Panorama Católico

Los maristas de Luján niegan instalaciones para Jornadas Católicas

Después de ser sede de los encuentros anuanles del Círculo de Formación San Bernardo de Claraval por 10 años, la Villa Marista de Luján les cierra sus puertas. En agosto pasado las jornadas se dedicaron al Centenario de la Pascendi y Mons. Baseotto celebró misa tradicional… Parece que el "diálogo en el mutuo respeto" es solo para algunos…

 

Después de ser sede de los encuentros anuanles del Círculo de Formación San Bernardo de Claraval por 10 años, la Villa Marista de Luján les cierra sus puertas. En agosto pasado las jornadas se dedicaron al Centenario de la Pascendi y Mons. Baseotto celebró misa tradicional… Parece que el "diálogo en el mutuo respeto" es solo para algunos…

 

«Juntóse con la negligencia de los pastores,
el engaño de falsos profetas» (Mem.II, 9)
Buenos Aires, 10 de octubre de 2007

Al Hermano Provincial y Consejo de los Hermanos Maristas
A la comunidad de Luján

Para todo el que quiera ser sinceramente fiel al Evangelio y a la Iglesia, consideramos que la persecución del mundo, del demonio –príncipe de este mundo y padre de la mentira por antonomasia- y de la carne es natural y necesaria, pues forzosamente los pensamientos y caminos de aquéllos no son los de Dios (+Is 54,8). Quienes nos vemos inmersos en el mundo pero por el bautismo renunciamos a sus criterios, no podemos dejar de sentir en carne propia su rechazo. Esto no es un simple capricho de algunos, sino expreso anuncio de Jesucristo a sus verdaderos discípulos (Jn.15, 18-21), y por lo tanto previsible, por lo cual no puede ser nunca vivido con sorpresa, sino con alegría. San Pablo nos advierte que «todos los que aspiran a vivir religiosamente en Cristo Jesús sufrirán persecuciones» (2Tim 3,12).

Leemos en una de las obras del p. J.María Iraburu: “¿Qué sentido tiene, pues, que un laico, o un obispo, o el director de un colegio católico, o un periodista o político, renuncie a ciertas acciones cristianas, y calle el testimonio de la verdad de Cristo, o ponga en duda su oportunidad, porque prevé que a causa de esas acciones y palabras se le habría de venir encima la persecución del mundo? …Hablando y obrando cristianamente ¿esperaba quizá del mundo –incluso de los hombres de Iglesia mundanizados, que son tantos– otra reacción distinta, acogedora y favorable?…” (El martirio de Cristo y de los cristianos, Fundación Gratis Date, cap.7).

 

Sepan pues, hermano Provincial de los Maristas, y estimada comunidad de Luján, que el cierre de puertas para el Círculo de Formación San Bernardo de Claraval en la Villa Marista luego de 10 años de permanencia de nuestros Encuentros de aquí en más (cf. http://www.semanariopresente.com.ar/6-10-07/14.htm, “A la comunidad de Luján”), no nos toma por sorpresa. Personalmente, habiendo conocido como ex alumna marista sus formas y procederes, supuse el escozor que les debe haber causado este año la celebración del Centenario de la Pascendi, cuando en algunas de sus casas toleran a un marista que imparte moral renegando de la enseñanza de Juan Pablo II como digna de toda refutación; minimizando todos los desórdenes sexuales en la adolescencia como aconsejables, o no escandalizándose cuando se enteran de que uno de sus más antiguos profesores se sonríe escéptico y burlón ante la Virginidad de María Santísima, y otro ridiculiza la existencia del Infierno, niega la Presencia Real de Cristo en la Eucaristía como simple “símbolo”, y se burlan, en general, del Magisterio, llamándolo “la cana eclesiástica”.

 

Cómo no comprender –¡aunque no sin dolor, por supuesto!- que hablamos idiomas distintos (tan distintos, parece, que esto imposibilitó la más elemental norma de cortesía que hubiera sido una notificación de la medida en forma personal, antes de hacerla pública en los medios…), cuando en los mismos días en que nosotros realizábamos el X Encuentro de F.C., en la misma Villa se realizaba un encuentro de catequistas en cuyo programa del domingo no figuraba la Santa Misa, reemplazándola con una “Celebración de la Palabra” por falta de tiempo (¡!)

