Panorama Católico

Llamar a las cosas por su Nombre

La Herejía consiste en negar uno o más principios de un sistema de creencias, dejando intocados los demás que la componen. Es entonces una negación parcial, nunca total de la verdad, cuya gran peligrosidad radica justamente en este hecho, en la parte de verdad que se lleva cautiva.

Escribe Benjamín Benavídez


La Herejía consiste en negar uno o más principios de un sistema de creencias, dejando intocados los demás que la componen. Es entonces una negación parcial, nunca total de la verdad, cuya gran peligrosidad radica justamente en este hecho, en la parte de verdad que se lleva cautiva.

Escribe Benjamín Benavídez

Polemizando con un amigo acerca del dogma “Fuera de la Iglesia no hay Salvación ni perdón de los pecados”, según se define en la Bula Unam Sanctam de Bonifacio VIII (18/11/1302), llegamos a considerar cuál sería la situación de los protestantes actuales frente a este dogma y otras definiciones del Magisterio, como por ejemplo la del Concilio de Florencia o la Encíclica Mirari Vos de Gregorio XVI. (15/08/1832).

Mi interlocutor insistía en poner a los protestantes (hermanos separados) en el camino de la salvación exceptuándolos de aquellas definiciones magisteriales. Me di cuenta entonces de la importancia que tiene llamar a las cosas por su nombre. Puesto que, de seguir llamando herejía al protestantismo y hereje a quien adhiera a su doctrina, como siempre designó la Iglesia,   ninguna discusión habría tenido lugar y mi amigo no se hubiera confundido, pues las formulas dogmáticas los incluyen claramente.

Dice la definición dogmática del Concilio de Florencia – Decreto Cantate Domino del   4 de Febrero de 1442 (D-714)

La Santa Iglesia romana   firmemente cree, profesa y predica que nadie que no esté dentro de la Iglesia Católica, no sólo paganos, sino también judíos o herejes y cismáticos, puede hacerse partícipe de la vida eterna, sino que irá al fuego eterno que está aparejado para el diablo y, sus ángeles [Mt. 25, 41], a no ser que antes de su muerte se uniere con ella… y que es de tanto precio la unidad en el cuerpo de la Iglesia, que sólo a quienes en él permanecen les aprovechan para su salvación los sacramentos y producen premios eternos los ayunos, limosnas y demás oficios de piedad y ejercicios de la milicia cristiana. Y que nadie, por más limosnas que hiciere, aun cuando derramare su sangre por el nombre de Cristo, puede salvarse, si no permaneciere en el seno y unidad de la Iglesia Católica.

Por eso decía San Ignacio de Loyola en carta a San Pedro Canicio (13/08/1554):

"Quien llamara evangélicos a los herejes, convendría que pagase alguna multa, porque no se goce el Demonio de que los enemigos del Evangelio y   cruz de Cristo tomen un nombre contrario a sus obras… y a los herejes se los a de llamar por su nombre, para que dé horror hasta nombrar a los que son tales, y cubren el veneno mortal con el velo de un nombre de salud"

Y esto decimos, no con la intención de lastimar a nadie sino porque sólo la Verdad nos hará libres y más vale un remedio aplicado a tiempo que cien lamentaciones cuando ya no hay cura. El respeto humano mal entendido, no es caridad. Y de las siete obras de misericordia, dice Santo Tomás que la más difícil es la corrección fraterna. Nadie se sienta ofendido pues con la Verdad Católica, antes bien, reflexione y vuelva a la recta doctrina, porque el tiempo es breve.

La Herejía consiste en negar uno o más principios de un sistema de creencias, dejando intocados los demás que la componen. Es entonces una negación parcial, nunca total de la verdad, cuya gran peligrosidad radica justamente en este hecho, en la parte de verdad que se lleva cautiva.

Por ejemplo si a un gran profesor de física se le ocurriera enseñar desde su cátedra de la universidad que un cuerpo que se encuentra en reposo puede cambiar su condición espontáneamente y sin que una fuerza exterior actúe sobre él, se convertiría en un heresiarca newtoniano, porque ha impugnado la segunda Ley de la Mecánica Clásica o Mecánica Newtoniana.   Y los alumnos que lo siguieran se convertirían en herejes. Claro es que, al mismo tiempo, serían el hazmerreír de la comunidad científica, porque cualquiera sabe empíricamente, es decir por la experiencia, que ningún cuerpo se moverá si algo no lo impulsa.

Y es que, tanto las leyes deducidas empíricamente como las conclusiones lógicas (v.g., un teorema), obligan a la razón que no tiene más remedio que aceptarlas. Si alguien demuestra el Binomio de Newton, no hay posibilidad de opugnarlo.

