Panorama Católico

Pío XII: Carta Encíclica Fidei Donum

Se celebra en
Europa un simposio con ocasión del cincuentenario de la Carta Encíclica
Fidei Donum. Es una buena ocasión para recordar estas letras
apostólicas sobre las misiones, en tiempos en que tanto se habla de
la “nueva evangelización” y tan pocos resultados se aprecian.

Se celebra en
Europa un simposio con ocasión del cincuentenario de la Carta Encíclica
Fidei Donum. Es una buena ocasión para recordar estas letras
apostólicas sobre las misiones, en tiempos en que tanto se habla de
la “nueva evangelización” y tan pocos resultados se aprecian.

A los venerables hermanos patriarcas,
primados, arzobispos, obispos
y demás ordinarios de lugar,
en paz y comunión con la Sede Apostólica

El don de la fe

1. El don de la fe, al cual siguen en las almas por gracia de
Dios tan incomparables riquezas, exige que sin cesar mostremos nuestra gratitud
al Señor, su divino Autor.

La fe, en efecto, nos introduce en los sacros misterios de la
vida divina; nos mantiene en la esperanza de la felicidad eterna y es el sólido
fundamento, a través de la vida terrenal, de la unidad en la sociedad cristiana,
conforme a lo dicho por el Apóstol: «Unus Dominus, una fides, unum baptisma» (Ef 4, 5). Ella es, por excelencia, el don que hace brotar de nuestros labios el
himno del reconocimiento: «Quid retribuam domino pro omnibus quae retribuit mihi?».
¿Qué ofreceremos, pues, al Señor a cambio de este don divino, además del
homenaje de la mente, si no es nuestro celo en difundir cada vez más entre los
hombres el esplendor de la verdad divina? El espíritu misionero, animado por el
fuego de la caridad, es en cierto modo la primera respuesta de nuestra gratitud
para con Dios, al comunicar a nuestros hermanos la fe que nosotros hemos
recibido.

Considerando por un lado las innumerables legiones de hijos
nuestros que, sobre todo en los países de antigua tradición cristiana,
participan del bien de la fe, y, por otro, la masa aún mas numerosa de los que
todavía esperan el mensaje de la salvación, sentimos el ardiente deseo de
exhortaros, venerables hermanos, a que con vuestro celo sostengáis la causa
santa de la expansión de la Iglesia en el mundo. ¡Quiera Dios que, como
consecuencia de nuestro llamamiento, el espíritu misionero penetre más a fondo
en el corazón de todos los sacerdotes y que, a través de su ministerio, inflame
a todos los fieles!

Preocupación misionera de la Iglesia

2. No es ciertamente la primera vez, bien lo sabéis, que
nuestros predecesores y Nos mismo os hablamos sobre este grave argumento,
particularmente apropiado para fomentar el fervor apostólico de los cristianos,
que se han vuelto más conscientes de los deberes que exige la fe recibida de
Dios[1]. Oriéntese este fervor hacia las regiones descristianizadas de Europa y
hacia las vastas regiones de América del Sur, donde sabemos que las necesidades
son grandes; póngase al servicio de tantas importantes misiones de Asia y
Oceanía, allí sobre todo donde el campo de lucha sea difícil; sostenga
fraternalmente a los miles de cristianos, particularmente amados por nuestro
corazón, que son honor a la Iglesia porque conocen la bienaventuranza evangélica
de los que «sufren persecución por la justicia» (Mt 5, 10); tenga compasión de la miseria
espiritual de las innumerables víctimas del ateísmo moderno, de los jóvenes,
especialmente, que crecen en la ignorancia y a veces hasta en el odio de Dios.
Problemas todos ellos necesarios, apremiantes, que exigen de cada cual un
despertar de energía apostólica, suscitador «de inmensas falanges de apóstoles,
semejantes a las que conoció la Iglesia en su alborear» [2].

Mas,
aun teniendo presentes en nuestro pensamiento y en nuestra oración
estos deberes indispensables, aun recomendándolos a vuestro celo, nos
ha parecido oportuno orientar hoy vuestras miradas hacia el África, en
este , momento en que se abre a la vida del mundo moderno y atraviesa
los años
tal vez más graves de su milenario destino.

I. LA SITUACIÓN DE LA IGLESIA EN ÁFRICA

Logros conseguidos

3. La expansión de la Iglesia en África durante los últimos
decenios es para los cristianos un motivo de alegría y de orgullo. Conforme al
empeño que Nos asumimos, luego de nuestra elevación al Sumo Pontificado, «de no
dejar de hacer esfuerzo alguno con el fin de que… la cruz, en la que se
encuentran la salvación y la vida, extienda su sombra hasta las más remotas
tierras del mundo» [3],
hemos favorecido con todo nuestro poder el progreso del Evangelio en
aquel continente. Las circunscripciones eclesiásticas se han
multiplicado en él; el número de los católicos ha aumentado
considerablemente y continúa aumentando con ritmo rápido. Hemos tenido
la alegría de instituir en muchos países la jerarquía eclesiástica y de
elevar ya a numerosos sacerdotes africanos a la plenitud del
sacerdocio, conforme al «fin último» e la labor misional: «establecer
sólida y definitivamente la Iglesia en nuevos pueblos»[4]. Así es como, dentro de
la gran familia católica, las jóvenes iglesias africanas ocupan hoy el lugar que
les corresponde, saludadas con fraternal corazón por las diócesis más antiguas que las han precedido en la fe.

