Panorama Católico

Perder la cabeza

Recientes polémicas con amigos de esta web me han movido a meditar sobre un tema que podría resumirse, tratando de no caer en cierta inevitable simplificación, en la siguiente pregunta: ¿hay un límite para la paciencia cuando se trata de ejercitar la obra de misericordia de corregir al que yerra?

Escribe Marcelo González

Recientes polémicas con amigos de esta web me han movido a meditar sobre un tema que podría resumirse, tratando de no caer en cierta inevitable simplificación, en la siguiente pregunta: ¿hay un límite para la paciencia cuando se trata de ejercitar la obra de misericordia de corregir al que yerra?

Escribe Marcelo González

Parece que no hay límite en el ejercicio de la caridad.

La virtud se ejerce en referencia a un Ser infinito, pero se aplica a seres finitos, que son el objeto de las obras de misericordia. Si dichos seres finitos (aunque algunos caen bastante gruesos) se desplazan de un modo permanente y pertinaz de la razonabilidad, del buen sentido, pues ¿cómo podrían ser objeto de la obra de misericordia espiritual de corregir al que yerra, sin límites?

La Iglesia misma, que es madre amantísima de los pecadores y descarriados y que refrena el anatema largamente antes de fulminar al pertinaz, finalmente, y con dolor profundo, lo fulmina, porque es necesario velar por el bien común, y porque el Magisterio de la Verdad se impone ante el pecador impenitente por sobre los fueros de la misericordia, principalmente por misericordia… hacia los otros, que pueden caer en el mismo error que el herético formal. Pues entonces, ¿que queda para estos pobres pecadores que somos nosotros…?

Esta es una verdad algo indigesta para los conciliares, para quienes no hay nada que justifique la condena. Pero también es dura de tragar para algunos que fungen militancia en el campo tradicional. La alegre repartija de anatemas no es un modo de sentire cum Ecclesia. Habrá que blandirla como se blande un mandoble en épocas de guerra, pero nadie a quien le apetezca el derramamiento de sangre (ajena) debe dejar de cuestionarse sobre la rectitud de su vida espiritual.

Fue Caín, el primer homicida, quien derramó por vez primera la sangre, y para ominoso antecedente, era sangre justa y fraterna.

El honorable oficio de la milicia desenvaina y corta con un compungido sentimiento penitencial, a riesgo de hacerlo con una morbosa tendencia irascible.

Por eso, muchas veces en el campo tradicional se navega en la frágil barca de la exaltación de la violencia como bios brutal, bajo capa de bien, como si el castañazo fuera siempre una fuerza restablecedora de la justicia. Se confunden un poco ambas cosas, de modo que la pasión irascible y el deseo de "condena" (bien avenidos con el amor a la justicia y a la verdad cuando es ira santa y deseo de humillar el error) se personalizan en los que yerran y se celebran con el morbo -nada más contrario al espíritu evangélico- de ver o al menos imaginar con fruición como un par de teologuchos de la liberación se asan a la hoguera, y de mientras, se están condenando al infierno. Mala fariña…

En una palabra, es muy fácil perder la cabeza si no esta asentada sobre una psicología sólida, un ánimo pacificado (solo Dios pone paz en el alma) y un conocimiento profundo y sutil de la doctrina, cuando se pretende navegar por las procelosas aguas de los temas teológicos y questiones disputatae de este siglo problemático y febril.

Ya lo dice Santo Tomás: operantur sequitur esse. Hay muchas formas de perder la cabeza, pero solo es posible perderla cuando se la ha tenido antes. (Nadie puede perder lo que no tiene).

En estos tiempos de tribulación vemos aparecer muchos descabezados. Sobre algunos nos preguntamos con cierto fundamento presuntivo, si alguna vez habrán tenido algo sobre los hombros o si se mantenía sobre ellos algún artificio fingidor que no se caía porque el viento no había soplado con fuerza suficiente.

De todos modos, y aún en tiempos de brisa, nos había parecido que algunas de esas cabezas se meneaban de un modo sospechoso. Como las cabezas de los bebés recién nacidos, que sus madres y favorecedores deben sostener a fin de que no cuelguen, aunque en este caso por natural inmadurez. Si la cabeza no se sostiene a cierta edad (valga la analogía para la edad espiritual) hay que sospechar alguna enfermedad.

Y volvemos al problema del principio: ¿ha de tenerse la cabeza de quien tiene ya edad para sostenerla solo?

