Panorama Católico

Pío IX, de Yves Chiron

Cuando fue elegido pontífice, los liberales celebraron hasta el
paroxismo. Creían tener “un papa de su lado”. De hecho sus primeros
años fueron triunfales: amnistías, benevolencia, reformas civiles en la
administración, etc.). El Pontífice concedió lo que creyó justo o
necesario conceder. Pero el doblez del emperador de Francia, la
hipocresía del reino del Piamonte (manejado por el genial e
inescrupuloso político, ministro Cavour, francmasón), las ambiciones de
Austria y Prusia, la decadencia penosa de España, todos estos factores
contribuyeron a ir desposeyendo al Sumo Pontífice de su soberanía
temporal, sin la cual “no podría ejercer su soberanía espiritual”. Esto
ocurrió en varias etapas en que los actores cambiaron de bando según su
conveniencia, hasta que finalmente el Papa quedó prisionero en el
Vaticano y con grave riesgo de su vida.

Cuando fue elegido pontífice, los liberales celebraron hasta el
paroxismo. Creían tener “un papa de su lado”. De hecho sus primeros
años fueron triunfales: amnistías, benevolencia, reformas civiles en la
administración, etc.). El Pontífice concedió lo que creyó justo o
necesario conceder. Pero el doblez del emperador de Francia, la
hipocresía del reino del Piamonte (manejado por el genial e
inescrupuloso político, ministro Cavour, francmasón), las ambiciones de
Austria y Prusia, la decadencia penosa de España, todos estos factores
contribuyeron a ir desposeyendo al Sumo Pontífice de su soberanía
temporal, sin la cual “no podría ejercer su soberanía espiritual”. Esto
ocurrió en varias etapas en que los actores cambiaron de bando según su
conveniencia, hasta que finalmente el Papa quedó prisionero en el
Vaticano y con grave riesgo de su vida.
Yves Chiron
Pío IX
Ediciones Palabra
Madrid 2002
444 págs.
Hemos podido leer la biografía del bienaventurado Pío IX, (en el siglo conde Juan María Mastai-Ferreti) del historiador francés Yves Chiron, Esta lectura nos ha permitido considerar desde otra óptica las dificultades que supone el gobierno de la Iglesia. Sobre todo cuando confronta con potencias del mundo que le son radicalmente hostiles y el clero (el alto clero inclusive) y los fieles están fuertemente inficionados de doctrinas heterodoxas, como el “liberalismo”, que hoy, por desgracia, forma parte del establishment y se acepta pacíficamente como algo natural, mientras que en aquellos tiempos daba batalla con la violencia de las calumnias, las conspiraciones, los crímenes y las armas, ya de bandoleros, ya de potencias descristianizadas.

El autor sigue el orden cronológico clásico de las hagiografías, aunque se cuida de apartarse de esta visión. No se trata de presentar un Pío IX idealizado frente a la numerosa bibliografía adversa al bienaventurado pontífice. Tampoco de realizar un análisis exhaustivo del contexto histórico en que desarrolló su larguísimo reinado, el más extenso de la historia de los papas. Pero resulta inevitable, para entender a Pío IX, último pontífice rey temporal de extensos territorios pontificios, analizar la trama de intereses, ideas y conjuras que tiñó la época, el siglo completo, de guerras permanentes, invasiones, ataques violentísimos a la Iglesia en todos los frentes y, finalmente, la caída de la Santa Sede como estado soberano, condición que recuperó recién en 1927 con los tratados de Letrán, aunque ya jamás podría recuperar los territorios que fueron de su soberanía durante once siglos.

La existencia de la Santa Sede como reino temporal se explica por diversas causas. Por un lado tiene una razón histórica. El Papa es el soberano de Roma, la Ciudad Santa y sede de la Catolicidad por ser la sede primada universal por herencia histórica. De hecho es la monarquía más antigua de Europa. Pero, además, esta soberanía le asegura a la Iglesia la libertad de realizar su misión apostólica. La lectura del libro de Chiron es muy esclarecedora en este punto, hoy bastante oscurecido por acusaciones de “teocracia” y ambiciones terrenales.

También nos ha aclarado este libro la famosa cuestión del “Mastai–Ferreti liberal”, luego “convertido”, que se ha hecho un lugar común entre los católicos tradicionales sin ser exactamente la realidad histórica. El entonces Monseñor Mastai-Ferreti, obispo de Spoleto y luego de Imola, dos diócesis de los Estados Pontificios, se vio en la posición de mediador entre revolucionarios e insurgentes de distintos matices ideológicos y el poder terrenal de la Iglesia.

