Panorama Católico

Mons. Zecca fue consagrado obispo

El Cardenal ha sabido ser padre, hermano y  amigo y hoy me brinda la alegría, como mi Arzobispo, de presidir esta consagración episcopal junto a los Obispos Co-Consagrantes -a quienes me unen profundos vínculos eclesiales y humanos- y junto a tantos hermanos en el Episcopado, cuya presencia y compañía agradezco con emoción. 

ORDENACIÓN EPISCOPAL DE MONS. ALFREDO H. ZECCA

NUEVO ARZOBISPO METROPOLITANO DE TUCUMAN 

CATEDRAL METROPOLITANA Y PRIMADA DE BUENOS AIRES, ARGENTINA

Jueves 18 de Septiembre de 2011 

ALOCUCIÓN EN ACCIÓN DE GRACIAS y SÚPLICA POR SU EPISCOPADO 

      1. “Te doy gracias Señor por tu amor, no abandones la obra de tus manos”. Estas palabras del Salmo 138 [137] me sirven adecuadamente para expresar mis sentimientos ante el inmenso e inmerecido don del Episcopado, sentimientos de acción de gracias y de súplica de ayuda. 

      2. La identidad y la misión del Obispo se centran en el misterio de Cristo y de su Iglesia “pueblo reunido en virtud de la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” (LG 4). La índole trinitaria del ser y del obrar del Obispo, por consiguiente, tiene su raíz en la misma vida de Cristo, que fue toda trinitaria. Vicario del “gran Pastor de las ovejas” (Heb 13,20), el Obispo debe manifestar con su vida y ministerio episcopal la paternidad de Dios; la amistad misericordiosa de Cristo; la luz y la fuerza del Espíritu Santo. 

El Concilio Vaticano II enseña que: “los Obispos han sucedido, por institución divina, a los Apóstoles como Pastores de la Iglesia” (LG 20; CEC 860-862). Por ello mismo, a lo largo de las generaciones, están llamados a custodiar y transmitir la Sagrada Escritura, a promover la Tradición con íntegra fidelidad a las enseñanzas de los Apóstoles y a santificar y guiar al Pueblo de Dioscum Petro et sub Petro, con Pedro y bajo Pedro, continuando así, con dinamismo misionero, la labor desarrollada por sus predecesores (cf. Directorio para el Ministerio Pastoral de los Obispos, Introducción). 

Basten estas breves alusiones al ministerio del Obispo para explicar por qué, quien es llamado por Cristo al episcopado, experimenta un abismo entre la grandiosidad del misterio que se abre a su mente y a su vida y sus pobres fuerzas personales, que tornan imposible cumplir semejante desafío sin contar con la gracia de Dios. Por eso digo una vez más con el salmista: “Te doy gracias Señor por tu amor, no abandones la obra de tus manos”. 

En este momento de mi historia personal, en la madurez de mis años, sin dejar de apelar a la misericordia divina por mis pecados y omisiones, doy gracias al Señor por mi vida y mi ministerio sacerdotales, plenificados ahora con este nuevo llamado que me compromete a una mayor fidelidad. Hoy a mí, Cristo, como lo hizo en el Evangelio con los Apóstoles, me dice “sígueme”. Más aún, se me presenta con particular intensidad la pregunta de Jesús a Pedro “¿me amas?”. Yo quisiera responderle como él “Señor, tu lo sabes todo, tú sabes que te quiero”. Pero como seguramente esta respuesta no ha penetrado aún  toda mi vida, yo quisiera que se torne súplica diciéndole: “Señor, haz que te quiera cada día más, y así, por amor a Ti, te siga y, en tu nombre, apaciente a tus ovejas”. (cf. Jn 21,15-19). 

