversas preguntas. Toma algunas providencias para
la próxima Pascua, y se retira a Betania.
La única particularidad de la liturgia de hoy es el canto,
en la Misa, de la historia de la Pasión, según San
Marcos, con los mismos ritos que el domingo, menos el uso de las
palmas.

4. Miércoles Santo.
El apóstol Judas, contrata hoy la venta de su Maestro, y
los primates del pueblo discurren en el Sanhedrín sobre la
manera de hacerlo prisionero. ¡Ya comienza el gran drama,
ya se inician los misterios!


En la Misa, antes de la epístola reglamentaria, se intercala
una lectura del profeta Isaías, que antiguamente estaba dirigida
a los catecúmenos que celebraban hoy el sexto escrutinio.
En lugar del Evangelio se canta la historia de la Pasión
según San Lucas, en la misma forma que el domingo y el martes.


Al atardecer, tiene lugar en las iglesias el:
Oficio de Tinieblas.
El oficio de Tinieblas no es otra cosa que los maitines y laudes
del Jueves, Viernes y Sábado Santo, anticipados a la víspera
correspondiente, al acercarse las tinieblas de la noche, para que
pueda asistir a ellas aun el pueblo trabajador.

El oficio del miércoles recorre la Pasión entera del
Señor; y el del jueves insiste sobre su Muerte y su larga
Agonía; y el del viernes celebra sus Exequias y su Sepultura.

Este oficio presenta casi todas las características de un
funeral: salmos, antífonas y responsorios lúgubres
y lamentables, ningún himno, ninguna "doxología";
tonos severos y sin acompañamiento de ningún instrumento
músico; altares desnudos y con velas amarillas, como si fueran
catafalcos; al fin, casi absoluta oscuridad, y el canto grave del
"Miserere".

El conjunto literario es de lo más bello y sublime que atesora
la liturgia, y lo mismo podemos decir de la parte musical.

Las Lecciones del I Nocturno están sacadas de los "Trenos"
o "Lamentaciones" de Jeremías, por cuya boca deplora
la Iglesia, con acentos desgarradores, la ruina y desolación
de Jerusalén, es decir, de la humanidad prevaricadora; y
para imprimir a sus quejas un sentimiento más hondo y penetrante,
ha revestido la letra de estos trenos con una melodía plañidera
y melancólica, muy parecida, si es que no es la misma, a
la que cantan los judíos.
Durante estos oficios, hay en el presbiterio un tenebrario o candelabro
triangular con quince velas escalonadas de cera amarilla, las cuales
se van apagando una tras otra al fin de cada salmo de maitines y
laudes, empezando por el ángulo derecho inferior, quedando
encendida solamente la más alta, que en algunos sitios suele
ser blanca. Mientras se canta el "Benedictus" apáganse
también las velas del altar, y el templo queda casi en completa
oscuridad, máxime cuando, durante el "Miserere"
final, a la única vela encendida del tenebrario se la oculta
detrás del altar. Terminado el "Miserere", el clero
y los fieles producen un leve ruido de manos, de libros y matracas,
que cesa repentinamente al aparecer la luz del cirio oculto detrás
del altar.

Todos estos detalles un tanto dramáticos tienen su significado.
El apagamiento sucesivo de las velas del Tenebrario y del altar,
recuerda el abandono y defección casi general de los discípulos
y amigos del Señor, al tiempo en que era atormentado por
los judíos. La, única vela encendida representa a
Jesucristo. Se le oculta tras el altar, para significar su sepultura
y su desaparición momentánea de este mundo, reapareciendo
con nuevo brillo el día de su Resurrección. El ruido
final imita las convulsiones y trastornos que sobrevinieron a la
naturaleza en el trance de la muerte del Salvador.

5. Jueves Santo. Jueves
Santo, con su única Misa pero solemnísima, y con las
visitas al monumento, envuélvenos en una como ola eucarística,
que nos obliga a no pensar en nada más qué en la última
Cena de Jesús y en la institución del Sacerdocio y
del Sacramento del amor. Es un día medio de gozo, medio de
tristeza: de gozo, por la rica herencia que nos deja Jesús
al morir, en testamento; de tristeza, porque se oculta a nuestra
vista el Sol de Justicia. Jesucristo, y empieza a invadirlo todo
el espíritu de las tinieblas.