Pero cosa diferente es el trato de lo que trasciende el mundo material y de las ideas, como son las Verdades reveladas por Dios. Y no es que contraríen o fuercen a la razón, sino que la trascienden de tal modo que obligan a un acto de Fe que le sirve de base.   Podrá demostrarse mil veces el misterio de la Santísima Trinidad, pero nadie se verá “obligado” a aceptarlo. Se requiere de un asentimiento, dado en el sacrosanto templo de nuestro libre albedrío, allí donde ni el demonio puede entrar.   Es un acto de Fe que Dios permite con su Gracia.   Por la Fe, se cree lo que Él revela, y luego la inteligencia se remonta hacia lo alto para buscar justificaciones racionales a eso que creemos por la autoridad de Quien lo ha revelado. Así los Santos Padres expurgaron la filosofía griega creando ese monumento inigualado que es la filosofía y teología católicas,   para explicar por la razón lo que creían por la Fe. Impulsada por el viento de la Fe, la Razón se remonta hacia las cúspides más altas, alcanza lo que parecía inaccesible y domeña a la soberbia que es el peligro máximo de la inteligencia humana, ensoberbecerse. Así también cuando pierde el motor y guía de la Fe, enloquece y cae hasta los abismos más profundos, en los que no pocas veces aguarda, la apostasía, la desesperación y la muerte.

Por eso, ya desde los inicios de la Iglesia,   comenzaron algunos a negar esta o estotra verdad de fe… fueron los primeros herejes. Y, como el misterio de iniquidad sigue actuando en el mundo, tal como nos anticiparon San Pablo y San Juan, estas herejías recorren a lo largo la historia de la Iglesia.

La herejía de Lutero y sus seguidores consistió en negar la Unidad de la Iglesia. Es dogma de Fe que ella es Una Santa Católica y Apostólica. Y que Pedro y su sucesor, el   Papa, como Vicario de Jesucristo, es su Pastor Universal.

Al negar Lutero la Unidad, separando a los fieles del Pastor, la doctrina protestante terminó invadida por una cantidad interminable de errores, haciéndose incontables las Comuniones y Sectas Protestantes.   Es consecuencia lógica… negado el Pastor, las ovejas sueltas a la libre interpretación bíblica son pasto de los lobos rapaces. Y es que no en vano dijera Jesucristo Nuestro Señor a San Pedro: “Apacienta mis Ovejas” y “Confirmas a tus hermanos (en la Fe). Es Pedro quien garantiza la infalibilidad de la doctrina y sin él, el enemigo tiene su fiesta.

Como dice el Papa Pío XII en Mystici Corporis (29/06/1943):

Hállanse, pues, en un peligroso error quienes piensan que pueden abrazar a Cristo, Cabeza de la Iglesia, sin adherirse fielmente a su Vicario en la tierra. Porque, al quitar esta Cabeza visible, y romper los vínculos sensibles de la unidad, oscurecen y deforman el Cuerpo místico del Redentor, de tal manera, que los que andan en busca del puerto de salvación no pueden verlo ni encontrarlo (17).

La descomposición de la teología protestante es tal que ha llegado a aprobar ¡La ordenación de homosexuales para el Episcopado! Otra comprobación de que el espíritu del mundo campea a sus anchas cuando Pedro está ausente.

La terminología hermanos separados es una nadería desde el punto de vista semántico porque al no indicar el motivo de la separación, todos los hombres pueden, como partícipes de la dignidad humana, estar incluidos en dicha definición… es indefendible teológicamente y a la luz de las definiciones dogmáticas… y es pastoralmente contraproducente, porque incentiva al “hermano” a quedarse como está   al mismo tiempo que minimiza la peligrosidad de la herejía ante  los ojos de los católicos.

Por eso, libres ya de todo errado ecumenismo, sin falsos respetos humanos pero con humildad y verdad, sabiendo que una cosa es la herejía a la que hay que odiar y otra el hermano confundido a quien debemos amar y, justamente en prenda de nuestro amor, llamemos a las cosas por su nombre y reiteremos a todos los cristianos que aún se mantienen, por libre decisión, fuera de la Iglesia Católica la siguiente invitación que el Papa Pió XI les dirigiera en Mortalius Animos (06/01/1928):

Vuelvan, pues, a la Sede Apostólica, asentada en esta ciudad de Roma, que consagraron con su sangre los Príncipes de los Apóstoles San Pedro y San Pablo, a la Sede raíz y matriz de la Iglesia Católica… vuelvan los hijos disidentes, no ya con el deseo y la esperanza de que la Iglesia de Dios vivo, la columna y el sostén de la verdad abdique de la integridad de su fe, y consienta los errores de ellos, sino para someterse al magisterio y al gobierno de ella   (18).

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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