La respuesta cristiana es definitivamente sí, por arduo que sea practicarla. El problema comienza cuando el guaso se empecina en sostenerla él solo y vive dándose coscorrones atronadores, y los atribuye a las fuerzas ocultas de la masonería y otros que no pienso nombrar. Claro, es verdad, estas fuerzas innombrables tienen la ya no tan oculta intención de cortar cabezas, pero no todo decapitado murió en la guillotina. También ha habido zonsos que pusieron la cabeza donde no debían, o donde no les daba el cogote, creyendo tener más cogote del que en realidad tenían.

Y así pues, en el campo tradicional algunos fungen que van por todo: con lo cual, huelga decirlo, vuelan anatemas más que patadas dan los de Matrix, y ganan un estruendoso protagonismo contra la tranquila mayoría que va solo y modestamente por la salvación de su alma y confía en que Dios le dará la perseverancia final. Un excelente entrenamiento, esto último, para el martirio, si llega…

Muy a propósito, y ya que a un santo Tomás mencionáramos, se impone recordar a otro, esta vez británico. Santo Tomás Moro, uno que perdió la cabeza porque la tenía, y bien puesta. Y la apreciaba tanto que se la mezquinó al verdugo mientras pudo. Y no porque no le diera el cogote, sino porque, como santo y sensato, no creía estar hecho de la madera de los mártires.

Cada vez que oigo a un católico lamentarse de que no cree estar hecho de madera de mártir, me invade una alegría que no acertaba a justificar sino hasta ahora. Seguramente es porque ya cumple el primer requisito del martirio: no siente digno.

Pero volvamos al antiguo canciller del Reino de Inglaterra. Ante la apostasía de su rey -una apostasía de bragueta, si se nos permite decirlo así, y con perdón de las damas presentes- rey que era su rey, y al que le debía fidelidad en todo lo que no fuera contra su ("su" de Tomás Moro) Fe, se vio en la delicada situación de conciencia de no aceptar lo inaceptable, acatando lo acatable. ¿Alguna semejanza?

Pues bien, Tomás Moro pasó por una situación tristísima, ya que su patria, hasta ahí la "isla de los santos" se convirtió en la sede del "régimen monstruoso" creado por Cecil y su caterva de mercaderes del cristianismo. Y la Fe casi se extinguió, ahogada en sangre, engaño y cañonazos.

Pero antes, Moro, que tenía toda la pinta de mártir, se contentaba con ser confesor tácito. Su fina inteligencia, y probablemente su miedo debidamente controlado por la virtud, le aconsejaron dar su testimonio en silencio. El silencio más atronador que oyó la Europa de ese tiempo. Y el rey braguetero ya no se lo bancó más, y lo mandó decapitar. Así, el confesor silente se convirtió en mártir locuaz. Doblete.

No, si cuando Dios quiere, lo hace bien. Y cuando el hombre es materia dúctil en sus manos.

Pues viendo este modo de martirio, tan aleccionador para estos tiempos, nos preguntamos por qué tantos o al menos tan ruidosos amigos que fungen en el campo tradicional, proclaman no ya el martirio para sí (al menos en público, porque pocos firman) sino el martirio ajeno. Y no se privan de agraviar a troche moche a los que no les siguen el tren en sus desventurados devaneos.

En nuestra web damos pie a los que firman, y no siempre. Y a veces a algunos que sin firmar, opinan con razonable moderación. Me ha parecido, sin embargo, que en muchos de estos hay una cierta ingenuidad, no careciente de nobleza. Por eso cuando se los enfrenta con las consecuencias últimas de sus principios, muchas veces reculan y se llaman a sosiego. No es fácil este enfrentamiento, y depende de cuanta cabeza queda sobre los hombros (conste que por "cabeza" no queremos decir necesariamente "inteligencia" sino más bien "sensatez").

El desenfreno verbal que han causado los intercambios entre Roma y la FSSPX ha sido un gran catalizador para la caída de estas cabezas fingidas o de cogote débil

Hace poco les posteaba a algunos de esos amigos este mensaje. Mensaje sincero:

Amigos, me siento apenado. ¿Ya no creen en la eficacia de la verdad testimoniada con el ejemplo de la perseverancia y la confesión de la Fe? ¿Por qué esto no podría tener efecto entre los que están descaminados de la Fe, sobre todo si ellos aceptan hablar sobre el tema doctrinal y además sobre todo si son los que tienen en sus manos la autoridad en la Iglesia? ¿Hay personas inmunes a la conversión?