Antiguamente, en la mañana de ese día, había
tres grandes funciones litúrgicas, que se celebraban en tres
misas diferentes: la Reconciliación de los penientes, la
Consagración de los óleos, y la conmemoración
de la Institución de la Eucaristía. De la primera
sólo ha quedado como vestigio la bendición "urbi
et orbi" que da hoy el Papa desde la loggia del atrio de la
Basílica Vaticana.


En la actualidad, la liturgia matutina del Jueves Santo se reduce:

a) a la Misa;
b) a la procesión al monumento;
c) al despojo de los altares, y rezo de las Vísperas.

Por la tarde efectúase el Mandato o lavatorio de los pies,
y el oficio de Tinieblas.

a) La Misa.
Solamente hay una en cada iglesia, y sería el ideal que en
ella comulgasen el clero y los fieles. Los ministros y la cruz del
altar están revestidos de ornamentos blancos, en honor a
la Eucaristía. Como en los días de júbilo,
se empieza por tañer el órgano y cantar el Gloria,
durante el cual se echan a vuelo las campanas de la torre y se tocan
las campanillas del altar, enmudeciendo en señal de duelo
todos esos instrumentos desde este momento hasta el Gloria de la
misa del Sábado Santo. Prosigue la Misa en medio de cierto
desconsuelo producido por el silencio del órgano. En ella
se suprime el ósculo de paz, por temor de recordar el beso
traidor con que Judas entregó tal día como hoy a su
Maestro. El celebrante consagra dos hostias grandes, una para sí
y otra para reservarla hasta mañana en el monumento.


En las catedrales celébrase con extraordinaria pompa la bendición
y consagración de los santos óleos, efectuada por
el obispo, acompañado por doce sacerdotes, siete diáconos
y siete subdiáconos, revestidos con los correspondientes
ornamentos.

b) Procesión al monumento.
Terminada la Misa, se organiza una procesión para llevar
al monumento la hostia consagrada que ha reservado 'el celebrante,
la cual reposará allí hasta mañana, y recibirá
entretanto las visitas de los cristianos que, aisladamente y en
piadosas caravanas, acudirán al templo atraídos por
el Amor de los Amores y por el beneficio espiritual de las indulgencias
concedidas.


El monumento es simplemente un altar lateral de la iglesia, lo más
ricé y artísticamente adornado que sea posible, con
muchas flores y muchas velas y con un sagrario móvil colocado
a cierta altura. Ningún emblema ni recuerdo de la Pasión
debe de haber en él, y menos soldados y guardias romanos
pintados en bastidores, como en algún tiempo lo estilaron
ciertas iglesias.

c) El despojo de los altares.
A la procesión, que termina bruscamente con la reposición
de la sagrada hostia en el sagrario, sigue el rezo llano y grave
de las Vísperas, después de las cuales el celebrante
y sus ministros despojan los altares de todo el ajuar, dejándolos
completamente desnudos hasta el Sábado Santo, para anunciar
que hasta ese día queda suspendido el Sacrificio de la Misa.


Al mismo tabernáculo se le desposee de todo y se le deja
abierto, para dar todavía mayor impresión del abandono
total en que va a encontrarse Jesús en medio de la soldadesca:
Históricamente; este despojo de los altares recuerda el uso
antiguo de desnudarlos diariamente, a fin de que, no estando adornados
más que para la Misa, resaltase más vivamente la importancia
del augusto Sacrificio eucarístico.

d) El lavatorio de los pies.
En las iglesias catedrales, en las grandes parroquias y en los monasterios,
tiene lugar, después de mediodía, la ceremonia del
lavatorio de los pies a doce o trece pobres. Está a cargo
del prelado o superior. Es un acto solemne de humildad con que el
pastor de los fieles imita al que en la tarde del Jueves Santo realizó
Nuestro Señor con sus discípulos, antes de comenzar
la Cena, ; una promulgación anual del gran mandato de la
caridad fraterna formulado por Él al tiempo de partir de
este mundo para el cielo.
El número doce de los pobres representa a los doce apóstoles,
y el trece, según Benedicto XIV, al Ángel enviado
de Dios que misteriosamente se agregó a la mesa del Papa
San Gregorio Magno en la que, como de costumbre, comían cierto
día los doce pobres por él invitados, y cuyos pies
previamente lavaba.