Legiones de apóstoles, sacerdotes, religiosos y religiosas,
catequistas y colaboradores seglares han conseguido tan consoladores resultados
gracias a una labor cuyos ocultos sacrificios tan sólo Dios conoce. A todos y
cada uno de ellos se dirigen nuestro paternal agradecimiento y nuestra
felicitación, allí, como en todas partes, la Iglesia puede sentirse orgullosa de
la labor de sus misioneros. Y, sin embargo, la magnitud de la obra realizada no
podría hacer olvidar que «la labor que queda por hacer requiere un esfuerzo
inmenso e innumerables operarios»[5]. En el momento en que la instauración de la
jerarquía podría hacer creer erróneamente que la actividad misionera está ya
para terminar, más que nunca la «solicitud de todas las Iglesias» (cf. 2Co 11;
28)del vasto continente africano llena nuestro espíritu de angustia. ¿Cómo, pues, no habría
de estremecerse nuestro corazón al considerar, desde esta Sede Apostólica, los
graves problemas allí planteados por la extensión y la intensificación de la
vida cristiana, cuando comparamos la amplitud y el apremio de los deberes por un
lado, y por otro el número ínfimo de operarios apostólicos y su falta de medios?
Sufrimiento este que os confiamos a vosotros, venerables hermanos, y nos
complace pensar que la prontitud y la generosidad de vuestra respuesta hará que
brille de nuevo la esperanza en el corazón de tantos apóstoles generosos.

Dificultades actuales

4. Os son conocidas las condiciones generales dentro de las que se desarrolla
en África la labor de la Iglesia; son, en verdad, difíciles. La mayor parte de
esos territorios está pasando por una fase de evolución social, económica y
política, que está saturada de consecuencias para su porvenir; mas obligado es
reconocer que las numerosas incidencias de la vida internacional sobre las
situaciones locales no siempre permiten, incluso a los hombres más prudentes,
graduar las etapas que serían necesarias para el verdadero bien de aquellos
pueblos. La Iglesia, que en el curso de los siglos ha visto nacer y
engrandecerse a tantas naciones, no puede dejar de prestar hoy una atención
especial a la entrada, por parte de los nuevos pueblos, en las responsabilidades
de la libertad política. Ya en muchas ocasiones Nos hemos invitado a las
naciones interesadas a que procedan en este camino con espíritu de paz y de
comprensión recíproca. «Que una libertad política justa y progresiva no sea
negada a estos pueblos (que a ella aspiran), y que no se ponga obstáculo a
ella», decíamos a los unos; y aconsejábamos a los otros «reconocer a Europa el
mérito de su progreso: sin su influencia, extendida a todos los terrenos,
podrían ser arrastrados por un ciego nacionalismo hacia el caos y la esclavitud»[6].
Al renovar ahora esa doble exhortación, formulamos votos para que se continúe en
África una obra de colaboración constructiva, libre de prejuicios y
susceptibilidades recíprocas, preservada de las seducciones y estrecheces del
falso nacionalismo, y capaz de extender a esas poblaciones, ricas en recursos y
en su porvenir, los verdaderos valores de la civilización cristiana, que tan
buenos frutos han dado ya en otros continentes.

Peligros internos y externos

5. Sabemos, por desgracia, que el materialismo ateo ha difundido en varias
regiones de África su virus de división, atizando las pasiones, enfrentando a
pueblos y razas unos contra otros, aprovechando auténticas dificultades para
seducir los espíritus con fáciles espejismos o para sembrar la rebelión en los
corazones. En nuestra solicitud por un auténtico progreso humano y cristiano de
las poblaciones africanas, queremos renovar aquí, con respecto a ellas, las
graves y solemnes advertencias que en varias ocasiones hemos dirigido a
propósito de este punto a los católicos de todo el mundo; felicitamos a sus
pastores por haber denunciado firmemente ya, en más de una circunstancia, a sus
fieles el peligro a que les exponen los falsos pastores.

Pero mientras los enemigos del nombre de Dios llevan a cabo en ese continente
sus esfuerzos insidiosos o violentos, hay que denunciar otros graves obstáculos
que se oponen en ciertas regiones a los progresos de la evangelización. Bien
conocéis de modo particular la fácil atracción que ejerce sobre gran número de
espíritus una concepción religiosa de la vida, que, aun empeñada en profesar el
culto de Dio s, arrastra, sin embargo, a sus secuaces por un camino que no es el
de Jesucristo, único Salvador de todos los pueblos. Nuestro corazón de Padre
está abierto a todos los hombres de buena voluntad; pero, Vicario de Aquel que
es el Camino, la Verdad y la Vida, Nos no podemos considerar semejante estado de
cosas sin un vivo dolor. Varias, por otro lado, son las causas de ello: a menudo
se trata de causas históricas recientes, y no siempre le ha sido ajena la
actitud de naciones que, sin embargo, se glorían de su pasado cristiano. Hay,
pues, en todo cuanto al porvenir católico de África se refiere, un motivo de
serias preocupaciones. ¿Comprenderán específicamente los hijos de la Iglesia la
obligación de ayudar más eficazmente y a tiempo a los misioneros del Evangelio
para que lleven la nueva de a verdad salvadora a los casi ochenta y cinco
millones de africanos de raza negra apegados aún a las creencias paganas?

