Panorama Católico

Paz a los Hombres de Buena Voluntad

Medrados estamos, desde que la CEA ha dado las traducciones de la misa -de su original latino al castellano- a traductores creativos, ya no decimos lo que dice la Iglesia, sino lo que se les ocurre a los hermeneutas litúrgicos de turno.

Escribe Marcelo González

Gloria in Excelsis Deo,
et pax ominibus bonae voluntatis…
(Gloria a Dios en la Alturas
Y paz a los hombres de buena voluntad…)

Del Gloria de la Misa.

Medrados estamos, desde que la CEA ha dado las traducciones de la misa -de su original latino al castellano- a traductores creativos, ya no decimos lo que dice la Iglesia, sino lo que se les ocurre a los hermeneutas litúrgicos de turno.

Escribe Marcelo González

Gloria in Excelsis Deo,
et pax ominibus bonae voluntatis…
(Gloria a Dios en la Alturas
Y paz a los hombres de buena voluntad…)

Del Gloria de la Misa.

Así pues,“Sanctus Dominus Deus Sabaoth pasó a significar “Santo es el Señor Dios de los cielos”. Curiosamente la palabra hebrea conservada en la liturgia latina significa “Dios de los Ejércitos”. Un espíritu conciliador dirá: “Pero el Señor ES el Dios de los Cielos… ¿Cuál es el problema?” El problema es el siguiente: el texto litúrgico no dice eso. De modo que este espíritu será conciliador, pero es a la vez un espíritu inculto en materia litúrgica. E infiel, porque carece de la humildad de respetar lo que nuestros ancestros conservaron como tesoro insustiuible, algo que sí haría un espíritu inculto pero con el “sentido de la fe”.

En la Edad Media, humildes monjes copiaban manuscritos sin entender, muchas veces, su sentido. Pero tenían en claro que debían ser “fieles” a lo que copiaban. Sabían que era un tesoro en el cual no se puede meter mano a discreción. Un poco de esta humildad debería ser aprendida por los traductores litúrgicos de hoy.

Otro ejemplo y basta: Dice el Credo: “Consubstantialem Patri” para referirse al Hijo, Segunda Persona de la Trinidad Santísima. Los hermeneutas litúrgicos creativos lo traducen “de la misma naturaleza que el Padre”. Deberían traducir “consustancial o de la misma sustancia que el Padre”. La tortuosas interpretaciones y el menoscabo que van sufriendo los textos de la Misa es demoledor para la Fe. Con esto nos van amenguando, distorsionando y falsificando la Fe.

Lex orandi, lex credendi. Creemos lo que rezamos. Si rezamos “naturaleza” ya no pensamos en sustancialidad, que no es lo mismo que “naturaleza”. Errores gravísimos en dosis “suaves”. (No tan suaves, en realidad, aunque ya casi nadie se da cuenta). Una especie de falsificación a través del método homeopático.

¿El canto angélico distorsionado?

Y vamos al punto: la paz es para los “hombres de buena voluntad”. Pero en otra espantosa distorsión litúrgica, escriturística y doctrinal, la paz es ahora para los “hombres que ama el Señor”. Y como el Señor ama a todos los hombres… ( ¡chaaaaaan!) la paz del Señor es tanto para los fieles como para los infieles. Listo.

De tan simple cambio de sentido se sigue que ya no hay una Fe verdadera y otras falsas. Dios ama a todos. Todos pueden recibir su paz sin más condiciones. ¿Para qué, pues, misionar, ni convertir, ni disputar sobre la Fe? Ni defenderla de sus enemigos – ¿qué enemigos?- ni bautizar a los niños, ni creer que la única portadora de la Verdad es la Iglesia, siendo toda proposición teológica verdadera subsidiaria de la Verdad que la Iglesia custodia.

En fin, de este cambio, llevado a sus últimas consecuencias, lo que no todos hacen por cierto, se sigue que no hace falta practicar vida sacramental, ni atenerse a los mandamientos ni a los preceptos de la Iglesia. No todos extreman el desvío hasta la consecuencia final. Pero todos van desviándose, si no advierten el error.

