Panorama Católico

Obedecer a Roma ¿cuál de ellas?

Hoy más que nunca ser católico supone el arte del discernimiento. Tantas y tantas cosas contrarias nos son ofrecidas como legítimamente católicas y todas “vienen de Roma” que no queda más remedio que aceptar esta realidad: hay más de una Roma, no solo por las facciones sino en las mismas cabezas de los prelados.

 

Escribe Marcelo González

Hoy más que nunca ser católico supone el arte del discernimiento. Tantas y tantas cosas contrarias nos son ofrecidas como legítimamente católicas y todas “vienen de Roma” que no queda más remedio que aceptar esta realidad: hay más de una Roma, no solo por las facciones sino en las mismas cabezas de los prelados.

 

Escribe Marcelo González

En cibernética se habla de “partición de un disco” cuando en el mismo dispositivo (hardware) se han dividido zonas en las cuales pueden operar sistemas distintos y hasta incompatibles entre sí.

La analogía peca de cierta rudeza, pero es válida: hay división en los corazones (discordias) y la hay en los pensamientos (disputas). Y lo que es peor, hay oposición en los términos del pensamiento de las mismas mentes, a lo cual llamamos “partición”, para poner en gráfico lo que puede resultar abstracto. Se trata, ni más ni menos, de lo que siempre se ha entendido como la raíz filosófica y hasta psicológica del modernismo: la contradicción.

La incoherencia como principio

Se puede ser incoherente por defecto: la incapacidad para ordenar todo nuestro pensamiento a un principio unívoco nos hace contradecirnos.

Se puede ser incoherente materialmente, por apasionamiento, por testarudez, aun sabiendo antes o luego que lo que sostenemos no se condice con el principio que sustentamos. Pero una segunda mirada, menos pasional, nos obliga a reconocer la verdad.

Se puede ser incoherente formalmente, sosteniendo aún en contra de nuestra razón (que nos grita clamorosamente estamos en el error) porque no queremos ceder. Aquí se hunde la razón el pantano de la soberbia y deja pocas oportunidades a la reflexión y el arrepentimiento.

Pero lo más grave es ser incoherente por principio. Por haber abandonado, asumiéndolo como “condicionamiento cultural”, el principio de no contradicción y haber asumido, por lo tanto, la contradicción como principio.

Incoherencia y pragmatismo

Ser incoherente puede constituir una necesidad para enfrentar la vida. Los que mandan, con frecuencia deben navegar en una zona gris de indefiniciones. Es parte del arte del disimulo, estrictamente vinculado a la prudencia, arte difícil y riesgoso, aunque necesario, para mantener opciones abiertas. Los gobernantes santos han recurrido a esta práctica lo mismo que los menos virtuosos, claro que  con diferente espíritu y límites mucho más acotados.

San Pío V, por ejemplo, mandó a Catalina de Médicis, reina madre de Francia y virtual soberana, 200.000 escudos para que no firmara una paz favorable a los protestantes hugonotes rebeldes y sus aliados alemanes y flamencos, militarmente ya vencidos. La reina argumentó la necesidad de ese dinero para imponerse a sus enemigos. Finalmente firmó la paz más favorable a los protestantes, indemnizándolos por los gastos que habían tenido ¡al invadir Francia! Pero lo peor es que uso el dinero del Papa para pagar la indemnización…

Pero la cosa no acabó allí: Catalina volvió a pedir dinero al Papa para defenderse de los protestantes… y el santo pontífice creyó prudente disimular su justa indignación y ¡enviárselo!

¡Cuál no hubiese sido nuestro juicio sobre él en esa época!

Esta incoherencia práctica tenía por objetivo impedir que la voluble reina cayera en manos de la herejía, arrastrando a toda la cristiandad a la ruina espiritual y material. ¿Podríamos decir que San Pío V financió la herejía protestante? Materialmente, sí, aunque su propósito era el contrario.