      3. Te doy gracias Señor, ante todo, por el don de la vida, la natural y la sobrenatural que recibí por tu bautismo. Gracias por mis padres Alfredo y María Elena, quienes, con su vida y sabiduría, me enseñaron las virtudes humanas y cristianas. Gracias a los sacerdotes de mi Parroquia de Santa Rita, ejemplo de religiosos entregados generosamente a la salvación de las almas. Gracias a los Hermanos de La Salle y a los Marianistas, entre los que conocí maestros y religiosos piadosos, que me educaron y despertaron en mí la vocación por la docencia. 

      4. Entre 1968 y 1976 transcurrieron los años de mi formación sacerdotal, años difíciles, ya que la aplicación del Concilio exigía especial prudencia y discernimiento. Dios puso en mi camino sacerdotes que pudieron guiarme con firmeza. Permítanme recordar, entre los tantos a quienes debo mi formación, a Mons. Albisetti y a Mons. Esteva, entonces Rector y Director Espiritual, respectivamente, del Seminario de Villa Devoto y, entre mis profesores, a Mons. Lucio Gera quien me invitó a colaborar en su cátedra de Teología Dogmática y me impulsó a hacer el doctorado en Alemania. Dios le recompense cuanto me aportó en lo intelectual y en lo personal. 

      5. Al terminar esos años de formación, llegaron, de manos del Cardenal Juan Carlos Aramburu, el diaconado y el presbiterado. Dos años colaboré como Vicario Parroquial en la Parroquia de la Asunción de la Virgen María, hasta que en 1979 fui enviado como formador al Seminario, permaneciendo en él 20 años, los últimos nueve como Rector. 

Con el Cardenal Aramburu, cuya figura de obispo crece en nuestra valoración con el paso del tiempo, guardé una cercana y cordial relación hasta su muerte. Era un hombre de profunda fe y de un gran amor a la Iglesia y al Papa. Dios le conceda alegrarse este día con nosotros desde el cielo. 

      6. El Cardenal Antonio Quarracino lo sucedió como Arzobispo de Buenos Aires y, habiendo yo asumido ya el decanato de la Facultad de Teología, me nombró Rector del Seminario, de modo que desempeñé ambos cargos durante seis años. Los recuerdo entre los más felices de mi vida ministerial. El trato cordial y cercano con el Arzobispo, la fraternidad con los superiores y el cariño de los seminaristas fueron para mí una gracia inmerecida. Les agradezco de corazón todo lo que me brindaron. 

También el Cardenal Quarracino fue un gran Arzobispo. Siempre admiré su humanidad, su cercanía, su sentido del humor, su sabiduría y, sobre todo, su capacidad de relacionarse con gente de todo tipo, aun con quienes estaban en las antípodas de su pensamiento. Que también a él Dios le conceda acompañarnos desde el cielo. 

       7. A fines de 1999 me hice cargo del gobierno de la Pontificia Universidad Católica Argentina. ¡Cuánto aprendí en ella! Fueron años no exentos de dificultades, pero tan fecundos al  brindarme  un nuevo descubrimiento del valor insoslayable del laicado en la Iglesia, de la importancia del diálogo con la ciencias, de la apertura al mundo con sus interrogantes y necesidades. Como Rector debí relacionarme con varios dicasterios de la Curia Romana, en particular con la Congregación para la Educación Católica, de la que fui nombrado consultor, y con su entonces Prefecto, el querido Cardenal Zenón Grocholewski, a quien agradezco su cercanía y amistad. También agradezco mi participación, relaciones académicas y cargos desempeñados en la Federación Internacional de Universidades Católicas y en la Organización de Universidades Católicas de América Latina. No hubiera sido posible la dirección de una obra eclesial tan vasta y compleja como la Universidad Católica sin quienes me acompañaron en esta rica y para mí inesperada experiencia de gobierno: directivos, decanos y profesores a quienes encomiendo al Señor en acción de gracias. 

