Panorama Católico

Platón, Creador de la Teología Natural

Con Platón se puede decir que nace la Teología Natural, como una serie de verdades demostradas sobre el ser de Dios y su existencia. En el diálogo “Las Leyes” en el capítulo X aparece el contenido de esta disciplina filosófica. Llevara el nombre de teología hasta que Leibniz la bautice con el desacertado nombre de Teodicea.

Con Platón se puede decir que nace la Teología Natural, como una serie de verdades demostradas sobre el ser de Dios y su existencia. En el diálogo “Las Leyes” en el capítulo X aparece el contenido de esta disciplina filosófica. Llevara el nombre de teología hasta que Leibniz la bautice con el desacertado nombre de Teodicea.

Por Manuel Vargas de la Torre
Universidad Autónoma de Gudalajara

Platón es el gran apologista de la existencia de Dios. Su hondo sentido ético le incita a defender esa verdad. Por eso se explica el número casi excesivo de argumentos que propone para probar que Dios existe. Considera que hay tres creencias muy perjudiciales para el hombre y para la sociedad:

* Creer que Dios no existe.
* Creer que aunque existe no se preocupa de los problemas del hombre, y
* Creer que aunque Dios gobierna el mundo y se preocupa de él, el pecador impenitente puede escapar del juicio y castigo comprando el favor de la Divinidad con beneficios y ofrendas (Leyes X).

El buen legislador, sostiene Platón, no puede proceder con nobleza y eficacia, sino destruye antes, con sólidos argumentos de razón estas funestas creencias. De las tres la más trascendental es la primera. El que legisla antes de refutar los otros dos errores, debe probar que Dios existe.

Hasta ahora ningún filósofo había hecho notar de un modo tan explícito la necesidad moral de la existencia de Dios. Platón es el primero de los filósofos griegos que alcanza a ver la importancia de este problema.

Antes de analizar alguno de los argumentos platónicos, conviene analizar su concepto de Dios.

Platón en sus diálogos algunas veces se refiere al Dios único y otras hace alusión a los dioses ¿Es Platón monoteísta o politeísta? Entre el pueblo de Grecia ejercían aún su influencia los dioses del Olimpo. La creencia en las divinidades homéricas había arraigado en la mentalidad del pueblo. Contradecir esa creencia equivalía a ganarse la odiosidad del pueblo y el humillante baldón de ateo e impío. Ahí estaba el caso de Sócrates. El difícil maridaje entre el Dios de la filosofía y el Dios de la religión no se realizaría hasta la época Patrística. Había una total separación entre el Dios de la filosofía y los dioses de la religión. Porque poseer a uno llevaba como consecuencia la anulación de los otros. Por eso ni el Dios de la filosofía era concebido en toda su amplitud y alcance, ni los dioses de la religión concordaban con la verdadera noción de Dios.

Platón filosóficamente se nos presenta como monoteísta, pero oficialmente se presenta como politeísta. Considera a los dioses olímpicos como hechura del único y verdadero Dios. En los momentos de mayor fervor y seriedad nos habla de Dios, no de los dioses. En la Apología de Sócrates, por ejemplo, el filósofo habla de su misión entre los atenienses y exclama:

“Eso es. Sabedlo bien lo que Dios me ordena. Estoy seguro de que lo mejor que os ha podido ocurrir en la república es esta sumisión perfecta de mi parte a los mandatos de Dios”

Esta preferencia por el Dios único se va manifestando a través de sus escritos. La alta estima que tiene de Dios le impulsa a llamarle de muy diversos modos empleando los más variados adjetivos: “Óptimo”, “Omnisciente” y Providentísimo (Leyes I y X); en el Filebo, “Inteligentísimo”, en La República, “Sapientísimo”, en el Timeo, “Poderoso”. Entre tanta variedad de nombres su concepto de Dios se puede reducir a: 1) el conjunto abstracto de la Idea del Bien, 2) el concepto concreto del ser dotado de razón y libertad al que llama “Demiurgo” gobernador y ordenador del cosmos y, finalmente, 3) “El alma del Mundo”, principio de vida, de movimiento y raíz de todos los espíritus y almas finitas. Son 3 aspectos del mismo ser considerado desde ángulos diversos.