 

Por ésta y otras varias cuestiones no nos sorprende, hermanos, que hayan cedido finalmente a las presiones de los pasquines marxistas de Luján, a la instigación de las Madres de Plaza de Mayo (tan cercanas a los círculos de amigos del p. Torres Carbonell, párroco de la basílica), y a la de algunos padres de alumnos, según nos han informado. Interpretamos que sin duda no podrían haber consentido el riesgo de malquistarse con cierto sector de la vecindad -aunque se trate de francos enemigos de la Iglesia- por defender tan sólo a un grupo de católicos. Si no nos sabemos mantener en el aséptico y sacrosanto relativismo que todo lo admite, es lógico que se nos niegue el acceso a “espacios civilizados”. ¿No es así? Perfectamente entendido.

 

Nos caben, no obstante, algunas apreciaciones que nos gustaría compartir con Ud., y con algunos lectores amigos, esperando con ello arrojar algo de luz en un asunto algo sombrío.

Muchos personajes seguramente comenzarán a festejar esta medida, y otros, en cambio, a lamentarla suponiendo que esta ha sido una derrota desgraciada. A unos y a otros les decimos en cambio que concebimos la espiritualidad cristiana como una espiritualidad pascual (alegre, vital, vigorosa), martirial (testimonial, anclada en la Cruz), desde que el martirio de Nuestro Señor es fuente y razón de toda nuestra vida. Es El Quien nos dice que “Quien quiera salvar su vida [en el mundo presente], la perderá [para el mundo futuro]; y quien perdiere su vida por mi causa, la salvará» (Lc 9,24; + Mt 16,25; Mc 8,35). La Iglesia, esposa fiel, en todos los tiempos, ha seguido ese ejemplo especialmente en un sinnúmero de mártires, y también la de nuestro tiempo. De los 40 millones de mártires habidos en toda la historia de la Iglesia, cerca de 27 millones son del siglo XX (según se informó en el Jubileo del 2000). Y Juan Pablo II ha dicho de ellos que “No buscan «salvar su vida» a toda costa, menos aún pretenden situarse confortablemente en el siglo presente, aceptando para ello las complicidades que sean precisas en pensamientos y costumbres. Entienden bien que, siendo luz en medio de tinieblas, han de ser distintos del mundo. Entienden claramente que no es posible ser discípulo de Jesús sin tomar cada día la cruz. No piensan, ni de lejos, evaluar el cristianismo considerando su eventual éxito o fracaso en este mundo. Tampoco se les pasa por la mente despreciar a la Iglesia cuando la ven rechazada y perseguida por los paganos. No sueñan siquiera que pueda ser lícito omitir o negar aquellas doctrinas o conductas que vienen exigidas por el Evangelio, pero que traen consigo marginación, penalidades y muerte. Y están dispuestos a perder prestigio, familia, situación social y económica o la misma vida con tal de seguir unidos a Cristo, colaborando así con Él en la salvación del mundo.” (Celebración Jubilar de los testigos de la fe en el siglo XX).

 

Pero también ha habido, en todos los tiempos, cristianos que avergonzados de la Cruz de Cristo, han rechazado el martirio quebrando el seguimiento de nuestro Redentor. Sin embargo, cabe señalar que nunca como en nuestros tiempos esta apostasía ha sido tan frecuente. Y estos pobres cristianos relajados, no se han alejado de Cristo y su Iglesia debido a las persecuciones del mundo, sino a las seducciones de éste, y a los engaños del maligno, prefiriendo rabiosamente la apostasía al martirio (recomendamos ampliamente la lectura de “De Cristo o del Mundo”, también del padre J. M. Iraburu). A veces ese descenso ha sido gradual, casi imperceptible, comenzando por mundanizarse en pensamientos y costumbres de tal modo que se fue haciendo inconciliable la vida de fe, la vida sacramental, y en fin, la vida en la Iglesia.

