Panorama Católico

Pío XII: el Papa ultrajado

La
figura del papa Pío XII es una de las más controvertidas del siglo
XX. Para una gran parte de la opinión es
“el Papa que colaboró con los nazis”. Sin embargo, la realidad
de los hechos parece apuntar en sentido exactamente contrario, y así
fue reconocido por voces indiscutibles en el momento de su muerte, el
9 de octubre de 1958. A un año del cincuentenario de su fallecimiento,
ha comenzado una serie de actos para recuperar la memoria

La
figura del papa Pío XII es una de las más controvertidas del siglo
XX. Para una gran parte de la opinión es
“el Papa que colaboró con los nazis”. Sin embargo, la realidad
de los hechos parece apuntar en sentido exactamente contrario, y así
fue reconocido por voces indiscutibles en el momento de su muerte, el
9 de octubre de 1958. A un año del cincuentenario de su fallecimiento,
ha comenzado una serie de actos para recuperar la memoria
de Pío XII. Es un buen momento para recordar quién fue el papa Pacellli,
y también para reflexionar sobre la mecánica de la calumnia.

Por Rodolfo VARGAS
RUBIO

Decía sir Francis
Bacon, barón de Verulam: “Audaciter calumniare semper aliquid
haeret
”, lo que en romance equivale al célebre “Calumniemos,
calumniemos, que algo siempre quedará
” de Beaumarchais (frase
erróneamente atribuida a Voltaire, pero que no desdeciría de este
gran manipulador de la opinión en el siglo XVIII). Si hay alguien en
quien esta consigna se ha cebado con especial encarnizamiento, ése
es sin duda el papa Pío XII. Precisamente, su figura cobra actualidad
al haber anunciado el Sodalitium Internationale Pastor Angelicus el
inicio de una serie de actos que se llevarán a cabo, a partir de hoy,
en diferentes lugares y hasta el 9 de octubre del próximo año, en
conmemoración del cincuentenario de su muerte, en el marco de lo que
podríamos llamar un “año jubilar pacelliano”.

Así nació la calumnia

Cuando en 1958 Eugenio
Pacelli exhaló el último suspiro en la villa papal de Castelgandolfo,
el sentimiento de duelo fue unánime y ya no sólo en el seno del Catolicismo,
sino por parte de personalidades ajenas a la Iglesia en todo el mundo.
Pongamos unos cuantos ejemplos significativos y nada sospechosos de
parcialidad. El presidente estadounidense Eisenhower –de confesión
presbiteriana– declaró: “El mundo ahora es más pobre después
de la muerte del Papa Pío XII”. Golda Meir, ministra israelí de
Asuntos Exteriores, dijo: “Lloramos a un gran servidor de la paz que
levantó su voz por las víctimas cuando el terrible martirio se abatió
sobre nuestro pueblo”. El político izquierdista y hombre de Estado
francés Mendès-France (de origen sefardita) afirmó: “Quienquiera
que se ha acercado al Papa se ha asombrado por su valor como estadista,
cuya acción se extiende sobre uno de los periodos más dramáticos
de la historia. No se puede olvidar que en el ardor de su fe, la adhesión
a la paz fue uno de los constantes valores de su pontificado”. En
fin, y por no multiplicar las citas, he aquí las palabras del rabino
Jacob Philip Rudin, presidente de la Conferencia Central de Rabinos
Americanos: “Nos unimos con profunda conmoción a los millones de
miembros de la Iglesia católica romana por la muerte del papa Pío
XII. Su amplia simpatía por todos, su sabia visión social y su comprensión
hicieron de él una voz profética por la justicia en todas partes.
Que su recuerdo sea una bendición para la Iglesia católica romana
y para el mundo”.

