Panorama Católico

Locos o gays…

 

Cuando cursaba el colegio secundario, un cura algo deteriorado de la azotea, nos insistía a adolescentes de 15 y 16 años sobre temas sexuales en las clases de catequesis. El pobre tenía un problema irresuelto y nuestras almas debían cargar con sus conflictos personales. Mientras tanto, otro, aficionado a la psiquiatría, nos demostraba palmariamente que los santos, para serlo, habían de tener algo de locos.

Escribe Marcelo González

 

Cuando cursaba el colegio secundario, un cura algo deteriorado de la azotea, nos insistía a adolescentes de 15 y 16 años sobre temas sexuales en las clases de catequesis. El pobre tenía un problema irresuelto y nuestras almas debían cargar con sus conflictos personales. Mientras tanto, otro, aficionado a la psiquiatría, nos demostraba palmariamente que los santos, para serlo, habían de tener algo de locos.

Escribe Marcelo González

 

 En ese momento participaba de una revista escolar independiente y como buenos retrógrados (hablo de pleno auge del posconcilio) nos negábamos por instinto religioso a aceptar estos disparates. Recuerdo que se editó una nota cuyo título era ¿Santos o locos? y si la memoria no me falla, pues han pasado ya casi 40 años, terminaba recordando el poema de Fray Pedro de los Reyes, poeta religioso del siglo XVI:

Yo ¿para qué nací? Para salvarme.
Que tengo de morir es infalible.
Dejar de ver a Dios y condenarme,
Triste cosa será, pero posible.
¿Posible? ¿Y río, y duermo, y quiero holgarme?
¿Posible? ¿Y tengo amor a lo visible?
¿Qué hago?, ¿en qué me ocupo?, ¿en qué me encanto?
Loco debo de ser, pues no soy santo.

Aun no se decía en voz alta, al menos en la atrasada Hispanoamérica, que los santos tenían perturbaciones sexuales del más rancio cuño freudiano.

Freud, ese sucio macaneador…

El célebre judío vienés logró algo que cambió el modo de entender las relaciones humanas interpersonales. Fundamentalmente, le agregó suciedad a todo sentimiento, a toda amistad, a toda vinculación. De ahí en más, palabras como “amigo íntimo”, “amor”, “intima amistad”, “compañeros de por vida”, etc. solo se puede entender en clave de vicio nefando. No es posible elogiar la belleza sin que este elogio sea interpretado como una sublimación de la libido. Sublimación por otra parte precaria, si atendemos a que pronto, más temprano que tarde, los freudianos y sus discípulos, es decir hoy en día casi todo el mundo, “descubrirán” la oculta relación carnal.

Leyendo así, para atrás, la literatura y la historia, los homosexuales y  la mentalidad mierdosa en general, todo acto de amor esconde un costado (quizás potencial, pero real) de inclinación libidinosa, preferiblemente antinatural. De este modo la reinterpretación de la historia ha sido un gran picnic gay, inspirado en el intérprete de toda pasión como suciedad espiritual, Segismundo Freud.

Solo pensemos en las insinuaciones sobre San Juan evangelista, el “discípulo amado”.  O como sonará a los oídos perturbados por la malicia, la pregunta que antecedió a la designación del primer Vicario de Cristo: Pedro, ¿me amas?

En eso estamos, cuando el colectivo gay (al cual todos los recorridos lo dejan bien) se agarra de la beatificación del grande Cardenal Newman y su afecto por su hermano en la fe, Ambrose St. John, de quien al morir dijo estas palabras excepcionalmente aptas para la interpretación gay: "I have ever thought no bereavement was equal to that of a husband’s or a wife’s, but I feel it difficult to believe that any can be greater, or any one’s sorrow greater, than mine." Una de sus voluntades testamentarias mandó que lo enterraran junto con el cuerpo de su amigo.

Caso cerrado, ¿qué duda queda?

Pero en la cita el propio Newman se sorprende ante la profundidad de su dolor por la muerte de su compañero de camino de conversión, sintiendo que era comparable y aún mayor al producido por la muerte de un esposo o una esposa, cosa que él no creía posible antes de experimentarlo.

También es cierto que la sensibildad del pensador inglés tenía ciertos rasgos femeninos, algo que es habitual en los artistas, dotados para percibir mucho más que el hombre promedio.

Esta característica es normal en los artistas (pensemos en nuestro Castellani) y toda persona medianamente culta y algo experimentada en la vida sabe que en cierta etapa de la formación, si esta inclinación no es moderada, puede derivar en alguna confusión de identidad, rasgos de neurosis y aún en cosas peores. Para ello está la educación, que orienta y forma tanto este aspecto como otros de la personalidad humana. Por ejemplo, la inclinación a la violencia, la cual debe ser encarrilada muchas veces a la moderación por medio del ejercicio de deportes y profesiones adecuadas.

Lo mismo podríamos decir de la temeridad, que si no se encamina conduce a la realización de experiencias lindantes con la autodestrucción.

Pues bien, esto es más difícil de comprender que una sugerente interpretación teñida de malicia. Es más arduo que la sentencia de una mente tuerta a causa de sus hábitos viciosos.

Así pues, los que hemos recorrido muchos kilómetros de vida y hemos visto de todo, aun las más bajas miserias entre personas que hubieran debido ser venerables por su condición de consagrados, no nos podemos sorprender ni de las debilidades humanas, ni de las interpretaciones capciosas o groseras de la fineza de algunos temperamentos excepcionales.

Newman va en camino a los altares: su castidad fue notoria desde su adolescencia, y aún como pastor anglicano, antes de su conversión, tuvo particular amor por la vida célibe. Su itinerario espiritual, tan difícil e incomprendido, aún por los católicos, seguramente ha lacerado su alma en profundidad, y, hombre de fina sensibilidad al fin, prodigó a sus más queridos amigos un intenso amor evangélico.

Y por fin, para nutrir las suspicacias de los mentemierdosos, recordamos la última estrofa del Cántico Espiritual del grande poeta español, también místico y santo, Juan de la Cruz.

Quedéme y olvidéme,
el rostro recliné sobre el Amado,
cesó todo y dejéme,
dejando mi cuidado
entre las azucenas olvidado.

Ya estamos todos. Echen los fideos…
 

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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