Al
atardecer se celebra el Oficio de Tinieblas, lo mismo que el miércoles.

"Reloj de la Pasión, último día de Nuestro Señor"

 

6.
Viernes Santo.
El Viernes Santo, hablando en lenguaje
litúrgico, amanece, sombrío y melancólico,
como barruntando algo siniestro que en él va a suceder. Jesús
ha pasado la noche entre la chusma, siendo el escarnio de la soldadesca,
acosada, se diría, por el mismísimo Satanás.
Azotado y escupido, desollado y coronado de espinas y cargado con
el pesado madero, el divino Nazareno atraviesa las calles de Jerusalén.
Va al Calvario a extender sus brazos y a abrir sus labios para abrazar
y besar con un solo ademán a toda la humanidad. La naturaleza
lo ve, y se horroriza; y anochece el día lo mismo que había
amanecido, sombrío y melancólico. Por lo mismo la
liturgia de esta dolorosa jornada se celebra toda ella en la penumbra
y con todo el aparato fúnebre: pocos cirios amarillos, ornamentos
negros, cantos lúgubres, matracas, "improperios"
o quejas de amargura…; eso por la mañana, y por la tarde;
las "tinieblas", que equivalen a las exequias del Redentor.
"La Misa de hoy ni tiene principio ni fin; porque el que
es principio y fin padeció hoy tan amarga Pasión.
Ninguna hostia se consagra; porque el Hijo de Dios estaba hoy en
el ara de la Cruz consagrado. Caemos en tierra de rodillas, adosando
y besando la Cruz, porque se te acuerde que tu Redentor se inclinó
cuando la Cruz estaba tendida en el suelo, abriendo aquellos sagrados
y delicados brazos y manos, para que se las enclavasen, y enclavado,
fué en la Cruz elevado en el aire…"
(1).

En tres partes pueden distribuírse los oficios matutinales
de hoy
a) las lecturas y oraciones;
b) el descubrimiento y adoración de la Cruz, y c) la Misa
de presantificación.

a) Lecturas y oraciones.
El altar está del todo desnudo,. y las velas apagadas. Los
ministros sagrados, al llegar al presbiterio, se postran completamente
en tierra, en cuya posición humilde permanecen unos minutos,
durante los cuales los acólitos cubren con un solo mantel
la mesa del altar.

No hay palabras, cánticos ni gestos que puedan expresar más
intensamente el abatimiento que embarga hoy a la Iglesia a la vista
de Jesús Crucificado. Este silencio aterrador y esta larga
postración, adorando y condoliendo al Divino Redentor, es
el primero, y quizás el más elocuente, de los ritos
de hoy.

Puestos de pie los ministros, cántase, sin título
ni anuncio de ninguna clase y en tono de profecía, un pasaje
del pro feta Oseas (c. VI) proclamando la próxima resurrección
y triunfo del Crucificado, al que sigue un tracto y una colecta,
haciendo resaltar, en esta última, `el contraste entre el
castigo de Judas y el premio del buen Ladrón. Una segunda
lectura, tomada del Éxodo (c. XII) relata las circunstancias
con que los israelitas sacrificaban y comían el Cordero pascual.
Por fin, se canta la historia de la Pasión, según
San Juan, en la misma forma que los días anteriores.

Concluída la Pasión, cántase una serie de oraciones
por la Iglesia, por el Papa, por todos los ministros de la jerarquía
eclesiástica, por las vírgenes, por las viudas, y
por los catecúmenos ; por la desaparición de los errores,
pestes, guerras y hambres; por los -enfermos, .por los .encarcelados,
por los viajeros, por los marineros ; por la conversión de
los herejes; por los "pérfidos" judíos,
"para que Dios levante el velo que cubre su corazón
y así también ellos conozcan a Jesucristo", y
por los paganos.

