Panorama Católico

Obedecer al Papa

La idea de que el papa no puede ser criticado es una actitud posterior a la Reforma, que ciertamente no compartían nuestros antepasados anterio­res a la Reforma, quienes no tenían el menor escrú­pulo en emitir sus opiniones acerca del entonces pontífice en forma rotunda y franca. 

El papa es el Vicario de Cristo; es “el dulce Cris­to sobre la tierra”; es nuestro Santo Padre; es la cabeza visible de la Iglesia; para ser miembro del Cuerpo Místico de Cristo es esencial estar en comu­nión con Su Vicario. Así como es imposible que la rama viva separada del tronco, así fuera del Cuerpo de Cristo, fuera de la Iglesia que Él ha fundado, no puede haber salvación. “Para algunos, a quienes esa Iglesia no ha sido dada a conocer; para otros a quie­nes les fue dada a conocer, pero inculpablemente no la, han reconocido por lo que Ella es. En este caso, podemos estar seguros de que Dios les tendrá en cuenta su buena fe, su deseo sincero de agradarle, y hará de modo que reciban la gracia de su Cabeza vivificante. Admitirá el deseo en lugar del hecho, y los que se hallen en error inculpable estarán unidos ‘de deseo’, aunque no de hecho, al Cuerpo visible de Cristo”.

Como se demostrará más adelante, el privilegio de la infalibilidad no es una cualidad inherente a la persona del pontífice, sino una asistencia vinculada a su cargo de papa. No obstante, los católicos, en especial. los de los países de habla inglesa, han manifestado en los últimos siglos una gran lealtad a la persona del Soberano Pontífice, y con toda justicia. Para los católicos que vivían en una sociedad de predominio protestante, la lealtad a la persona del papa y la lealtad a la Iglesia fundada por Cristo se consideraban sinónimos; esa actitud se ha visto reforzada en los últimos dos siglos por una serie de pontífices cuya sabiduría y santidad personal han hecho aparecer que entre los privilegios otorgados por Cristo a su Vicario se encontraban los de la im­pecabilidad y de la inerrancia. Pero no es así el caso, como lo demuestra Pedro negando a Cristo, para citar sólo el primer ejemplo y el más obvio.

Los ataques de los católicos liberales contra la autoridad papal y contra la persona de Pablo VI, en una alianza impía con todo el “establishment” laico mundial, luego de su encíclica Humanae Vitae, refor­zaron la tendencia de los católicos ortodoxos por hacer de la defensa y la aceptación incondicional de todas y cualquier decisión del papa la principal característica de un buen católico.

Dietrich Von Hildebrand, que fue condecorado por el papa Pablo VI por sus servicios a la Santa Sede y que descuella por su amor y su lealtad a la Iglesia, ha creído necesario destacar cuán errónea es esa actitud, ese concepto de “lealtad hacia el Santo Padre, que surge de una noble intención, pero que hace que las decisiones prácticas del papa se acepten del mismo modo como las definiciones ex cathedra o las encíclicas que tratan cuestiones de fe o de moral, siempre en total armonía con la tradición de la Santa Iglesia y su Magisterio. Esta lealtad es realmente falsa e infundada. Plantea a los fieles proble­mas insolubles en relación con la historia de la Igle­sia. Al final, esa falsa lealtad sólo consigue hacer peligrar la verdadera fe católica.

…Resulta obvio que una decisión política o una cuestión disciplinar no es un dogma. Puede ser pru­dente y producir consecuencias fructíferas. 0 puede ser imprudente y provocar grandes inconvenientes a la Iglesia y grandes sufrimientos a la humanidad. Debemos comprender que la ilusión actual de que el comunismo se ha convertido en un ‘socialismo humanitario’ es un error que tiene consecuencias peores que todos los errores políticos juntos de los casi dos mil años de historia de la Iglesia”.

Como afirma Von Hildebrand, considerar cada decisión del papa como inspirada por Dios y no sujeta a críticas “plantea a los fieles problemas inso­lubles en relación con la historia de la Iglesia”. Los que basan su defensa de la fe en el axioma de que todo lo que el papa decida debe estar bien, se hallarían en una situación desesperadamente indefendible si empezaran a estudiar la historia del papado. Ten­drían que sostener que San Atanasio fue ortodoxo hasta que el papa Liberio confirmó su excomunión; que esa excomunión hizo que sus opiniones no fue­ran ortodoxas; pero que se volvieron ortodoxas de nuevo cuando Liberio se retractó. En otras palabras, no existen reglas de verdad objetiva; un artículo de fe se vuelve verdadero o falso, sólo a causa de la actual actitud del pontífice reinante.

