Panorama Católico

Los Milagros de Jesús

La divinidad de Jesucristo demostrada por sus milagros

La divinidad de Jesucristo demostrada por sus milagros

Todo el cristianismo descansa sobre la piedra fundamental de la fe en la divinidad de Jesús, de modo que si llegara a desaparecer dicha fe no quedaría nada ni de nuestros dogmas ni de la moral ni del culto. Ahora bien, dicha divinidad que hace de Jesucristo el Rey y Soberano de nuestras almas no es cosa dudosa o incierta: “Son muchísimos y admirables los signos y milagros que permiten demostrar con toda certeza el origen divino de la religión cristiana” dice el Papa Pío XII en su encíclica “Humani Generis”. Sin duda el hombre puede siempre resistir a la gracia de Dios, llevado por sus pasiones o prejuicios. Puede también por mala voluntad negarse a aceptar la verdad, sobre todo cuando dicha verdad trae consecuencias morales exigentes: negarse a sí mismo en todo, tomar su cruz y seguir a Jesús. Sin embargo la divina providencia no podía faltar y de hecho no faltó en un asunto tan grave: manifestó la verdad de nuestra religión con milagros admirables y otros signos clarísimos, todos ellos perfectamente adaptados a la inteligencia de los hombres de todos los tiempos.[1]

¿Qué es un milagro?

“¿Qué milagros haces tú, para que los veamos y creamos en ti?” preguntaban a Jesús los judíos incrédulos (Jn 6,30). Entendían en efecto que el milagro es el sello inconfundible que Dios coloca sobre una doctrina o sobre una persona, para manifestar su origen divino. El milagro se define como una derogación a las leyes de la naturaleza. De modo que sólo puede hacer un milagro Aquel que estableció e impuso dichas leyes: el Creador. Todas las ciencias en efecto parten de una observación fundamental: existen leyes universales inscriptas en la naturaleza de las cosas, y estas leyes no cambian: la ley de la gravitación, la ley de inercia, etc. Según estas leyes, un ciego de nacimiento no puede ver, ni una muchedumbre alimentarse con cinco panes; un muerto no puede resucitar. Y sin embargo Jesús hace ver a los ciegos y oír a los sordos, alimenta a más de 5000 hombres con cinco panecillos, camina sobre las aguas y hace caminar sobre ellas a San Pedro, resucita a los muertos y sale él mismo victorioso del sepulcro. “Las obras que hago, dice, dan testimonio de que mi Padre me ha enviado” (Jn 10,25).

Milagros verdaderos vs. embaucadores

Más no todo lo que brilla es oro, y no cualquier “prodigio” es necesariamente un milagro. En todas las épocas el demonio se ha esforzado con todos los medios en apartar a los hombres del culto divino, engañándolos con toda clase de prodigios y maleficios. Desgraciadamente, nuestra época no hace excepción a esta regla. Las sectas se han multiplicado sobremanera, y los “sanadores” y otros “magos” proliferan como hongos. Supuestas y dudosas apariciones atraen también a grandes muchedumbres hambrientas de manifestaciones sobrenaturales. ¡Cuántos son los pobres desgraciados que se dejan engañar! De hecho son víctimas de su ignorancia y propia negligencia, porque deberían saber que todo esto nos ha sido anunciado y que Nuestro Señor nos lo advirtió: “En aquel tiempo se levantarán falsos cristos y falsos profetas, y harán grandes signos y grandes prodigios, de manera a engañar, si fuera posible, hasta a los mismos elegidos. ¡He aquí que os lo he avisado!” (Mt 24,24) Los demonios pueden hacer prodigios asombrosos, de ello son testigos todos los exorcistas.[2] Es para ellos juego de niños levantar a hombres u objetos por el aire, causar dolores inexplicables, curar ciertas enfermedades como lo hacen los médicos humanos (y mucho mejor que ellos). Pero jamás podrán hacer los demonios un verdadero milagro como resucitar a un muerto o crear materia a partir de nada, como lo hizo Jesús en la multiplicación de los panes. Y eso tampoco lo podrá hacer nunca el hombre, aún con toda la técnica y ciencia que nos prometen para el futuro. ¿Por qué? Porque sólo Dios puede crear, y dar la vida a un muerto equivale a una creación. Esa es una ley universal y absoluta que ningún hombre de buena fe y de sano juicio puede negar.

La resurrección de Lázaro

Entre todos los milagros de Jesús que nos refieren los evangelios y la tradición de la Iglesia, éste tiene una importancia muy particular. Recordemos el contexto: Lázaro muerto desde tres días, su cuerpo ya en plena descomposición, sus hermanas María (la Magdalena) y Marta llenas de dolor. La familia de Lázaro era rica y conocida, y un gran número de judíos vinieron de Jerusalén para presentar el pésame a las dos hermanas. Todos ellos presenciaron el milagro con inmenso estupor. Jesús manda abrir el sepulcro y llama a Lázaro. ¡Y el muerto se levanta, resucitado! No solamente el Sanedrín no negó el hecho, por demás evidente, sino que para encubrirlo decidieron matar a Lázaro con Jesús. Es que, nos dice el Evangelio, “muchos de los que habían venido y vieron lo que hizo Jesús creyeron en El” (Jn 12,10). ¡A toda costa había que detener el crecido entusiasmo del pueblo!

