Panorama Católico

Otro Excepcional Sermón de Mons. Podestá

Hace pocas semanas reprodujimos un sermón del Párroco de Mater Admirabilis de Buenos Aires, Mons. Gustavo Podestá, con gran repercusión. Hoy ponemos a disposición de nuestros lectores otra excepcional homilía.

Hace pocas semanas reprodujimos un sermón del Párroco de Mater Admirabilis de Buenos Aires, Mons. Gustavo Podestá, con gran repercusión. Hoy ponemos a disposición de nuestros lectores otra excepcional homilía.

Hoy recordamos una fecha aciaga en la historia de la cristiandad: la caída de Jerusalén en manos de Saladino el 2 de Octubre de 1183. Jerusalén, que más allá de los derechos de la fuerza -que todos, por supuesto, respetamos-, pertenece legítimamente a los cristianos. Capital del descendiente de David, Iglesia Madre, tierra santificada por los pasos y la sangre de Cristo y por la presencia de la Virgen y los apóstoles, lugar de la primera Eucaristía, de la efusión del Espíritu, del primer Concilio, Jerusalén es el primitivo y permanente centro de los cristianos. Aunque, para romper el localismo xenófobo y racista que la caracterizaba en manos judías, cedió sus privilegios al universalismo de Roma, sigue siendo el eje cósmico de la geografía cristiana, y como centro del mundo fue siempre representada en los mapamundis del medioevo y el renacimiento.

Si bien es verdad que en todo lugar donde haya un sagrario y un altar donde se celebre una Misa estamos, de hecho, en el Calvario, en el Santo Sepulcro, en Jerusalén, la referencia histórica a nuestras raíces sigue haciendo dirigir nuestra humana mirada a Jerusalén. “¡Si me olvidara de ti Jerusalén, que se seque mi mano derecha, que mi lengua se me pegue al paladar!”; así alza su lamentación el salmo 137. Salmo que para el cristiano, por supuesto, señala añorante principalmente a la Jerusalén celeste, la Ciudad que baja del Cielo, pero que incluye también en su realidad cuasi sacramental y mística la Jerusalén de Palestina. De allí la densidad mistérica y católica de la peregrinación a Tierra Santa.

Cristiana fue Jerusalén y lo seguirá siendo desde ese año 33 cuando, en trono de tabla y cetros de hierro fue coronado allí, aunque con espinas, nuestro Señor. La conversión de Constantino la hizo ciudad plenamente cristiana. Cayó trágicamente en manos del Islam, engendro y ariete del judaísmo talmúdico, en el año 637. Reconquistada por la primera cruzada, en 1099 volvió a sus legítimos dueños. Godofredo de Bouillon, a quien los jefes de la reconquista eligieron como rey, no aceptó el título, que reservaba a Nuestro Señor. Aceptó ser llamado solamente ‘Advocatus Civitatis Dei‘, Defensor de la Ciudad de Dios.

Así gobernará, extendiendo, con su puñado de caballeros, la zona redimida, durante un año pleno de batallas y alegrías de reencuentro con los santos lugares. Lo sucederá, ahora sí como rey, su hermano Balduino I, conde de Edessa, que reinará desde el 1100 al 1118. Balduino recupera Ascalón, Cesarea, Apamaea, Sidón. Muere mientras se dirige a retomar para los cristianos el viejo Egipto, otra de las cunas de la cristiandad, robadas por el Islam a la Iglesia.

Lo sucede su primo Balduino II, varón piadoso que apoya la fundación de los Templarios, a quienes cede parte de su residencia en Jerusalén. A este Balduino sucede Fulco de Anjou, por estar casado con una hija de Balduino y, luego, su hijo Balduino III, que reina hasta 1162, cuando, a su muerte, le sucede su hermano Amalrico I, quien casado con una princesa porfirogéneta, hermana del emperador de Bizancio, Miguel Comneno, le da un hijo que será el más legendario de los Balduinos: Balduino IV, ‘el Mesel’, como le llamaban los árabes, ‘el leproso’.

En efecto, aquejado de esta enfermedad, Balduino IV empuñó el cetro a los trece años y, durante su penoso reinado, debió enfrentarse con quien a la postre terminaría con su Reino, Saladino, hombre sagaz y sanguinario que había logrado unificar férreamente las dispersas fuerzas del Islam y asediar otra vez las tierras cristianas tanto desde Siria como desde Egipto.

El Rey leproso, vendado desde la cabeza a los pies, y recubierto siempre de yelmo y armadura, para ocultar sus llagas, le ofreció una oposición tenaz y, con sus exiguas pero valerosas tropas, en todas las batallas en que enfrentó a Saladino salió victorioso, hasta que a los 23 años, habiéndose quedado ciego, un año antes de su muerte, debió resignar su reino. Subió entonces al trono Guido de Lusignan, casado con la hermana del leproso, hombre incapaz para enfrentarse con un guerrero de la talla de Saladino.

