Panorama Católico

Lincoln y Obama, vidas paralelas, primera parte

Primera parte: Lincoln y la democracia

El icono americano de la igualdad, Abraham Lincoln, propone similitudes con el señor Obama, presidente electo de los EE.UU. Cualidades de las que trataremos en la segunda parte de este trabajo. Ahora quisiéramos detenernos en la carrera política de Lincoln para iluminar a quienes hacen de la democracia la religión − civil y eclesiástica − de nuestro tiempo. La gigantesca campaña de la candidatura demócrata me trajo el recuerdo de la película “Abe Lincoln in Illinois” (Lincoln en Illinois, en español), dirigida por John Cronwell y distribuida por RKO Radio. Su estreno significó una denuncia de los entresijos electorales, por lo que no me sorprende que su reedición en DVD haya pasado como relámpago por las tiendas. El DVD ofrece la ventaja de la versión original y que en los subtítulos se leen los nombres con su ortografía. La película nos presenta hechos ciertamente inesperados de la vida del primer presidente Republicano que ocupara la Casa Blanca. De esta película selecciono varios jugosos episodios.

Escribe Pedro Rizo

Primera parte: Lincoln y la democracia

El icono americano de la igualdad, Abraham Lincoln, propone similitudes con el señor Obama, presidente electo de los EE.UU. Cualidades de las que trataremos en la segunda parte de este trabajo. Ahora quisiéramos detenernos en la carrera política de Lincoln para iluminar a quienes hacen de la democracia la religión − civil y eclesiástica − de nuestro tiempo. La gigantesca campaña de la candidatura demócrata me trajo el recuerdo de la película “Abe Lincoln in Illinois” (Lincoln en Illinois, en español), dirigida por John Cronwell y distribuida por RKO Radio. Su estreno significó una denuncia de los entresijos electorales, por lo que no me sorprende que su reedición en DVD haya pasado como relámpago por las tiendas. El DVD ofrece la ventaja de la versión original y que en los subtítulos se leen los nombres con su ortografía. La película nos presenta hechos ciertamente inesperados de la vida del primer presidente Republicano que ocupara la Casa Blanca. De esta película selecciono varios jugosos episodios.

Escribe Pedro Rizo

[…]

New Salem, año 1835. Avisan a Lincoln que en la taberna hay unos señores que quieren verle. Entre ellos uno principal, Ninian Edwards, llegado de la ciudad de Vandalia. (¡Bonito nombre!) Sabedores de que es persona muy popular le plantean acepte la candidatura a la Cámara del Poder Legislativo. «¿Cuándo?» − responde Lincoln.- «Ahora, para las elecciones de otoño» − informa el visitante. «¿Por qué?» − vuelve a preguntar Lincoln. «El partido Whig − responde el personaje − necesita un candidato para este distrito. Usted es el jefe de Correos y eso le facilita contactos importantes. Al tiempo que distribuye el correo podrá repartir propaganda electoral y pronunciar discursos. Nuestra oficina le abastecerá.» Lincoln, complacido, se atreve a decir: «¿Y podré llevar ropa elegante como la que venden en las tiendas? Un candidato debe cuidar su aspecto…» Entonces, su antiguo jefe le amplía: «Y lo que es más, en la Legislatura tienes un sueldo. Tres dólares diarios. […] ¿Quieres una educación, no es así? Esta es tu oportunidad. En Vandalia te relacionarás con los mejores abogados del estado. Hombres importantes como Stephen A. Douglas.»

En la taberna había un viejo soldado, el tío Ben, que no perdía palabra de los reunidos. De pronto le espeta al joven “candidato”: «No les hagas caso, Abe. No dejes que te metan en política. Te corromperán como han pervertido ya a los Estados Unidos de América. Tú eres un hombre honesto, Abraham Lincoln. No sirves para nada, eres un holgazán endeudado hasta las cejas. Pero eres un hombre honrado.» […] Lincoln le mira irse con afecto y comenta pensativo: «Actualmente pienso igual que él.»