Dios vino a los hombres, ¡ya está! ¿No es esto, acaso, lo que cree la masa de los fieles católicos y buena parte del clero?

Acaso, así como en las últimas pascuas un alto prelado argentino nos saturó con el mensaje “dejáte misericordiar” y en estas navidades nos mostró, en la propaganda oficial de su diócesis, la imagen de un pesebre (muy tradicional) aludiendo a la “ternura de Dios” (por suerte no nos invitó a dejarnos “ternurear”), así las exhortaciones del clero, los obispos a la cabeza, en estas navidades casi no establecen esta importantísima distinción. La paz de Cristo no es para todos sin distinción, sino para los hombres de buena voluntad.

¡Cuidado! Cristo “Vino a los suyos, pero los suyos no lo recibieron. Mas a los que lo recibieron, que son los que creen en su nombre, les dio la potestad de ser hijos de Dios. No por la sangre ni por la voluntad de la carne ni por la voluntad del hombre, sino de Dios”. (Proemio del Evangelio de San Juan).

Pero el mundo desoye esta clara advertencia evangélica: ¡Dios nos ama a todos! La paz del Señor está con todos. ¿Para qué molestarse en practicar una Fe verdadera si todas son igualmente verdaderas o al menos suficientemente verdaderas? O practicar religión alguna. Es un esfuerzo innecesario, inútil y pernicioso, porque desune. La Navidad es la fiesta de la unión.

Nada de discutir de religión ni de política… se ha oído en las mesas navideñas. O sea, celebremos la “paz a los hombres que ama el Señor”, es decir, a todos, sin andar buscando bulla sobre qué es verdad o mentira, qué es bueno o malo, etc.

Concedemos que la prudencia nos obliga a veces a practicar cierta tolerancia en aras del bien próximo e inmediato, (una reunión cordial) lo que nos autoriza luego a hablar con firmeza y claridad cuando la ocasión resulte más provechosa, al menos más que en medio de las divagaciones etílicas de sidra. Pero esta tolerancia es instrumental al fin, no es el fin.

Antes de intentar mover a ciertas reflexiones a un pariente descaminado, debemos intentar que beba un café bien fuerte… Antes de que un pobre desesperado que golpea nuestra puerta navideña entienda que debe encaminar su vida en la virtud religiosa, debemos proveerle -piadosamente- la bolsa de comida que necesita para regresar a su casa y sentir que ha hecho algo por sus hijos. Y si es posible conseguirle trabajo, o inventárselo -dentro de nuestras posibilidades- para que sus urgencias cesen y su alma alcance la tranquilidad que le permita considerar la belleza de la virtud. Pero ni el café ni la bolsa de comida, ni el trabajo son el fin… el fin es reencaminar su alma al Dios que nos puede dar la auténtica paz. “Mi paz os dejo, mi paz os doy, mas no como la da el mundo…”. Otra confirmación de la cualidad restrictiva de la paz divina, a la cual todos están llamados, pero pocos aceptan.

Pues bien, ¡paz a los hombres de buena voluntad! Paz a los que tienen al alma dispuesta a la verdad, al bien, a la justicia.

¿Qué podemos desearle a los demás? Lo mismo: que sean hombres de buena voluntad y alcancen entonces la paz verdadera. Podemos darles el ejemplo de la caridad vivida en la verdad, y de ambas manifestadas en la paz de nuestras almas. Y esperar que la gracia actúe sin impacientes amarguras. Podemos rezar por “los pobres pecadores”, como pide la Virgen en Fátima. Podemos sacrificarnos por ellos. Y también considerar nuestra condición de pobres pecadores y así ser más humildes a la hora de decir la verdad.

Así llegará más lejos esa paz que Dios ofrece a los hombres. Y llegará más hondo en nosotros, porque seremos personas de una más perfecta buena voluntad.

P.S. Deseos válidos incluso para los traductores de los textos litúrgicos.

P.S.2 “Si la paz es la aspiración de cada persona de buena voluntad, para los discípulos de Cristo ésta es un mandato permanente que compromete a todos”Del discurso del Papa Benedicto en el Día Internacional de la Paz.

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cabezadetortugamacho@gmail.com

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