Panorama Católico

Las Diez Lacras de Nuestro Tiempo

La decadencia mortal que sufre nuestro mundo (y que el optimismo humanistoide confunde con progreso) es la consecuencia última de un estado de apostasía que, perfectamente descrito por los Romanos Pontífices en sus causas, a lo largo de un siglo (desde Pío IX hasta Pío XII) es ahora verificado en sus efectos por el Papa Benedicto XVI, en los oscuros umbrales de este siglo XXI.

Escribe Ricardo Fraga

La causa primera (y, en rigor, única) de esta deblacle moral a la que asistimos no es otra que el rechazo formal de Dios (fuente de toda verdad), de su redención restauradora (la gracia cristológica) y aún del mismo orden natural que de Él procede.

No es extraño, por lo tanto, que contemplemos impávidos la catarata de crímenes atroces y perversos en el seno de una sociedad oficialmente descreída (sin Dios), filantrópica (sin caridad sobrenatural) y constructivista (el “todo es cultura nada es natura” hegeliano) ya que, en todo caso, tales abismos de maldad (en tanto que tales) no son (ni podrían serlo) exclusivos de nuestro tiempo. Sí resulta, empero, aterrador comprobar que esos delirios de necedad son justificados y propagados en nombre de doctrinas (presuntamente racionales) cuya significación nominalista no permite (ni como hipótesis de principio) el más elemental abordaje metafísico.

Es que, el mal de la época, aunque se manifieste principalmente en situaciones extremas que comprometen la proyección ética del hombre pertenece, antes que nada, a un oscurecimiento voluntario (pertinaz y perturbador) de las inteligencias. Son ellas las que ya no ven (ni quieren ver) el luminoso orbe del ser.

Por ello han caído ya (y seguirán precipitándose) en la tenebrosa región de las mentiras o, más propiamente, de las fábulas tal como está taxativamente profetizado por el Apóstol “porque vendrá un tiempo en que los hombres no soportarán la sana doctrina sino que, arrastrados por sus propias pasiones, se harán con un montón de maestros por el prurito de oír novedades, apartarán su oídos de la verdad y se volverán a las fábulas” (II Tim.4, 3-4), perícopa que muchos exegetas de otros siglos dieron por cumplida (pues el misterio de iniquidad obra a lo largo de la historia) pero que con todo acabamiento sólo corresponde a estos aciagos días y a los que todavía sobrevendrán ya que, ciertamente, estamos mal… pero estaremos peor o, como lo dijera con su acostumbrado gracejo el P. Castellani: “no hay que afligirse ni tomar poca pena porque todo lo que está pasando pasará…¡y cosas más horrendas vendrán!”

La síntesis de los errores (y pecados) que acompasan al mundo me parece que se puede enunciar en las siguientes diez lacras cuya siniestra interdependencia atraerá (y prepara ya) la aparición del “hombre impío” a que alude también san Pablo en Tes.II,3-4, esto es, “el hijo de perdición, el adversario, que se eleva sobre todo lo que lleva el nombre de Dios o es objeto de culto”, acotando estas estremecedoras palabras que alguna vez serán realidad literal: “hasta el extremo de sentarse él mismo en el santuario de Dios y proclamar que él mismo es Dios”.


Destrucción de la cultura cristiana

En estos días el cardenal Biffi, predicando ante el Papa y la Curia, recordó la naturaleza del anticristo haciendo memoria de los textos del escritor ruso Soloviev: “llegarán días en los que en la Cristiandad se tratará de resolver el hecho salvífico en una mera serie de valores”. Para el cardenal el “hombre de pecado” se presenta ya como “pacifista, ecologista y ecumenista” (zenit.org 07-02-28).

Dichas diez lacras, a mi entender, son:

1°) agnosticismo: actitud empecinada del entendimiento que niega “a priori” su capacidad para indagar en lo real y alcanzar el conocimiento y enunciación de una verdad objetiva. Es, en principio, una disposición intelectual pero que termina comprometiendo todo el orden práctico.

2°) relativismo ético: es la consecuencia natural del agnosticismo y conlleva a la negación de toda medida moral que no provenga del más desenfrenado hedonismo que desemboca, en definitiva, en la calificación neutral de las conductas.

3°) soberanía popular: mito cuantitativo de justificación social sometido a la veleidad de las mayorías electorales que, al negar la primacía de una legitimidad fundada en la justicia, arremete contra todo el acervo de la tradición y se erige en última “ratio” de una legalidad desconectada no solo del orden natural sino, básicamente, de todo orden.

4°) secularización: subproducto final de una apostasía de la fe católica gestada desde la Ilustración del siglo XVIII y cuyas manifestaciones rezagadas (y anacrónicas) son el laicismo de los Estados y el indiferentismo religioso en la masa general de la población.

5°) constructivismo cultural: hijo lejano (pero legítimo) de la dialéctica de Hegel este teologumeno del mundo contemporáneo (acuñado por Gramsci) pretende fundar la “organización” de la comunidad en un evolucionismo de estructuras que brota sólo de las inclinaciones “culturales” del hombre, reducida la “cultura” a una factura puramente artificial.

Subversión del orden natural 6°) desintegración de la familia: en rigor concepción de un modelo de familia que ya no está anclado en las tendencias específicas de la naturaleza humana cuya significación perfectiva e integradora ha quedado sacudida por los contenidos de los puntos 2° y 5° y cohonestada normativamente por el 3°.

7°) matrimonio homosexual: espectro estéril de vida en común sin arraigo alguno en las más que multifacéticas tradiciones étnicas de Oriente y Occidente y que, más allá de toda fáctica orientación sexual de las personas, emerge como un paradigma de la catastrófica involución demográfica de la Unión Europea (imitada ahora por la dirigencia argentina).

8°) aborto: satánico genocidio (“intencionalidad masiva aviesa y dolosa de matar”) de inocentes no nacidos pero que son ya hombres y mujeres perfectos y completos desde la fecundación (donde quiera se produzca) de un óvulo y un espermatozoide y que señala con meridiana claridad la hipocresía de una “ciencia” que conoce en nuestros días lo que los escolásticos ignoraban y, sin embargo, propugna la legitimación de semejante crimen colectivo.

9°) disolución de la universidad: si, por todo lo visto, ya no hay “veritas rerum” tampoco habrá una “notitia” que de ellas (las cosas) proceda y, por lo tanto, sobrará la visión teorética que es la esencia misma de la vida académica (tal como fue postulada desde Platón en adelante) y la antigua “alma mater” quedará reducida a un mero fabricante “cientista y tecnicista” de títulos profesionales sin encaje humanístico.

10°) desaparición de las elites: quebrada la universidad en su finalidad contemplativa se habrá agostado el único semillero auténtico de formación de clases dirigentes y sólo restará una semianalfabeta conducción de plutócratas sin corazón que ni tan siquiera guardarán el discreto encanto de un escepticismo decadente.

La síntesis y el signo de todas las lacras enumeradas es la impresionante degradación y desacralización del ámbito litúrgico desde el cual, en el cual y por el cual nació y se potenció –tanto en la helenidad como en la plenitud crística- el maravilloso tesoro de un fecundo tiempo creador y redentor que pareciera ahora desbarrancarse en el precipicio insondable del error, la malicia y la desproporción como contrapartidas simiescas (ya que el hombre de hoy está convencido de que desciende del mono) de la verdad, el bien y la belleza, trascendentales análogos del ser cuya encarnación teándrica se realiza en Áquel que es el Camino, la Verdad y la Vida ya que, cuando el hombre haya perdido el sentido de lo sagrado pervertirá, definitivamente, su corazón.

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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