Panorama Católico

La tradición aceptada en su sentido verdadero y católico es regla de fe

La tradición aceptada en su sentido verdadero y católico es regla de fe. Es falso el concepto de tradición sometida al criterio del mero hecho humano o de una predicación desarrollada desde Cristo y los apóstoles con sólo la autoridad histórica; falso, protestante y lleva en su frente una marca herética.

Por el Card. Louis Billot, S.J.

La tradición aceptada en su sentido verdadero y católico es regla de fe. Es falso el concepto de tradición sometida al criterio del mero hecho humano o de una predicación desarrollada desde Cristo y los apóstoles con sólo la autoridad histórica; falso, protestante y lleva en su frente una marca herética.

Por el Card. Louis Billot, S.J.

Ante todo es necesario distinguir qué diferencia existe entre objeto y regla de fe. El objeto es la verdad que debe ser creída. Regla formalmente en cuanto tal es lo que contiene la verdad que debe creerse y a la cual es necesario que nosotros al creer nos adecuemos, en la medida en que creamos lo que dentro de ella se nos propone para creer. De donde las verdades predicadas por tradición -que podemos denominar tradición en sentido objetivo- son un cierto objeto de fe. Por otra parte, la predicación eclesiástica misma, o su tradición aceptada en sentido formal, es regla de fe 1.

Pero de nuevo debe observarse que la regla no dirige de cualquier modo sino infaliblemente. Pues cualquiera que sigue el canon en cualquier orden, en cuanto posee fuerza y función de regla, ése no sólo no yerra, sino que no puede errar. Por lo tanto, hasta en asunto de fe la tradición obtiene la condición de regla, custodia infaliblemente las verdades reveladas, infaliblemente las conserva, infaliblemente las presenta a nuestro conocimiento; y esto, en razón de aquel divino elemento que es necesario reconocer en ella según la institución y la promesa de Cristo, nos lo enseña la proposición anterior.

Digo, pues, elemento divino, denominado por los Padres con diversas expresiones: ya certera gracia de verdad en la sucesión del episcopado que proviene de los apóstoles (Iren. L. 4, c. 30); ya obra del Espíritu de verdad, que no permite a las iglesias comprender o creer de modo diferente lo que Él mismo predicaba por los apóstoles (Tertul. Praescript. c. 28); ya influjo del Señor que mora en la Iglesia para que la más erudita especulación no se encamine hacía algún error (Agust. Enarr. in Ps. 9 n. 12); ya para que el soplo del Espíritu Santo no se aparte de lo verdadero (Cyrill. Alex. epist. 1 ad monachos Aegyptí); ya gracia del Espíritu, por lo que educados, todos, incluso los separados por mares y montes, coinciden en lo mismo (Theodoret. Dial. de Incomniitabili); ya efecto de la decisión de N. S. J. C. por la cual la religión católica está siempre inviolablemente custodiada en la Sede apostólica (Profess. fidei sub Hormisda ab Oríentalibus subscipta). Y otras muchas citas que es posible encontrar por doquiera en los Padres y que apuntan en idéntico sentido, para cuya referencia individual no hay tiempo. Entre tanto, por cierto, no queda duda alguna de que la tradición, tomada en aquel sentido genuino y católico que nos proporcionaron todos los monumentos de la institución cristiana, se llame y sea verdadera regla de fe.

Pero absolutamente distinto es el concepto protestante, donde el elemento divino se deshace por completo, de modo que la tradición ya no sea ni pueda ser nada más que un mero y simple hecho a iluminar con los acontecimientos comunes de la historia; hecho sin duda de hombres que por su habilidad, su aplicación o su ingenio siguen la escuela de Cristo y sus apóstoles durante sucesivas épocas. Por cierto que, dado este supuesto, es de inmediato evidente que no subsiste ningún problema mayor acerca de la regla de fe. Ya que en primer término, como se observó poco antes, la regla de fe, hablando con propiedad, no es precisamente aquélla que conserva la doctrina de la revelación genuina e intacta sólo como posibilidad o casualmente o por una contingencia, sino aquélla que la conserva también por derecho y necesariamente y por sí.

Pero ya a primera vista nos choca la evidente desproporción de la habilidad y del ingenio humano, especialmente en materia de principios divinos, en la cual insiste siempre al máximo el razonamiento de los protestantes, según Belarmino L. 4 de verbo Dei, c. 12. Muchos obstáculos pueden por cierto estorbar -olvido, impericia, negligencia, perversidad, que nunca falta en el género humano-. Pero si gustáis, los omito. Sea que en la práctica no existan los mencionados obstáculos; sea que la doctrina divina haya sido conservada en la pureza de su verdad en el decurso de tantos siglos y entre tantas vicisitudes; sea que esta misma conservación sólo de hecho baste a la regla de fe en cuanto tal. Sea, diré, porque no es éste el lugar de disputar al respecto con mayor amplitud, y hecha también donde sea la más extensa concesión, por lo menos es necesario que confeséis esto: no nos basta como regla el criterio protestante. En cuanto a nosotros, la tradición humana no obtendrá ningún otro valor, salvo aquél que le procurará su coherencia con la expresión original de Dios en Cristo o los apóstoles, compilada únicamente de los criterios comunes de la historia y de las fuentes: a saber, comparación, discusión y juicio científico de los escritos antiguos.