De nadie se olvida la 'Iglesia en este día de perdón
universal. A cada oración precede un anuncio solemne de la
misma y, para mover más a Dios, una genuflexión general
de toda la asamblea. En la oración por los judíos
se omite la genuflexión para no recordar -dice algún
Ordo romano- la,que por befa hicieron ellos delante de Jesús
vestido de púrpura y coronado de espinas; ni tampoco se usa
del canto sino sólo de un recitado a media voz, quizá
para evitar el que los primitivos cristianos, justamente indignados
contra aquel pueblo deicida, se enterasen de este rasgo de condescendencia
de la Iglesia.

El texto de estas oraciones y el modo de hacerlas son antiquísimos,
y recuerda el tenor de las usadas en las primeras reuniones religiosas
y hasta en las sinagogas judías. Es la oración litánica
que antiguamente seguía a la invitación Oremus que
precede inmediatamente al ofertorio de la Misa.

b) Descubrimiento y adoración
de la Cruz.
A las ocho de la mañana,
refiere la peregrina Etheria, se celebraba en Jerusalén,
en la capilla de la Santa Cruz, la adoración del Lignum ;
: Crucis, por el obispo, el clero y todos los fieles, ceremonia
que duraba hasta el mediodía.' Para satisfacer la piedad
de todos los cristianos del mundo, esta devoción pasó
de Jerusalén a algunas iglesias privilegiadas, y por fin,
a todas las de la cristiandad.

Como el Crucifijo está tapado desde el sábado anterior
al Domingo de Pasión, el celebrante empieza por descubrirlo,
en esta forma: despójase de la casulla, en señal de
humildad, y tomando el Crucifijo lo descubre en tres veces: la primera
vez, la parte superior, cantando en voz baja la antífona
"Ecce Lignum Crucis", al mismo tiempo que la muestra al
pueblo; la segunda, la cabeza, cantando en tono más elevado;
y la tercera, todo lo restante del Crucifijo, cantando ya a plena
voz, y desde el medio del altar.

Parece ser que con este descubrir progresivo de la Cruz y la elevación;
por tonos, de la voz, quiere significar la liturgia la triple etapa
por que pasó la predicación del misterio de la Cruz:
la primera como al oído, tímidamente, y sólo
entre los adeptos del Crucificado; la segunda, ya después
de Pentecostés, pública y varonilmente, y a todos
los judíos; y la tercera, a todo el mundo y con toda la fuerza
de la palabra.

La adoración la hacen todos los fieles, empezando el celebrante
y el clero; éstos, en señal de humildad, con los pies
descalzos. Antes de acercarse a la Cruz, hacen todos, a convenientes
distancias, tres genuflexiones de ambas rodillas; en la última,
la adoran besándola. Entre tanto los cantores cantan con
conmovedoras melodías el "Trisagio", en griego
y en latín; los "Improperios" o reproches amargos
de Dios al ingrato pueblo judío, y, en su persona, a los
malos cristianos de todos los siglos; y el hermoso himno de Fortunato
Pange Lingua, en honor de la Cruz.

En adelante la Cruz presidirá los oficios religiosos y, como
un homenaje singular; aun el clero, al pasar delante de ella, la
saludará con una genuflexión.

c) Misa de presantificados.
Al final de la adoración de la Cruz, se encienden las velas
del altar, se extiende sobre él el corporal, y se organiza,
lo mismo que ayer, una solemne procesión al monumento, para
tomar la hostia allí reservada. Con esta hostia consagrada
ayer, o "presantificada", se celebra el rito que el Misal
denomina Misa de presantificados y los antiguos llamaban "Misa
seca", porque en ella no hay consagración, sino solamente
comunión del celebrante con la hostia previamente consagrada.
El recuerdo del Sacrificio sangriento del Calvario embarga hoy de
tal modo a la Iglesia, que renuncia a la inmolación incruenta
de cada día.

El rito se desarrolla en esta forma: Sacada la hostia del cáliz
y puesta sobre el corporal, el celebrante pone vino y agua en un
cáliz, que no consagra; inciensa la oblata y el altar, como
en las misas ordinarias; eleva la hostia; canta el Pater noster;
recita en voz alta la oración Liberanos que le sigue; luego,
en silencio, otra, como preparación a la comunión,
y comulga únicamente bajo la especie de pan, tomando a continuación,
a guisa de abluciones, el vino del cáliz. Los fieles no pueden
comulgar hoy, a no ser en peligro de muerte, por viático.

