Panorama Católico

Los mecanismos de formación de la homocomunidad

«Una mayoría normal no puede ser intimidada por una minoría de perturbados. Por lo tanto es necesario entender los mecanismos que permiten que esa camarilla haya llegado a tener tanta influencia». Extracto del texto del P. Oko sobre la homoerejía.

Los mecanismos de formación de la homocomunidad

Como se puede apreciar en los ejemplos anteriores, le debe haber sido permitido al lobby hacer lo que quisiera por un largo tiempo para que tal situación fuera-y todavía sea-posible. Sin embargo una mayoría normal no puede ser intimidada por una minoría de perturbados. Por lo tanto es necesario entender los mecanismos que permiten que esa camarilla haya llegado a tener tanta influencia.

Todo comienza con el hecho de que es mucho más difícil llegar a ser un buen sacerdote para un seminarista con inclinaciones homosexuales o con una orientación homosexual establecida. Por otro lado, el sacerdocio le puede resultar atractivo, pues parece un lugar natural para sus inclinaciones, ya que puede estar en compañia de hombres, como así lo prefiere, sin tener que explicar la ausencia de mujeres en su vida. Por el contrario esto es, después de todo, visto como un gran sacrificio por el Reino de los Cielos, el renunciar al gozo del matrimonio aunque él no sea material matrimonial de todas maneras. La situación parece serle por demás cómoda. En consecuencia, si nada se requiere de tales jóvenes, en ciertas congregaciones o diócesis puede haber un mayor número de ellos que en el promedio del mundo, mucho más que el 1,5%. Su número exacto dependerá de cuán dominante sea la posición que hayan logrado obtener y de cuantos otros clérigos logren intimidar, o de cómo logren encubrir la importancia del problema.

Por otro lado, la homosexualidad es una herida en la personalidad que discapacita muchas otras funciones. Tales discapacidades incluyen relaciones distorsionadas con otros hombres, mujeres y niños; el hábito de estar constantemente pretendiendo ser otro, escondiendo cosas importantes en la vida; la costumbre de jugar un juego que previene las relaciones honestas, profundas y emocionalmente limpias con sus pares y tutores. También estorba el entendimiento en lo que respecta a la naturaleza de la feminidad y el matrimonio como el misterio del amor entre un hombre y una mujer. Además, si un homosexual siente deseos similares por un hombre que los que siente un hombre sin esa tendencia por una mujer, tales deseos surgirán constantemente por la cercanía permanente del objeto de su deseo. Se encontrará en una situación análoga a aquel hombre normal que tuviera que vivir por muchos años (o la vida entera) bajo el mismo techo, usando el mismo dormitorio y los mismos baños que un grupo de mujeres atractivas. La posibilidad de mantenerse casto en tal situación disminuiría rápidamente. Deberíamos respetar y tratar de entender a nuestros hermanos homosexuales en la misma medida que tratamos de entender a cualquier ser humano. Ellos con frecuencia tratan lo mejor posible y hasta tienen éxito en vivir una vida decente y hasta una vida santa. Objetivamente, sin embargo, es mucho, mucho más difícil para ellos y por eso fallan con mayor frecuencia.