Llamada especial

6. Este orden de consideraciones resulta aún más grave —en
general— por el rápido precipitarse de los acontecimientos. Los obispos y los
elementos selectos entre los católicos de África tienen plena conciencia de
ello. En un momento en que se buscan nuevas estructuras, en tanto que algunos
pueblos corren el riesgo de entregarse a las más falaces seducciones de una
civilización técnica, la Iglesia tiene el deber de ofrecerles, en la medida más
grande posible, las sustanciales riquezas de su doctrina y de su vida,
mantenedoras de un orden social cristiano. Cualquier retraso entrañaría
peligrosas consecuencias. Los africanos, que en pocos decenios están recorriendo
las etapas de una evolución que el Occidente ha realizado a lo largo de varios
siglos, se sienten más fácilmente arrastrados y seducidos por la enseñanza
científica y técnica que se les da, así como por las influencias materialistas a
que se ven sometidos. Por este motivo pueden producirse, en unos lugares u
otros, situaciones difícilmente reparables, que lleven consigo el dañar
necesariamente la penetración del catolicismo en las almas y en las sociedades.
Es preciso, ya desde ahora, dar a los pastores de almas las posibilidades de
acción proporcionadas a la importancia y a las crecientes exigencias de la
actual coyuntura.

Nuevas posibilidades de acción

7. Ahora bien: salvo raras excepciones, estas posibilidades de acción
misionera son aún inferiores sin parangón a la labor que es preciso realizar; y
aun cuando semejante penuria, por desgracia, no es sólo de África, allí se
siente vivamente, sin embargo, debido a las circunstancias. No será inútil,
venerables hermanos, daros sobre este punta algunas indicaciones particulares.

En las nuevas misiones, por ejemplo en algunas de las fundadas tan sólo hace
una decena de años, no puede esperarse, hasta que no pase mucho tiempo, una
notable ayuda del clero local; y los demasiado pocos misioneros, desparramados
por inmensos territorios, donde trabajan además otras confesiones no católicas,
ya no pueden atender a todas las peticiones. Se encuentran a veces cuarenta
sacerdotes, en alguna zona, para casi un millón de almas, entre las cuales
solamente veinticinco mil convertidos; y en otro lugar, hay cincuenta sacerdotes
para una población de dos millones de habitantes, cuando ya los sesenta mil
fieles bastarían por sí solos para absorber el tiempo de los misioneros. Leyendo
estas cifras, un corazón cristiano no puede permanecer insensible. Veinte
sacerdotes más en una región determinada permitirían hoy implantar en ella la
cruz, mientras que el día de mañana, esa misma tierra, trabajada por otros
operarios que no son los del Señor, se habrá vuelto impermeable, tal vez, a la
verdadera fe. Por lo demás, no basta anunciar el Evangelio: en la crisis social
y política que África está pasando, preciso es formar muy pronto un grupo
selecto de cristianos en medio de un pueblo aún neófito; pero ¿en qué proporción
habrá de multiplicarse el número de misioneros para permitirles llevar a cabo
esta obra de formación personal de las conciencias? A semejante escasez de
hombres se añade, además, casi siempre una falta de medios que a veces raya en
la miseria. ¿Quién dará a estas nuevas misiones, situadas por lo general en
regiones pobres, pero importantes para lo futuro de la evangelización, la
generosa ayuda, de la que tienen necesidad tan apremiante? El misionero sufre al
verse de tal manera privado de medios frente a semejantes deberes: no pide ser
admirado, pero si espera ser ayudado a fundar la Iglesia allí donde el hacerlo
es aún posible.

Continuar lo comenzado

8. En las misiones más antiguas, en donde la proporción ya considerable de
católicos y su fervor son para nuestro corazón motivo de alegría, las
condiciones del apostolado, aunque diversas, no causan menos preocupación.
También allí la falta de sacerdotes se deja sentir duramente. Aquellas diócesis
o vicariatos apostólicos tienen que desarrollar, en efecto, sin tardanza, las
obras indispensables para la expansión e irradiación del catolicismo: es
necesario fundar colegios y difundir la enseñanza cristiana en sus diversos
grados; hay que dar vida a organismos de acción social que animen la labor de
los grupos selectos de cristianos que sirven a la sociedad civil; es preciso
multiplicar la prensa católica en todas sus formas y preocuparse por las
técnicas modernas de difusión y cultura, pues conocida es la importancia, en
nuestros días, de una opinión pública formada e iluminada; es preciso, sobre
todo, dar un desarrollo creciente a la Acción Católica y satisfacer las
necesidades religiosas y culturales de una generación que, privada de alimento
indispensable, se encontraría expuesta al peligro de ir a buscar fuera de la
Iglesia su alimento. Pues bien: para hacer frente a todas estas diversas
finalidades, los pastores de almas tienen necesidad no sólo de medios más
abundantes, sino también, y ante todo, de colaboradores preparados para estos
ministerios más especializados y, por lo tanto, más difíciles. Tales apóstoles
no pueden improvisarse; a menudo faltan, y, sin embargo, el problema es
apremiante, si no se quiere perder la confianza de grupos selectos que están
surgiendo. Queremos expresar aquí toda nuestra gratitud a las Congregaciones
religiosas, los sacerdotes y a los militantes seglares, los cuales, conscientes
de la gravedad de la hora, han acudido, incluso espontáneamente, a esas
necesidades. Iniciativas de este género han dado fruto ya, y, unidas a la
abnegación de todos, hacen concebir grandes esperanzas; mas nuestro deber es
proclamar que en este campo queda por hacer todavía una labor inmensa.

