Panorama Católico

La Tiranía Clerical

Lo grave es, en rigor, la cuotita de poder que ciertos párrocos locales saborean cuando imponen a indefensos corderitos su caprichosa decisión sultánica, a la vez que como bien lo advierte el Evangelio: “atan pesadas cargas sobre sus hombros, en tanto que ellos ni con un dedo quieren moverlas”.

 

Lo grave es, en rigor, la cuotita de poder que ciertos párrocos locales saborean cuando imponen a indefensos corderitos su caprichosa decisión sultánica, a la vez que como bien lo advierte el Evangelio: “atan pesadas cargas sobre sus hombros, en tanto que ellos ni con un dedo quieren moverlas”.

 

Escribe Ricardo Fraga

Algunos miembros del clero católico operan con manifiesta tiranía sobre las conciencias atribuladas de los fieles. Naturalmente, lo hacen en nombre de la libertad, la democracia y los derechos humanos.

Dichos personajes despotrican contra los abusos de los tiempos históricos pero no tienen empacho alguno para sojuzgar a los actuales resistentes, a caballo de un clericalismo ideológico que, si detesta a la inquisición, no le hace asco a las torturas psicológicas y morales.

Es innegable que ciertas prácticas de despotismo provienen de la escasa (a veces nula) formación intelectual y/o universitaria de tales cleriguillos, afectados de omnipotencia por la sencilla razón (al igual que los empleados judiciales) de que jamás han tenido que confrontar sus ideas con algún verdadero contrincante.

Es fácil humillar a los débiles y hacer gala de un pastoralismo banal que en nada encaja con la auténtica vocación sobrenatural y apostólica de la Iglesia.

Desde hace siglos el Magisterio eclesiástico ha señalado con precisión cuáles son las cuestiones políticas que, por su expresa vinculación con la salvación de las almas, pertenecen a la incumbencia de los pastores. No parece seriamente que la hipotética reelección indefinida de un gobernador (ancestral caudillismo hispanoamericano) sea una de ellas.

Mucho menos parece oportuno que un jesuita catalán, a contrapelo de las específicas recomendaciones del Papa, emerja como paladín de una causa que nada tiene que ver con los asuntos canónicos. Y nada tienen que hacer en este rubro (como algunos invocan) los precedentes decimonónicos, inscritos en otro contexto cultural o bien (la mayoría) de infausta memoria.

(Va de suyo que me reservo la opinión sobre aquellas prácticas electoraleras. Impugno, simplemente, la actuación partidista de un obispo).

Tampoco parece conveniente la “opinión” del vocero del Episcopado tildando de “inoportuna” la intervención de Benedicto XVI relativa al Islam. (“La Nación” diario, en un editorial la tildó de “imprudente”). Aquella clase magistral en su antigua cátedra de la Universidad pública de Ratisbona es un ejemplo de galanura académica, a la cual tan poco estamos los argentinos acostumbrados, y de la que carecen los seminarios diocesanos que yo conozco (y no son pocos).

Para orientar (a la ya más que despistada) opinión pública mejor hubiera sido situar la enseñanza del Pontífice en el marco de la estructura universitaria en que fue proferida ya que, antes que nada, constituyó una instrucción (propia de su cargo) y no una inapropiada proclama mediática (tal como parece haberla interpretado cierto periodismo letárgico de sacristías).

En otro orden, es atroz violentar la voluntad (respaldada por infinitud de documentos pontificios) de niños, padres y padrinos en punto a recibir el Santísimo Sacramento en la boca y no en las manos, como es la norma general y, por lo tanto, permitida y autorizada por la ley positiva vigente y la práctica consuetudinaria secular. Lo grave es, en rigor, la cuotita de poder que ciertos párrocos locales saborean cuando imponen a indefensos corderitos su caprichosa decisión sultánica, a la vez que como bien lo advierte el Evangelio: “atan pesadas cargas sobre sus hombros, en tanto que ellos ni con un dedo quieren moverlas”.

Lo mismo dígase de los aplausos inducidos en las celebraciones religiosas, las ministras extraordinarias, los fragmentos eucarísticos desparramados por el suelo (dato empíricamente verificado por mí), las caóticas misas cumbiamberas y carismáticas, etc. etc., de todo lo cual he dado infinidad de educados avisos a los responsables recibiendo sin excepción respuestas impertinentes (cuando no procaces) o bien amenazas (no muy veladas) de no meterme en lo que no me importa (perfecto signo de ecuménica caridad).

Todo ello acontece por imposición despótica de quienes se sienten, se dicen (y se lo creen) los adalides del librepensamiento y que no son sino lamentables figuritas repetidas que las olas del tiempo borrarán ineludiblemente ante la indiferente mirada de una generación que ya ha llegado, montada en la apostasía más espectacular de toda la historia y ante la cual sólo sobrevivirán los enamorados testigos o mártires de la verdad y de la belleza, es decir, los esforzados campeones de la libertad que (a jirones) habrán logrado capear el furioso temporal del fariseísmo eclesiástico.

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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