El enfrentamiento decisivo se produjo cuando Saladino sitió Tiberíades, a la orilla del mar de Galilea, y razones estratégicas obligaban a que la ciudad fuera recuperada por las tropas cristianas. El 4 de Julio de 1187, bajo un sol abrasador, carentes de agua, el campo incendiado por los musulmanes, las tropas cristianas debieron cargar con sus cabalgaduras exhaustas y sus infantes desmoralizados por la sed, a pocos centenares de metros de Tiberíades, en Hattín. El obispo Amalrico, cabalgando al frente de las tropas, con la gran reliquia de la cruz. La última vez que haya de ella constancia histórica. Alguien dirá que, más tarde, la vieron arrastrada a la cola de un caballo sarraceno, entrando en Damasco.

Una de las cargas de los cristianos pareció que iba a alcanzar, en Hattin, al mismo Saladino, pero, finalmente, la abrumadora superioridad numérica de las tropas musulmanas y la defección de la infantería llevó a la derrota. Guido de Lusignan, último rey de Jerusalén, bañado en sangre, fue tomado prisionero. Saladino, aunque pediría por él un jugoso rescate le perdonó la vida: “Los reyes no matan a los reyes” -dice- y lo mandó encadenar. En cambio con su propia cimitarra derribó al legendario Reginaldo de Chatillon que se había atrevido con su flota a amenazar a la Meca y a Medina y había asaltado una caravana en donde iba la misma hermana de Saladino. El sultán le propone salvarlo si apostata de su fe y Reginaldo rehúsa. Por eso es derribado y acribillado a lanzadas.

También son masacrados uno por uno todos los caballeros Templarios y Hospitalarios, éstos últimos los antecesores de los que en nuestros días conforman la decaída Orden de Malta, que, por el peso de estos tiempos, ha debido cambiar sus heroicas metas y aspiraciones.

Después de Hattín la suerte estaba echada. Todas las ciudades cristianas habían sido desguarnecidas para ese esfuerzo final de Tiberíades. Saladino no tenía más que hacer un paseo por ellas para saquearlas. Entró a caballo en la catedral de San Juan de Acre para profanarla y, luego, convertirla en mezquita, se apodera de Nazaret, Beirut, Ascalón, Sidón, Belén. Jerusalén resiste una semana, llevando el clero seguido del pueblo al Santísimo Sacramento en procesión por las calles. Niños y ancianos ensayan una resistencia desesperada. El 2 de Octubre, finalmente, entra el Sultán en la ciudad. Arranca cruces y campanas, destruye los monasterios, convierte las Iglesias en establos. Solo se salva el Santo Sepulcro, que confía a los griegos a cambio de un tributo anual de 40.000 monedas de oro. El Santo Sepulcro será demolido y arrasado al suelo, más adelante, por otro sultán.

Desde entonces, salvo la breve recuperación obtenida por Federico II de 1229 a 1244 la ciudad queda en manos islámicas, cada vez más fanáticas y contrarias a los cristianos, especialmente a partir de la conquista de los turcos otomanos en 1517. Recién en 1917, a fines de la primera guerra mundial, la retoman tropas anglofrancesas lideradas por el General Allenby y, mediante el mandato británico en Palestina de 1922 a 1948, la van ocupando poco a poco inmigrantes judíos, hasta la conocida y terrible -para los cristianos- situación actual.

Como curiosidad: el título de rey de Jerusalén, aunque despojado de territorio y mando, fue heredándose hasta nuestros días. Y ¿adivinen quien lo detenta? Por esos avatares de las leyes sucesorias, actualmente pertenece, algo fantochescamente, a Don Juan Carlos I, Rey de España. Así rezan sus pergaminos oficiales: “Rey de Castilla, León, Aragón, las Dos Sicilias, Jerusalén, Navarra, Granada, Toledo, Valencia, Galicia, Cerdeña, Córdoba, Córcega, Murcia, Jaén, los Algarves, Algeciras, Gibraltar, las Islas Canarias, las Indias Orientales y Occidentales, y las Islas y Tierra Firme del Mar Océano. A la vez, Archiduque de Austria; Duque de Borgoña, Brabante, Milán, y Atenas; Conde de Habsburgo, Flandes, el Tirol, el Rosellón, y Barcelona; Señor de Vizcaya, y Molina; Soberano Gran Maestre de la Insigne Orden del Toisón de Oro; Caballero de la Orden de la Jarretera ; Maestre de la Orden de Montesa, la Orden de Alcántara, la Orden de Calatrava, la Orden de Santiago, y otras órdenes militares menores. Bailío, Gran Cruz de Justicia con Collar, de la Orden de Constantino y Jorge de Grecia, y Honor y Devoción de la Soberana Orden Militar de Malta… y unos cuántos títulos más.” Así, pues, nada menos que Rey de Jerusalén. Aunque, en realidad, no le veamos grandes disposiciones ni agallas para reclamar su trono.

