Panorama Católico

Pascua de Resurrección

La Iglesia alcanza su plenitud en la Pascua de resurrección. El “misterio de Dios oculto en Cristo” (Col.2,2), que señala san Pablo, se manifiesta allí en toda su fulgurante dimensión teándrica, esto es, divina y humana, dándonos a conocer en el arcano la revelación de ese “misterio oculto desde los siglos eternos&hellip…” (Rom., 16,25).

La Iglesia alcanza su plenitud en la Pascua de resurrección. El “misterio de Dios oculto en Cristo” (Col.2,2), que señala san Pablo, se manifiesta allí en toda su fulgurante dimensión teándrica, esto es, divina y humana, dándonos a conocer en el arcano la revelación de ese “misterio oculto desde los siglos eternos&hellip…” (Rom., 16,25).

         La Pascua realiza de una manera típica, emblemática y eficaz la presencia mística y sacramental del Kyrios de Dios, vale decir el Señor por excelencia, cuya representación real y simbólica es obra de la ekklesía (la asamblea litúrgica que es la imagen de la Esposa) por la insustituible intermediación instrumental del mistagogos (iniciador) que operando in persona Christi, renueva y ejecuta en la acción eucarística el inefable milagro de la Encarnación.

         Esa epifanía del Verbo y su irradiante invisibilidad se trasunta en los signos visibles que dan forma y estilo al himno latreútico de la comunidad adorante y los sagrados ritos nos introducen, entonces, en la iniciación al mysterium, ya que “lo visible en el Señor ha pasado a los misterios” (san Gregorio magno) o, como lo afirma paladinamente el Concilio de Trento (sesión XXII) “Cristo ha hecho entrega de sus misterios a la Iglesia”.

         De la sublime conexión entre lo visible y lo invisible proviene la connaturalidad de los símbolos litúrgicos, empleados también por los paganos (el pan, el vino, el aceite, la luz, etc) y renovados o restaurados radicalmente en y por el cristianismo. La pascha Christi es, en algún sentido, una analogía de los antiguos misterios que, sin embargo, son trascendidos en absoluto para intentar expresar la inagotable e inefable verdad histórica de la Resurrección.

         O bien, como lo atesta magistralmente Dom Odo Casel: “el misterio de Cristo que se realizó en Nuestro Señor, de verdad, plena, histórica y fundamentalmente, se actualiza en nosotros, por tanto bajo sus formas figurativas y simbólicas, que no son meras imágenes externas, sino algo que se desborda de la realidad de la nueva vida comunicada por Cristo”.

         Tales signos son como un velo que, a la vez, encubre y muestra el secretum profundo, encaminándonos hacia él “en la fe y no en la visión” (II Cor. 5,7) y haciéndonos así objeto de una bienaventuranza especial: “dichosos los que aún no viendo creen” (Jn. 20,29).

         La conmemoración anual o cíclica de tales sucesos conlleva su actualización permanente como alabanza incontenible del Padre (Ingénito) en el Hijo (Mediador) por el Espíritu Santo (Paráclito) y como prenda única y eficacísima de nuestra salvación “porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos” (Hechos 4,12).

         Del costado traspasado de Jesucristo en la Cruz brotó “sangre y agua” (Jn. 19,34) y en ellos la Iglesia siempre vio (desde la patrística) los símbolos elocuentes de la vida sacramental y de la fecundidad kerigmática del evangelio.

         El racionalismo religioso (aún arropado con las vestes del fanatismo) al renunciar a las laudes litúrgicas (fin primordial) en las que participamos de su Cuerpo y de su Sangre (I Cor. 11, 23-27) ha reducido la predicación de la buena nueva a un conjunto, más o menos novedoso (y poco exigente), de postulados éticos, con olvido acabado de sus exigencias deificantes.

         El ciclo litúrgico, cuyo eje central es la pascua, no se funda sólo en razones pedagógicas o moralizantes sino, principalmente, cúlticas, esto es, en los ya indicados motivos latréuticos de la compleción de la alabanza, omega final de la economía creadora y salvífica de la Divinidad.

         Digamos, pues, con san Ambrosio “yo te encuentro, Señor, en los misterios” para que ese mysterium Christi que se manifiesta desde la Encarnación hasta la parusía configure el eterno y beatísimo día litúrgico en que, desaparecidos los velos de la fe y poseído ya el objeto de una ardiente esperanza, se consume in aeternum la desbordante e infinita caridad que nos ha establecido en la existencia.

         Esta es la renovada y permanente novedad a que la Iglesia nos convoca en cada Pascua de resurrección, repetida en cada primavera (boreal) como “el amor que a la tradición le brota de su ser” (Casel).

         “¿Por qué buscáis entre los muertos (el mundo) al que está vivo (la liturgia)? No está aquí (en el pecado) ¡Ha resucitado!” (Lc. 24, 5-6).

         ¡Felices pascuas!

RICARDO FRAGA

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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