Necesidad de más misioneros

9. Y aun el progreso mismo de la misiones plantea a la Iglesia, en algunos
territorios, una nueva dificultad. En efecto, el éxito de la evangelización
exige un proporcionado aumento del número de apóstoles si no quiere ponerse en
peligro tan magnífico desarrollo. Pues bien: las Congregaciones misioneras se
ven solicitadas de todas partes y la insuficiencia de vocaciones no les permite
atender tantas peticiones simultáneas. Sabed, venerables hermanos, que el número
de sacerdotes, en comparación con el de fieles, se encuentra en disminución en
África. El clero africano aumenta, indudablemente; pero tan sólo dentro de
muchos años podrá, en las propias diócesis, tomar completamente en sus manos el
gobierno de las mismas, aunque con la ayuda de los misioneros que les llevaron
la fe. Esas jóvenes cristiandades del África no pueden en el presente, con sus
recursos actuales, desempeñar su unción en el momento decisivo por el que
atraviesan. ¿Servirán las dificultades de semejante situación para recordar su
deber misional a tantos de nuestros hijos que no agradecen lo suficientemente a
Dios el don de la fe recibido en su familia cristiana y los medios de salvación
que se les han puesto al alance de su mano?

II. EL CONCURSO DE TODA LA IGLESIA

Tarea de todos

10. Venerables hermanos, estas condiciones de apostolado, que hemos descrito
a grandes rasgos, demuestran claramente que en África ya no se trata de uno de
esos problemas restringidos y locales que pueden resolverse cómodamente poco a
poco e independientemente de la vida general del mundo cristiano. Si en otros
tiempos «la vida de la Iglesia, en su aspecto visible, se desarrollaba
preferentemente en los países de la vieja Europa, desde donde se difundía… a
lo que podía llamarse la periferia del mundo, hoy aparece, por lo contrario,
como un intercambio de vida y energías entre todos los miembros del Cuerpo
místico de Cristo en la tierra» [7].
Las repercusiones de la situación católica en África rebasan con mucho las
fronteras de ese continente, y es necesario que de toda la Iglesia, bajo el
impulso de esta Sede Apostólica, venga la respuesta fraternal a tantas
necesidades.

Corresponsabilidad de los obispos

11. Con toda razón, pues, en una hora importante para la expansión de la
Iglesia, Nos nos dirigimos a vosotros, venerables hermanos, «Pues así como en
nuestro organismo mortal, cuando un miembro sufre todos los otros sufren también
con él (1Co 12, 26), y los sanos prestan socorro a los enfermos, así
también en la Iglesia los diversos miembros no viven únicamente para sí mismos,
sino que ayudan también a los demás, y se ayudan unos a otros, ya para mutuo
alivio, ya también para edificación cada vez mayor de todo el cuerpo»[8].
Pues bien, ¿no son los obispos, en verdad, «los principales miembros de la
Iglesia universal, como quienes están ligados por un vínculo especialísimo con
la Cabeza divina de todo el Cuerpo, y por ello con razón son llamados partes
principales de los miembros del Señor»?[9] ¿Acaso no
debe decirse de ellos más que de ningún otro que Cristo, Cabeza del Cuerpo
místico, «también necesita de sus miembros: en primer lugar, porque la persona
de Cristo es representada por el Sumo Pontífice, el cual, para no sucumbir bajo
la carga de su oficio pastoral, tiene que llamar a participar de sus cuidados a
otros muchos»?[10]

Unidos con más estrecho lazo tanto a Cristo como a su Vicario, estaréis
dispuestos, venerables hermanos, a tomar, con espíritu de viva caridad, vuestra
parte en esta solicitud de todas las Iglesias que sobre nuestras espaldas pesa
(cf. 2Co 11, 28). Estimulados por la caridad de Cristo (cf. 2Co 5,
4), os mostraréis contentos de sentir a
fondo con Nos el imperioso deber de propagar el Evangelio y de fundar la Iglesia
en todo el mundo; y os alegraréis de haber difundido largamente, entre vuestro
clero y vuestro pueblo, un espíritu de oración y de ayuda recíproca, según la
medida del Corazón de Cristo. «Si quieres amar a Cristo —decía San Agustín—,
propaga la caridad por toda la tierra, porque los miembros de Cristo se
encuentran doquier por todo el mundo»[11].

No cabe duda alguna de que tan sólo al apóstol Pedro y a sus sucesores, los
Romanos Pontífices, ha confiado Jesús la totalidad de su grey: «Apacienta mis
corderos, apacienta mis ovejas» (Jn 21, 16-17); mas si todo obispo es propio solamente de la
porción de grey confiada a sus cuidados, su caridad de legítimo sucesor de los
apóstoles por institución divina y en virtud del oficio recibido, le hace
solidariamente responsable de la misión apostólica de la Iglesia, conforme a la
palabra de Cristo a sus apóstoles: «Como me envió el Padre, así también yo os envío»
(Jn 20, 21). Esta misión, que tiene que abarcar a todas las naciones y a todos los
tiempos (Mt 28, 19-20), no cesó con la muerte de los apóstoles: continúa en la persona de
todos los obispos en comunión con el Vicario de Jesucristo. En ellos, que son
por excelencia los enviados, los misioneros del Señor, reside en su plenitud «la
dignidad del apostolado, que es la principal en la Iglesia», según afirma Santo
Tomás de Aquino[12]. Desde su corazón, este fuego apostólico llevado por Jesús a
la tierra habrá de comunicarse al corazón de todos nuestros hijos y resucitar en
ellos un nuevo ardor para la acción misionera de la Iglesia en el mundo.