A continuación se rezan las Vísperas en tono lúgubre,
como ayer; y por la tarde los fieles se entregan a la meditación
de la Pasión y Muerte del Señor y Soledad de María.

En Jerusalén -según la mencionada peregrina Etheria-
y al terminarse la adoración de la Cruz, que era ya el medio
día, comenzaba una serie de lecturas e himnos como para venerar
el sagrado madero, durante los cuales a menudo se oían suspiros
y sollozos de los' fieles. A las tres se leía la historia
de la Pasión según San Juan, y a conti nuación
se rezaba Nona, y como anochecía pronto, no había,
ya Vigilias, si bien muchos fieles pasaban la noche entera delante
de la Cruz.

7. Sábado Santo.
Jesús ha pasado toda la noche y pasará también
todo el sábado en el sepulcro, custodiado por los soldados,
sobornados por el Sanedrín para testificar contra su Resurrección.
La Iglesia está hoy toda absorta en ese hecho, y en virtud
del decreto del 9 de febrero de 1951 de la Sagrada Congregación
de Ritos, en el que se restituyó todo el rito de la Vigilia
pascual a la noche del sábado al domingo, conforme al uso
primitivo, todo el día del sábado lo dedica a conmemorar
y venerar la muerte y sepultura del Redentor, a las que alude todo
el Oficio del día. Tal debe ser también la preocupación
de los fieles por todo el Sábado Santo: meditar y venerar
la sepultura del Redentor, asistiendo, en cuanto les sea posible,
a los oficios litúrgicos y funciones extralitúrgicas
del día.

La Sagrada Congregación de Ritos, atendiendo a tantos; ruegos
y deseos de liturgistas contemporáneos (nosotros mismos lo
reclamábamos en las ediciones anteriores de este Manual)
y de obispos de todos los países, después de haber
estudiado seriamente el asunto a la luz de los documentos antiguos,
se resolvió a restituir el rito de la vigilia de Pascua,
que hasta ahora se celebraba en la mañana del Sábado
Santo, a las horas de la noche, para que así recobrara todo
su significado y sirviera de preparación inmediata a la Pascua
de Resurrección. La novedad, aunque anunciada sólo
como a título de "experiencia" para el año
1951, fué recibida con aplauso general. Ella significaba
no sólo un feliz retorno a la antigüedad, sino también
al buen sentido, en el terreno litúrgico.

Según, pues, el aludido Decreto, el Sábado Santo es
un día "alitúrgico", es decir, sin sacrificio
eucarístico, pero con el Oficio Divino completo. Éste,
por lo tanto, se compone de Maitines y Laúdes, Horas Menores,
Vísperas y Completas, y ha de rezarse en sus horas correspondientes.
Por lo mismo, las Tinieblas del Viernes Santo ya no tienen lugar,
como antes, al anochecer de ese día, sino el sábado
por la mañana.

El Oficio Divino del Sábado Santo, a excepción de
Maitines y Laudes, es el mismo del Jueves Santo, con algunas pequeñas
variantes que se han hecho necesarias para acomodarlo al Sábado,
que es un día medio de luto, medio de alegre esperanza. Así,
por ejemplo, se ha suprimido el salmo "Miserére",
que, por otro lado, no existía en el Oficio del Triduo pascual
antes del siglo XII; se ha compuesto una Antífona apropiada
para el "Magníficat" de Vísperas, y se ha
sustituido la oración "Réspice" por la "Concede",
que alude a la devota expectación del pueblo cristiano en
la Resurrección del Hijo de Dios.

No habiendo, pues, en el Sábado Santo actual, como acabamos
de exponer, más que Oficio Divino, los fieles harán
bien en asistir a él y en visitar en los templos el Santo
Sepulcro, preparando sus corazones para la celebración pascual.