En forma similar, en el año 896 el papa Esteban VI exhumó del sepulcro el cadáver de su predecesor Formoso, lo sometió a “juicio”, lo condenó y lo des­pojó de sus vestiduras y luego lo hizo arrojar al Tíber. El papa muerto fue declarado depuesto y se anularon todos sus actos, incluyendo las ordenacio­nes: ¡hecho bastante extraño dado que el papa Este­ban VI había sido consagrado obispo por el papa Formoso! En 897, el papa Teodoro II recuperó el cadáver de Formoso, lo sepultó en San Pedro con una ceremonia adecuada y declaró válidas sus orde­naciones. Sin embargo, el papa Sergio III (904-911) revocó esa decisión y declaró nulas las ordenaciones de Formoso, y mandó que fueran reordenados los por él ordenados.Sin entrar en los errores o aciertos de su trasfondo, este singular episodio pone algo bien en claro: al menos alguno de los papas inter­vinientes debe haber estado en error, y en error sobre un grave asunto de disciplina. No es necesario subrayar que la validez o invalidez de las ordenacio­nes de Formoso no tiene relación ninguna con el depósito original de fe y que la infalibilidad, como explica el Cardenal Manning, “es únicamente una asistencia del Espíritu de Verdad que reveló el cristianismo, y mediante la cual la cabeza de la Iglesia está capacitada para conservar el depósito original de la Revelación, y declararlo fielmente durante to­das las épocas… Por lo tanto, cualquier cosa que no estuviere contenida en esa revelación no puede ser materia de fe divina”.

También dice el Cardenal Manning: “Algunos han creído que por el privilegio de la infalibilidad se entendía una cualidad inherente a la persona, por la cual, como un hombre inspirado podría declarar la verdad en cualquier momento y sobre cualquier tema. La infalibilidad no es una cualidad inherente a nadie, sino una asistencia vinculada a un car­go…”. Señala que el decreto del Primer Concilio Vaticano no enseña que el carisma de la infalibilidad otorgado a Pedro y a sus sucesores “sea una perma­nente asistencia siempre presente, sino sólo nunca ausente en el desempeño de su supremo cargo. Y declara, además, los fines para los que se otorga esa asistencia: uno, para que todo el rebaño de Cristo sobre la tierra nunca pueda ser desviado y el otro, para que la unidad de la Iglesia quede siempre pre­servada”. El decreto “explica y define lo que el Concilio de Florencia quiso significar diciendo que el Romano Pontífice es ‘el pastor y maestro de todos los cristianos’. La definición dice que lo es cuando habla ex cathedra, y habla ex cathedra cuando define alguna cuestión de fe y de moral que la Iglesia uni­versal debe creer. La expresión ex cathedra, aunque usada hace tiempo en las escuelas teológicas, fue insertada por primera vez aquí en un decreto de un Concilio Ecuménico. Su significado es sencillo. ‘Los escribas y fariseos se sentaron en el lugar de Moisés’, in cathedra Moysis; hablaban en su lugar y con su autoridad. La cathedra Petri es el lugar y la autori­dad de Pedro, pero el lugar y la autoridad significan el cargo. Todos los otros actos de la cabeza de la Iglesia fuera de su cargo son personales y a ellos no se vincula la promesa. Por lo tanto, todos los actos del pontífice como persona privada, o como teólogo privado, o como obispo local, o como soberano de un Estado, y otros similares, quedan exclui­dos. No son actos del primado. El primado está en ejercicio cuando la enseñanza de la Iglesia Universal es el fin y el motivo, y únicamente cuando el tema de la enseñanza es de fe y moral. En tales casos se cumple la promesa hecha a Pedro y la asistencia divina guía y guarda a la cabeza de la Iglesia de cual­quier error. La definición declara que entonces el pontífice tiene la infalibilidad con que nuestro Sal­vador quiso dotar a Su Iglesia”.

Esta muy prolongada introducción del presente capítulo puede parecer innecesaria a los lectores, ya que sólo establece lo que es obvio. Pero, por el con­trario, como muchos católicos, y quizás los mejores, se escandalizarían auténticamente ante la mínima crítica de cualquier decisión del papa, era esencial demostrar que tales críticas pueden tener justifica­ción. La idea de que el papa no puede ser criticado es una actitud posterior a la Reforma, que ciertamente no compartían nuestros antepasados anterio­res a la Reforma, quienes no tenían el menor escrú­pulo en emitir sus opiniones acerca del entonces pontífice en forma rotunda y franca. “Dejad que el papa se conmisere de la Santa Iglesia y se gobierne a sí mismo, antes de pensar en distribuir la gracia a otros”, escribió Langland en el siglo XIV. And sithen he prayed the pope: haue pite on holicherche. And er he gyve any grace gouerne firste hymselue. Por lo tanto, no es necesario que el católico afligido pero leal se diga: “Esto debe estar bien porque se hace con permiso del papa”, cuando entra a una Iglesia donde se ha destruido el hermoso altar y se lo ha reemplazado por una mesa sobre la cual el sacerdote celebra una especie de misa de la cual se ha erradi­cado casi toda referencia al sacrificio y a la presencia real; durante la cual se permite oficialmente que el sacerdote improvise partes y durante la cual una mu­jer destribuye la comunión en la mano a los comul­gantes de pie. No, ese católico está autorizado para usar la razón que le ha dado Dios, y decir: “Esto está mal y el papa se ha equivocado al autorizarlo”.

(Extraído de la introducción al capítulo El enigma de Pablo VI, editorial Iction, Buenos Aires, 1981)

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