Panorama Católico

Las Gracias del Sacerdocio – A 80 años del martirio del padre Miguel Pro

El 24 de noviembre de 1927 era fusilado el P. Miguel Agustín Pro, uno de los mártires de la persecución anticatólica del México revolucionario. Su delito fue “santificar” a los fieles en medio de las tribulaciones. Poco más de un año antes escribía a su amigo Benjamín Campos, próximo a ser ordenado, esta notable carta sobre el sacerdocio.

Carta al futuro sacerdote Benjamín Campos.

El 24 de noviembre de 1927 era fusilado el P. Miguel Agustín Pro, uno de los mártires de la persecución anticatólica del México revolucionario. Su delito fue “santificar” a los fieles en medio de las tribulaciones. Poco más de un año antes escribía a su amigo Benjamín Campos, próximo a ser ordenado, esta notable carta sobre el sacerdocio.

Carta al futuro sacerdote Benjamín Campos.

“Ayer recibí su tarjeta postal en la que me da las gratísima nueva de la concesión de misas…

Padre mío Campitos, si en vez de emborronar una carta pudiera charlar con Ud. una media hora, le diría de tú a tú la gran consolación que he sentido al saber de cierto que Ud. va a subir al altar. A pesar de mis perrerías, yo llevo ya casi un año de tener esa dicha y puedo decirle con toda sinceridad que lo que allí se siente no es nada de este bajo y rastrero mundo sino algo superior, espiritual, divino…

Despídase para siempre de su antiguo “Benjamín”, pues aunque Ud. no lo quiera, va a sufrir una metamorfosis radical. El Espíritu Santo, que va a dársele de una manera especial el día de la ordenación, va a destruir todo lo que de humano le quedaba en ese pobre corazón de tierra. Ud. mismo se admirará después de ver cambiada y mejorada esa mísera naturaleza que tan malas partidas nos juega. Y no sólo en las grandes líneas de nuestra vida, sino aún en los pequeños detalles de cada día…

¿Es esa misma voluntad que yo tenía antes? ¿Es la misma mi manera de pensar, de jugar, de decidir? ¿La concepción que yo tenía de la vida es la misma? Y aún los ideales de santidad que yo había acariciado durante largos años de vida religiosa ¿son los mismos?…

Padrecito Benjamín, si cree Ud. a la pobre experiencia de una infeliz barretero, esté seguro que el Campos de hoy no será de ninguna manera el Campos de mañana.

Ese algo que yo encuentro en mí, que nunca lo había sentido, que me hace concebir las cosas de otros modo, no es fruto de los estudios, ni de nuestra santidad, más o menos sólida, ni de nada que tenga el sello personal y, por los mismo, humano. Es la marca divina que el Espíritu va a imprimir en nuestra alma al darnos el carácter sacerdotal; es una participación más estrecha en la vida divina que nos eleva y edifica; es una fuerza superior que nos hace fáciles y asequibles a los deseos y aspiraciones que hasta ahora tal vez no habíamos realizado…

Y este cambio yo no lo había sentido, sino hasta haberme visto en contacto con las almas. Dejando a un lado las falsas humildades y abriéndole de par en par mi pobre corazón de hermano, puedo asegurarle que en mis seis meses de ministerios, Dios Nuestro Señor se dignó tomarme como instrumento para hacer el bien. ¡Cuántas almas dejé consoladas, cuantas penas destruidas, cuánto ánimo infundí para seguir el camino difícil de la vida! Dos vocaciones casi perdidas, volvieron a Dios; un seminarista decidido a dejar la sotana, sigue con nuevos bríos los designios de la Providencia.

Y una prueba evidente de que no era yo el que hacía todo eso, es que, dada mi manera de proceder, mi temperamento, mi discreción y mis estudios, debía decir “negro” y sin embargo dije “blanco” y lo dije muy acertadamente y con fruto.
¿Podré gloriarme de mis cualidades humanas, cuando a todas luces veo que no hubiera dado resultado? Y ¿no es palpable que si hice bien, se debe a la gracia de mi sacerdocio, al Espíritu Santo que me regía y gobernaba, a ese algo que no tiene nada de humano y que yo no había sentido hasta el día en que fui ordenado?

Mire, Padre mío, qué facilidad tengo para subirme a la parra y ponerme a dar lecciones a quien por lo contrario debía de dármelas. Pero de la abundancia del corazón habla la lengua y yo estoy lleno, abrumado de favores que el Señor me ha hecho desde el día feliz de mi ordenación, y no puedo decir otra cosas que no sea agradecerle tan inmerecido amor de predilección… El Señor levanta al pobre del estiércol y lo coloca con los príncipes de su pueblo…

Ud. perdonará si le doy la lata; pero crea que el consuelo que he sentido al saber que Ud. va a recibir las mismas gracias que yo disfruto, me ha movido a emborronarle esta pobre carta, sin orden ni concierto pero hecha con la mayor buena voluntad que Ud. imagine”.

Carta del P. Miguel Pro a su amigo Benjamín Campos, el 27 de mayo de 1926
Del libro “Vida Intima del P. Pro” de Antonio Dragón, S.J. Editorial Buena Prensa. México, 2005

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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