Y todo esto viene a cuento porque, en realidad, la parábola de hoy, más que una parábola, es una profecía tremenda, que se refiere precisamente a Jerusalén y sus supuestos dueños. Si Vds. abren sus evangelios verán que Jesús está hablando en el templo, después de su ingreso triunfal a Jerusalén, poco antes de la Pasión , cuando, luego de la expulsión de los mercaderes del templo, lo interpelan los sumos sacerdotes saduceos y los senadores fariseos, dirigentes de Israel. A ellos dirige la parábola, y su intención y sentido es tan patente que, aunque no lo hemos leído, los versículos siguientes de Mateo dicen: “Los sumos sacerdotes al oír su parábola, comprendieron que se estaba refiriendo a ellos.”

La profecía se cumplirá inexorablemente: esos mismos dirigentes de la viña de la cual dueño era el Señor, no escucharon a sus servidores los profetas, no se convirtieron, utilizaron la viña como si fuera propia y para gozar sus frutos. Ellos mismos serán los que, finalmente, maten a Jesús, el heredero. Y serán, luego, los romanos quienes se ocuparán de cumplir cruelmente el tremendo presagio del Señor: Jerusalén será destruida y arrasada, y quitada a los dirigentes hebreos. Pero el ajusticiado se convertirá, mediante la Resurrección , en la piedra angular de la gran Obra del Señor, su Iglesia, el Reino, el Pueblo que hará producir frutos a la viña y que llevará a su cumplimiento el auténtico reinado de Israel.

Porque ya no se trata geográficamente de Jerusalén -(los descendientes carnales de los antiguos viñadores pueden volver a ocuparla y no por eso serán sus legítimos dueños)-. Tampoco se trata en la alegoría de los vaivenes de la historia; o de los triunfos o fracasos históricos de los pueblos o de los cristianos. La dinámica de las naciones no corresponderá más a la lógica de la parábola, realizada ya de una vez para siempre.

La viña del Señor ha sido entregada definitivamente a la Iglesia y, aún en circunstancias muy adversas y desgraciadas, siempre dará fruto, aun cuando este o aquel grupo humano que la integraba o integra, pueda desaparecer o defeccionar. Lo que marca ahora el éxito o el fracaso de la Iglesia no es su influjo en este o aquel pueblo, su ‘rating’, la estadística o las encuestas, sino los cristianos que, en sociedades cristianas o adversas al cristianismo, con buenos o malos pastores, van cumpliendo y viviendo su vocación de hijos de Dios, de miembros de su pueblo, de obreros de su viña.

Para la Iglesia triunfar es tanto la conquista de Jerusalén -si se hace con miras santas- como el martirio de un cristiano en manos de un infiel; tanto la Argentína católica -que todos por supuesto quisiéramos- como la sobrevivencia casi heroica de cristianos cabales en una sociedad corrupta y corruptora; tanto la paz del claustro y de las elevaciones místicas, como el vivir cristiano en lucha, persecución, desprestigio y traiciones de Judas. Todo hace a la multiforme vida del Pueblo de Dios, a los frutos ubérrimos de la viña, al propósito infalible de la Providencia divina, a la reyecía impertérrita de Cristo Rey.

La entrega definitiva e irrevocable de la viña de la parábola al pueblo cristiano, a la Iglesia , sin fronteras de etnias ni de geografías, a ese pueblo asentado firmemente en la piedra angular que es Cristo y en la Roca de Pedro -contra la cual nada pueden los poderes del infierno- es la luz de nuestra verdadera esperanza.

Nada ganaríamos en forzar la parábola y sacar aplicaciones piadosas como, por ejemplo, que con todas las gracias y riquezas dadas a los argentinos o a los occidentales o a quien sea, en vistas a su apostasía o a la defección de sus dirigentes y mal manejo de las riquezas materiales y espirituales, éstas nos serán quitadas y entregadas a otros pueblos. No es el sentido directo de la frase de Jesús que, al contrario, aquí se juega en la promesa de que la viña se nos ha dado ya de modo definitivo.

Es en la Iglesia , y en esta Iglesia, no en otro lado, en otra utopía, en otra religión, en otra comunidad de puros, de pastores santos y fieles piadosos; es en nuestra circunstancia, en esta decaída Argentina en que vivimos, no en la patria ideal, en la Argentina soñada de dirigentes honestos, ‘manos limpias’; es en esta precisa Iglesia con estos precisos pastores, obispos y curas; es, para nosotros, en esta precisa Patria, donde se encuentra la verdadera viña. Esa en donde tenemos que producir frutos, hacernos santos, conquistar nuestra Jerusalén celestial -y, también, por supuesto, si queremos soñar sin demasiadas ilusiones, reconquistar la Jerusalén de este mundo y nuestra propia Patria-.

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