El concepto de Dios, en Platón, aparece en un estadio de evolución muy superior a los presocráticos. Platón engarza el concepto de Dios en su nueva concepción de las Ideas base de su sistema filosófico.

Según la teoría platónica de las Ideas que subsisten por sí mismas, hay una Idea, la Idea del Bien, a la que parece ser que todas las demás ideas se subordinan. A esta Idea llama Platón “Sol del mundo inteligible, principio último del ser y del conocer” (La República VI). En la misma obra, en los libros VI y VII leemos:

El Bien “es la parte más brillante del ser”, “Está por encima de las esencias, de la verdad y de la ciencia”, “es la causa de todo lo que hay de bueno y de bello”. “Produce en el mundo invisible la verdad y la inteligencia; en el visible la luz y el astro de que dimana”. Este dominio de la Idea del Bien desde las sombras del ser parece indicar una completa identidad con la idea de Dios. Pero en todo caso las expresiones son bastante vagas para que se pueda fundar sobre ellas una sólida opinión. No ocurre lo mismo con el problema de la existencia de Dios. Platón, con plena independencia de la relación de la Idea de Dios y de la Idea del Bien prueba la existencia de Dios determinando de un modo específico los fundamentos de las cinco vías de Santo Tomás. Es el primer gran esfuerzo de la razón humana por encontrar los caminos seguros que la lleven a Dios.

Estas pruebas no se encuentran sistematizadas en sus escritos. En toda su obra va dejando, aquí y allá, los elementos para construir estas pruebas. Veamos un ejemplo:

La Prueba del Movimiento (Leyes X)

Es el argumento que juzga más eficaz para probar la existencia de Dios. Lo desarrolla en el diálogo Leyes X. Empieza invocando a la divinidad para que lo ayude en empresa tan difícil como trascendente

ATENIENSE.-Si alguna vez hemos tenido necesidad de invocar a la divinidad, es indudablemente en este momento. Imploremos, pues, con todas nuestras fuerzas el auxilio de los dioses, para demostrar su existencia; y acogiéndonos a su protección, como a una áncora segura, lancémonos a la cuestión presente.

Platón se encuentra que entre sus predecesores no hubo un perfecto acierto respecto a la noción del movimiento. Para Parménides el movimiento no existe, el ser permanece en una inmutabilidad perfecta. Según Heráclito todo está en movimiento, todo fluye ¿Qué opinión acepta Platón? Ninguna de las dos. No todo permanece en inmutabilidad absoluta, ni todo es un constante flujo, sino que “unas cosas se mueven, otras permanecen”

Escuchad lo más sólido que yo creo poder responder a las preguntas siguientes. Si se me dice: Extranjero, ¿está todo en reposo y nada en movimiento? ¿O bien sucede todo lo contrario? ¿O, en fin, unas cosas están en movimiento y otras en reposo? Yo respondo, que una parte de ellas está en movimiento y otra en reposo. Pero, ¿no es en algún espacio donde están unas en reposo y otras en movimiento? Sin duda. ¿No hay cuerpos que se mueven sin mudar de lugar y otros que mudan?

ATENIENSE. – Distingamos aún dos especies más de movimiento; uno el de las sustancias que pueden comunicar su movimiento a otras pero que no tienen la fuerza de moverse por sí mismas; y otro el de las sustancias que se mueven siempre a sí mismas, y tienen la virtud de poner en movimiento a otras sustancias por medio de la composición o de la división, del aumento o disminución, de la generación o corrupción… cuando una cosa produce un cambio en otra, ésta en una tercera y así sucesivamente, ¿puede decirse que hay entre estas cosas un primer principio de cambio o de mudanza? ¿Cómo lo que es movido por otra cosa podrá ser principio del cambio? Eso es imposible. Pero cuando un motor, que no debe su movimiento más que a sí mismo, causa alteración en otra cosa, ésta también en otra, y el movimiento se comunica así a una infinidad de sustancias, ¿hay otro principio de todos estos movimientos que el cambio que tuvo lugar en esa sustancia que tiene la facultad de moverse a sí misma?

CLINIAS.-Dices verdad, y no es posible dejar de convenir en ello.