S. Vigilia pascual.
El decreto reformador del 9 de febrero de 1951, que hizo del Sábado
Santo un día "alitúrgico", restauró
en la noche del sábado al domingo la Vigilia pascual, que
consta de los siguientes ritos

a) la Bendición del fuego nuevo, b) la Bendición del
Cirio pascual, e) la introducción del Cirio, con la luz nueva,
en el templo, y el canto del "Exúltet",
d) las lecturas bíblicas,
e) la Bendición de la Pila bautismal,
f) la Renovación de las promesas del Bautismo, g) la Letanía
de los Santos, y
i) la Misa solemne de "Gloria".

La restauración de esta vigilia pascual en la forma indicada
ha sido una obra feliz, fruto de concienzudos estudios y combinación
muy acertada de los" elementos primitivos con las necesidades
actuales. No es el caso ya de pasar toda o casi toda la noche en
vela, sino de santificar en el templo las últimas horas del
sábado y las primeras del domingo, esperando el triunfo de
la Resurrección de Jesucristo, que presagia cada uno de esos
ritos y que la solemne Misa pascual anuncia como sucedido.

a) La Bendición del fuego
nuevo.
La Vigilia pascual comienza con la Bendición
del fuego nuevo, el cual ha de encenderse por medio del pedernal
para significar que Cristo, a quien el pedernal representa, es el
origen de la luz, la cual ha de brotar de ese fuego bendito.
Este rito puede hacerse o en el atrio o dentro del templo, pero
cerca de la puerta, como pueda ser mejor visto por los asistentes.

b) Bendición del Cirio
pascual.
Terminada la Bendición del
fuego, el celebrante prepara el Cirio pascual trazando sobre él
con un estilete una cruz, escribiendo con el mismo la primera y
la última letra del alfabeto griego (Alfa y Omega) y los
números correspondientes al año en que se vive, en
esta forma y diciendo las palabras del caso. Luego, se bendicen
cinco granos de incienso (si no están ya benditos de otro
año) y se los clava en el Cirio el cual se enciende con el
fuego nuevo, y entonces, finalmente, es él bendecido con
una breve fórmula:

Este Cirio, así con tanto cuidado preparado por el sacerdote
y por fin encendido y bendecido, representa a Jesucristo Resucitado
y recuerda a la vez a la columna luminosa que acompañaba
y guiaba por la noche a los hebreos, a su paso por el desierto.
Los granos de incienso recuerdan por un lado las llagas del Crucificado
y por otro los perfumes y ungüentos que prepararon las santas
mujeres para embalsamar el cadáver de Jesús. Por eso
va a ser el Cirio el blanco de las miradas y de los homenajes de
los fieles cristianos reunidos esta noche en el templo para la Vigilia
pascual, y su luz va a iluminarlo y alegrarlo todo y a todos.

c) Introducción del Cirio
encendido.
En solemne procesión introduce
el diácono en el templo el Cirio encendido, encendiendo con
él, primero, el celebrante su propia vela; segundo, todo
el clero, y tercero todo el pueblo y la luminaria del templo, inundándose
así de la nueva luz, que simboliza a Cristo, todo el ambiente
sagrado. A continuación el diácono canta el "Exúltet",
previa incensación del libro y del Cirio, que ocupa un lugar
céntrico del coro.

El Exúltet o "Angélica", o más propiamente
Prcecónium paschale o "anuncio pascual", es un
poema lírico dedicado a la luz y a la Resurrección
de Jesucristo. Primitivamente su composición estaba librada
a la inspiración personal del diácono encargado de
cantarlo, lo que dio margen a veces a retóricos abusos y
adornos excesivos de estilo, de los que el actual está exento.
En cambio está henchido de teología, acerca del misterio
de la Redención.

Antiguamente (y también hoy, por fortuna), se procuraba hacer
en este momento una muy profusa iluminación dentro del templo,
para que los hechos concordasen con las palabras del diácono.
Este Cirio quedará en el presbiterio todo el tiempo pascual,
como testimonio de la Resurrección de Jesucristo.

d) Lecturas bíblicas¡-Como
reminiscencia de la preparación doctrinal y bíblica
que en la antigüedad se daba a los catecúmenos para
el bautismo, en el nuevo rito de esta Vigilia pascual se han conservado
cuatro de las antiguas lecciones o profecías del Misal romano,
con sus tractos y las oraciones, correspondientes

e), f) y g) Letanía, Bendición de la Pila bautismal
y Renovación de las promesas. – Terminadas las lecturas bíblicas,
se comienza con la Letanía de los Santos, la cual se interrumpe
antes de "Propitius esto" para efectuar la Bendición
de la Pila bautismal, en medio del coro, o, si el baptisterio lo
requiere, en el baptisterio, después de la cual se hace la
Renovación de las promesas del Bautismo, y se prosigue la
letanía hasta el fin, enlazándola con los Kyries de
la Misa.