Su enorme popularidad

Su enorme popularidad

Cinco años después,
una pieza teatral estrenada en Berlín consiguió girar las tornas y
el que hasta entonces había sido considerado un gran hombre a la par
que un gran Papa, se convertía de repente en un personaje vituperable
al que se acusaba de pusilanimidad, cinismo, oportunismo y filonazismo,
culpable de un silencio y una pasividad cómplices de la Shoah.
Die Stellvertreter (El Vicario)
,
del alemán Rolf Hochhuth, era una obra de ficción, pero cayó como
una bomba atómica sobre la bien asentada reputación de Pío XII. Esto
sería incomprensible si no tuviéramos en cuenta el influjo de la literatura
en el imaginario colectivo. Un buen ejemplo lo constituye el caso de
otro papa sobre el que grava una persistente leyenda negra: el valenciano
Rodrigo de Borja, que reinó como Alejandro VI y cuyo sólo nombre evoca
siniestras historias de envenenamientos, incestos y traiciones a pesar
de no haber sido un personaje ni mejor ni peor que sus inmediatos predecesores
y sucesores, ni que otros príncipes de su tiempo. Fue, eso sí, más
listo y afortunado, lo cual rara vez se perdona a un hombre poderoso.
Una propaganda insidiosa se cebó en su persona y en su familia, naciendo
así el prejuicio que hizo de una de las más ilustres dinastías del
Renacimiento una monstruosa saga, que ni los más serios estudios contemporáneos
han conseguido desmitificar. Y es que, salvo los especialistas, nadie
lee ediciones críticas de fuentes, ensayos documentados o sesudas monografías;
el tópico creado por la Literatura (especialmente la de la Ilustración
y la Romántica) resiste con la fuerza que tiene la narración directa
y efectista.

Lo mismo pasa con Pío
XII, con la diferencia que en vida nunca fue atacado (como lo fue Alejandro
VI), ya que no dejó resquicio a la maledicencia por lo irreprochable
de su conducta. Sus enemigos –que los tuvo– se guardaron bien de
ello, esperando una oportunidad propicia una vez que hubiera desaparecido.
Ésta llegó, como hemos visto, con el estreno de El Vicario.
Entonces arreciaron las críticas y los acerbos comentarios antipacellianos,
no obstante los aplastantes testimonios que demostraban que Pío XII,
contra lo que se sostenía en el drama de Hochhuth, sí intervino y
eficazmente a favor de los perseguidos, de la mejor manera en que las
gravísimas circunstancias sin precedentes de la Segunda Guerra Mundial
se lo permitieron. Un solo dato –entre los innumerables que podríamos
citar– basta para demostrarlo: el teólogo y diplomático judío Pinchas
Lapide, cónsul israelí en Milán entre 1956 y 1958, calculó que unos
850.000 judíos fueron salvados gracias a Pío XII, directa e indirectamente.
Viniendo de quien viene, el argumento no puede ser más fiable y la
información no ha sido hasta ahora desmentida ni rebatida.

Calumnia, que algo
queda

Sin embargo, han continuado
escribiéndose libros tendenciosos e infamantes contra el Papa Pacelli,
con tanto éxito editorial como falta de rigor histórico. El más reciente
y de mayor y más inmerecida fama es el que tiene por autor al ex seminarista
británico John Cornwell y que lleva el insidioso título de El Papa
de Hitler
, obra plagada de crasos errores históricos y en la cual
no se sabe si hay más mala fe que ignorancia. Afirma Cornwell que investigó
en el Archivo Secreto Vaticano y tuvo a la vista los testimonios del
proceso de beatificación de Pío XII, pero no aporta ninguna prueba
documental en apoyo de su tesis, que coincide extrañamente con la de
Hochhuth. Cualquier investigador serio sabe que hace décadas se publicaron,
por orden de Pablo VI, las Actas y Documentos de la Santa Sede relativos
a la Segunda Guerra Mundial
, edición preparada con esmero genuinamente
jesuítico por tres sacerdotes de la Compañía, de los cuales sobrevive
el R.P. Pierre Blet, colaborador del beato Juan XXIII y especialista
en historia de la diplomacia pontificia. Últimamente y por disposición
de Juan Pablo II, se desclasificaron otros archivos como los correspondientes
a las nunciaturas de Munich y Berlín, en las que el entonces Monseñor
Pacelli ejerció la representación de los papas Benedicto XV y Pío
XI sucesivamente. Todo este ingente fondo documental no interesa a los
que tienen una idea preconcebida acerca de Pío XII y no interesa por
la sencilla razón de que hasta ahora no ha emergido absolutamente nada
en apoyo de sus planteamientos.