[…]

El señor Edwards termina la charla con estas palabras: «Bueno, no necesitamos una respuesta inmediata, señor Lincoln. Piénselo.» Mira su reloj y se levanta. «Considere lo que implica la idea de empezar desde abajo en una nación que se expande hacia el Sur, con Texas, y hacia el Oeste con el Imperio de California. Es una oportunidad, señor Lincoln, una oportunidad sin límites.»

[…]

Estamos en Vandalia. Reunión en el estudio de abogados, en la que Ninian Edwards lee el periódico: «En una masiva concentración en Boston, Massachussets, algunos oradores rindieron homenaje a la heroica memoria de Elijah Lovejoy. Miles de “Nuevos Anglicanos” gritaron: “¡Su muerte será vengada!” El lector dobla el periódico y propone a Stephen Douglas que analice la noticia. «La libertad de prensa − comenta Douglas − está muy bien hasta que la libertad se convierte en inmoralidad. La muerte de Lovejoy no se habría producido si hubiera seguido los mandatos de la lógica en lugar de a su deslumbrante fanatismo. Pero quizá mi gran amigo Abe Lincoln no esté de acuerdo.» Lincoln se levanta al tiempo que contesta: «Estoy de acuerdo en que Lovejoy siguiera los mandatos de la lógica. Y si tuvieron que hacerle callar, pudo hacerse empleando la Ley y no por medio de asesinos sanguinarios.» Stephen Douglas le advierte: «Si piensas así no volverás a ser elegido.» «Eso no me preocupa − Lincoln va hacia la puerta −, no pienso ser candidato.» Ninian Edwards se inquieta: « ¿Vas a dejar la legislatura?» «Sí» − afirma decidido Lincoln. «¡Qué disgusto! − continúa Stephen Douglas −. Te vamos a echar de menos.» Lincoln bromea: «Para disgustos los que yo te he hecho sufrir.» Y Ninian Edwards: «¿Qué vas a hacer?» Lincoln se pone su típico sombrero de copa y responde: «El juez Stuart me ha ofrecido trabajar con él, en Springfield. Claro que no sé mucho de leyes, pero he aprendido algo con la política y es que la ignorancia no es obstáculo para subir. Al contrario, en algunos casos es una ventaja. Adiós, señores.»

[…]

Casa de la familia Lincoln. Llega apresurado su amigo Joshua Speed que jadeante anuncia a Lincoln: «¡La delegación está en el pueblo hace una hora y llegarán aquí muy pronto!» Mary, la señora Lincoln, pregunta sorprendida: «¿Qué delegación?» «Algunos destacados políticos − le dice su marido −, un ministro anglicano y ciertos banqueros. Gente importante.» «¿Y para qué vienen?» «No lo sé exactamente pero supongo que a ver si soy apto como candidato a Presidente de los Estados Unidos.» En otra secuencia la película ya nos mostró a estos “delegados” deliberando sobre a quien apoyarían como más conveniente para sus intereses.

[…]

La cocina en zafarrancho. Entra Mary y la cocinera le pregunta: «¿Es cierto que piensan hacer a Abe Presidente, señora?» Mary se enfada: «¿Cuántas veces te he dicho que hables de tu amo como señor Lincoln?» La cocinera no se inmuta: «El mismo amo es para usted que para mí. Además, conozco a Abe desde que llevaba los pantalones llenos de remiendos. […] ¡Presidente de los estados Unidos…! Si logran llevarle a Washington no saldrá vivo de allí.»

[…]

Los delegados han hecho a Lincoln unas preguntas a las que responde con habilidad. Se marcha de la sala y el señor Crimmin se levanta. «Y bien, caballeros, ¿cuál es el veredicto?» Las respuestas se suceden en la voz de cada cual. -«No hay duda de que es un infiel y un radical.» -«Igual de demagogo que Douglas.» -«Desde un punto de vista primario, es un idealista.» -«En resumidas cuentas, es un agitador.»