 

Pero lo más grave, a nuestro entender, y peligroso, es que en el orden de las ideas, esta negación y fuga sistemática del martirio se ha ido convirtiendo entre los cristianos en doctrina explícita; no es ya sentida como una traición, sino incluso es justificada y hasta vista como “necesaria” para vivir el cristianismo. Un Cristianismo adulterado, por cierto, que sin querer, abraza en su corazón más fidelidad al Cristo “de Serrat” (“al que andaba en la mar”), que al del Gólgota, en donde nos compró el Cielo y la auténtica Libertad. Hoy pareciera que uno de los deberes principales de todo buen cristiano “prolijito” es evitar el martirio y todo “ruido molesto” en las conciencias… Y evitar, a toda costa, claro, todo género de persecución. Y esto se da, convergentemente, por diversas causas: la pérdida de devoción, y hasta el horror por la Cruz; el amor desordenado hacia la riqueza y el respeto humano; el voluntarismo fruto del semipelagianismo, que pone el énfasis desmedidamente en el esfuerzo y mérito de nuestras pobres obras, más que en la gracia (“¡siempre es mejor conservar mi cabeza, por la maravillosa obra que estoy haciendo para Dios!”), y en el relativismo generado por el liberalismo.

 

Es razonable que desde esta perspectiva, el solo planteo de una espiritualidad centrada en la Cruz y el “riesgo” del martirio, es una espiritualidad de fanáticos, e impracticable. Nos preguntamos entonces por qué será que las congregaciones en que más vocaciones florecen son aquellas en que se conserva este tipo de espiritualidad, mientras que las que más alardean de su “conciliación con el hombre de nuestro tiempo” se convierten progresivamente en enormes geriátricos con empleados laicos, reduciendo cada vez más sus condiciones de ingreso (no más liturgia de las horas, ni adoración al Santísimo, ni “estrecheces” horarias), desvirtuando el genuino espíritu del fundador, atolondrados por la escasez alarmante de nuevas vocaciones…

 

Hemos dicho que lamentablemente, estos cambios de actitud se generan por un cambio profundo en las ideas, difundidas, claro, por “expertos” maestros del error (teólogos, superiores y pastores) que «no sirven a nuestro Señor Cristo, sino a su vientre, y con discursos suaves y engañosos seducen los corazones de los incautos» (Rm 16,18). «Son enemigos de la cruz de Cristo. El término de éstos será la perdición, su dios es el vientre, y la confusión será la gloria de los que tienen el corazón puesto en las cosas terrenas» (Flp 3,18-19).

 

Y en esta confusión, que pregona el culto de la “normalidad” y hasta del antihéroe, el mártir es un inadaptado social (“¿Qué se ha creído, para dar su vida por la verdad? ¿Acaso estima, pobre ignorante, que tiene el monopolio de ella frente a todos?”), un excéntrico, y se filtra incluso un aire calvinista, que plantea las cosas en términos de éxito o “prosperidad”: Si el sujeto (o la institución) tiene éxito, está en el buen camino, si le va mal, significa que ha errado”. En esta democracia liberal idolatrada, creen muchos cristianos que, si sus pensamientos y caminos difieren de los de la inmensa mayoría y son rechazados, vacila mucho en su convicción, y por supuesto, ni se plantea poner en riesgo su prosperidad mundana por esas verdades, que bien puede “guardar prudentemente en su corazón”, como esconde su medallita debajo de la ropa, “para no ofender a los no creyentes”.

 

 

No resistimos a la tentación de citar textualmente un párrafo de la obra ya citada del p. Iraburu, que ilustra nuestra situación magníficamente:

Cuando el bien y el mal es dictado por la mayoría, trátese de una mayoría real o ficticia, inducida por los poderes mediáticos y políticos, el martirio aparece como una opción morbosa, excéntrica, opuesta al bien común, insolidaria con la sociedad general. Según esta visión –insisto, muchas veces inconsciente– el obispo, el rector de una escuela o de una universidad católica, el político cristiano, el párroco en su comunidad, el teólogo moralista en sus escritos, es un cristiano impresentable, que no está a la altura de su misión, si por lo que dice o lo que hace ocasiona grandes persecuciones del mundo. Con sus palabras y obras, es evidente, desprestigia a la Iglesia, le ocasiona odios y desprecios del mundo, dificulta, pues, las conversiones, y es causa de divisiones entre los cristianos. Debe, por tanto, ser silenciado, marginado o retirado por la misma Iglesia. Aunque lo que diga y haga sea la verdad y el bien, aunque sea el más puro Evangelio, aunque guarde perfecta fidelidad a la tradición católica, aunque diga o haga lo que dijeron e hicieron todos los santos. Fuera con él: no queremos mártires. En la vida de la Iglesia los mártires son un lastre, una vergüenza, un desprestigio. No deben ser tolerados, sino eficazmente reprimidos por la misma Iglesia (…) Cuando vemos que una cristiana de doce años se encara con el tribunal imperial, afirmando sin vacilar palabras de vida que le van a ocasionar la muerte, y miramos a un obispo actual que permite en su Iglesia herejías y sacrilegios para evitar enfrentamientos con los progresistas y para que no se produzcan ataques de ciertos medios de comunicación, llegamos a pensar que estamos ante dos nociones de la Iglesia muy distintas: en una se acepta el martirio, en la otra se rechaza. (“El martirio de Cristo y de los cristianos”).

