Panorama Católico

Paternidad

Los lectores se extrañarán de que publiquemos este interesantísimo y docto artículo después de la fecha para la que fue escrito. Es que lo recibimos durante la remodelación de nuestra web y no teníamos habilitados algunos elementos de edición. Lo publicamos algo fuera de fecha por su valor permanente. Y en particular porque tenemos la convicción de que las relaciones entre gobernantes y gobernados deben inspirarse en la relación paterno filial. En el Antiguo Régimen los súbditos amaban a sus reyes, y estos sentían una obligación paternal sobre aquellos. Y a pesar de todas las fragilidades humanas, los gobiernos eran mucho más estables, y los gobernantes mucho más accesibles a las peticiones del hombre llano. Un modelo de relación que debemos recuperar para volver a la concordia social.

Escribe Ricardo Fraga

Los lectores se extrañarán de que publiquemos este interesantísimo y docto artículo después de la fecha para la que fue escrito. Es que lo recibimos durante la remodelación de nuestra web y no teníamos habilitados algunos elementos de edición. Lo publicamos algo fuera de fecha por su valor permanente. Y en particular porque tenemos la convicción de que las relaciones entre gobernantes y gobernados deben inspirarse en la relación paterno filial. En el Antiguo Régimen los súbditos amaban a sus reyes, y estos sentían una obligación paternal sobre aquellos. Y a pesar de todas las fragilidades humanas, los gobiernos eran mucho más estables, y los gobernantes mucho más accesibles a las peticiones del hombre llano. Un modelo de relación que debemos recuperar para volver a la concordia social.

Escribe Ricardo Fraga

La paternidad implica necesariamente la noción de filiación: no hay paternidad sin hijos, no hay hijos sin padres. Aunque a veces, en la realidad de la praxis, hay hijos sin padres y hay padres sin hijos. Pero eso es en lenguaje paradojal y yo quiero situar en un primer momento, para ser conciso, una noción de carácter filosófico y, más específicamente, ontológico, que es la noción de relación. La relación implica, en el caso de la paternidad y de la filiación la constitución entitativamente tal, es decir, no la pura relación lógica o universal (ideal), sino específicamente real, esto es, un vínculo. Y vínculo es una palabra latina que etimológicamente significa cadena o eslabón de la cadena. De modo tal que en el lenguaje jurídico se usa una expresión traspolada del lenguaje literal porque cuando se quiere fijar la relación paterno filial se dice que se trata de una cadena. Expresión que a la vez se emplea también en el vínculo conyugal, porque hablamos de los vínculos conyugales, de las cadenas conyugales, al punto tal que significamos simbólicamente esas cadenas con una alianza o anillo que se ponen en el dedo.

Y esto implica la idea, elemental, pero a la vez preciosa, de que el hombre, cuando se relaciona, o cuando lo relacionan, se vincula sometiéndose libremente por las cadenas del amor. De ahí que nuestro himno nacional, en este plano, está totalmente descolocado de lo que yo digo, porque dice “¡Oíd el ruido de rotas cadenas!” cuando lo que, justamente, libera al hombre, y lo hace verdaderamente libre son las cadenas, las cadenas del amor.

El hombre se encadena libremente. Y la relación paterno filial es una cadena, pero es una cadena que nace de otra metáfora que también usamos para designar estos vínculos que es la noción de lazo. La noción de lazo puede ser un poco más suave que la de cadena. Por lo menos se habla de los lazos del amor romántico. Pero el amor no es el amor de las telenovelas, el amor es la cotidianeidad de las fatigas compartidas, de los gozos, pero también de las penas y de los dolores. Porque la vida está hecha de momentos de comunión fecunda, pero la comunión fecunda no implica necesariamente la algarabía, o, como dicen los españoles en gráfica expresión, el “viva la pepa”. La vida es una sucesión de encuentros, de dudas, de dificultades, y también, ciertamente, de goces y fruiciones.

La relación paterno filial que genera el vínculo constitutivo no la fija sólo la biología y la naturaleza. La biología y la naturaleza es uno de los modos, ciertamente el principal, el primario y el paradigmático. Pero esos lazos que nacen de la biología poco significan si no vienen después confirmados por los lazos que nacen del corazón, es decir, por los lazos del afecto.

De ahí que los hijos, cuando se tienen, además de tenerlos físicamente, tanto el padre como la madre, los tienen después que querer como hijos asumiéndolos como tales. Y ese es el momento que si bien no el derecho, o el Código civil, pero sí la vida social, establece después como constitutivas del afecto.

Toda relación, además de constitutiva, desde el punto de vista del ser de las cosas, que eso significa ontológico, es también una participación, usando la palabra “participación” con la honda significación que le da Platón. Participación implica la idea de un ser participante que tiene una perfección y de un ser participado que recibe esa perfección, que la comunica. Y ahí nace una idea que va pareja con ésta, que es la idea de comunicación. En toda participación hay una comunicación, de la existencia que se tiene a la existencia que se da. Pero el empleo de un término tan técnico como el de sujeto activo y sujeto pasivo no tiene que llevarlos al error de suponer que el sujeto pasivo es puramente pasivo y sólo recibe y el sujeto activo es puramente activo y sólo da, sino que, precisamente, el sujeto activo da pero se enriquece, y el sujeto pasivo enriqueciéndose enriquece también, por su nueva modalidad de constitución entitativa, al sujeto que comunica.

