Panorama Católico

No solo en la Basílica de Flores desaparecen cosas…

En un pequeño pueblo de Córdoba, se sustrajo una preciosa joya que engalanaba la imagen de San Roque. Se trata de la localidad de Quilino, en cuya iglesia parroquial una gruesa cadena de oro, donada hace más de dos siglos, «desapareció» estando bajo la custodia del párroco y sin que este pueda dar cuenta de su destino. Quilino pertenece a la Diócesis de Deán Funes, cuyo prelado es Mons. Kuhn.

Quilino: El misterio de la cadena de San Roque

La reliquia fue sustraída en 2002 y, a partir de ese momento, ocurrieron eventos naturales que castigaron al pueblo / El fiscal que investiga el caso dice que mucha gente relaciona el robo con las llegadas de mangas de langostas y de un fuerte tornado / No hay detenidos.

Miguel Durán


mduran@lavozdelinterior.com.ar

«Primero vino un tornado, después una sequía terrible, las langostas gigantes arrasaron con todo. No quedaron quebrachos, murieron los cabritos y liquidaron la cosecha de mandarinas, cerró la fábrica de vidrio. A partir de la desaparición de la cadena de oro del perro de San Roque, el pueblo de Quilino cayó en desgracia. La gente es muy creyente y devota, por eso hay quienes piensan que hasta que no se devuelva la reliquia robada seguirán sucediendo desastres naturales», cuenta el fiscal de instrucción de Deán Funes, Eduardo Gómez. Sobre su escritorio está el expediente iniciado el 11 de febrero de 2003. La causa sigue abierta pero está virtualmente paralizada, ya que el denunciante, el párroco de la iglesia, también desapareció (como la cadena) y no volvió a declarar.

Durante los dos primeros años de investigación, concejales del pueblo, grupos católicos y muchos devotos de San Roque –protector de los enfermos y patrón de Villa Quilino– hicieron 70 kilómetros para llegar a Deán Funes y transmitirle al fiscal sus preocupaciones por el «robo sacrílego».

La historia de la cadena de 70 centímetros de largo, de gruesos eslabones y con ocho monedas de oro incrustadas, siempre estuvo rodeada de misterio y de un secreto que duró dos décadas.

El principio. Por aquellos tiempos, el padre Cesio iba a ser trasladado a Monte Cristo y confió la reliquia a «Ramoncita» (Ramona) Ochoa. La pieza de oro del siglo 18 había sido donada muchísimo tiempo antes por un hombre inmensamente rico, cuya identidad nadie reveló jamás. Era un promesante que, según comentan, recibió una «gracia» del santo.

El religioso tenía miedo de que la robaran. Y no era para menos. Una vez la cadena desapareció y, aunque cueste creerlo, la encontraron tirada en una de las calles (todas de tierra) del pueblo, ubicado en el departamento Cruz del Eje, a la derecha de la ruta 60 y a 150 kilómetros de la Capital. Nunca se supo cómo llegó allí. Para muchos se trata de «un milagro». Los menos creyentes se inclinan por un «ladrón arrepentido».

La efigie de San Roque, que preside el altar de la iglesia de la villa fundada en 1573, fue tallada por los indios quilinones y es distinta a todas las conocidas en el mundo católico: el perro está a la izquierda y no a la derecha del santo que muestra una rodilla llena de llagas.

Se revela el secreto. «Ramoncita» conservaba la cadena sin que nadie lo supiera, ni siquiera su hermana María. Esperaba que apareciera algún sacerdote «confiable». Un buen día le reveló el secreto a su hermana porque el sacerdote Miguel Frontera «gozaba de su confianza». La depositaria de la reliquia reintegró la pieza de oro a la Iglesia. Frontera era el ecónomo del Obispado de Deán Funes y Ramona le pidió que se la entregara al obispo para que la guardase en un lugar seguro.

En la procesión de 2000, después de 20 años, el perro de San Roque volvió a lucir la joya. Las monedas de oro hacían las veces de collar y el santo sostenía la cadena. La ceremonia se repitió en 2001, pero en 2002 la reliquia «faltó a la cita».

El día de la procesión, María Ochoa le preguntó al padre Frontera sobre la cadena. El sacerdote respondió que «estaba en Deán Funes» y prometió: «Se la voy a encargar al obispo cuando venga a Villa Quilino». Después dio otra explicación: «El obispo había salido de viaje y no pude traerla». Al parecer el cura mintió, ya que el 2 de noviembre de 2002 se presentó ante el comisario Omar Ramírez para denunciar a Mario Enrique Santillán (37), «aspirante» a sacerdote.

Miguel Frontera acusó a Santillán de haberle sustraído 270 euros de su escritorio. El denunciante agregó que el 11 de agosto de 2002 se percató del faltante de una cadena de oro del siglo XVIII y que ese día Santillán estuvo en la parroquia de Quilino, donde Frontera tenía una habitación en la que supuestamente guardaba la reliquia.

Para «crucificar» a Santillán con el robo de la cadena, el padre Miguel propuso a familiares como testigos, pero éstos no corroboraron su historia. Jamás habían visto la reliquia y menos a Santillán cerca de su pieza.

Santillán declaró que el ecónomo había cometido irregularidades con los manejos administrativos del Obispado. Incluso le adjudicó la compra de un campo. Lo concreto es que el párroco no volvió a declarar.

La maldición de la cadena. Créase o no, a partir de la desaparición de la cadena, distintos fenómenos naturales afectaron a los habitantes de Quilino. Entre los más graves estuvo la «invasión» de langostas gigantes que convirtieron el día en noche el 13 de setiembre de 2004. La nube de «tucuras quebracheras» (medían entre 12 y 18 centímetros de largo) ennegreció el cielo. Las primeras » víctimas» fueron los eucaliptos y algarrobos blancos y en consecuencia, los apicultores que por esos días aguardaban una gran producción.

Las langostas gigantes dejaron sin luz al pueblo porque interfirieron con los transformadores de energía. De los cultivos nada quedó. Por primera vez en años no hubo mandarinas tempranas (son las primeras de la temporada en todo el territorio nacional). La población de cabritos, famélicos por la falta de pasturas, fue diezmada.

El fenómeno se repitió el domingo 23 de julio de 2006 cuando el celeste cielo ennegreció otra vez. Fue otro desastre. «Los únicos que no sabían lo que estaba pasando eran los chicos. Guardaban las langostas en frascos y salían a la ruta a venderlas por un peso», recuerda Julio Flores, dueño de un restaurante.

Cuando aún los habitantes de Quilino no se habían recuperado de las langostas, la supuesta «maldición» (muchos creyentes tienen la esperanza de que terminarán sus males cuando regrese la «milagrosa» cadena de oro) se exteriorizó el 6 de diciembre de 2006. Fue un tornado.

Esa noche llovieron 80 milímetros, cayó granizo del tamaño de un huevo de gallina y el viento sur tuvo ráfagas de 120 kilómetros por hora. El temporal arrasó con casas, árboles y todo lo que había en pie. Faltaban 20 días para la cosecha de tuna. No quedó nada.

Fuente: La Voz del Interior


Comentario Druídico:


Y habrá muchas denuncias más, porque este tipo de latrocinio sacrílego con la complicidad de algún miembro del clero ha estado a la orden del día en muchísimas iglesias, conventos y santuarios.

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