Y, sin embargo, si no son capaces de controlar sus tendencias y se las ingenian para pasar por los controles del seminario, el verdadero problema comienza al llegar al sacerdocio o a la vida monástica. Ya no se benefician de la presencia y control de sus supervisores, su libertad de acción es mayor. Si ceden a la tentación y comienzan a transitar la senda de la homosexualidad activa, su situación se vuelve desesperada. Por un lado, administran los sacramentos, celebran la Santa Misa cada día, tienen tratos con los más sagrados objetos; y por el otro lado siguen haciendo lo opuesto, lo cual es particularmente deplorable. De esta manera se vuelven inmunes a lo que es más elevado, a lo que es sagrado, su vida moral se atrofia y continúa su derrotero hacia la caída final. Cuanto más de lo que es elevado muere en ellos, más lugar hay para lo que es bajo-el deseo de lo material, de las cosas sensuales-dinero, poder, escalafón profesional, lujuria y sexo. Casi no se los puede ayudar porque los más grandes medios de formación, la fe y la gracia, han fallado. Saben muy bien, sin embargo, que pueden ser expuestos y humillados, por eso se escudan unos a otros y se ofrecen apoyo mutuo. Cultivan relaciones informales que remedan las de una camarilla o una maffia, apuntan en particular a alcanzar las posiciones que ofrecen poder y dinero. Cuando logran llegar a una posición en la que se toman decisiones, tratan de promover y hacer avanzar mayormente a aquellos que se les parecen en naturaleza, o al menos, a aquellos a quienes juzgan demasiado débiles como para que se les opongan. De esta manera, la posiciones de responsabilidad en la Iglesia pueden quedar en manos de gente que sufre de profundas heridas interiores y que apenas muestran el nivel espiritual que se espera de alguien en su cargo; gente que se ha entregado a la hipocresía y son especialmente inclinados a ser extrosionados por los enemigos del cristianismo. Gentes que nunca hablan «desde el corazón», que nunca revelan nada por miedo de ser avergonzados. En cambio, repiten lo que han aprendido de memoria, copiando lo que ha sido dicho por otros. Con frecuencia una atmósfera de hipocresía y de morbosidad se puede detectar a su alrededor. El fariseísmo en su forma pura. Aún si no practican activamente la homosexualidad, como regla tratan de escudar y promover a aquellos que sí lo hacen, con gran solidaridad, listos para «plantarse» junto a ellos. De esa manera prefieren su propio bienestar al bienestar de la comunidad, de acuerdo con la regla que dice «Que la Iglesia caiga en desgracia, sea ridiculizada y humillada mientras yo y ‘mi gente’ quedemos bien cómodos de por vida, mientras haya suficiente como para satisfacernos». Esto es la omertà en su forma pura. Así de esta manera pueden llegar a lograr una posición dominante en muchas áreas de la jerarquía de la Iglesia, volviéndose «eminencias grises» que en efecto tienen tremendo poder en decidir sobre importantes nombramientos y la vida entera de la Iglesia. De hecho, puede ser que sean demasiado poderosos para ser obispos honestos, guiados por buenas intenciones. La situación entonces, se vuelve desesperada para otros sacerdotes. Los nuevos clérigos en el estudiantado pueden, por ejemplo, incluir las jóvenes parejas de los homosacerdotes. Cuando el vice canciller o algún otro superior trata de removerlos, puede resultar que ellos mismos sean los despedidos en vez del homoseminarista. O, cuando el vicario trata de proteger a la juventud de las acciones de un párroco, resulta que el vicario es el que termina siendo disciplinado, exiliado y mudado a otra parte. Debe pasar por una odisea por tratar de cumplir valientemente su deber fundamental. Es posible que sea extorsionado, humillado y difamado en la parroquia o entre otros párrocos y sea víctima de una campaña organizada. Cuando un sacerdote o un religioso es molestado por uno de sus pares o entre otros sacerdotes como víctima de una campaña organizada, y cuando un párroco o religioso es molestado por uno de sus pares, o un superior apela por ayuda a una instanci a superior, frecuentemente encuentra que esa instancia está controlada por un homosexual aún más ardiente.

Con el correr del tiempo, los miembros de la homocamarilla pueden lograr tales posiciones y creer que ostentan poderes tan extraordinarios que los eximirán de castigo para siempre. Sus vidas se vuelven con frecuencia una diabólica caricatura del sacerdocio, así como el homomonio es una caricatura diabólica del matrimonio. Como se puede ver en los medios, por ejemplo, ellos actúan como adictos, volviéndose cada vez más osados, recurriendo a la violencia. Comienzan a abusarse y a vejar aún a los que son menores de edad. Hechos gravosos pueden resultar de esto, incluídos el asesinato y el suicidio.

Ver Artículo completo del padre D. Oko

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