Panorama Católico

Navidad, paz, caridad, unidad

Nuevamente algunos lectores lamentan que Panorama “contribuya a la desunión de los católicos”. El tema ha sido tocado ya, pero en vísperas de la Navidad, fiesta especialmente ligada a la paz y a la caridad, nos parece oportuno recordar nuestra posición sobre el tema.

Escribe Marcelo González

Nuevamente algunos lectores lamentan que Panorama “contribuya a la desunión de los católicos”. El tema ha sido tocado ya, pero en vísperas de la Navidad, fiesta especialmente ligada a la paz y a la caridad, nos parece oportuno recordar nuestra posición sobre el tema.

Escribe Marcelo González

“Acabo de leer su diario y realmente me quedé con un gran dolor ya que no contribuye a la unidad de la Iglesia, de la que formo parte y a la cual quiero…”
Un lector de Panorama

“Decir la verdad en la caridad… La caridad es el vínculo de la perfección”.
San Pablo.

Traemos a mentas dos breves textos paulinos para partir, en esta respuesta, del reconocimiento de una verdad católica de la más rancia prosapia. La verdad está íntimamente ligada a la caridad. Ni verdad sin caridad, ni caridad sin verdad. La primera no es posible. La segunda no es buena.

La primera es el “irenismo”. La paz por sobre todo. Aún por sobre la verdad, por sobre el bien, por sobre el honor debido a Dios, a la Ssma. Virgen, a los sacerdotes y religiosos fieles, a los católicos, a todos los hombres. Detrás de este “irenismo”, reiteradamente condenado como error por la Iglesia, está la “idea” que sustenta el falso ecumenismo. Paz, paz por encima de todo. El más grande bien es la paz.

La segunda es el fariseísmo, hacer odiosa la verdad. Jesús dijo a sus discípulos respecto de los fariseos: “Haced lo que ellos dicen, mas no lo que hacen”. Hoy, en tiempos de apostasía, heterodoxia en grado de confusión generalizada, queda ya poco fariseísmo de este estilo. El más usual es el otro que mezcla la hipocresía con el error. De allí tantos que “han optado por los pobres” viviendo en el lujo y el vicio…

El bien de la Paz

Por cierto que la paz es un gran bien. Y romper la paz es un pecado grave, que altera los espíritus, provoca divisiones, inclina a demasías (inclusive a los que tienen la razón) y a toda suerte de faltas contra la caridad. Pero la paz no está por encima de la verdad. De modo que no se puede elegir la “paz” en desmedro de la verdad. Porque esa presunta paz no tiene un fundamento real… es una ilusión, un arrebato sentimental en el mejor de los casos, y un discurso hipócrita en la mayoría de ellos.

Por eso, este mundo anticristiano, a la hora de “dejar en paz” a los católicos, solo se exceptúe a los fieles, para quienes no hay “paz” posible, ni siquiera en los términos humanos y sentimentales en que se plantea para toda la humanidad. Los católicos fieles ni siquiera pueden acogerse al beneficio de “hacer su vida” en paz. No vamos a buscar demasiadas pruebas. El cura heterodoxo o escandaloso es digno de esta paz y alabanzas modernas. El laico adúltero o deshonesto es acreedor de esta falsa paz. El obispo servil a los poderes políticos anticristianos es merecedor de esta supuesta paz.

Pero el fiel que pide la comunión de rodillas, el cura de sotana, el obispo valiente… ellos son los que quedan excluidos de todo derecho a la paz. A ellos no hay que “dejarlos en paz” sino hacerles la guerra de todos los modos posibles. Esto pasa hoy no solo fuera, en el mundo, sino dentro mismo de la Iglesia, permanentemente, en la mayoría de las parroquias, diócesis y hasta en la Santa Sede. Y esta es una verdad tan sólida que no la puede ignorar nadie que piense un rato y se informe debidamente. O nadie que no quiera autoengañarse.

¿La verdad divide?

Sí. La verdad divide. “Acaso he venido a traer la paz. Yo no he venido a traer la paz, sino la guerra y a poner división…” Son palabras de Cristo, poco citadas y peor comprendidas. Cuando nos dicen que dividimos a los fieles o a los sacerdotes, en realidad no hacemos sino defender lo que nos manda la Iglesia, fiel depositaria de la verdad de Cristo. Las divisiones son preexistentes. Cristo es piedra de tropiezo para aquellos que no aceptan la verdad, y la verdad es Cristo mismo. “Yo soy la Verdad”. Salvados nuestros defectos, limitaciones, etc. -pecadores somos- se nos acusa de sembradores de la desunión por defender la Verdad. Y por señalar el error y a los que lo promueven, como manda la sana apologética.

“Pero no siempre es necesario mostrar todas las miserias humanas dentro del clero o de la feligresía”. Sin duda. ¡Si nos pusiéramos a mostrar miserias… cuantas cosas podríamos decir! Decimos aquello que a nuestro leal saber y entender sirve a la verdad, a la justicia, al honor de Dios y de la Santa Iglesia. Mal las sirven los que dan vuelta la cara porque les repugnan y se hacen involuntarios cómplices de estas miserias, contribuyendo a prolongarlas en el cuerpo eclesiástico.

No nos engañemos más. Santa Teresa de Jesús nos convoca:

Vosotros los que militáis
Debajo de esta bandera
Ya no durmáis, ya no durmáis,
Porque no hay paz en la tierra.

Si militamos bajo la bandera de Cristo hemos de conquistar la paz de Cristo con la espada de la verdad y el escudo de la fe en el brazo. No mirando al costado ni haciéndonos los distraídos. No engañándonos con frases de autojustificación: “… no es para tanto…”. Lo que está sucediendo es muy grave. “La nave de la Iglesia hace agua por todo lados” ha dicho el Santo Padre. ¿No vamos a contribuir a su defensa señalando a los boqueteros que la pretenden hundir…? La revista de los jesuitas de Nueva York, “América”, acaba de publicar un aviso de una imagen de la Virgen Santísima recubierta con un preservativo. ¿Quién rompe la paz, los que blasfeman horriblemente o los que elevamos nuestra airada protesta ante las autoridades competentes? ¿Vamos a callar esta espantosa ofensa en aras de esa “paz”?

Sr. lector: si Ud. no es capaz de entender esto, no lea más nuestra revista. Ud. ya ha perdido el sentido de la Fe. Quizás la Fe misma. Es decir, está en camino de la apostasía y de perder su alma. Esta es la mejor frase de paz y caridad que puedo dedicarle en estas Navidades. Decirle con la autoridad de la Iglesia y no con autoridad propia, que debemos despertar del letargo y reconquistar la casa de Dios con celo ardiente por su honor.

Que el Príncipe de la Paz nos proteja e ilumine por intercesión de la Limpia y Pura Madre de Dios, la Inmaculada Virgen Santísima. Amén.

Feliz y Santa Navidad a todos.

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Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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