¿No se ha de predicar a los descarriados? ¿No les alcanzan a ellos las obras de misericordia? 

¿Tenemos necesariamente más razón cuanto más solos estamos en nuestra posición? ¿En virtud de que lógica podemos sostener esto? ¿Hemos de creer que Uds. tienen la certeza de los tiempos y de los cumplimientos de las profecías? ¿Acaso Santo Domingo no resucitó un muerto como prueba de que llegaba el fin de los tiempos y el fin de los tiempos no llegó? ¿No podría ser que sus evaluaciones estuviesen equivocadas? ¿Y si nos damos un margen de error?

¿Y si los que van a dialogar tienen mejor información que nosotros sobre lo que pasa en Roma? ¿Y si conocen a gente que nosotros no conocemos? 

Digo, ¿no les hará mal revolver todo el tiempo este tipo de cuestiones confiando solamente en su propio buen ver? ¿No les estará afectando su capacidad de ver la realidad de las cosas? ¿No corren el riesgo de vivir en un estado de perturbación espiritual permanente que los afecte inclusive en el nivel psíquico?

Bueno, son cosas que me apenan.

Y a la respuesta de un buen amigo, que con mucha frecuencia opina en estas páginas sobre profecías canónicas y privadas atingentes a los últimos tiempos, completaba mis impresiones de esta manera:

Lo que yo planteo es lo siguiente, y probablemente escriba un artículo sobre esto, porque me parece un tema crucial: nuestra interpretación de las profecías, y sobre todo de los tiempos de cumplimiento, es bastante imprecisa. Otros más sabios se han equivocado. Nosotros tenemos la ventaja de estar más cerca de la cosa. Pero tenemos la desventaja de ser menos santos y menos sabios que muchos de los que se han equivocado.

Entonces, es muy probable que estas cosas estén pasando. En qué punto, eso no lo podemos saber por cierto. Pueden haber instancias que aún no conocemos. Eso no cambia nuestro deber de confesar la Fe y llevarla ante los más altos estrados, particularmente si como en mi caso creo que el Papa es el Papa, cosa que no sé si tu crees.

Dices que entiendes mi deseo, y es obvio. Supongo que será también tu deseo. Pero que no entiendes mi esperanza: ahí puede estar el problema. Mi esperanza es la Esperanza sobrenatural, la misma que tú tienes. Las promesas de N.S.J., el final ya es sabido, llevamos las de ganar.

Lo que no me preocupa tanto es el minuto a minuto de las profecías. Eso puede llevarnos a un terreno obsesivo. Mi posición es la de ver y esperar. Y si hay otros signos tenerlos en consideración. No me interesa seguir "on line" el cumplimiento de las profecías. Ellas se toman su tiempo y esos tiempos a veces son más largos que mi propia vida. Las conozco, las releo, las venero, pero no me asomo a cada rato a la ventana para ver si nuestro Señor ya viene sobre las nubes. Cuando venga, por cierto que me enteraré. 

En tanto, trato de vivir según el consejo de Santo Domingo Savio (aunque se atribuye la anécdota a otros). Estaba el santo jugando, como que era un niño al morir, y le preguntan "si supieras que has de morir en una hora; ¿qué harías? El santo respondió: seguiría jugando".

Si me anunciaran la segunda venida inminente, en cosa de pocos minutos, quisiera que ésta me encuentre haciendo lo que debo hacer. Y mi trabajo es ver con la mayor claridad posible las realidades eclesiásticas y formular una opinión. Pues bien, postearía lo siguiente: amigos, en breves minutos verán un espectáculo anunciado y esperado desde hace mucho tiempo, con solo mirar por sus ventanas. 

De verdad, espero que el fin del mundo, el Anticristo o le que me toque vivir lo pueda vivir con esa tranquilidad. Es un dejá vu, ya lo sabemos, lo difícil es merecer el cielo. No sea que por esperar los cataclismos dejemos de educar a nuestros hijos o de rezar nuestros rosarios, o de tratar caritativamente al prójimo. O de tener la paz en el alma.

Bueno, en definitiva, lo que quería decir es que no hay que perder la cabeza. Y que a veces es necesario cortar alguna cabeza para no perder la propia. Y a veces hay que cortar la cabeza de algún cortador de cabezas.

La obra de misericordia es ilimitada en referencia a Dios, pero limitada en cuanto a quienes son objeto de esa misericordia y en cuanto a quienes la pueden practicar, lleven estos o no, sotana .

Además de que algunos nunca han tenido cabeza.

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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