Había entre ellos liberales moderados, movidos por un ardor nacionalista italiano más que por hostilidad a la Sede Apostólica. También liberales extremos y anticlericales de toda laya, masones en su mayoría. El futuro Pío IX utilizó la prerrogativa soberana de la misericordia muchas veces, concediendo amnistías y favoreciendo salidas pacíficas (a veces por medio de subterfugios legales), a fin de ganar los corazones ardorosos pero imprudentes de esa juventud, tentada por la novedad revolucionara bajo la forma de un supuesto bien para la “patria italiana”, cual suponían era la desaparición del los Estados Pontificios. Con estas actitudes moderadas, más temperamentales que doctrinales, monseñor Mastai-Ferreti se hizo fama de liberal.

Cuando fue elegido pontífice, los liberales celebraron hasta el paroxismo. Creían tener “un papa de su lado”. De hecho sus primeros años fueron triunfales: amnistías, benevolencia, reformas civiles en la administración, etc.). El Pontífice concedió lo que creyó justo o necesario conceder. Pero el doblez del emperador de Francia, la hipocresía del reino del Piamonte (manejado por el genial e inescrupuloso político, ministro Cavour, francmasón), las ambiciones de Austria y Prusia, la decadencia penosa de España, todos estos factores contribuyeron a ir desposeyendo al Sumo Pontífice de su soberanía temporal, sin la cual “no podría ejercer su soberanía espiritual”. Esto ocurrió en varias etapas en que los actores cambiaron de bando según su conveniencia, hasta que finalmente el Papa quedó prisionero en el Vaticano y con grave riesgo de su vida.

Los zuavos pontificios (voluntarios de todos los países) combatieron en diversas batallas y finalmente en la simbólica defensa de la Puerta Pía, con la que el Papa quiso, sin derramar más sangre que la indispensable, dar testimonio de que cedía ante la fuerza y no reconocía a los invasores derecho alguno.

En medio de estas convulsiones, y después de larguísimos estudios el Papa declaró el dogma de la Inmaculada Concepción en 1854, convocó el Concilio Vaticano I en 1864 y definió el dogma de la Infalibilidad Pontificia, que provocó una activísima oposición de los sectores más liberales del clero y la masonería, dogma que fue, sin duda, el detonante de la invasión garibaldina. Tal es la fuerza de las realidades espirituales en el orden civil.

Después de haber sido desposeído de casi todos sus territorios y viviendo en cautividad bajo unas dudosísimas “garantías” que ofrecía el ahora Reino de Italia, el Papa Pío IX, era visitado por millares de peregrinos de todo el mundo, que iban a manifestarle su fidelidad. En cierta ocasión, ante una delegación de Francia, habló en estos términos:

"Amo a Francia, la tengo grabada en mi corazón. Pido por ella todos los días, principalmente durante el santo sacrificio de la misa; la tengo presente siempre en mis pensamientos. !Siempre la he amado y siempre la amaré! Sé en qué medida ha ofrecido siempre el espectáculo de su más tierna abnegación, lo grande que es su caridad y su compasión ante la miseria de los pobres, la miseria de la Iglesia, cuántas instituciones caritativas ha fundado y especialmente el gran afán que ha manifestado por la obras caritativas; especialmente entre las mujeres, aunque también entre los hombres…". (…)

"Sin embargo, tengo que decir la verdad a Francia. (…) Queridos hijos, es preciso que mis palabras expresen lo que tengo en mi corazón. Lo que aflige a vuestro país y le impide merecer las bendiciones de Dios es la confusión de principios. Diré la palabra y no la callaré: lo que temo, no es a esos miserables de la Comuna de París, auténticos demonios del infierno que se pasean por la tierra. No, no es eso; lo que temo es esa desdichada política, ese liberalismo católico que es la verdadera plaga. (…) Indudablemente es preciso practicar la caridad, hacer lo posible por recoger a los que se han descarriado: pero para ello no es necesario compartir sus opiniones". (*)

No hay que cometer el error de leer la historia hacia atrás, dice Belloc. Cuando el Papa Pío IX tomó las decisiones que tomó, corrió riesgos que podrían habérsele reprochado al calor de las circunstancias:

No excomulgó a determinados teólogos, alemanes particularmente, que atizaban el liberalismo dentro de la Iglesia propugnando el laicismo, acorde a los valores de la modernidad. Solo condenó sus doctrinas sin nombrarlos.

No procedió con vigor contra varios obispos franceses que hacían resurgir galicanismo, con la complicidad financiera y política de Napoleón III.

