Panorama Católico

Necesitamos Padres Espirituales

Una joven lectora de Panorama Católico nos hace llegar, con pedido de publicación, esta carta. Creemos que es un formidable testimonio de lo que los jóvenes católicos anhelan de sus sacerdotes.

Escribe Natalia Romaggesi
Y Jesús le dijo: “Apacienta a mis ovejas”

Una joven lectora de Panorama Católico nos hace llegar, con pedido de publicación, esta carta. Creemos que es un formidable testimonio de lo que los jóvenes católicos anhelan de sus sacerdotes.

Escribe Natalia Romaggesi
Y Jesús le dijo: “Apacienta a mis ovejas”

Todos los hombres tienen padres, al menos han nacido de ellos. Pero no todos los hombres tienen un Padre espiritual, alguien que los guíe, los anime y los corrija.

Podríamos suponer que los cristianos, sí lo tienen, porque tenemos a nuestros sacerdotes como padres espirituales, aquellos que nos animan, nos exhortan y por sobre todo nos educan en lo más importante que es la vida del espíritu y de la gracia. Pero ¿cuántos de nosotros vemos en nuestros sacerdotes a un padre espiritual?

Estamos necesitados. Necesitamos hombres que sigan el camino de Cristo para que en unión con él nos ayuden a caminar.

Necesitamos Padres. Hombres que sepan del sufrimiento de Cristo y lo padezcan, para que en unión con él, nos enseñen a soportar y valorar nuestros sufrimientos.

Necesitamos Padres que nos escuchen atentamente a cada uno, individualmente, porque “por nuestro nombre seremos llamados” al Reino, no por pertenecer a tal o cual grupo. Necesitamos Padres que nos miren como Jesús nos mira para sentirnos amados y perdonados, para también nosotros amar y perdonar.

Necesitamos Padres, que nos enseñen, nos amen y nos eduquen.

No pretendemos que hablen nuestro mismo lenguaje sino que nos enseñen a hablar el lenguaje de Jesús.

No necesitamos que se vistan y acudan a los mismos lugares que nosotros, queremos que nos enseñen a revestirnos también con las vestiduras de Jesús, y que nos digan dónde acudir para encontrarlo a Él.

No necesitamos que nos digan que todo está bien, para conformarnos, sino que nos dejen inquietos para salir de nuestra mediocridad.

No queremos que nos persuadan de que nuestros pequeños pecados no tienen importancia, por que por los pequeños pecados del alma se generan los grandes pecados de la historia.

Necesitamos que nos corrijan a tiempo. Que examinen nuestras almas y las eleven a mayor santidad. Porque queremos seguir el mandato de aquel a quien nuestros sacerdotes representan “sed perfectos como mi Padre Celestial es perfecto”. Ya que por su gran amor a Cristo nuestros Padres, en su entrega, son los que recibieron la gracia de acercarnos a Él, por el sacramento del sacerdocio ordenado.

Tampoco sirven al verdadero interés de las almas los aspectos puramente intelectuales o administrativos que absorben a muchos de nuestros sacerdotes y les roban la mayor parte del tiempo y de la posibilidad de atender a las necesidades de las almas.

No nos ayuda que le teman a las nuevas instituciones eclesiales, y no le teman a “aquel que puede matar el espíritu“.

No nos sirve que su lucha sea por la justicia pasajera y que no luchen por nuestra paz eterna.

Necesitamos vicarios de Cristo en la tierra, que se suban al altar a predicar en nombre de Cristo, no que bajen del púlpito a contagiarse de cierto falso optimismo que a veces nos inventamos para sobrevivir.

Necesitamos que nos prediquen al Cristo crucificado, aunque sea “escándalos para unos y locura para otros…” porque es la verdadera “fuerza y sabiduría de Dios para los que han sido llamados…”. y porque desde allí reconoceremos al verdadero Cristo Resucitado. En quien está nuestro tesoro, porque en Él tenemos nuestro corazón, reconociéndolo en nuestro mundo, pero no apegándonos a las cosas del mundo.

Pero nos sentimos huérfanos, nadie nos habla de nuestras raíces, y nuestra tradición, muchos de nuestros Padres son como los padres posmodernos, que ya no son padres sino amigos y lo que es peor compinches. No nos corrigen sino que se hacen compinches de nuestras propias faltas. Los cristianos tenemos nuestra esperanza puesta en el Reino de Dios, no en las soluciones terrenales de los problemas. Pero para ello necesitamos que alguien nos conduzca y nos enseñe el camino. Y este es el camino espiritual.

El alma está sedienta y no la podemos saciar con falsos discursos de cómo buscar el paraíso terrenal. Nuestros padres nos deberían recordar las palabras de San Agustín, al responder ¿Qué quieres saber?

– Deum et animam scire cupio-

– Nihilne plus?

– Nihil omnino

(Anhelo conocer a Dios y al alma, nada más, nada en absoluto.)

De lo otro se ocupará el Estado, o no, pero no es nuestra responsabilidad.

Nuestros Padres son los emisarios de Cristo en la tierra, a ellos de modo especialísimo los vistió con el alba y la casulla, el cordón de la castidad, las manos benditas para bendecir, absolver, y repartir el propio Cuerpo de Cristo. Ellos fueron llamados para renunciar a todo y entregar su vida a Cristo, allí reside su gloria y nuestro profundo respeto e incondicional obediencia.

Y a nuestros hermanos, hagámonos pequeños cuando reconozcamos a nuestros Padres, hagámonos hijos obedientes. Sólo así el cuerpo místico de Cristo será uno, y el Esposo recibirá a su Esposa la Iglesia como la novia de blanco, que espera a plenificar su amor en la pureza de la unión con el Amado.

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Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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