Años antes, el iracundo papa Paulo IV, Cafara, se alió a Francia contra España. Llegó incluso a tener relación con el Turco. Con el terrible recuerdo del saco de Roma bajo las tropas protestantes del emperador Carlos V aterrorizándolo, el papa creyó necesaria esta alianza que hoy juzgamos inicua. La marcha de los tercios del Duque de Alba sobre la Ciudad Santa se temió como otro acto de barbarie. Dirigía este ejército un católico cabal y soldado experimentadísimo. Felipe II, rey de España, quería poner al Papa en caja, porque lo agraviaba buscando alianzas entre soberanos reconocidamente poco confiables para la cristiandad e incluso enemigos de España, baluarte de la Fe católica.

Alba entró en Roma sin resistencia, y con gran pompa se dirigió al palacio apostólico, donde se temía lo peor. Allí el grande de España se postró ante el Vicario de Cristo y le dijo que lamentaba haber tenido que realizar ese acto de fuerza contra el príncipe temporal, rey de los estados pontificios, que se había equivocado en sus alianzas políticas.

En aquellos tiempos no existía la papolatría, y hasta los simples comprendían qué era de Fe y qué de prudencia

Discernimiento e incoherencia

La escandalosa conducta de algunos papas renacentistas nunca puso en tela de duda la doctrina, aunque sus obras hayan sido nefastas para la Cristiandad. Tenían una cabeza ordenada aunque las pasiones estuvieran desordenadas.

Algunos papas modernos, ante amenazas terribles para la Iglesia titubearon y hasta desairaron a los católicos llegando al límite de la traición, y según otros, sobrepasándolo: el concordato napoleónico, el Ralliement, los cristeros…

Discernimiento y doctrina

Es verdad que nunca ha habido papas que se aventurasen tanto en el desafío de las doctrinas católicas bajo forma de reconciliación con el mundo moderno como los últimos.  Día a día en las últimas décadas hemos vivido bajo la férula de la incoherencia como principio practicada por la jerarquía hasta las más altas instancias.

A la luz de la historia la situación parece inédita, si nos atenemos a la particular naturaleza de estas aventuras doctrinales y sus consecuencias. En cuanto al compromiso con los poderes del mundo, incluso con los enemigos declarados de Cristo, la relajación de las costumbres, la caída a pique de la Fe, lamentablemente y a la vez por suerte, no es novedad. Ya ha ocurrido y nos hemos recuperado.

Pero la incursión en el terreno pantanoso de los compromisos doctrinales más allá de la praxis política es novedad. Compromisos que se han adquirido a lo largo de décadas y que no son fáciles de romper, aún con la voluntad de hacerlo. Más aún si se sigue creyendo, hasta cierto punto, en la bondad de esas decisiones.

Podemos esperar que estas convicciones, en tanto puramente ilusión humana, irán cediendo con el recambio generacional. Hay ya algunos intentos de rectificación (cuantos esfuerzos y dificultades para reunir el Concilio de Trento, cuantos intentos fallidos… no debemos olvidar que la contrarreforma llevó décadas) intentos que nos aleccionan sobre la importancia de ser prudentes en la evaluación del momento que vivimos.

Es fácil hacer un catálogo de puntos reprensibles. Es fácil demostrar qué no es católico. ¿Es fácil predecir el camino de restauración y el tiempo que dicha restauración demandará? ¿Por qué medios? ¿Será necesario que unas tropas avancen sobre Roma, espiritual o materialmente, tal vez a saco, tal vez como fuerza protectora?

Habrá muchas idas y venidas. Muchas concesiones y disimulo. Mucho aferramiento a intereses e ilusiones. Habrá necesariamente negociaciones y actos de fuerza. Y esto aún considerando una intervención del cielo que castigue terriblemente los pecados de la humanidad y de los católicos en particular.

Por eso, cuando por ambos lados, se presiona o cuestiona por no “estar con Roma” o bien, para “denunciar a Roma” como si esto constituyera un acto mágico, conviene recordar que el buen discernimiento de lo que es católico ha de ejercerse sobre todas y cada una de las cosas que nos vienen de Roma, y todo pronunciamiento público debe tener como principio insoslayable la salvación de las almas. Sin adhesiones ciegas, sin rechazos obtusos. Hemos de salvar lo salvable, sin ingenuidad. Y rechazar lo inadmisible sin desesperación y con prudencia.

Se nos pide ser fieles. No se nos pide solucionar la crisis de la Iglesia.
 

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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