«Y capaz de arrastrar a las masas, no hay duda.» -«En mi opinión, no estaríamos seguros con él…» El señor Crimmin interviene: «¿Qué quiere decir con “seguros”…?» «Pues que es un radical. Un hombre que se dedica incondicionalmente a favorecer a la chusma provocando la agitación de las masas.» – «Y lo que es más, ha evadido nuestras preguntas.» El señor Crimmin después de atender a todos se para y piensa un momento. «Por favor, señores, yo no sabré tanto como ustedes de teología y de economía, pero la política es lo mío. ¿Cuál es la cualidad central que buscamos en nuestro candidato? Es simplemente ésta: que consiga ser elegido.» Uno de los presentes le apoya: «Entiendo donde quieres ir a parar» «¿Y crees que él pueda hacerlo?», pregunta otro.

«Una cosa está clara, caballeros. En ese ser pintoresco que ha sabido confundirles se esconde el político más elocuente y con más labia que jamás haya embaucado a una turba de palurdos. Pues claro que ha evadido su pregunta… Le ha preguntado − señala a quien lo hizo − sobre la mano de obra, y le ha contestado: “Creo en la democracia”. Volviéndose a otro: «Usted le ha preguntado sobre su orientación religiosa. Y él le ha contestado: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” Y sabemos que con esas palabras estamos perdidos. Nadie discute esas palabras. Los votantes enloquecerán con él porque es tan vulgar y corriente como ellos. Un feo y sencillo americano. Y su nombre es perfecto. “El viejo y honrado Abe”. Puede hacernos el juego ahora y más aún cuando le metamos en la Casa Blanca. ¡Hará lo que le digamos!

En ese momento se abre la puerta y uno de los reunidos advierte al orador: «¡Cuidado, señor Crimmin!» Lincoln aparece y les invita a salir. «Mi esposa va a obsequiarnos con una taza de te.»

[…]

“¡Hurra con la elección! Nuestro capitán es valiente y honrado. Iremos en busca del gran cambio junto a Lincoln y la libertad.” Un desfile pasa por delante de la sede del partido cantando himnos electorales. (Como se ve, el eslogan “cambio” no es novedad de nuestro tiempo, más bien carnaza infalible a la constante insatisfacción de las masas.) En la noche de los recuentos la Sede del Partido hierve de ansiedad. El telégrafo envía resultados y crecen las esperanzas para la candidatura. Un militante se acerca a la ventana a ver por qué grita la multitud. «Esta gente me está poniendo enfermo. Vitorean cada parte que llega. Les da igual que sean buenas o malas noticias, Lincoln o Douglas. Vitorean las imágenes de todos los candidatos incluyendo la de George Washington con el mismo entusiasmo.» Joshua Speed comenta: «Quizá no sepan distinguirlas.»

Aquel señor Crimmin que convenció a los delegados, está con Lincoln en un aparte:

«Tenemos setenta y cuatro compromisarios seguros, y otros veintisiete probables. Y también saldrá (Lincoln) por Nueva Cork.» Se detiene un segundo y le mira a los ojos: «Fíjese en lo que le digo, señor Lincoln, va a ganar las elecciones y será Presidente de los Estados Unidos cuando se vaya a dormir esta noche. Hemos librado una gran batalla y hemos ganado.» «Sí, hemos peleado duro − apostilla Lincoln −, y hemos ganado una de las batallas más sucias y corrompidas de toda la historia de nuestra política. Y si gano tendré que cumplir todas las promesas fraudulentas hechas en mi nombre.»

El Heraldo de Nueva York confirma la victoria. Lincoln rehúsa hablar desde un balcón sin antes ir a casa para darle la noticia a su esposa. Al salir aparecen unos soldados que le presentan armas. El capitán Kavanagh se cuadra y saluda: «Me dieron la orden de acompañarle si era elegido, señor Lincoln.» «Se lo agradezco, capitán, pero no es necesario.» El capitán, resuelto, le insiste: «Sí lo es, señor. Además, no quiero alarmarle pero le creo al corriente de que su vida está amenazada.»

Fuente: El Semanal Digital

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