Al Cardenal Bergoglio como Gran Canciller de la Universidad y en su persona a los sucesivos Obispos miembros de la Comisión Episcopal para la UCA les agradezco en el Señor el respaldo que me brindaron en el respeto irrestricto a la autonomía y autarquía de la Universidad. El Cardenal ha sabido ser padre, hermano y  amigo y hoy me brinda la alegría, como mi Arzobispo, de presidir esta consagración episcopal junto a los Obispos Co-Consagrantes -a quienes me unen profundos vínculos eclesiales y humanos- y junto a tantos hermanos en el Episcopado, cuya presencia y compañía agradezco con emoción.  A los sacerdotes de Buenos Aires, mis copresbíteros en esta querida Iglesia particular, les agradezco de corazón tantos ejemplos de vida santa y celo misionero, tantos momentos de fraternidad compartida, la presencia aquí hoy de los que pudieron acompañarme y la oración que quieran seguir ofreciendo al Señor por mí y por la Iglesia a la que soy enviado. 

      8. Ahora Dios me dirige un nuevo llamado a seguirlo en el ministerio episcopal en la sede arzobispal de Tucumán. Ella se ha beneficiado, como en general toda la región, de la primera evangelización, que tanto debe a San Francisco Solano. No creo equivocarme al decir que el noroeste argentino constituye una verdadera reserva de valores humanos y cristianos. En estos años en que nos preparamos al bicentenario de la independencia de la patria, pido a Dios asumir eficazmente con su gracia el desafío que dicho aniversario representa para la Iglesia. 

      9. Un especial recuerdo agradecido lo dedico sobre todo al Santo Padre Benedicto XVI, que me ha elegido y designado para este oficio. Quisiera filialmente expresar a su Persona mi viva adhesión y admiración. Más allá de la fe, que ante todo nos hace ver en él a Pedro,  justo es reconocer también que, como intelectual, es uno de los más brillantes teólogos y pensadores de nuestro tiempo, con una gran capacidad para discernir el difícil rumbo de la cultura contemporánea y, así, detectar sus más claros desafíos a la evangelización. 

      10. Un especial reconocimiento quiero expresar al Nuncio Apostólico quien, en la Argentina y aquí hoy, representa al Papa. Con el Señor Nuncio, desde los tiempos de mi rectorado en la UCA, conservamos un frecuente y fecundo diálogo eclesial y le agradezco de corazón que me haya honrado con su cercanía cordial y su amistad sincera. Dios recompense su caridad para conmigo. 

     11. A los tucumanos, sacerdotes, consagrados y laicos, a quienes ruego me consideren co-provinciano por adopción, gracias por  la cordial representación con la que me acompañan esta tarde. Con todo mi corazón, con todas mis fuerzas y con todo mi entusiasmo me pongo al entero servicio de los tucumanos, consciente de asumir una Iglesia con una larga tradición y con un plan pastoral en marcha al que dedicaré mis mejores esfuerzos. Espero poder continuar el fecundo servicio episcopal de Mons. Villalba, quien me recibió como mi primer formador en el Seminario, fue decano de la Facultad de Teología y mi profesor en mis primeros años de estudio y ahora con fraterna solicitud  me recibe en la Iglesia tucumana.  

      12. A la Virgen de la Merced, patrona de la Arquidiócesis de Tucumán y a San Miguel Arcángel, Patrono de la Ciudad de Tucumán, encomiendo mi ministerio episcopal. Que Ellos, por su intercesión, me alcancen de Dios la gracia de la fidelidad. Amén.



Comentario Druídico: Ante lo consumado, solo nos queda rezar. Dios lo ilumine, pero por sobre todo, que se deje iluminar, que es lo más difícil cuando se ha pasado una vida entera jugando con el Espíritu Santo. 


Item: para los que creen que exageramos al hablar del «concilio superdogma», vean las fuentes que cita el neo-arzobispo para dar fundamento doctrinal a su homilía. Es inútil, antes del Concilio no existía la Iglesia… o como si así fuera.

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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