Catolicidad y universalismo

12. Además, este interés por las necesidades universales de la Iglesia
demuestra verdaderamente en forma viva y verdadera la catolicidad de la Iglesia:
«El espíritu misional y el espíritu católico, decíamos hace ya algún tiempo, son
una misma cosa. La catolicidad es una nota esencial de la verdadera Iglesia:
hasta tal punto que un cristiano no es verdaderamente afecto y devoto a la
Iglesia si no se siente igualmente apegado y devoto de su universalidad,
deseando que eche raíces y florezca en todos los lugares de la tierra»[13].
Nada, pues, es más extraño a la Iglesia de Jesucristo que la división; nada es
más nocivo para su vida que el aislamiento, que el concentrarse en sí misma,
que todas las formas de egoísmo colectivo que inducen a una comunidad cristiana,
cualquiera que sea, a encerrarse en sí misma. «Madre de todas las naciones y de
todos los pueblos, no menos que de todos y cada uno de los hombres, la Iglesia, Sancta Mater Ecclesia, no es ni puede ser extranjera en ningún lugar; ella vive,
o al menos por su naturaleza debe vivir, en todos los pueblos»[14].Inversamente,
podríamos decir que nada de lo que afecta a la Iglesia nuestra Madre es o puede
ser ajeno a un cristiano; del mismo modo que su fe es la fe de toda la Iglesia,
su vida sobrenatural es la vida de toda la Iglesia, así también las alegrías y
angustias de la Iglesia habrán de ser sus alegrías y sus angustias; las
perspectivas universales de la Iglesia serán las perspectivas normales de su
vida cristiana; y espontáneamente, entonces, los llamamientos de los Romanos
Pontífices para las grandes misiones apostólicas en el mundo tendrán eco en su
corazón, plenamente católico, como los llamamientos más estimados, más graves y
más apremiantes.

III. TRIPLE DEBER MISIONERO

Oración y sacrificio

13. Misionera desde su origen, la santa Iglesia no ha cesado, para realizar la
obra en la que no podía fallar, de dirigir a sus hijos una triple invitación: a
la oración, a la generosidad y, para algunos, a la entrega de sí mismos. Hoy, de
nuevo, las misiones, sobre todo las de África, esperan del mundo católico esta
triple asistencia.

Por lo tanto, venerables hermanos, Nos deseamos, en primer lugar, que por esta
intención se rece más y con un mayor fervor. Vuestro deber es sostener, entre
vuestros sacerdotes y fieles, una súplica instante e intensa en pro de tan santa
causa; alimentar esa oración con una adecuada enseñanza y con constantes
informaciones sobre la vida de la Iglesia; estimularla, en fin, en determinados
períodos del año litúrgico, más adecuados para recordar el deber misional de los
cristianos: pensamos, sobre todo, en el período del Adviento, que es el de la
espera de la humanidad y de los caminos providenciales de preparación para la
salvación; en la festividad de la Epifanía, que manifiesta cómo esta salvación
ya ha llegado al mundo, y en la de Pentecostés, que celebra la fundación de la
Iglesia gracias al soplo del Espíritu Santo.

Pero la forma más excelente de la oración, ¿no es acaso la que Cristo, Sumo
Sacerdote, dirige diariamente, Él mismo, al Padre en los altares, en los que se
renueva su sacrificio redentor? Durante estos años, tal vez decisivos para el
porvenir del catolicismo en muchos países, multipliquemos las misas celebradas
por las intenciones de las misiones; son las intenciones mismas de Nuestro
Señor, que ama a su Iglesia y que la quisiera ver extendida y floreciente por
los lugares todos de la tierra. Sin discutir en modo alguno la legitimidad de las
peticiones particulares de los fieles, conviene recordarles las intenciones
primordiales ligadas indisolublemente al acto mismo del sacrificio eucarístico y
que, por lo demás, están inscritas en el Canon de la misa latina: In primis…
pro Ecclesia tua sancta catholica, quam pacificare, custodire, adunare et
regere digneris toto orbe terrarum
. Estas perspectivas más elevadas serán mejor
comprendidas, por otra parte, si se tiene presente en el espíritu, según la
enseñanza de nuestra encíclica Mediator Dei, que toda misa celebrada es
esencialmente una acción de la Iglesia, ya que «el ministro del altar representa
en ella a la persona de nuestro Señor Jesucristo, que es cabeza de todos los
miembros por los cuales se ofrece»[15]; es, por lo tanto, la Iglesia toda la que,
por medio de Cristo, presenta al Padre la ofrenda santa pro totius mundi
salute
. ¿Cómo, pues, no habría de elevarse la oración de los fieles, en
unión con el Papa, los obispos y toda la Iglesia, a fin de implorar de Dios una
nueva efusión del Espíritu Santo, gracias a la cual profusis gaudiis, totus
in orbe terrarum mundos exsultat?
(Praef. Pentec.) Orad, pues,
venerables hermanos y amados hijos: orad más y más, y sin cesar. No dejéis de
llevar vuestro pensamiento y vuestra preocupación hacia las inmensas necesidades
espirituales de tantos pueblos todavía tan alejados de la verdadera fe, o bien
tan privados de socorros para perseverar en ella. Dirigíos al Padre celestial y,
con Jesús, repetid la oración, que fue la de los primeros apóstoles y continúa
siendo la de los operarios apostólicos de todos los tiempos: Sanctificetur
nomen tuum, adveniat regnum tuum, fiat voluntas tua sicut in caelo et in terra!
Por honor de Dios y por el esplendor de su gloria, queremos que su reino de
justicia, de amor y de paz se establezca alguna vez en todo lugar. Si este celo
por la gloria de Dios va unido a una ardiente caridad hacia los propios
hermanos, ¿no es acaso por excelencia el celo misional? Así se ayuda a los
apóstoles, que son, ante todo, los heraldos de Dios.