ATENIENSE.-Hagamos aún otra pregunta, y procuremos contestarla. Si, como se atreven a suponer la mayor parte de aquellos a quienes nos dirigimos, todas las cosas existiesen a la vez en un completo reposo, ¿por dónde debería necesariamente comenzar el movimiento?

CLINIAS .-Por lo que se mueve por sí mismo; porque es evidente que nada puede hacerle mudar de estado antes de este momento, puesto que antes de su acción no tiene lugar ningún cambio en todo lo demás.

ATENIENSE. – Por consiguiente, diremos que el principio de todos los movimientos, ya pasados en lo que al presente está en reposo, ya actuales en lo que se mueve, el principio que tiene la virtud de moverse, es necesariamente la más antigua y la más importante especie de cambio; y pondremos en segunda línea la especie de cambio que, teniendo su causa fuera de sí, imprime el movimiento a otras cosas.

Es decir distingue dos clases de movimiento, uno que puede mover a otro pero él no puede moverse a sí mismo, hay otra clase de movimiento que mueve a otro y puede moverse a sí mismo. Lógicamente este segundo movimiento debe preceder al primero. Porque el móvil que es capaz de comunicar el movimiento a otro pero no a sí mismo, ¿de quién ha recibido este poder? No de sí mismo por hipótesis; luego otro se lo ha tenido que proporcionar. Este es el que puede mover a otro y a sí mismo. Ahora bien, si en una serie de móviles nos encontramos con que cada móvil tiene virtud de mover a otro porque la ha recibido de un móvil que le precede necesariamente tenemos que llegar a un primer motor que pueda mover a otro y sin necesidad de de ser movido por un móvil precedente. Este primer motor se moverá a sí mismo y es la causa del movimiento de los motores que mueven a otros pero a sí mismos no se mueven. De lo contrario el movimiento no existiría. Tiene que haber un primer móvil que tenga de por sí el movimiento y lo comunique a los móviles subordinados a él.

El movimiento que observamos en la naturaleza supone varias causas subordinadas de movimiento y una causa principal “lo que se mueve a sí mismo”.

El primer motor en la concepción de Platón es Dios a quien llama “Alma del Mundo”. El alma es lo más antiguo de todo como principio del movimiento

ATENIENSE.-Hagamos aún otra pregunta, y procuremos contestarla. Si, como se atreven a suponer la mayor parte de aquellos a quienes nos dirigimos, todas las cosas existiesen a la vez en un completo reposo, ¿por dónde debería necesariamente comenzar el movimiento?

CLINIAS.-Por lo que se mueve por sí mismo; porque es evidente que nada puede hacerle mudar de estado antes de este momento, puesto que antes de su acción no tiene lugar ningún cambio en todo lo demás.

ATENIENSE. – Por consiguiente, diremos que el principio de todos los movimientos, ya pasados en lo que al presente está en reposo, ya actuales en lo que se mueve, el principio que tiene la virtud de moverse, es necesariamente la más antigua y la más importante especie de cambio; y pondremos en segunda línea la especie de cambio que, teniendo su causa fuera de sí, imprime el movimiento a otras cosas.

Platón llama a este primer motor “Alma del Mundo” porque según su modo de pensar “alma” es lo que se puede dar a sí mismo el movimiento. Inclusive es el concepto que conservamos. Llamamos “animado” al ser que tiene capacidad de iniciar un movimiento. Por eso Platón califica a Dios “Alma del Mundo”: Dios es el movimiento que se mueve a sí mismo.

ATENIENSE.-Supuesto eso, ¿no es una necesidad confesar que el alma es el principio del bien y del mal, de lo honesto y de lo deshonesto, de lo justo y de lo injusto, y de todas las demás cosas así contrarias, si la reconocemos como causa de todo lo que existe?
CLINIAS.-Sin duda.

ATENIENSE.-¿No es preciso convenir también en que el alma, que habita en todo lo que se mueve y gobierna sus movimientos, rige igualmente el cielo?

CLINIAS.-Sí.

ATENIENSE.-Esta alma, ¿es única o hay muchas? Yo respondo por vosotros que hay más de una, sin designar menos de dos, una bienhechora y otra que tiene el poder de hacer el mal.

