Panorama Católico

Marcó, Vocero Primado, pone en blanco y negro las cosas.

Un gesto profético fuerte

Monseñor Piña hizo un servicio al bien común.

Hay que acompañar las declaraciones con gestos que cambian la historia.

Por Guillermo Marcó

Un gesto profético fuerte

Monseñor Piña hizo un servicio al bien común.

Hay que acompañar las declaraciones con gestos que cambian la historia.

Por Guillermo Marcó

En una reciente encuesta en los Estados Unidos a gente de más de 90 años preguntaron: ¿Qué haría distinto de lo que hizo? La respuesta masiva fue: "Me hubiese gustado tomar más riesgos en mi vida". Sin duda, monseñor Piña es un buen ejemplo de ello: tiene 76 años, es obispo, acaba de "jubilarse". ¿Por qué iba a complicarse la vida?

Sin embargo, decidió hacer algo por la dignidad de su gente: "Nos sacamos el miedo —dijo—, ese apriete que nos tenía a todos encogidos. Pudimos ver que la gente puede manifestarse y superar, incluso en las urnas, un proyecto hegemónico y dominante". Para conseguirlo tuvo que ponerse al frente. Quizás a sus oponentes les resuene la frase del ex presidente Roca en la carta a Juárez Celman tras su larga pelea y reconciliación con la Iglesia por la educación: "Comer carne de cura es indigesto".

La Iglesia abordó mucho en sus documentos la complejidad de su relación con la sociedad civil. El Papa Benedicto XVI en su primera encíclica "Deus Caritas est" dice que "para definir la relación entre el compromiso necesario por la justicia y el servicio de la caridad, hay que tener en cuenta dos situaciones de hecho: el orden justo de la sociedad y del Estado es una tarea principal de la política. La Iglesia no puede ni debe emprender por cuenta propia la empresa política de realizar la sociedad más justa posible. No puede ni debe sustituir al Estado. Pero tampoco puede ni debe quedarse al margen en la lucha por la justicia. Debe instarse en ella a través de la argumentación racional y despertar las fuerzas espirituales, sin las cuales la justicia, que siempre exige renuncias, no puede afirmarse ni prosperar".

Intentar ver en lo que hizo monseñor Piña una jugada electoral con el cardenal detrás, en un mero armado político, pertenece a las fabulaciones periodísticas a las que algunos nos tienen acostumbrados. Se prestó un servicio al bien común y se dio un paso al costado. Pero ese servicio al bien común se convertirá en un hito histórico. Como dijo el mismo Piña: alguna vez hay que acompañar las declaraciones con gestos contundentes, que dan fortaleza y cambian la historia.

¿Quién agarrará la posta? Los pastores deben orientar y, en casos excepcionales como el de Misiones, ponerse al frente. Es para los laicos el desafío de cambiar la sociedad. Creo que la primera tarea la señala el ejemplo misionero: "madurar en la conciencia cívica". El pueblo —afirmó Piña— puede oponerse a la vieja política que no se quiere reformar, a los "gobiernos feudales que se creen dueños de todo" y que piensan que a la gente "se la puede engañar y dominar con dádivas. Que concibe un pueblo de esclavos, que sólo depende de lo que da el soberano —un supremo dictador—, 'tan bueno' que regala cosas y hace obras públicas. Claro que, como dijo el pastor Pedro Kalmbach, la gente no come vidrio". Ojalá los argentinos de buena voluntad reafirmemos un compromiso ciudadano y exijamos a quienes gobiernan: que en su servicio al pueblo incluyan además de los logros económicos, la transparencia en el uso de los recursos públicos, una justicia independiente con garantía para los testigos, generación de empleo, sin clientelismo; orden y seguridad en la calle; libertad para expresar nuestras ideas sin que nos insulten o demonicen. No son favores, sino "derechos humanos" que deben reclamarse en una sociedad democrática.

Suplemento Valores, del diario Clarín

Comentario Druídico: Todo muy lindo. El problema es la concepción naturalista o inmanentista de la misión de la Iglesia y del clero. Ellos están en el mundo, según Marcó y tantos más, para ser referentes morales de los pensamientos bondadosos de un tal Jesús de Nazaret. De allí que puedan emplearse a fondo en la solidaridad con los masones, en la espiritualidad con los evangélicos, en la hermandad con judíos y musulmanes. Ese Jesús de Nazaret en el que creen, da para todo, menos para que proclamen la Fe de Jesucristo crucificado. No son hombres consagrados a Dios, pontífices, administradores de los sacramentos, que con su poder ministerial y su ejemplo contribuyen a hacer más virtuosos a los hombres, ni exigen a las potestades civiles seguir la ley divina. Son "animadores de la conciencia cívica".

Pero esta animación cívica no es ingenua. Hay en el comentario del P. Marcó una velada amenaza. "Comer carne de cura es indigesto". O sea, no se metan conmigo, porque tengo la estructura eclesiástica que me respalda. Y en la pelea con la Iglesia, los gobiernos siempre pierden. Esta no es una fantasía periodística, es una puesta en blanco y negro del lenguaje curial.

El P. Marcó parece no saber para qué es sacerdote -posiblemente crea que es un buen modo de ganarse la vida- pero sabe bien qué está haciendo. Por eso, antes vocero que sacerdote, juega el juego de escalar posiciones en el ranking eclesiástico. Por eso "mediumniza" como opinión personal lo que su mandante le indica, (mañana podría decir lo contrario sin inmutarse) para que, en caso de cortocircuito, el shock eléctrico lo queme a él y no llegue más arriba, por lo cual recibe una paga y tal vez algunas promesas. Por ahora parece que el voltaje no llegado a niveles suficientes o bien Marcó está recubierto de alguna extraña protección…

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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