Cooperación económica

14. Pero ¿sería sincera una oración por la Iglesia misionera si no fuera
acompañada, en la medida de las propias posibilidades, por obras de generosidad?
Nos conocemos ciertamente más que nadie la inagotable caridad de nuestros hijos;
Nos, que de ella recibimos incesantemente conmovedoras y múltiples pruebas. Nos
sabemos que gracias a su generosidad han podido ser una realidad los
maravillosos progresos de la evangelización desde los comienzos de este siglo.
Nos deseamos dar las gracias aquí a nuestros amados hijos y amadas hijas que se
dedican al servicio de las misiones por una caridad activa e ingeniosa. Queremos
rendir homenaje especial, además, a los que en las Pontificias Obras Misioneras
se consagran a la labor —a veces ingrata, pero ¡cuán noble!— de extender la mano
en nombre de la Iglesia en favor de las jóvenes cristiandades, su orgullo y su
esperanza. De todo corazón les felicitamos y expresamos también nuestra gratitud
a todos los miembros de la Sagrada Congregación de Propaganda Fide, los cuales,
bajo la dirección de nuestro dilecto hijo el cardenal prefecto, desempeñan la
importante función de servir al progreso de la Iglesia en vastos continentes.

Nuestro oficio apostólico nos impone, sin embargo, un deber, venerables
hermanos: el de deciros que estos dones, recibidos con tanta gratitud, están muy
lejos, desgraciadamente, de bastar a las crecientes necesidades del apostolado
misionero. Recibirnos continuamente angustiosos llamamientos de pastores, que
ven el bien que hay que hacer, el mal que hay que eliminar con urgencia, el
edificio que es necesario construir, la obra que hay que fundar; grande es
nuestro sufrimiento por no poder dar a esas peticiones tan legítimas más que una
respuesta parcial e insuficiente. Esto acontece, por ejemplo con la Obra
Pontificia de San Pedro Apóstol: los subsidios que concede a los seminarios de
los países de misión son considerables, pero las vocaciones son, gracias a Dios,
cada año más numerosas y requerirían fondos aún más importantes. ¿Será, pues,
necesario limitar estas providenciales vocaciones en la medida de las cantidades
de que se dispone? ¿Se habrán de cerrar, por falta de dinero, las puertas del
seminario a jóvenes generosos y de óptimas esperanzas, como se nos ha dicho que
ha ocurrido en algunos casos? No; no queremos creer que el mundo cristiano,
puesto ante sus responsabilidades, no haya de ser capaz del esfuerzo excepcional
que se le exige para enfrentarse con tales necesidades.

No ignoramos la dureza de los tiempos actuales y las dificultades de las
diócesis antiguas de Europa y de América. Pero, si se citaran cifras, se vería
en seguida cómo la pobreza de los unos es relativo bienestar frente a la miseria
de los otros. Vano parangón, de otra parte, puesto que se trata no tanto de
formar presupuestos cuanto de exhortar a todos los fieles, según ya lo hemos
hecho en otra circunstancia solemne, a que «acogiéndose de buen grado a las
banderas de la cristiana mortificación y en su afán de la propia abnegación,
vayan aún más allá de lo que prescriben las leyes morales, cada cual según sus
propias fuerzas, según los movimientos de la gracia divina, según lo conlleve su
estado y su vocación… Lo que a la vanidad se sustrajere, añadíamos, se dará a
la caridad, se dará con misericordia a la Iglesia y a los pobres»[16].
Con el dinero que el cristiano gasta a veces en gustos pasajeros, ¡cuánto no
haría aquel misionero, paralizado en su apostolado por falta de medios!
Interróguese sobre este punto cada uno de los fieles, cada familia, cada
comunidad cristiana. Recordando la generosidad de nuestro Señor Jesucristo, «que
de rico se hizo pobre por vosotros, para enriqueceros con su pobreza» (2Co 8, 9), dad de
lo que os sobrare, y a veces hasta dad de lo que necesitareis. De vuestra
liberalidad depende el desarrollo del apostolado misionero. La faz del mundo
podría ser plenamente renovada con una victoria de la caridad.

Vocaciones misioneras para África

15. La Iglesia en África, como en los demás territorios de misión, está falta de
apóstoles. Por lo tanto, de nuevo nos dirigimos a vosotros, venerables hermanos,
para pediros que por todos los medios posibles favorezcáis todo cuanto se
refiere a las vocaciones misioneras: sacerdotes, religiosos y religiosas.

Os corresponde a vosotros, en primer lugar, fomentar entre vuestros fieles,
según decíamos hace poco, una condición de espíritu, una generosidad de alma que
les haga más sensibles a las preocupaciones universales ele la Iglesia y más
dispuestos a comprender la antigua llamada del Señor, cuyo eco resuena de edad
en edad: «Abandona tu pueblo, tu familia y la casa de tu padre y ve al lugar que
yo te indicaré» (Gén 12, 1). Una generación formada en estos ideales
verdaderamente
católicos, tanto en la familia corno en la escuela, en la parroquia, en la
acción católica y en las obras de piedad, una tal generación dará ciertamente
a la Iglesia los apóstoles, cuya necesidad siente ella, para anunciar el Evangelio
a todos los pueblos. Este soplo misionero, además, al animar el conjunto de
vuestras diócesis, será para vosotros una prenda de renovación espiritual. Una
comunidad cristiana que entrega sus hijos y sus hijas a la Iglesia no puede
morir. Y si es verdad que la vida sobrenatural es una vida de caridad y que se
acrecienta con la entrega de sí mismo, bien puede afirmarse que la vitalidad
católica de una nación si mide por los sacrificios de que es capaz por la causa
de las misiones.