Y ¿quién, pregunto, sería capaz de esta tarea, cuando no se trata de unos pocos hechos, muy celebrados, famosos y existentes en el propio dominio de la historia, sino de doctrinas abstrusas al máximo? ¿Quién en tanta multitud de riachuelos distinguirá las aguas sinceras que proceden de una fuente correcta, de las espurias y adulteradas? ¿Quién separará lo precioso de lo vil entre tantas confesiones que disienten entre si y se destruyen mutuamente? Por lo tanto es de todos modos muy evidente que la tradición tomada según el criterio protestante no es ni puede ser regla de fe y que, por lo menos en este asunto, los antiguos reformadores fueron coherentes consigo mismos, puesto que, excluida la tradición, hicieron de la Escritura la sola y única regla.

En verdad ya se mostró suficientemente que esta concepción, donde se resume toda la herejía del protestantismo, está en plena oposición con el Evangelio y los fundamentos de su economía, y si alguien deseara más, también encontrará más en mi tratado sobre la Iglesia, acerca de la potestad del magisterio. También es fácil colegir de los pocos documentos citados que ella contradice abiertamente el sentido de toda la antigüedad cristiana. Afirmen los protestantes: “Que la antigua Iglesia apeló a la tradición sólo de modo histórico, demostrando que en las iglesias apostólicas donde habían predicado los mismos apóstoles, aún no había sido corrompida sino que permanecía íntegra la fe transmitida por ellos a través de una continua sucesión hasta los siglos segundos y tercero. Pero en una época posterior, la Iglesia ordenó suplir con la autoridad que vindicaba para ella lo que faltaba al testimonio de la tradición históricamente considerado” 2.

Para claridad de este problema, debe considerarse que la ayuda prometida para la custodia incorrupta del depósito y el infalible decurso de la tradición en el recto sendero de la revelación originaria de ningún modo excluía un orden de causas segundas adecuado a este objeto y la congruente cooperación de ellas. Así pues, la providencia de Dios es siempre tan suave que mezcla adecuadamente los medios con la causa principal, y de ningún modo suprime, antes bien cuida y aplica lo que el órgano puede dar de sí por propia actividad. En consecuencia, no pretendemos negar connaturalidad al poder por el que se actúa; connaturalidad que está verdaderamente en la sucesión y continua serie de obispos que se transmiten unos a otros el depósito de la religión en la misma sede y casi de mano en mano. Ni soñamos que deba ser removido de la tradición el elemento humano, las defensas humanas, la habilidad y la aplicación humana.

Por cierto que si consideráramos que ellas deben ser removidas, tendríamos como impugnador al mismo apóstol que exclama: ¡Oh Timoteo! custodia el depósito. Pues ¿para qué esta súplica, para qué tan urgente recomendación si no se exigía nada de parte de Timoteo? Pero sólo queremos que la suprema y suficiente razón de certeza sobre la integridad de la doctrina revelada no pueda encontrarse en estas cosas hasta tanto ocurra un corte proveniente de la gracia de asistencia perpetua prometida y otorgada por Cristo 3. Por lo tanto debe entenderse que el elemento humano se subordina al divino y de tal modo se une a él, que en el tratamiento del tema de la tradición teológica se encuentra en los Padres una doble argumentación. Una por la consideración de la gracia que acompaña siempre a la sucesión apostólica. La otra por la consideración de la misma sucesión según las condiciones históricas conservadas en la Iglesia desde su origen; esta última, aunque de por sí no fuese acabada y odíctica, sin embargo era polémicamente eficacísima contra múltiples creadores de sectas, todos los cuales hablan empezado a dogmatizar de nuevo a partir de sí mismos: “Cada uno de ellos, dice Ireneo L. 3, c. 2, afirma que esa sabiduría (que Pablo atribuye a los perfectos) es la que se descubre a partir de si mismo… Pues cada uno de éstos, enteramente perverso, depravando la regla de verdad, no se avergüenza de predicarse a sí mismo. Así pues los Padres, tanto los primitivos como los posteriores, se servían de ambos argumentos. No sólo los posteriores sino también los antiquísimos Ignacio, Ireneo, Tertuliano, citados anteriormente, retrotraían el motivo principal, por el cual consta que la doctrina divina es conservada pura e íntegramente por el orden de la sucesión, al carisma de verdad transmitido con la sucesión del episcopado, a la participación de Cristo, al Espíritu Santo, prometido, y enviado doctor de verdad.

E igualmente no sólo los más antiguos sino también los posteriores -pensad en Atanasio (de decr. Nicaen. n. 27), Epifanio (L. 1, Haeres. 27, n. 6), Optatus (L. 2, de schism. Don. n. 2) Agustín (Epist. 53, n. 2, etc.)- igualmente apelan a la opinión transmitida de Padres a Padres, a la doctrina entregada desde el comienzo, a la continua sucesión de sacerdotes principalmente en la Iglesia Romana, ya que a través de esta sucesión -son palabras de Epifanio- se demuestra la verdad manifestada sin interrupción. Y por ello, desde el primero hasta el último, no hay rastros de la oposición falazmente imaginada por los protestantes para la necesidad de su causa. Así el card. Franzelin de Trad. thes. 10.

En consecuencia, poseéis en la tradición, entendida en su sentido católico y verdadero, la más segura regla de fe. Pero puesto que también otra regla es tenida en cuenta por la Escritura, la misma prosecución de los temas nos conduce a considerar la relación entre ambas.

La inmutabilidad de la Tradición contra la Moderna Herejía Evolucionista, Cap. 1 § 1
Por el Cardenal Luis Billot (S. J.)

Versión castellana publicada en la revista argentina “Moenia” y preparada por Octavio Agustín Sequeiros y María Delia Buisel, revisada por Elsa Solari de Falcionelli, traducción de la cuarta edición de la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma (1929), cuyo título original es:

DE INMUTABILITATE TRADITIONIS CONTRA MODERNAM HAERESIAM EVOLUTIONISMI

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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