Sale bajo el bombardeo de Roma a consolar a sus hijos

Sale bajo el bombardeo de Roma a consolar a sus hijos.

Hay que reconocer,
empero, que la campaña calumniosa contra este Romano Pontífice encontró
desgraciadamente un terreno abonado en el propio campo católico. No
eran pocos los que se sentían invadidos de un espíritu de revancha
contra el hombre que los mantuvo a raya férreamente para que no contaminaran
a la Iglesia con sus novedades deletéreas: los neomodernistas (a los
que atajó con la encíclica Humani generis), los seguidores
de la herejía antilitúrgica (desautorizados por la Mediator Dei);
los socialistizantes (cuyo experimento de los curas obreros se estrelló
contra la firmeza de Roma), los partidarios del diálogo y la colaboración
pragmática con el comunismo (sobre los que pendía la excomunión del
Santo Oficio de 1949). Muchos de ellos esperaban la muerte de Pío XII
como agua de mayo y, cuando ésta se produjo, cayeron sobre los augustos
despojos como bandada de buitres, aunque se cebaron en ellos sibilinamente.

Fueron los mismos que
acuñaron el apelativo de “Papa Bueno” para referirse a Juan XXIII,
el inmediato sucesor de Pacelli. De la justicia de la expresión no
cabe dudar, por supuesto, ya que Angelo Giuseppe Roncalli ha sido beatificado,
pero es lícito preguntarse si tanto insistir en esa bondad no era,
en realidad, un dardo envenenado contra su predecesor, como si Pío
XII hubiese sido un papa malo. Otro dato significativo: se insiste machaconamente
en el supuesto “silencio de Pío XII” (silencio, por otra parte,
útil para ocultar una acción positiva y eficaz de ayuda a los perseguidos),
pero se pasa por alto el silencio de Juan XXIII sobre el comunismo,
silencio tanto más grave cuanto que el Papa Bueno no se hallaba condicionado
por una situación de guerra y ocupación como la que hubo de afrontar
Pío XII (que estuvo a punto de ser deportado por los nazis). El Papa
Roncalli no sólo calló personalmente, sino que también amordazó
al Concilio Vaticano II, en cumplimiento de los acuerdos a que llegaron
respectivamente los representantes papales Mons. Willebrands y el Cardenal
Tisserant con el metropolita ruso Nikodim en 1962, y según los cuales
Moscú enviaría al observadores de la Iglesia Ortodoxa (por entonces
totalmente infeudada al régimen soviético) al concilio, a cambio de
que éste no se pronunciara sobre el comunismo, caso inaudito en la historia
de los concilios ecuménicos. Cierto es que el cándido e ingenuo Juan
XXIII lo haría quizá para no empeorar la dura situación que padecían
los creyentes detrás de los telones de acero, de bambú y de agua,
pero el mismo argumento vale a fortiori
para Pío XII y vemos, en cambio, que en su caso no cuenta. Es el eterno
doble rasero de la moral de los sedicentes progresistas y tolerantes.

Afortunadamente, Pío
XII no necesita vindicadores ni apologetas: basta su ingente legado
y la voz de las conciencias de todos aquellos que se beneficiaron de
su valiente y bondadosa acción y las de sus descendientes. Ésos son
sus méritos ante el tribunal de Dios, que, en definitiva, es el único
que cuenta.

Envío del
Autor
Publicado también
en El Manifiesto

Vea un video sobre la vida de Pío XII

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *