Panorama Católico

Los deseos y las realidades

En una reciente Carta  Abierta el P. Nicola Bux exhorta a Mons. Fellay y a toda  la  FSSPX a aceptar las condiciones del Papa y recuperar su plena  regularización canónica. Parafraseando a Mons. Lefebvre, Don Bux invita a hacer la “experiencia de la comunión”. ¿Por qué el buen Don Bux se ilusiona con algo imposible?

En una reciente Carta  Abierta el P. Nicola Bux exhorta a Mons. Fellay y a toda  la  FSSPX a aceptar las condiciones del Papa y recuperar su plena  regularización canónica.

Parafraseando a Mons. Lefebvre, Don Bux invita a hacer la “experiencia de la comunión”. “Por razones de Fe, pero también por las  confirmaciones que, si bien lentamente, se manifiestan en el plano de la  historia, creemos que Dios, en estos  años, ha preparado y prepara hombres dignos para remedir tantos errores y  tantos abandonos que todos deploramos, creemos que ya despuntan y cada vez más  despuntarán obras santas, según una estrategia divina que vincula la obra  de almas lejanas que ni siquiera se conocen, pero cuyo actuar constituye un  plan, como ha ocurrido maravillosamente en el siglo en que tuvo lugar la  dolorosa rebelión de Lutero”.

Esta convicción del P. Bux  no parece avalada por lo hechos. Salvo que ese “despunte” se refiera a los movimientos tradicionalistas o peri-tradicionalistas. Porque las obras santas no pueden serlo sin la santa doctrina.

No hay santidad posible sin  Fe íntegra. Lo primero que mira la  Iglesia, o al menos lo primero que miraba en un proceso  canónico, era la ortodoxia en la  doctrina del postulado a los altares. Y no solo en sus dichos públicos sino  en sus escritos privados. Hoy en día esa práctica se abandonó. Y la ortodoxia se reduce prácticamente a  estar en la línea del CVII. Y al fiel de a pie, la ortodoxia no le interesa,  mientras el candidato haya sido un “hombre bueno”. Como si se pudiera ser “bueno”  sin la doctrina y la gracia aneja a Fe. Porque, sin la fe no es posible agradar a Dios. La Fe no es suficiente, pero es  necesaria. “Nadie es bueno sino Dios”… y no se puede ser bueno sin participar de la vida divina por la gracia.

Resumiendo: no puede haber  obras santas sin Fe ni buenas obras que no sean fruto de la Caridad fundada en la Fe.

Don Nicola es uno de los  tantos católicos de noble corazón que desean la “legalización“ del  tradicionalismo, porque -creen- se puede hacer mucho más “desde adentro”. Resulta  sencillo caer en la tentación de asignar a la “legalidad” canónica un efecto  mayor del que tiene en las actuales circunstancias de la Iglesia. Otro cantar sería bajo Pío XII o San Pío X. O sea, bajo un papa no permeado por el pensamiento moderno.

Hay dos errores, me parece,  en el enfoque del P. Bux. Uno es creer que la cuestión fundamental puede ser puesta entre paréntesis. Quiero decir, congelar  los temas doctrinales y obtener un papeleo que permita al tradicionalismo  “actuar” con mayor eficacia. Es imposible no leer esta propuesta en términos políticos aunque no sea esa  la intención del buen sacerdote italiano. Y si bien hay un plano político en la cuestión, este es secundario.

El otro error consiste en  pensar que, aunque se pudiera aceptar el primero, el segundo sería posible sin desatar a una guerra constante entre el clero y la jerarquía de la Iglesia y los sectores tradicionales “reintegrados”. Una  guerra a todas luces nociva, que traería más confusión que buenos frutos.

Traigo a colación el  comentario del P. Rafael Navas ex miembro de la FSSPX y actual autoridad de  un lánguido Instituto del Buen Pastor, que obtuvo una regularización express en  tiempos de Card. Castrillón Hoyos.

Publicamos la noticia en otra entrada. El texto más relevante de su breve comentario es este, refiriéndose  a las seguridades que da el P. Bux a los tradicionalistas: “la realidad ha sido otra y está mostrando  lo contrario con el trato dado al Instituto del Buen Pastor (IBP) por parte de  los obispos de Chile, en especial de Santiago y sus alrededores… que no  toleran al IBP con su especificidad recibida de la Santa Sede y consagrada  en la aprobación de sus estatutos; se le niega inclusive su existencia  canónica. Es el desprecio y el desdén, el descuido y la dispersión como formas  modernas de persecución eclesiástica por esa parte de “la gran familia  católica” “obras son amores (desamores en este caso) y no buenas  razones”. Es el “Gran pecado” de celebrar exclusivamente el rito  antiguo y el compromiso estatutario de colaborar con el Papa, en cuanto sea  posible, en una visión del Concilio V II a la luz de la Tradición”.