Y esto pasa en los seres participados, que somos nosotros. Cada uno de nosotros es un ser finito. Esta finitud de las cosas es también una comunicación, como límite de una esencia y de una existencia. Y esa comunicación se trasunta y se manifiesta necesariamente, es decir, no es una nota accidental que se puede dar o no, sino que también es constitutiva, en lo que se llama el diálogo.

La lengua griega es muy rica en contenidos semánticos. Uno de esos contenidos semánticos es la noción de diálogo, el hombre como ser dialéctico, o dialógico, como se gusta decir ahora, más exactamente. Porque el hombre implica, justamente, una distinción: es una unidad que se diversifica, es una unidad que se plurifica, es una unidad que se vuelve fecunda por la plenitud. Y esa plenitud, como toda plenitud, implica no solamente la unidad, sino también la pluralidad. Y en la relación paterno filial el diálogo antes que nada es constitutivo, pero puede después faltar en las expresiones cabales de las cosas cotidianas. Y ahí vienen los fracasos, las dificultades, los problemas, sobre todo en nuestro tiempo.

Yo siempre escuché decir, desde niño, que en las generaciones pasadas (y deben ser otras más lejanas porque yo ya tengo mi cierta edad, aunque soy joven pero he vivido bastante) no había una gran comunicación entre padres e hijos. Sin embargo no debe ser tan exacta la apreciación, o, si es exacta lo es a los efectos de las generaciones de finales del siglo XIX, porque el primer indicio, y a la vez signo, de rica intercomunicación entre padres e hijos es la sucesión de la tradición. Porque la tradición no es otra cosa, precisamente, que la acumulación cualitativa del pasado en el presente hacia el futuro.

Y nuestros pueblos, y nuestros hombres, y nuestros abuelos, y nuestros antepasados en un sentido muy genérico y amplio, tenían esa rica vinculación y esa rica tradición que en este momento sí noto yo pese a que digan que ahora los padres dialogan más con sus hijos y los hijos con sus padres, se ha roto y se ha, de algún modo, desconectado.

Ese diálogo, por lo tanto, es antes que nada el diálogo en su sentido más elemental y primario, es la comunicación de palabras. Pero ese diálogo nace, insisto en la idea, en una noción entitativa, el hombre es necesariamente un ser que dialoga, es decir, que intercomunica.

Y la más plena de las intercomunicaciones es la del padre con el hijo y la del hijo con el padre.

Naturalmente que hablar de relaciones entre padre e hijo y entre hijo y padre, en un cristiano como yo, al menos, implica inevitablemente la noción paulina de la relación del Padre con el Hijo y el Hijo con el Padre en el seno de la Santísima Trinidad. Y san Pablo dice, precisamente, en la Carta a los efesios, que de esa intercomunicación brota toda noción e paternidad: “omnis paternitas nominatur in caelis et in terra”, “toda paternidad, en lo visible (terra) y en lo invisible (caelis) procede”, precisamente, o “toma nombre” (nominatur), el término latino es mucho más rico, más precioso, más fijo, “de la paternidad del Padre” (Ef. 3, 15).

De modo tal que los hijos se engendran no en una noche de locura, sino desde el corazón, los hijos nacen del amor. San Agustín trata este asunto en el De Trinitate. No lo puedo explicar ahora, ni es el momento tampoco, pero esta obra genial es uno de los basamentos doctrinales de Occidente, del Occidente como hoy lo pensamos todavía, ilustrado y libérrimo que se asienta en doctrinas teológicas e intelectuales, aunque ahora nadie lo sabe. El hombre de hoy cuando descarta la vida intelectual no sabe lo que descarta, descarta las bases sobre las cuales está su mundo asentado.

San Agustín, en el De Trinitate, muestra precisamente esa profunda relación de amor, que podríamos llamar (si no se malinterpretara) erótica, del Padre al Hijo y del Hijo al Padre, de Quien procede después una Tercera Persona que es la Persona del Espíritu Santo.

De modo tal que en ese plano, y en esa órbita, y en esa dimensión todos, todos, somos de algún modo padres e hijos, incluso las madres, porque san Pablo pone que “toda paternidad procede del Padre”, por lo tanto también la maternidad, que especifica un modo de ser de la paternidad.

Y en ese sentido, todos somos padres y todos somos hijos. Así, por lo tanto, convendría releer el Evangelio de san Lucas (escrito originalmente en griego) donde el evangelista pone la oración del Padrenuestro no como ordinariamente se conoce y recita: “Padre nuestro que estás en el cielo…”, sino que la versión de san Lucas se reduce a una sola palabra. Jesús enseñó a sus discípulos a decir “Padre” (Lc. 11, 2). Y san Pablo sostiene que llamemos a Dios Padre, y lo pone en la forma balbuciente en que lo hacen los bebés. “Abba”, que significa padre.

De modo tal que en este contexto, invito a mis lectores que miren no la familia fracturada, que es la proposición que hace la sociedad consumista de nuestro tiempo y que nos arrebata los valores en aras del mercantilismo puro: el padre, el día del padre; la madre, el día de la madre; la tía, el día de la tía. No, la totalidad del amor fecundo que se comunica en una relación que en lo profundo del corazón brota y nos hace decir a Dios, nada menos que a Dios, Padre.

¡FELIZ DIA DEL PADRE PARA TODOS!

 

 

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

YouTube