Panorama Católico

Non Serviam

El hombre de hoy al negar sus vínculos ha negado también el mutuo
respeto y por eso vemos que todo el mundo se empuja, se toca, se dicen
malas palabras, se insulta en público, se levanta la voz, se dicen
groserías, se ríe a carcajadas y cualquier programa de televisión está
fundado en la vulgaridad.

El hombre de hoy al negar sus vínculos ha negado también el mutuo
respeto y por eso vemos que todo el mundo se empuja, se toca, se dicen
malas palabras, se insulta en público, se levanta la voz, se dicen
groserías, se ríe a carcajadas y cualquier programa de televisión está
fundado en la vulgaridad.
Escribe Ricardo Fraga
Está de moda (tanto en los ambientes académicos cuanto periodísticos) enseñar que nuestros tiempos constituyen el paso de la modernidad a la posmodernidad. Empero, para sostener dicha tesis sería menester probar los cambios cualitativos que se habrían producido y que, por lo tanto, distinguirían a la una de la otra.

Dichas variables, si se observa con atención (y no se habla frívolamente o, como se dice, por boca de ganso) no existen. La tan cacareada posmodernidad no es otra cosa, en rigor, que una aún más esquemática y mediocre manifestación de la ruptura con el ámbito clásico de la tradición, aspecto básico que caracterizó (y caracteriza, ya que no ha desaparecido y sólo ha, en apariencia, mutado) a la modernidad en lo que ella tiene de perverso, vale decir (etimológicamente hablando), en lo que representa como discontinuidad del hombre social arraigado en la historia.

Por cierto que no toda la modernidad es vituperable y en ella encontramos valores altamente notables y expresiones de fe, cultura, arte y política sumamente valiosas. Con todo, tales aportes valen en la medida misma en que representan la proyección de los antiguos cauces naturales conforme aquella síntesis magistral (y genial) de Vázquez de Mella: el hombre es una “tradición acumulada”.

Por eso, los que alaban a la modernidad sólo se detienen (habitualmente) en lo que ésta tiene de ruptura. Esta ruptura se ha dado en diversas dimensiones alguna de las cuales será útil describir. En primer lugar la atomización individualista, donde el hombre deja de ser un ser “vinculado a”, un ser “relacionado con”, un ser religado al Absolutamente Otro y se convierte en el número de un padrón electoral.

Esa ruptura también ha producido la negación, por medio del pactismo abstracto de la Ilustración, de la consustancialidad natural del hombre en los planos social y político y, como consecuencia, la reducción de lo doméstico y lo númico al plano privado.

En el mundo de hoy estos aspectos no han desaparecido totalmente, por el contrario, “lo místico” (por decirlo con otro lenguaje) se ha como desbordado ya que (aunque parezca sorprendente) nuestro mundo es manifiestamente religioso.

Si uno compara el siglo XXI y los finales del siglo XX con el siglo XX mismo o con el positivismo del siglo XIX (la pretensión de Comte de fundar una religión positiva o la religión como “el opio de los pueblos” de Marx o el estado soviético oficialmente ateo) notará claramente la explosión de lo religioso como un principio de acción y reacción. Sin embargo, lo númico (término técnico empleado por Mircea Eliade) ya no pertenece al plano público y ha quedado reducido a las incontrolables manifestaciones individuales del plano privado. En el orden público, por el contrario, las sociedades son ahora agnósticas o secularizadas o, en el mejor de los casos, tal como hoy la Iglesia lo desea, neutramente laicas.

Ha acontecido el resultado final de la rebelión incoada por los procesos revolucionarios del siglo XVIII. Dicha rebelión está contenida en el eslogan (vamos a llamarle así) de Lucifer contra Dios: “non serviam”, esto es, “no me someteré”. Es el grito de guerra del hombre moderno contra la tradición. Tal enfrentamiento se ha dado contra los tres grandes niveles de ella que hoy suenen como agresivos al oído contemporáneo y que no son otra cosa que: el orden objetivo de las cosas, la jerarquía espontánea y natural pero también la heredada y la selección. Justamente la negación del orden, de la jerarquía y de la distinción produce la terrible y nunca imaginada antes masificación de la vida pública, así como la banalidad, por decirlo educadamente, ya que la fórmula correcta es la idiotización, de la vida pública y privada.