La Resurrección de Cristo

Pero el gran milagro sobre el cual los apóstoles desde el primer momento lo fundaron todo es la resurrección del propio Salvador. “Lo habéis tomado -decía San Pedro a los judíos- y lo habéis hecho morir clavándolo en la cruz por mano de los impíos, pero Dios lo ha resucitado, este Jesús: nosotros somos todos testigos de ello… Sépalo pues con certeza toda la casa de Israel: Dios lo hizo Señor y Cristo, a este Jesús que vosotros habéis crucificado" (Hechos 2,23-36). Esta resurrección se realizó en medio de toda una serie de circunstancias sabiamente dispuestas por la divina Providencia, para no dejar ningún lugar a duda sobre el hecho histórico. Jesús estaba ya muerto cuando con su lanza un soldado le abrió el corazón: y en seguida salió de él abundancia de sangre y agua, haciendo totalmente innegable la muerte. Luego los evangelistas nos cuentan las pruebas de su resurrección: sus numerosas apariciones a los apóstoles y discípulos durante cuarenta días. Lentos en creer, ellos tendrán sin embargo que rendirse ante la evidencia del hecho. Jesús les habla del Reino de Dios, come con ellos, los prepara para su futura misión infundiéndoles una fe firme y una esperanza que nada podrá arrebatarles: “¡Si Cristo ha resucitado, nosotros también resucitaremos!”.

Historicidad de los milagros

Es un hecho: los apóstoles han dado testimonio de los milagros de Cristo y de su resurrección, no sólo con sus palabras y predicación, sino también con su martirio voluntariamente aceptado a ejemplo del Maestro. Por lo tanto las apariciones los habían convencido. Es imposible dar cuenta de tal certeza por medio de una serie de alucinaciones: las apariciones son demasiado numerosas y variadas; luego van acompañadas de efectos físicos: caminan y comen con Jesús, conversan con él; y el efecto producido es una transformación profunda: los que eran antes tan apegados a las cosas de la tierra y tan prontos al desaliento, tan lentos en comprender la doctrina de su Maestro, helos ahora resueltos a todo para llevar al mundo este mensaje que Cristo ha verdaderamente resucitado. Tampoco es razonable pensar que los Apóstoles hayan mentido descaradamente: jamás se ha visto que alguien dé su vida por una mentira. Y estos doce hombres iguales en todo a nosotros realizarán en pocos años la obra más extraordinaria de toda la historia humana: plantarán la Iglesia en todo el mundo conocido, provocando desde luego una formidable transformación moral, espiritual, y aun material en todas las naciones. Como muy bien lo dijo San Agustín, si Cristo no ha resucitado y no ha hecho los milagros, entonces la extensión tan rápida de la Iglesia por manos de los apóstoles es un milagro mucho mayor.

El misterio adorable

¡Cristo es Dios! Dios amó tanto al mundo que dio a su Hijo único y amadísimo para salvarlo. Jesús nació de la Virgen María hace 2000 años. Afirmó ser el Hijo de Dios, hijo único e igual a su Padre, hecho hombre para la salvación de los hombres. Y confirmó sus palabras con la santidad de su vida, con la belleza sublime de su doctrina, y con sus milagros. Este misterio de Jesucristo es demasiado grande y confunde nuestra pobre razón humana. Pero Dios también es grande, y puede más que lo que nosotros podemos concebir. Y su bondad es infinita. ¡Qué misterio admirable! Si lo comprendemos como lo comprendieron los apóstoles, nuestra vida quedará transfigurada como la de ellos, porque Jesús será en adelante el primer objeto de nuestros pensamientos. Si es Dios, ¿cómo no hacer de Jesús el guía supremo de nuestra vida, y el Rey absoluto de nuestros corazones? Pongámonos resueltamente a estudiar y practicar su doctrina, y pronto experimentaremos cuán bueno y suave es el espíritu del Señor[3].

[1] Palabras de San Pío X (“Juramento antimodernista”).

[2] Ver en Panorama n° 2, el suplemento especial sobre el diablo.

[3] Sab. 12,1

“Todo lo hizo bien”, decían los judíos al ver que Jesús hacía oír a los sordos y hablar a los mudos. (Mc 7,37). Todo lo hizo bien para asentar nuestra fe, y toda la historia de la Iglesia sigue sembrada de santos y de milagros, para que con firme esperanza caminemos animosamente de manera a alcanzar los eternos premios.

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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