Panorama Católico

La sobremesa

Soltera y soltero unidos en canónica bendición componen un matrimonio provisional: porque todavía no son la familia. El leerá el periódico mientras toma su café, y ella se pondrá a hacer calceta. Están todavía sentados a la mesa, pero no están de sobremesa. La familia comienza realmente cuando, mientras él toma su café, ella se pone a tejer su primer escarpín.

 

Soltera y soltero unidos en canónica bendición componen un matrimonio provisional: porque todavía no son la familia. El leerá el periódico mientras toma su café, y ella se pondrá a hacer calceta. Están todavía sentados a la mesa, pero no están de sobremesa. La familia comienza realmente cuando, mientras él toma su café, ella se pone a tejer su primer escarpín.

 

Por Ignacio B. Anzoátegui

Hay un arte de cocinar, un arte de servir, un arte de comer, un arte de levantarse de la mesa. Lo que no hay es un arte de levantarse de quedarse de sobremesa. Porque, siendo ésta una inactividad y no contando la inactividad con arte alguno que la regule, la sobremesa escapa a todas las reglas del buen convivir.

Y, sin embargo, ella es la más cierta expresión del buen convivir: como que es la expresión de la necesidad de vivir en familia, de saberse rodeado de sí.

Porque es en la sobremesa donde el hombre se encuentra verdaderamente consigo, que es encontrarse con los suyos, con lo suyo, libre de toda preocupación que no sea la de dejarse estar, la de hablar por sólo darle el gusto a la conversación, la de escuchar -quizá en la única hora en la que el hombre escuche- para darle el gusto a quien habla.

En la sobremesa todas las ideas son claras, o, al menos, sencillas. Allí nos asombramos de la sencillez de nuestras convicciones: los monárquicos de su convicción monárquica; los republicanos de su convicción republicana.

El vino ha surtido su efecto; el sabio vino de la verdad bondadosa, de la digestión amable, del generoso opinar. y, tras el vino, el coñac, que es la palmada en el hombro de la bonhomía; la copa de coñac, que, sorbo a sorbo, nos hace más nuestros, más de nuestra sobremesa, más compinches del hombre.

Porque la sobremesa es eso: compincharía. Compincharía de marido a mujer y de matrimonio a hijos: que no hay sobremesa sin hijos, como sin hijos no hay familia, sino unión hotelera de un hombre y una mujer.

Soltera y soltero unidos en canónica bendición componen un matrimonio provisional: porque todavía no son la familia. El leerá el periódico mientras toma su café, y ella se pondrá a hacer calceta. Están todavía sentados a la mesa, pero no están de sobremesa. La familia comienza realmente cuando, mientras él toma su café, ella se pone a tejer su primer escarpín. Y cuando él, levantando los ojos del periódico, le pregunta:

-¿Qué haces?-y ella, bajando la vista, dice:

– Tejiendo, no sé…

Ahí empieza históricamente la sobremesa: en el bien entenderse de la casa, en el hacerse casa la casa, en el bienestar; mejor dicho, en el dejarse sobrevivir.

Porque la sobremesa es eso: un dejarse sobrevivir uno mismo en función de otros que a su vez se dejan sobrevivir en función de uno. Y es tal el grado de bienestar, de conformidad con la vida, que cada uno se protagoniza allí y es, sin que los demás lo sepan -porque cada cual cree eso de sí-, el centro de la reunión familiar.

De la reunión familiar, he dicho. Mejor diría, del grupo de familia. Porque la sobremesa es un grupo fotográfico en acción, la fotografía viva de un largo instante, una demorada instantánea de sobrevivientes con vocación de álbum.

Porque, además, es eso la sobremesa: un álbum; el álbum futuro del buen ejemplo, de la paz que reinaba en la casa cuando nosotros vivíamos y posábamos para nuestros nietos.

Para nuestros nietos, sí, porque para los hijos no se posa; para los hijos se trabaja, se desgañita uno y alguna vez se destempla con una resplandina. Para nuestros nietos, en cambio, posamos. Y lo hacemos desde que tenemos un hijo. Nos sentimos abuelos quizá ya en el mismo pasillo de la maternidad donde aguardamos, entre pitillos y sobresaltos, la buena nueva del nacimiento de nuestro primogénito: abuelos de verdad, abuelos con responsabilidad de sobremesa, con caras de senadores del Reino. Porque quien tiene un hijo no se queda en eso: compromete al hijo para padre; ya es abuelo, ya es simiente, ya es prócer.

Y, al fin y al cabo ¿qué es el prócer sino el hombre de la sobremesa de la Historia?, ¿qué es sino el sobreviviente?, ¿qué sino el héroe del álbum?

Así como no existe un arte de quedarse de sobremesa, existe un arte de la proceridad, que consiste precisamente en quedarse de sobremesa. Porque nadie, absolutamente nadie que no se incline alguna vez en su vida anta la parsimonia puede llegar a la condición de prócer. No hubiera alcanzado a estas alturas Napoleón, con todas sus victorias, si no se diera en la más feliz de sus inspiraciones, a la idea de introducir sus dedos de la mano entre los botones del capote y dejarlos allí parsimoniosamente como en una especie de sobremesa de su mano. Ni la hubieran alcanzado los reyes ni los guerreros si no se entregaran en su hora a la parsimoniosidad de sus retratos, a la inmovilidad que como un tributo exige la inmovilidad.

“Comer para vivir y no vivir para comer”, dijo alguno, metiéndose a censor de la gula. No. Ni vivir para comer, ni comer para vivir; que lo primero engorda y lo segundo debilita espiritualmente. Comer para gozar de la sobremesa, para alabar a Dios en la paz del descanso, para agradecerle lo superfluo, para vivir ese séptimo día de cada día en que adquirimos verdaderamente la conciencia plena de nuestra supervivencia. Hasta que, llegado el momento, cuando la conversación declina, los Ángeles de la Guarda camareros, retirándonos las sillas nos dicen al oído:

Bueno, bueno. Y ahora cada uno a su trabajo…

Tomado de la Revista Bueyes Perdidos, Nª1

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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