El hombre de hoy al negar sus vínculos ha negado también el mutuo respeto y por eso vemos que todo el mundo se empuja, se toca, se dicen malas palabras, se insulta en público, se levanta la voz, se dicen groserías, se ríe a carcajadas y cualquier programa de televisión está fundado en la vulgaridad.

A todo ello se suma el olvido del pasado, tanto el lejano como el inmediato. Para conocer nuestra vida pretérita se necesita recurrir a algo tan muerto y estático como es un libro, un manuscrito, un documento, es decir, hay que hacer documentología. La tradición oral de nuestras coplas, las adivinanzas que cantábamos de niños (los que pudimos llegar a cantarlas), las canciones y romances inmemoriales, tanto españoles como americanos o de cualquier otra cultura, todo eso ha desaparecido. O sea, ha acontecido algo espantoso, que en los diálogos platónicos se preveía como una catástrofe: la destrucción de la memoria.

¡Cuánto no se habla hoy de memoria! Y, sin embargo, lo que menos el hombre tiene ahora es memoria. No obstante, el hombre es su propia memoria colectiva porque sin ella el hombre es una bestia. Las bestias no tienen memoria, no tienen historia, no tienen tradición, no tienen continuidad ni tienen vínculos. A lo sumo los pequeños que establece el amo con el animal domesticado y ahí se muestra, precisamente, su señorío, como cuando Francisco de Asís dialoga con el lobo de Gubbio, que la ecología ha convertido en una imagen enternecedora y que es algo muy distinto a lo puramente emotivo: es una prueba de que cuando el hombre recupera su dominio original somete mansamente a las criaturas inferiores, sin necesidad de dominarlas, destruyéndolas como ha hecho el hombre moderno. Porque (todo hay que decirlo) la destrucción del ambiente es una cosa del hombre moderno; el hombre antiguo y el hombre medieval no destruyeron el ambiente. Éstos habrán cometido muchas iniquidades PERO NO CONTAMINARON EL PLANETA. Esta agresión, que ahora nos conmueve, principió en el siglo XVIII con la revolución industrial.

¿Por qué? Porque el hombre se situó de manera atómica desconectándose de las cosas. Dijo: “yo hago lo que quiero” y entonces hizo lo que hace un heredero ensoberbecido, esto es, destruyó todo lo que sus antepasados penosa y fatigosamente construyeron. Desde esta desconexión individualista se gestó lo que ya en su tiempo Ortega y Gasset denominó “la rebelión de las masas”. ¡Qué rebelión de las masas! Hoy todo es masa, el hombre masa lo domina todo, ha destruido el orden, la jerarquía y la selección, el principio de la educación, de la sangre, de la sucesión apostólica, todo.

El hombre masa es ahora el que tiene dinero y, por ende, es él quien fija las pautas paradigmáticas de una determinada sociedad. El hombre masa no es un marginal, como a veces se piensa, por el contrario el hombre masa es aquel que más aparece en los medios: el hombre masa periodista, el hombre masa juez, el hombre masa presidente, el hombre masa ministro o el que ustedes quieran ya que en ellos no existe más un principio de distinción, son fungibles, intercambiables y, por supuesto, descartables.

Y a esta altura citaré nada menos que a Hanna Arendt quien ha dicho que “el problema de la educación en el mundo moderno se centra en el hecho de que, por su propia naturaleza, la educación no puede renunciar ni a la autoridad ni a la tradición. Y aún así debe desarrollarse en un mundo que ya no se estructura gracias a la autoridad ni se mantiene unido gracias a la tradición”.

Y Ferdinand Ebner ha recordado que “la tradición se salva sólo en la medida en que gesta o renueva una fidelidad absoluta al ser”.

Por todo ello, la mentada posmodernidad en tanto (valga la paradoja) continuidad de la negación ha asumido y sintetizado de manera casi perfecta el ya citado lema de Satanás: “non serviam”. Y es, precisamente, a partir de esta subversión revolucionaria (“no serviré”) que debemos empeñarnos (¡también nosotros somos de nuestro tiempo!) en responder con san Mikael arcángel: “¿quién como Dios? ¡Nadie como Dios!” “¿Qué mejor que la tradición real de los siglos? ¿Qué más genuino que la auténtica realidad del ser?”

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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