Nótese que el P. Navas  admite que sea posible ver el Vaticano II a la luz de la tradición, lo cual es  solo parcialmente verdadero. Es decir, ha dado por superado el primer problema, el de fondo según la FSSPX y otros institutos  tradicionales que marchan en común. Y aún así piensa, en razón de su  experiencia, que la integración de los tradicionalistas es muy dificultosa, solo por el hecho de mantener la liturgia  tradicional.

Es un valioso aporte a esta discusión el que ha hecho el P. Navas. Y tengan en cuenta que el IBP al que él pertenece es casi insignificante, es decir, mucho menos temible que la minoritaria  pero activa y creciente FSSPX o que la  FSSP.

Es que la cuestión de fondo dirime todo el resto, se quiera o no. Los que reciben bien a los tradicionalistas son  los que simpatizan con la doctrina tradicional. Es decir, los que están en  mitad del camino, que al menos comulgan con la tradición de la Iglesia aunque no sean tengan  objeciones radicales al CVII y sus  consecuencias.

Los otros, ni en su más redomado liberalismo y aperturismo a  TODO, aceptan que en ese TODO quepa la Tradición. Y no afirmo que sea lícito  formar parte de un TODO donde la  Tradición sea un ítem más de la oferta espiritual. Pero aún  aceptando conjeturalmente que sí lo fuera,  los que detentan el poder en diócesis y parroquias casi sin excepciones (con  honrosísimas excepciones) no quieren al tradicionalismo metido en su TODO.

Lo persiguen ahora y lo van  a perseguir después. Porque odian lo que les recuerda que están fuera de la doctrina y fuera de las buenas costumbres. Lo que les presenta un modelo sacerdotal que ellos detestan o sostienen que es imposible hoy… Lo que tiene un atractivo más profundo y estable que sus engendros doctrinales o litúrgicos, o  sus sentimentalismos permisivos y su moral relajada.

Por otra parte, ¿cómo se vería  que la FSSPX  aceptara una regularización canónica, aún sin condiciones –la regularización  impone ya sus propias condiciones- y a la vez señale en forma crítica dichos y  hechos del Papa y de los obispos, y contradiga algunas de sus doctrinas en  materia de libertad religiosa, ecumenismo, etc.?

Otro cantar sería si la Santa Sede hubiera aceptado reformular ciertos puntos doctrinales inaugurados  por el CVII. Y consecuentemente, hubiese encaminado ciertas cosas, mediante  dichos y hechos a una corrección, aun de un modo gradual, porque ahí sí hay un componente político que considerar. (Aunque subsistiría el problema de lograr un modus vivendi).

Pero la   Santa Sede solo ha concedido las críticas en el campo de las consecuencias, y no todas, nunca en el de las causas. Lo  cual deja todo como estaba, salvo que ha habido una confrontación ordenada de  ideas y un esclarecimiento de posiciones, lo cual es valioso para todos.

De esta confrontación de ideas puede esperarse un fruto. De una regularización sin expectativa de cambios en las cuestiones doctrínales, no puede esperarse nada fructífero ni durable.

Más vale dejar las cosas  como están.

El tiempo irá dictaminando  de un modo inapelable qué es obra de Dios y qué no lo es. Nuevas cabezas, o quizás estas mismas bajo el efecto de hechos distintos, tal vez revean su  posición. Entretanto, los señalamientos tradicionalistas mejor encuadrados y de  un modo más adecuado a los buenos modos, podrán formar parte del despunte de  obras santas que el P. Bux ve y Dios quiera no se equivoque.

Anexo: Carta de Don Nicola Bux, en versión de La Buhardilla de Jerónimo.

A Su Excelencia Mons. Bernard Fellay  y a la   Fraternidad sacerdotal San Pío X
 
  Excelencia Reverendísima,
  Queridos hermanos,
 
 
  La fraternidad cristiana es  más poderosa que la carne y la sangre, porque en ella se anticipa, gracias a la Divina Eucaristía,  la vida del Paraíso.
 
  Jesucristo nos ha llamado a  hacer la experiencia de la comunión: en esto consiste nuestro yo. Comunión es  estima a priori por el otro, porque tenemos en común al único Señor. Por eso la  comunión está disponible a todo sacrificio por la unidad: una unidad que debe  ser visible, según la voluntad final de nuestro Señor en la plegaria al Padre: “ut unum sint, ut credat mundos”;  visible, porque es el testimonio decisivo de los amigos de Cristo.
 
  Es indudable que no pocos  hechos del Concilio Ecuménico Vaticano II y del período sucesivo, vinculados al  elemento humano de este acontecimiento, han representado verdaderas calamidades  y causado dolor a grandes hombres de Iglesia. Pero Dios nunca permite que Su  Iglesia llegue a la auto-destrucción.
 
  No podemos considerar la  dureza del elemento humano sin tener confianza en el divino, es decir, en la Providencia que, aún  en el respeto de la libertad humana, guía la historia, y en particular la  historia de la Iglesia.
 