Nos preguntamos, a todo esto, también, algo que a más de uno le daría que pensar: ¿puede ser que en una ciudad-santuario nacional, como es Luján, las conciencias de los pobladores sean manipuladas insensible y a-críticamente por ideólogos marxistas, que nada tienen que ver con el sentir de la Iglesia, sin que nadie se los advierta?… A voces muchos católicos nos preguntamos si los pastores se han dormido, mientras los lobos hacen su festín con el rebaño.

 

Digamos, en fin, que nuestro santo Patrono no era hombre de compromisos o componendas a expensas de la Verdad, y cuando analiza el papel que le toca a la autoridad de velar por la salud espiritual de su rebaño, dirá, refiriéndose especialmente a los pastores de su tiempo: «quisiera Dios que fuesen tan vigilantes en desempeñar las funciones de sus cargos como son ardientes en pretenderlos. Velarían sobre sí mismos y no darían motivo a que pudiera decirse de ellos: “mis amigos y mis deudos se juntaron contra mí para combatirme” [Sal 37,12]. Nuestros centinelas no se contentan con no guardarnos de las asechanzas de los enemigos, sino que, además de esto, nos hacen traición entregándoles la plaza. Sumidos en el más profundo sueño, no se despiertan ni al estallar sobre sus cabezas los rayos de las divinas amenazas, sin percatarse siquiera de su propio peligro. De ahí se sigue que no cuidan para nada de alejar de sí ni de sus rebaños el terrible peligro que les amenaza, pereciendo en la común catástrofe pastores y ovejas» (Cantares 77,2; cf. Sobre la consideración, De las costumbres y oficios de los obispos).

 

Entonces nos preguntamos también: ¿cuál ha sido el “detonante” por el cual los apóstoles de la discordia han instigado a los Hermanos Maristas a que el C.F. San Bernardo de Claraval no apareciese más por la Villa Marista?:¿la presencia de Monseñor Baseotto? ¿Y acaso el obispo de Luján no intercede ante un agravio a un hermano en el Episcopado, repudiando el ridículo repudio? ¿O es la procesión pública, con una explícita mención al Reinado de Cristo, lo que ya no soportan? ¿Y los maristas no creen en ello, acaso?… Veamos: creemos que en realidad, sólo los propagadores de este escándalo, y nosotros, tenemos claro qué es lo que molesta. Es el horror a la definición como católicos y a una Patria Mariana.

 

No sé, hermanos maristas, si uds. se dan cuenta de qué es lo que sucede en el mundo y en la Patria. No sé si se dan cuenta cabal de que, retrocediendo esta vez, permitiendo displicentemente que “les doblen el brazo”, están permitiendo a sus propios verdugos, avanzar un paso más, y que algún día, tal vez, reaccionen con espanto viendo el verdadero rostro de estos personajes, a quienes ustedes mismos les abren las puertas, permitiéndoles envalentonarse como dueños de casa en tierras de María, para dispersar a Sus hijos.

En la absurda “declaración de personas no gratas” hacen mención innecesaria del juicio al padre Von Wernich. ¿Tampoco se dan cuenta de que todo ese circo romano fue una excusa para lograr que se regodeen en humillar a la Iglesia sus enemigos de siempre? Nuestra “expulsión” de la querida Villa Marista es otro episodio pequeño de la misma comedia, a la que ustedes se han prestado. Es una pena, y por supuesto, de corazón los perdonamos, si lo desean, agradeciéndoles la oportunidad de seguir enarbolando la Cruz como Victoria.

Por nuestra parte, seguiremos caminando, si Dios quiere, y aquí o allá, haciendo todo lo que esté a nuestro alcance para resistir a la Bestia que acecha a América, hija dilecta de la Guadalupana. San Miguel Arcángel nos asista y defienda en las batallas, y nos alcance fidelidad.

En María Reina del Cielo y de la Tierra,

M. Virginia O. de Gristelli
Presidenta del C. F. S. Bernardo de Claraval

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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