Mas no basta formar una atmósfera favorable a esta causa; necesario es hacer
más. Gracias a Dios, existen numerosas diócesis tan generosamente provistas de
sacerdotes que se permiten sin correr por ello peligro alguno, el sacrificio de
algunas vocaciones. A ellas, sobre todo, nos dirigimos con paternal
insistencia: «Dad en proporción a vuestros medios» (cf. Lc 11, 41), pero Nos pensamos también
en aquellos de entre nuestros hermanos en el episcopado qué se sienten
angustiados por una dolorosa escasez de vocaciones sacerdotales y religiosas y
que ya no pueden hacer frente a las necesidades espirituales de sus ovejuelas.
Hacemos nuestros sus sufrimientos de pastores, y de buen grado les diremos como
San Pablo a los de Corinto: «No se trata, para socorrer a los demás, de reduciros a
la escasez, sino de aplicar el principio de igualdad» (2Co 2, 13). Que estas diócesis tan
probadas no se hagan sordas, sin embargo, al llamamiento de las misiones
lejanas. El óbolo de la viuda fue citado como ejemplo por nuestro Señor, y la
generosidad de una diócesis pobre para con otra diócesis más pobre no podría
empobrecerlo: Dios no se deja ganar en generosidad.

Las Obras Misionales Pontificias

16. Para resolver eficazmente los complejos problemas de las vocaciones
misioneras no pueden bastar, sin embargo, los esfuerzos aislados. Recordad,
pues, venerables hermanos, estos problemas en vuestras reuniones y en el cuadro
de las organizaciones nacionales, allí donde existan: será más fácil, en esta
escala, poner en juego los medios más apropiados para el despertar de las
vocaciones misioneras, y al mismo tiempo soportaréis más fácilmente las
responsabilidades que os hacen solidarios en el servicio de los intereses
generales de la Iglesia. Apoyad con generosidad en vuestras diócesis a la Unión Misional del Clero, tan frecuentemente recomendada por nuestros
predecesores y por Nos mismo. La acabamos de elevar a la dignidad de Obra
Pontificia, de suerte que nadie pueda poner en duda la estima que por ella
sentimos y la importancia que Nos concedemos a su desarrollo. Establézcase, en
fin, en todas partes una estrecha coordinación de esfuerzos, condición
indispensable para el éxito, entre los pastores de almas y los que trabajan más
inmediatamente por las Misiones; pensamos, sobre todo, en los presidentes
nacionales de las Obras Pontificias Misionales, cuya labor facilitaréis
sosteniendo con vuestra autoridad y con vuestro celo los Consejos diocesanos de
esas mismas Obras; y también en los superiores de las tan beneméritas Congregaciones, a las que la Santa Sede no deja de hacer llamamientos para
responder a las necesidades más urgentes de las Misiones, pero que no pueden
aumentar el número de las vocaciones sin la benévola comprensión de los
ordinarios locales. Estudiad de común acuerdo el mejor modo de conciliar los
intereses reales de los unos y de los otros; si a veces estos intereses parecen
divergir de momento, ¿no será tal vez porque se deja de considerarlos con fe
suficiente dentro de la visión sobrenatural de la unidad y de la catolicidad de
la Iglesia?

Iniciativas especiales

17. Con el mismo espíritu de colaboración fraternal y desinteresada
cuidaréis, venerables hermanos, de ser solícitos en la asistencia espiritual de
los jóvenes africanos y asiáticos, a los que la continuación de sus estudios
llevare a residir temporalmente en vuestras diócesis. Privados de los cuadros
sociales naturales de su país de origen, a menudo se encuentran, y por varios
motivos, sin contacto suficiente con los centros de vida católica de las
naciones que les acogen. Por ello su vida cristiana puede peligrar, porque los
verdaderos valores de la nueva civilización que descubren les resultan aún
ocultos, en tanto que influencias materializantes les agitan a fondo, y
asociaciones ateas se esfuerzan por conquistar su confianza. Por lo tanto,
correspondiendo a las preocupaciones de los obispos de las Misiones, no
vacilaréis en destinar para este apostolado a algún sacerdote experimentado y
celoso de vuestras diócesis.

Otra forma de recíproca ayuda, ciertamente más incómoda, ha sido adoptada por
algunos obispos, que autorizan a algunos de sus sacerdotes, aun a costa de
sacrificios, a partir para ponerse, durante un tiempo limitado, al servicio de
los ordinarios de África. De esta manera prestan un incomparable servicio, tanto
para asegurar la introducción prudente y discreta de formas nuevas y más
especializadas del ministerio sacerdotal, como para sustituir al clero de dichas
diócesis en las exigencias de la enseñanza, eclesiástica y profana, a las que
aquél no puede hacer frente. Con gusto alentamos semejantes iniciativas
generosas y oportunas; preparadas y realizadas con prudencia, pueden llevar una
solución preciosa en un tiempo difícil, pero lleno de esperanza, del catolicismo
africano.

Misioneros seglares

18. Finalmente, la ayuda a las diócesis misioneras asume actualmente una
forma que es grata a nuestro corazón y que quisiéramos poner de relieve, antes
de terminar: Es la cooperación eficaz que militantes seglares, que actúan
ordinariamente dentro de los cuadros de los movimientos católicos nacionales o
internacionales, aceptan realizar un servicio de las jóvenes cristiandades. Su
trabajo exige abnegación, modestia y prudencia; pero ¡cuán preciosa es la ayuda
prestada de ese modo a esas diócesis que han de enfrentarse con tareas
apostólicas nuevas y apremiantes! Con sumisión plena al obispo del lugar,
responsable del apostolado, y en perfecta colaboración, de otra parte, con los
católicos africanos, que comprenden el beneficio de semejantes ayuda fraternal,
estos militantes seglares ofrecen a diócesis recientes el beneficio de una larga
experiencia de la acción católica y de la acción social, así como de todas las
demás formas de apostolado especializado. Facilitan, además, y no es éste el
menor beneficio, un rápido encuadramiento de las organizaciones locales en la
vasta red de instituciones católicas internacionales. De todo corazón Nos les
felicitamos por su celo al servicio de la Iglesia.