La Letanía de los Santos y la Bendición de la Pila
ya estaban en el anterior rito del Sábado Santo, mas no así
la Renovación de las promesas del Bautismo, que ha sido introducida
por primera vez ahora. Ésta, lo mismo que la Bendición
de la Pila, se hace delante del Cirio pascual, como si fuera delante
de Cristo, incensándolo previamente. El rito no puede ser
más solemne ni más apropiado para esta noche, en que
primitivamente se administraba el bautismo a multitud de catecúmenos,
y en que además recuerda al cristiano, con San Pablo, haber
sido también él sepultado con Cristo por medio de
su bautismo, dejando en la pila de la regeneración espiritual
sus vicios y concupiscencias. Esta Renovación viene a ser
una reminiscencia de la antigua "Pascua annotina", de
la que hablan no pocos rituales antiguos.
La Bendición de la Pila bautismal, que podemos decir es el
rito central de esta noche, es sumamente interesante y está
llena de un rico simbolismo. Para expresar la infusión del
Espíritu Santo sobre el agua bautismal, el celebrante sopla
y alienta repetidas veces sobre ella y sumerge en la pila el Cirio
pascual, pidiendo descienda con él en el agua "la virtud"
del Paráclito. Reservada, luego, el agua necesaria para '
el uso del templo y de los fieles, a la que se destina para el bautismo
se la mezcla con el óleo de los catecúmenos y el.
Santo Crisma y se la guarda en el baptisterio.

Antiguamente se administraba en este momento el bautismo a los catecúmenos,
que eran multitud, y luego se les confirmaba. Hoy, si se presenta
el caso, se administra el bautismo, mas no la confirmación.

i) Misa de "Gloria".
Se engarza con las Letanías de los Santos, cuyos Kyries finales
reemplazan a los de la Misa. Los ministros usan ornamentos blancos.
Al entonar el "Gloria", rompen su silencio el órgano
y las campanas, descórrense las cortinas moradas que cubren
los altares, y el templo entero recobra el aspecto festivo.

Después de la Epístola hace su entrada triunfal en
los oficios litúrgicos el "Aleluya", que el celebrante
y el coro cantan seis veces alternando. No hay Credo, Ofertorio,
ni Agnus Dei, ni ósculo de paz, y también se han suprimido
las Vísperas, que antes se intercalaban a continuación
de la Comunión. Con el "Ite missa est" aleluyado,
terminan los oficios de esta "noche feliz", los cuales
son como la primera estrofa del himno triunfal de la triunfante
y gloriosa Resurrección.

Es de esperar que, antes de dar a esta reforma su forma "definitiva",
se le restituirá a esta Misa toda su solemnidad, sin suprimir
ni el Credo, ni el Ofertorio, etc., y colocando los Laudes al fin
de la misma, como acción de gracias.

En las iglesias benedictinas, al Ofertorio de la Misa se bendice
el Cordero Pascual, figura de. Jesucristo, para reanudar, con esa
carne bendita y con el beneplácito de la Iglesia, la comida
de carnes prohibida a los monjes durante toda la Cuaresma. Además,
simbolízase en él a Jesucristo, Cordero de Dios, inmolado
por los hombres, y asado, que diríamos, en la parrilla de
la Cruz y. dado en manjar en la Comunión.
Demás estará advertir que los qué asisten a
esta Misa de media noche cumplen con ella el precepto dominical,
y que los que en ella comulgan no pueden volver a comulgar el día
de Pascua. Sin embargo, harán bien los cristianos en asistir
a la Misa solemne del día, para santificar y distinguir al
día más grande del Año litúrgico.

NOTAS: (1) Juan de Padilla (El Cartujano): Cancionero Castellano
del s. X V, p. 443.

Cortesía de Stat Veritas

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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