  La Iglesia es de institución divina, divinamente garantizada, y  es también un hecho humano. El aspecto divino no perjudica al elemento humano –  personalidad y libertad – y no lo inhibe necesariamente; el aspecto humano,  permaneciendo íntegro, y también comprometedor, no perjudica al aspecto divino.
 
  Por razones de Fe, pero  también por las confirmaciones que, si bien lentamente, se manifiestan en el  plano de la historia, creemos que Dios, en estos años, ha preparado y prepara  hombres dignos para remedir tantos errores y tantos abandonos que todos  deploramos, creemos que ya despuntan y cada vez más despuntarán obras santas,  según una estrategia divina que vincula la obra de almas lejanas que ni siquiera  se conocen, pero cuyo actuar constituye un plan, como ha ocurrido  maravillosamente en el siglo en que tuvo lugar la dolorosa rebelión de Lutero.
 
  Se trata de intervenciones  divinas que parecen multiplicarse cuanto más se enturbian los hechos. De esto  hablará, sobre todo, el futuro. Pero nosotros estamos ya seguros de ello y se  vislumbra el amanecer.
 
  Por algún tiempo la  incertidumbre del alba combate con las tinieblas, lentas en retirarse, pero,  cuando se ve el alba, se sabe que el sol está y que sigue su curso en los  Cielos.
  
  Con las palabras de Santa  Catalina de Siena, podemos por lo tanto deciros: “Venid con seguridad a Roma”,  a la casa del Padre común, que nos has sido dado como perpetuo y visible  principio y fundamento de la unidad católica.
 
  Venid a participar de este  bendito futuro, del cual, aún en medio de persistentes tinieblas, ya se ve el  amanecer.
 
  Vuestro rechazo aumentaría  el espacio de las tinieblas, no el de la luz. Son múltiples los destellos de  luz que ya admiramos, y el primero entre ellos es el delinearse de la gran  restauración litúrgica, realizado por el Motu ProprioSummorum Pontificum,  que está suscitando en todo el mundo un amplio movimiento, del que forman parte  sobre todo jóvenes, que quieren ser celosos en el culto del Señor.
 
  ¿Cómo olvidar, sin embargo,  otros gestos concretos y significativos del Santo Padre, como la remisión de  las excomuniones a los Obispos ordenados por Mons. Lefebvre, la apertura de un  diálogo abierto sobre la interpretación del Concilio Vaticano II a la luz de la Tradición, y por esto  también la renovación de la   Comisión Ecclesia  Dei?
 
  Ciertamente pueden quedar  todavía perplejidades, puntos a profundizar, a aclarar mejor, como el argumento  sobre el ecumenismo y sobre el diálogo interreligioso (que, de todos modos, ha  recibido una precisión importante por la Declaración Dominus  Iesus de la Congregación para la Doctrina de la Fe, del 6 de agosto de 2000), y  el de la manera en que se debe entender la libertad religiosa.
 
  También sobre estos puntos,  vuestra presencia en la   Iglesia, canónicamente garantizada, ayudará a traer mayor  luz.
 
  ¿Cómo no valorar el aporte  que podréis dar, gracias a vuestros recursos pastorales y doctrinales, a  vuestras capacidades y sensibilidades, para el bien de toda la Iglesia?
 
  Éste es el momento oportuno,  esta es la hora favorable para retornar. Timete  Dominum transeuntem: no dejéis escapar la ocasión de gracia que el Señor os  ofrece, no dejéis que pase junto a vosotros y no la reconozcáis.
 
  ¿Podrá el Señor concederos  otra?
 
  ¿No deberemos todos, un día,  presentarnos frente a Su Tribunal, y responder no sólo sobre el mal realizado  sino también sobre todo el bien que habríamos podido hacer y que no hemos  hecho?
 
  El corazón del Santo Padre  palpita: Él os espera con ansias, porque os ama, porque la Iglesia tiene necesidad de  vosotros para un testimonio común de fe en un mundo cada vez más secularizado y  que parece dar la espalda a Su Creador y Salvador.
 
  En la plena comunión  eclesial con la gran familia, que es la Iglesia católica, vuestra voz no será  despreciada, vuestro empeño no será ni desdeñable ni descuidado, sino que podrá  traer, con el de muchos otros, frutos abundantes; estando fuera, en cambio, se  vería disperso.
 
  La Inmaculada nos enseña que demasiadas gracias se pierden porque  no son pedidas: estamos convencidos de que con una respuesta favorable a la  propuesta del Santo Padre, la Fraternidad Sacerdotal San Pío X se convertirá en  un instrumento para encender nuevos rayos en los dedos de nuestra Madre  celestial.
 
  En este día a él dedicado,  quiera San José, esposo de la Santísima Virgen María, Patrono de la Iglesia Universal,  inspirar y sostener vuestros buenos propósitos: “Venid con seguridad a Roma”.
 
  Roma, 19 de marzo de 2012
  Solemnidad de San José
 
  Don  Nicola Bux

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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