Panorama Católico

Pío XII, el último Papa

No queda la menor duda: Pío XII fue el último papa del “antiguo régimen”. Lo ha dicho el propio Cardenal Suenens sin que fuera negado por las grandes figuras de la jerarquía: el Vaticano II fue 1789 en la Iglesia.

Escribe Marcelo González

No queda la menor duda: Pío XII fue el último papa del “antiguo régimen”. Lo ha dicho el propio Cardenal Suenens sin que fuera negado por las grandes figuras de la jerarquía: el Vaticano II fue 1789 en la Iglesia.

Escribe Marcelo González

Fue el último de los papas píos, una serie caracterizada por hombres que han debido sufrir grandemente por causa de las persecuciones a la Iglesia. Pío X, al aceptar la carga del pontificado tomó ese nombre en honor a quienes lo precedieron en su lucha contra las falsas doctrinas y los movimientos externos e internos que trabajan para la destrucción de la Nave de Pedro. Pío XII, -Pacelli- comenzó su carrera eclesiástica en la curia romana, bajo Pío X, a quien luego canonizó, siendo, quizás, el pontífice que más lo haya podido comprender.

Fue el último papa “magisterial”: la pulida exactitud de sus documentos -claros, ordenados, sólidos, exentos de antropologías y sociologías fundadas en las opiniones humanas, definitorios de las discusiones- se marca como una frontera bien ostensible.

Después de él, el magisterio, salvo excepcionalmente, fue más farragoso, conciliador con el mundo, se apoyó con frecuencia en argumentaciones  que no constituyen las de fondo. (El aborto no es malo meramente porque daña la dignidad humana. Es malo porque va contra la ley divina…). Se volvió más propagandístico, paradójicamente. Aunque se abjuró de la “propaganda fide”, se adoptó un estilo que evoca la “propaganda” ideológica. La expresión “cultura de la muerte”, por ejemplo, es efectiva para suscitar sentimientos, no para fundamentar principios morales.

Fue el último de los papas que como norma constante condenó el error en términos contundentes: sin aprensiones respecto a la inclinación moderna por el relativismo, tan lamentado hoy. Pío XII habló con la convicción de que “extra veritatem nulla salus”. Diríamos que fue el último papa sin ciertos complejos de inferioridad doctrinal. Presentó la verdad de la Iglesia y combatió nítidamente los errores asumiendo en su tono y en sus sentencias que hablaba desde la Cátedra de Pedro. De un Pedro al que la experiencia de los siglos había demostrado que no hay negocio doctrinal posible con el mundo.

Fue el último papa poeta: sus alocuciones y discursos nos conmueven por la fina sensibilidad, el bello estilo, la apelación al sentimiento tanto como a la razón, el don de gentes, la profunda sencillez. Tuvo algo de San Francisco de Asís en su relación con la naturaleza y con el prójimo.

Fue el último papa rey: de cuna noble, supo combinar la majestad de su cargo, el más alto que ser humano alguno pueda ejercer, con los gestos paternales: el abrazo simbólico, las manos extendidas para el saludo, (manos doloridas de tanto saludar), la inclinación ante los niños para ponerse a su altura. Fue el último papa que desde la silla gestatoria se figuró a quienes lo vieron el rey de los reyes de la tierra y a la vez un padre amantísimo. Un monarca tonante y un pastor angélico, en maravillosa y extraña armonía. Su sola presencia convertía a los incrédulos… Ninguno en adelante lograría ambos efectos a la vez, ni desde el solio ni desde el papamóvil.

Fue el último papa mártir: crucificado en vida por las traiciones internas, por los poderes del mundo, a los que desafió con santa prudencia y temeraria intrepidez. Fue el último en llamar mal al mal, en la cara y siguiendo la doctrina evangélica del Sí, si, No, no. Y fue el último que dio hasta el último segundo de su tiempo para la salvación de las almas y de los cuerpos de todos, inclusive de los más malvados: desde su estudio donde velaba hasta la madrugada escribiendo, y desde su gigantesca organización de caridad para las víctimas de la guerra.

Otros pontífices han tenido algunos o varios de estos rasgos.  Pocos los han tenido todos. Fue un papa del antiguo régimen que no pudo evitar que sus sucesores hicieran la experiencia de amigarse con el mundo sin distinguir el mundo como campo de  evangelización del mundo como enemigo del hombre.

Fue el último papa que le dijo las cosas en la cara al mundo y el mundo lo respetó y veneró.

Hoy en día es la piedra de tropiezo: la Iglesia siente el deber de elevarlo a los altares por sus virtudes heroicas  (quizás porque siente en lo hondo que debe restaurarse el “antiguo régimen”, abandonado en un momento de ilusión mundana), pero aquellos que ahora se llaman “amigos de la Iglesia” lo desprecian y le temen profundamente.

En todos estos aspectos, Pío XII es el último papa.

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cabezadetortugamacho@gmail.com

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