Panorama Católico

¿Maquiavelismo Episcopal?

En recordación del Dr. Victor Eduardo Ordoñez, generoso colaborador de nuestra revista, fallecido el 19 de septiembre. Este artículo (anticipo de Panorama Católico N º 41) es uno de sus textos póstumos, escrito pocos días antes de su muerte. Que el Señor le otorgue el eterno descanso y brille para él la luz que no tiene fin.

En recordación del Dr. Victor Eduardo Ordoñez, generoso colaborador de nuestra revista, fallecido el 19 de septiembre. Este artículo (anticipo de Panorama Católico N º 41) es uno de sus textos póstumos, escrito pocos días antes de su muerte. Que el Señor le otorgue el eterno descanso y brille para él la luz que no tiene fin.

La noticia sonó aturdidora en la mañana del 16 de septiembre. El Cardenal Jorge Bergoglio se perfilaba (Clarín dixit) como, nada menos, que secretario de estado del Vaticano. La novedad, de ser cierta, suponía y generaba innúmeras implicancias a cual más grave y calamitosa. La principal, sin duda, era que el apenas iniciado pontificado de Benedicto XVI asumía una actitud tan inesperada como copernicana. Equivalía a una verdadera definición y no sólo de comportamiento ante el mundo moderno sino de orden principista, por llamarla de alguna manera… queremos decir que se hubiera tratado de una reubicación doctrinaria -por supuesto sobre valores y cuestiones temporales, no dogmáticos- por completo revolucionaria (utilizamos esta expresión con el alcance que le es propio en la literatura habitual, como lo contrario pero al mismo tiempo la instancia última del reformismo) En realidad, de haberse confirmado tal designación se podría hablar con legitimidad de un antes y un después en el gobierno de la Santa Sede.

Con el correr de las horas la tranquilidad llegó al ánimo de los creyentes alarmados por este virtual giro hacia el progresismo que se anunciaba con descarada mendacidad. Esas infaltables y confiables “fuentes cercanas al Vaticano” desmintieron con premura y frontalmente la especie aunque con lenguaje elíptico. Incluso otra “voz autorizada” -el prudente sigilo con que se manejan estos dimes y diretes en el ámbito eclesial- denunció que la versión había salido de “una oficina de Buenos Aires”… de ser esto cierto sin duda es la misma que lanzó en su oportunidad el dato, tan falso como éste, que el primado argentino había sido el candidato más votado en el cónclave que eligió a Ratzinger como nuevo Pedro, el primero del milenio.

Aparte de las condiciones del cardenal Bergoglio -tanto personales como eclesiásticas- su nombramiento para uno de los cargos de mayor relevancia y poder en la estructura de la Iglesia se habría producido en el marco de su peor actuación pública… en el momento más ríspido de su radicalización, proceso éste que a pesar de una línea continuada más o menos coherente, tuvo y tiene instantes de afloramiento y otros de disimulo de manera que nunca se puede saber con certeza qué es lo que va a hacer el arzobispo de Buenos Aires a la hora o al día siguiente. Y si bien nada en él es previsible últimamente sus pasos no permitían el mínimo optimismo respecto a sus criterios y comportamientos relacionados con la actualidad nacional. No satisfecho con haber encabezado la poco evangélica procesión en la que fueron trasladados los restos del P. Carlos Mujica del cementerio en el que descansaba a uno más cerca del pueblo por el que habría ofrendado su vida el sacerdote asesinado en los 70, autorizó la sepultura en el jardín de una parroquia porteña de dos madres de presuntos desaparecidos. Más folklóricos que litúrgicos estos actos además de ser en buena medida blasfemos, tienen un efecto aun más pernicioso: el de contribuir a afianzar los mitos y las ficciones que forman parte del arsenal de la izquierda… y no de cualquier izquierda sino exactamente de la terrorista. ¿Lo pensó así S. E.? En este caso sería altamente responsable de esta magna maniobra en que los “idealistas” de aquella época se encuentran empeñados ahora, rescatar la memoria de los criminales de entonces -trasvasados en adalides de la más justa de las causas por las que pueda morir o matar (preferentemente esto) y, con ello, sus consignas, discursos y métodos. Treinta años después el cardenal reabre un período de la historia de un modo unilateral y hemipléjico y funcional a las intenciones y propósitos del gobierno montonero actual.

Pero no solo el cardenal retomó, extremándola, su línea progresista (hasta entonces teórica) -al solidarizarse de un modo público con los terroristas y, por lo tanto, con el terrorismo- sino que llevó su relativismo y permisivismo moral a apañar o, mejor dicho, a disimular u ocultar las actividades sádicas del obispo Juan Carlos Maccarone. Aquí no le importó la ley de Dios -que condena a este tipo de pecadores- y la de la naturaleza -que lo repugna- sino la opinión humana y procuró disolver el mal en un encuadre de ficción. Engañó a su grey y a la de todo el país disminuyendo la perversidad.

No fue tampoco lucida su intervención en el aun pendiente caso de Mons. Basseoto, destituido por un poder de sesgo totalitario como el de Néstor Kirchner.

Todo este mecanismo de confusión y de errores, encarnado en el cardenal, hubiera llegado al más alto nivel del gobierno de la Iglesia de haber sido verdad la noticia que alguien ( ¿quién, quienes?) echó a rodar no sabemos todavía con qué intención ni con que beneficio ni con que beneficiarios. Por supuesto es impensable que se esté ante un operativo destinado a conmover ni presionar al Vaticano y entonces ¿qué se logró? ¿Mantener el nombre del cardenal por encima o al margen de sus propias equivocaciones, quizá una manera de recomponer su imagen a esta altura demasiado disparada hacia el progresismo más belicista, insinuando que si Benedicto lo tenía en cuenta para tan elevado destino era porque su actitud era la correcta?

¿Fue ajeno a esta maniobra mediática -por lo demás tan burda y de tan cortas patas- el propio primado o fue él también un sorprendido? Lo que sí podemos afirmar es que el comportamiento de Clarín, posiblemente el diario de más tirada y de mayor acceso a las masas medias, es condenable y sería efectivamente condenado si existiese un tribunal de ética periodística. Pero, bien lo sabemos, los poderosos pueden decir lo que quieran sin tener que rendir cuentas a nadie. Las letras catástrofe con que dio su anuncio serán prontamente olvidadas y su gesto quedará impune porque dispone de un público cautivo. Pero no es esto lo que en verdad interesa.

Lo que importa es determinar si el arzobispo Jorge Bergoglio alienta la esperanza de escalar posiciones y, en ese caso, no tanto con que méritos como con que intenciones programáticas. Tiene siete años por delante para desarrollar el apostado según él lo entiende: Su trayectoria, en especial la última que resumimos arriba, no lo habilita para encarar la gran labor que parece preocupar al Sumo Pontífice y convocar sus mejores energías, la de rehacer a la Iglesia de Dios después de sus experiencias posconciliares, reordenarla según Ella misma, reimplantar la severidad del mensaje evangélico: “sí, sí, no, no”. Para lo cual deberá elegir los mejores hombres que en el mundo, en cualquier parte, se hallen compenetrados del deber de la hora: que la Iglesia siga siendo católica y apostólica y no quede estancada en la charca del diálogo interreligioso, como una voz más y no la más clara ni la más escuchada.

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