Invitó a los cismáticos orientales al Concilio Vaticano I, la cual invitación fue abiertamente desdeñada por la mayoría de las “iglesias que no están en comunión con la Santa Sede”. En ningún momento usó la palabra “cismático”.

Dirigió una carta a los “cristianos acatólicos” (comunidades protestantes) pidiendo que oraran por el buen éxito de este concilio ecuménico e invitándolos a volver al seno de la Iglesia. Y cuando algunos de ellos pidieron participar en las sesiones conciliares, les concedió reunirse con teólogos de primera línea en sesiones paralelas al Concilio, aunque no participar en las conciliares.

Por otra parte, impuso con vehemencia su poder contra los que sostenían la tesis de que el Concilio estaba por encima del Papa y al definir el dogma de la infalibilidad y a riesgo de malquistarse con un poderoso grupo de obispos, hizo incluir en la fórmula la aclaración “por sí y no por el consentimiento de la Iglesia”, ex sese et non consensu Ecclesiae con lo cual la prerrogativa pontificia quedó establecida solemnemente como personal del Vicario de Cristo y frenó el peligro de una colegialidad desbordada, atizada por los gobiernos nacionales para favorecer cismas (Prusia, Suiza, Piamonte, Francia).

El Papa actuó de un modo que muchos no entendieron. Ciertamente en algunas cosas se equivocó, lo podemos constatar a la luz de la historia. En otras fue profético.

Hoy en día la situación es analogable hasta cierto punto. En lo referente al mundo hostil que avanza sobre la Iglesia, y a la prensencia de muchísimos prelados y miembros del clero que practican una doctrina “confundida en los principios”. En otros, es la inversa: El último concilio, lejos de aventar estas doctrinas, por razones que el propio papa actual admite, las ha disparado.

Pero no hay que olvidar dos temas permanentes en la vida de Juan María Mastai-Ferreti: su amor por los pobres y su preocupación por la “cuestión social”. Siendo laico, mientras esperaba superar graves impedimentos de salud para llegar al sacerdocio (epilepsia) practicó la caridad para con los abandonados en diversos orfanatos que lo tuvieron como alma de sus actividades. Siendo sacerdote, fue uno de sus apostolados preferidos, solo interrumpido por su viaje a América (Uruguay, Argentina y Chile por destino) como secretario de una delegación pontificia. Igualmente han quedado en Chile rastros de su caridad, inclusive hasta en su testamento.

La cuestión social fue tema de preocupación cuando como obispo y como papa encaró reformas políticas y económicas para favorecer a la población más desfavorecida. Cuando perdió su poder temporal, favoreció la creación de movimientos laicos, una especie de anticipo de la Acción Católica, que dedicó gran parte de su apostolado a las obras de formación y caridad. También favoreció movimientos políticos católicos que defendieron los derechos de la Iglesia conculcados por el estado.

Según opina Chirón, la Rerum Novarum de su sucesor, León XIII, a la sazón cardenal camarlengo del cónclave y persona de su confianza, fue la plasmación formal de las preocupaciones de Pío IX que él no pudo realizar, a causa de su salud declinante y su edad avanzada.

León XIII no dio lugar a los diversos pedidos de apertura de causa de canonización. A su muerte, San Pío X autorizó el proceso y a pesar de los años transcurridos, 243 testigos directos acreditaron sus virtudes heroicas. Fue beatificado en 2000 por el Papa Juan Pablo II tras la consulta a una comisión de seis miembros sobre la oportunidad de dicha declaración. Uno solo se opuso. Fue el P. Martina, uno de sus biógrafos más fecundos. Argumentó que no podía elevarse al honor de los altares al papa que había condenado todos los principios en los que se basa la sociedad moderna.


No fue el único aserto paradójico: el teólogo Yves Congar, una de las “cabezas” del Concilio Vaticano II admitió en su obra “La Crisis de la Iglesia y Mons. Lefebvre” que “no podemos negar que tal texto [Declaración conciliar sobre la libertad religiosa] dice materialmente cosas distintas al Syllabus de 1864, e incluso casi lo contrario de las proposiciones 15 y 77 a 79 de ese documento”.

Toda una confesión de parte…

(*) Pío IX, alocución del 16 de junio de 1871 a la delegación católica francesa que lo visitó para reiterarle su lealtad al Papa, después de que Francia retiró su apoyo a la Santa Sede y la dejó en manos de la monarquía masónica del Piamonte. Inmediatamente el Emperador Napoleón III sufrió una insurrección que lo destituyó (la Comuna de París) y durante cuyos disturbios fue fusilado el arzobispo de esa ciudad y otros 51 rehenes católicos.

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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