CONCLUSIÓN

19. Al dirigiros este grave y apremiante llamamiento en favor de las Misiones
de África, nuestro pensamiento —lo habréis ya comprendido perfectamente,
venerables hermanos— no se ha apartado en modo alguno de todos aquellos hijos
nuestros que se consagran al progreso de la Iglesia en otros continentes. Todos
nos son igualmente amados, sobre todo los que más sufren en las Misiones del
Extreme Oriente. Pues si peculiares circunstancias de África han sido la causa
de esta carta encíclica, no queremos terminarla sin dirigir una vez más nuestra
mirada hacia el conjunto de las Misiones católicas.

A vosotros, venerables hermanos, pastores responsables de las tierras recién
evangelizadas, que plantáis la Iglesia o la consolidáis a costa de tantos
trabajos, quisiéramos que nuestra carta os llevara no solamente el testimonio da
nuestra paternal solicitud, sino también la seguridad de que toda la comunidad
cristiana, advertida de nuevo sobre la amplitud y dificultades de vuestra
misión, se encuentra más que nunca a vuestro lado para sosteneros con sus
oraciones, sus sacrificios y el envío de sus mejores hijos. ¡Qué importa la
distancia material que os separa del Centro de la cristiandad! En la Iglesia,
¿no son acaso los más valientes y los más expuestos de sus hijos los que se
hallan más vecinos a su corazón? A vosotros, una vez más, misioneros, sacerdotes
del clero local, religiosos y religiosas, seminaristas, catequistas militantes
seglares, a todos vosotros, apóstoles de Jesucristo, en cualquier lugar remoto e ignorado donde os
encontréis, Nos renovamos la expresión de nuestra gratitud y de nuestra
esperanza; perseverad con confianza en la obra emprendida, orgullosos de seguir
a la Iglesia, atentos a su voz, cada vez más penetrados de su espíritu, unidos
por los vínculos de una caridad fraternal. ¡Que fuente de consuelo para
vosotros, amarlos hijos, y qué seguridad de victoria, el pensar que la oscura y
pacífica lucha que libráis al servicio de la Iglesia no es solamente vuestra, y
ni siquiera de vuestra generación o de vuestro pueblo: es, en verdad, la lucha
perenne de toda la Iglesia, en la que todos sus hijos han de sentir el deber de
tomar parte más activamente, pues que son deudores, a Dios y a sus hermanos, del
don de la fe recibido en el bautismo!

«Predicar el Evangelio no es para mí un título de gloria —decía el Apóstol de las
Gentes—, es una necesidad que me incumbe. ¡Ay de mí si no predicase el
Evangelio!» (1Co 9, 16). Estas enérgicas palabras, ¿cómo Nos, Vicario de Jesucristo, no
habremos de aplicarlas a Nos mismo, que, por nuestro oficio apostólico hemos
sido establecido en «calidad de heraldo y de apóstol… con la misión de enseñar
a las naciones paganas la fe y la verdad?» (1Tim 2, 7). Invocando, pues, sobre las misiones
católicas el doble patrocinio de San Francisco Javier y de Santa Teresita del
Niño Jesús, la protección de todos los santos mártires y, sobre todo, la
poderosa y maternal intercesión de María, Reina de los Apóstoles, dirigimos
nuevamente a la Iglesia la imperiosa y victoriosa invitación de su Divino
Fundador: «Duc in altum!» (Lc 5, 4)

Con la confianza de que todos los católicos responderán a nuestro llamamiento
con generosidad tan ardiente que, por la gracia de Dios, las Misiones puedan por
fin llevar hasta los confines de la tierra la luz del cristianismo y el progreso
de la civilización, impartimos de todo corazón, cual prenda de nuestra paternal
benevolencia y de los favores celestiales, a vosotros, venerables hermanos, a
vuestros fieles, a todos y a cada uno de los heraldos del Evangelio, por Nos tan
amados, nuestra bendición apostólica.

Dado en Roma, junto a San Pedro en la festividad de la Resurrección de
Nuestro Señor, 21 de abril de 1957, año decimonono de nuestro pontificado.


Notas

[1] Cf. Benedicto XV, Carta
apostólica Maximum illud: ASS 11 (1919) 440ss; Pío XII, Hom. Accipietis virtutem: ASS 14 (1922) 344ss; Pío XI, Encíclica Rerum
Ecclesiae
: ASS 18 (1926) 65ss; Pío XII, Enc. Evangelii praecones: ASS 43 (1951) 497ss
[2] AAS 44 (1952) 370.
[3] Aloc. 1 de mayo de 1939, Discorsi… 1, 87.
[4] Encíclica Evangelii
praecones
: ASS 43 (1951) 507.
[5] Ibíd., 505.
[6] AAS 48 (1956) 40.
[7] AAS 38 (1946) 20
[8] Encíclica Mystici Corporis: AAS 35 (1943) 200.
[9] Ibíd., 211
[10] Ibíd., 213
[11] San Agustín, In Ep.
Ioannis ad Parthos
10, 8: PL 35, 2060
[12] Expos. in Ep. ad Rom.,
1, 1 (ed. Parmae, 1862, 13, 4).
[13] Discorsi… 8, 328)
[14] AAS 38 (1946) 18.
[15] AAS 39 (1947) 556.
[16] AAS 42 (1950) 787.

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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