El Sacrificio del P. Panaro

El domingo de la solemnidad de Corpus Christi, el P. Panaro se acercó subrepticiamente a la procesión que habían organizado los fieles de una capilla de su parroquia (Santa Francisca Javier Cabrini, muy cerca de la Basílica de San José de Flores, una importantísima parroquia, muy tradicional). 
Aparentemente, la intención del P. Panaro era corroborar con sus propios ojos las prácticas abusivas de sus fieles más particulares.
 

El domingo de la solemnidad de Corpus Christi, el P. Panaro se acercó subrepticiamente a la procesión que habían organizado los fieles de una capilla de su parroquia (Santa Francisca Javier Cabrini, muy cerca de la Basílica de San José de Flores, una importantísima parroquia, muy tradicional). 
Aparentemente, la intención del P. Panaro era corroborar con sus propios ojos las prácticas abusivas de sus fieles más particulares.
 
Sí, porque los asistentes a la misa dominical de la Capilla del Sagrado Corazón están sospechados de cometer abusos litúrgicos. Y de hecho el paciente párroco lo comprobó y fue tal la indignación que no esperó siquiera a que terminara el canto de alabanza a la Virgen y a grito pelado interrumpió los rezos.
 
No era para menos: los fieles de esta capilla, que fue recuperada por ellos del abandono y puesta al servicio del culto divino desde hace cuatro años, no solo rezan la misa en latín, sino que cantan gregoriano, comulgan de rodillas y para colmo de abusos –y no es la primera vez que ocurre- el domingo de la solemnidad de Corpus Christi, llevaron el Santísimo bajo palio por las calles del barrio, exhibido en una magnífica custodia.

Por supuesto, altar, ornamentos, misales, palio, custodia… cura… en fin, todo menos el salón, lo pusieron los fieles, pero eso no los justifica.
 
Tampoco a los sacerdotes que, domingo a domingo, se acercaron a rezar la misa, confesar y aconsejar paternalmente a los fieles. Lo importante es estar “abiertos a la comunidad” como estará esta capilla de ahora en más, puesto que ya no se rezará una misa por domingo, sino una cada cuatro… sábados… y veremos si llega a tanto la frecuencia.
 
Porque estos cerrados católicos de Tantum ergo y “alabado sea el Santísimo”, para disimular su cerrazón a la comunidad, salieron a la calle a dar culto público a Nuestro Señor Sacramentado, y hasta lograron engañar a muchos vecinos, quienes conmovidos por una ceremonia que desde hacía mucho no se veía en el lugar, se persignaban y acompañaban a los fieles con saludos, y muestras de simpatía. ¡Hay que tener mala uva para engañar a los pobres vecinos de esa manera, haciéndoles creer que se trataba de un grupo abierto a la comunidad! Inclusive, para disimular su cerrazón, cada vez que alguien se acercaba a las misas, lo recibían con toda cordialidad. A veces el engaño llega a lo sutil,
 
Gracias a Dios, el P. Panaro, nuevo párroco de Santa Francisca Javier Cabrini, tuvo el coraje de interrumpir la ceremonia, gritarles cuatro verdades tales como “desde hoy se acabó la tradición”, y otras que, de no tenerlas testimoniadas por registros diría que han exagerado sus apologístas.
 
El P. Panaro es un hombre virtuoso. Es verdad que tuvo que abandonar su congregación por no sé que lío de faldas. Pero es que las faldas hacen toda clase de líos. ¡Qué culpa tiene el pobre sacerdote! Las mujeres siempre meten bulla. Especialmente si son jóvenes estudiantes secundarias.
 
Tampoco hace al caso recordar cuando en su anterior parroquia lo llamaban “el destructor de Talar” por su hábito de arrancar de la iglesia todo lo que podía y reemplazarlo por otras cosas: imágenes, vitrales, confesionarios… hasta una imagen de la Virgen puso en la calle para que se la llevaran los recicladores de trastos viejos. Pero la oposición, que nunca falta cuando el cura tiene ímpetu y proyectos, puso a salvo esa imagen, con la complicidad de un cura viejo. Ni es culpa del P. Panaro que a los confesionarios nuevos los fieles le digan “los mingitorios”. La malicia de los porteños es proverbial.
 
Bueno. Tampoco corresponde aquí mencionar el caso de la compra del terreno aledaño a la parroquia, perteneciente a un tradicional club. Ahí sin duda habrá tenido que aprobar el Sr. Cardenal, porque ¿de donde iba a sacar el P. Panaro los 280.000 dólares que pretendía entregar a los dueños de ese solar casi como para hacerles un favor? Ellos insisten en que vale mucho más, pero eso dicen todos los propietarios, especialmente si tienen recuerdos nostálgicos porque han pasado varias generaciones de ellos parte de su vida en ese club barrial. ¿Para qué queremos un club barrial, me quieren decir? Tampoco es que se pretendiera usar a la Iglesia para una especulación inmobiliaria, como afirman los insidiosos que nunca faltan.
Lo cierto es que el P. Panaro, – a pesar del recurso de estos fieles cerrados al Arzobispado, los superiores del P. Panaro no abrieron la boca y la capilla se cerró- digo, el P. Panaro tomó el toro por las astas, puso fin a este oscuro período y colocó un cartel en la puerta de la capilla desmantelada, anunciando que en el futuro todo el mundo iba a poder participar de las misas (bueno, no dijo misas, pero esa es la idea). No como antes, que solo iba el que quería. Ahora va a ir todos a una comunidad abierta, ¡que tanto!
 
A veces ser párroco implica sacrificios. Pero Dios, que nada olvida, los recompensará según el merecimiento de cada uno. Los fieles cerrados, que aprendan. Además son una minoría. -70, 80 personas- que cantaban el gregoriano, y respondían en latín y comulgaban de rodillas. ¡Qué es esto en una ciudad donde no va a misa ni el 5 % de la población?
 
No hay que perder la esperanza. Con hombres como el P. Panaro la Iglesia verá su primavera muy pronto… 

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