CLINIAS.-Perfectamente dicho.

ATENIENSE. -Sea así. El alma gobierna, pues, todo lo que existe en el cielo, en la tierra y en el mar, mediante los movimientos que le son propios, y que nosotros llamamos voluntad, examen, previsión, deliberación, juicio verdadero o falso, alegría, tristeza, confianza, temor, aversión, amor, y mediante otros movimientos semejantes, que son las primeras causas eficientes, que valiéndose de los movimientos de los cuerpos, como de otras tantas causas secundarias, producen en todos los seres sensibles el aumento o disminución, la composición o la división, y las cualidades que de ellas resultan, como el calor, el frío, la pesantez, la ligereza, la dureza, la blandura, lo blanco, lo negro, lo áspero, lo dulce y lo amargo. El alma, que es una divinidad, al llamar en su auxilio a otra divinidad, a saber, a la inteligencia, para dirigida en el uso de estos diversos movimientos, gobierna entonces todas las cosas con sabiduría y las conduce hacia la verdadera felicidad; así como cuando pide consejo a la imprudencia sucede todo lo contrario. ¿Convendremos en la verdad de todo esto o dudaremos aún si las cosas pasan de otra manera?

CLINIAS.-Nada de eso.

ATENIENSE.– ¿Pero qué alma creemos nosotros que gobierna el cielo, la tierra y todo el universo? Es el alma, que está dotada de sabiduría y de bondad o la que no tiene ninguna de estas cualidades. ¿Queréis que respondamos a esta pregunta de la manera siguiente?

CLINIAS.-¿Cómo?

ATENIENSE.-Si es cierto, diremos nosotros, que los movimientos y las revoluciones del cielo y de todos los cuerpos celestes son de una naturaleza semejante a la de los movimientos, revoluciones y razonamientos de la inteligencia; si es la misma la marcha en ambos casos, debe concluirse evidentemente, que la buena alma gobierna al universo y lo conduce por el camino de la perfección.

CLINIAS.-Muy bien.

ATENIENSE.– Y por el contrario, que es la mala, si todo lo que pasa en este mundo tiene un carácter de sinrazón y de desorden.

CLINIAS.-También es eso cierto. (…)

ATENIENSE.-Es preciso que nos prueben, que no tenemos razón al decir que el alma es el principio de la generación de todas las cosas, y deducir todas las demás consecuencias que de aquí se siguen; o, si no están en disposición de razonar mejor que nosotros en esta materia, que se rindan a nuestras razones, y vivan convencidos para lo sucesivo de la existencia de los dioses. Veamos, por con¬siguiente, si lo que se ha dicho basta para refutar a los que niegan la existencia de los dioses, o si falta algo.

Tropieza Platón con una dificultad: En el universo hay movimientos buenos, ordenados y movimientos desordenados ¿Puede ser Dios la causa de los movimientos desordenados? Platón rechaza que Dios pueda ser causa del mal y del desorden. De allí la necesidad de admitir una doble alma: el Alma Buena y el Alma Mala, esta última subordinada al Alma Buena.

ATENIENSE. – Guardémonos, por lo tanto, de decir que Dios está sujeto a tener defectos que no puede menos de aborrecer; y no consintamos que se hable de se¬mejante modo en nuestra presencia.

Pero no sólo hay esta divinidad cualitativa entre los movimientos del universo. Aún consideradas las variedades cuantitativamente inmensa, necesariamente tenemos que concluir que hay tantas almas buenas como movimientos ordenados. Por eso el argumento del movimiento, tal y como lo expone Platón no nos conduce a un solo Dios. A lo sumo a un Dios de dioses. A un Alma superior y mejor de todas o a “la mejor alma”. Con esta subordinación de almas se esfuerza Platón en salvar el monoteísmo al que parece inclinado desde el punto de vista filosófico. En fin, la semilla está arrojada al surco. Aristóteles primero y, sobre todo, Santo Tomás sabrán descubrir lo que implícitamente está contenido en el argumento de Platón, pero que él sólo no llegó a vislumbrar.

Conclusión: Un primer motor que se mueve a sí mismo, lo llama “Alma del Mundo”: Admite varias almas, pero una superior a todas: Dios.

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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