Panorama Católico

Natividad del Verbo Encarnado

La Natividad de Nuestro Señor Jesucristo según la Carne: tal es la denominación que la sagrada liturgia da a la fiesta de
Navidad, degradada ahora en una festichola pagana (cuando no
apostática), matizada con elementos filantrópicos y emotivistas que
nada tienen que ver con su significación esencialmente sagrada y
teológica.

Escribe Ricardo Fraga

La Natividad de Nuestro Señor Jesucristo según la Carne: tal es la denominación que la sagrada liturgia da a la fiesta de
Navidad, degradada ahora en una festichola pagana (cuando no
apostática), matizada con elementos filantrópicos y emotivistas que
nada tienen que ver con su significación esencialmente sagrada y
teológica.

Escribe Ricardo Fraga

Esta festividad remonta en sus orígenes (s.IV) a la conmemoración del natalicio del sol y fue la Iglesia Romana la que introdujo la sustitución, siguiendo su tendencia generalizada a reemplazar las memorias de los gentiles por los acontecimientos salvíficos del cristianismo. En definitiva, aquella invocación al “sol invicto” (Mitra) no era otra cosa que una anticipación o antitypo de la manifestación esplendente del verdadero Sol: Cristo.

La Natividad está indisolublemente vinculada al dogma redentor de la Encarnación del Verbo: “et Verbum caro factum est”, y sin este contenido doctrinal es una cáscara vacía que ninguna mitología consumista logra alterar.

Nuestro mundo secularizado no puede, sin embargo, prescindir de sus innatos impulsos religiosos y, por ello, invierte el espíritu de las antiguas celebraciones católicas, cercenándoles su sentido trascendente y santificante y conservándoles una difusa dimensión emocional (de puro carácter inmanente) que luego se traduce en multiplicados “días de…” (la madre, el padre, el amigo, etc.) que terminan por demoler el sólido edificio litúrgico pacientemente construido por los siglos de fe y piedad.

¿Qué queda de la apacible Natividad de nuestros antepasados? Nada absolutamente: hasta el mismo folclore navideño ha sido cambiado. Ya no solamente la sublimidad de las antífonas del oficio del tiempo (abandonado el latín por “ininteligible” y volcadas a un español “argentinizado” o bien neutro, sin sintaxis ni sobria adjetivación). Mas también villancicos y coplas, belenes y zampoñas han sido arrasados por irreales aldeas nórdicas y por un payaso boreal sin nombre propio (ya que no se lo podemos endilgar al pobre de san Nicolás de Bari), invento publicitario de la “Coca-cola” que ha terminado por imponerse, ya sin protesta, aún en el ámbito mismo de las iglesias y las familias.
La profanación de la Navidad es una artera obra del demonio, ensañado en el sublime misterio de la humanidad del Verbo alrededor de la cual gira el eje de toda la acción creadora de Dios (Col.1,5-20) y que constituye el centro de atracción universal de todas las criaturas visibles e invisibles, según fue proféticamente proferido por el mismo Jesús: “todo lo atraeré hacia Mí”.

El mundo de hoy, aparentemente tan “carnal” detesta, en rigor, el “nacimiento en el tiempo según la Carne” de su divino Redentor y lo detesta porque sólo “ama” una carne prostituida que no refulge con los esplendores de la resurrección ni con el sentido integrador y completo del “Logos-ántropos”: verdadero Dios y verdadero Hombre.

En realidad, este mundo está más “espiritualizado” de lo que imagina, toda vez que tiene por mentor al espíritu de las tinieblas, en permanente contradicción con la “Luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo” (Jn.1,9). Su idolatría, nótese bien, no es la de la carne (cuya significación vivificante aborrece) sino la del espíritu de rebeldía que proclama el secular grito de toda revolución: “non serviam”. “No me someteré al amoroso poder del Señor y me alzaré contra sus divinas misericordias”.

En cambio, el humilde creyente se arroba en esta Noche santa, contemplando cómo el Autor de los siglos “servile corpus induit”, se ha revestido de un cuerpo servil, y el alma fascinada interroga a los pastores: “quem vidistis, pastores? ¿qué ha aparecido sobre la tierra?, para recibir por terrible respuesta: “parvulus filius hodie natus est nobis et vocabitur Deus, Fortis”, es decir, el Dios inconmensurable y de inmensa majestad, Creador de todas las galaxias visibles e invisibles, se ha tornado un parvulillo, un niñito pequeño “nacido de Mujer” (Gal.4,4).

Éste, y sólo éste, es el conmovedor mensaje de la “Natividad de Jesucristo según la Carne” y si ya no lo percibes es porque tu fe ha naufragado en el mar de las modernas apostasías mediáticas. Si, por el contrario, aún lo reconoces “y en medio del silencio de la noche ves aparecer la Palabra omnipotente que viene de los reales alcázares” te deseo, entonces, querido lector, una feliz y santa Navidad.

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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