Panorama Católico

Platón, una semblanza

Platón es, probablemente, el filósofo por antonomasia. La circunstancia, nada desdeñable, de que sus obras se conservaran en su integridad contribuyó, de modo decisivo, a garantizar a través de los siglos el influjo de sus enseñanzas. A ello debe añadirse que la Academia por él fundada se prolongó en el tiempo (sin duda que con muchos altibajos) a lo largo de un milenio (s. IV a.C. – s.

Platón es, probablemente, el filósofo por antonomasia. La circunstancia, nada desdeñable, de que sus obras se conservaran en su integridad contribuyó, de modo decisivo, a garantizar a través de los siglos el influjo de sus enseñanzas. A ello debe añadirse que la Academia por él fundada se prolongó en el tiempo (sin duda que con muchos altibajos) a lo largo de un milenio (s. IV a.C. – s. V d.C.).
Escribe Ricardo Fraga
Súmese a lo dicho, a fin de comprender su secular perdurabilidad en la historia de la filosofía, que Platón ni fue un filósofo sistemático adherido a un esquema ni, en rigor, fue tampoco un puro especulador (¡valga la paradoja!) “académico”. Por el contrario en él se aúnan de manera cabal el intelectual y el contemplativo, el artista, el poeta y el dramaturgo… ¡y hasta el escenógrafo!, resultando sorprendente que ningún director de cine o de teatro se haya servido de sus detalladas descripciones escenográficas (contenidas, a modo de rápido ejemplo, en el “Lisis”, el “Protágoras”, el “Fedro” o el “Fedón”) para recrear el marcado ambiente socrático conservado por él.
Desafío a que se me ofrezca una obra filosófica o literaria de cualquier época (incluso la nuestra) que, al ser leída, tenga la frescura y el interés de una página recién escrita como las que ofrecen aquellas que se hallan en las obras de Platón. Sólo por la garantía de la veracidad los “Diálogos” son, por cierto, superados por los evangelios canónicos o las epístolas paulinas. En éstos y éstas ha pasado el soplo del Espíritu Santo que no ha condicionado, empero, el temperamento de los hagiógrafos; por aquéllos –aunque en un plano natural- se advierte también el halo trascendente de la divinidad. Por algo fue llamado, ya por los antiguos, el “divino Platón” y (entre nosotros) Ignacio B. Anzoátegui aseveró en su “De tumbo en tumba” que debería adscribírselo al número de los Santos Padres.
De hecho, toda la patrística oriental lleva su marca indeleble y el mismo san Justino (primer filósofo formalmente cristiano) aseguraba con osadía que en Platón se advertían las huellas de la revelación. En la patrística de occidente constituye el sustrato de todo el imprescindible pensamiento de san Agustín y, por su intermedio, toda la edad media fue esencialmente platónica ya que, la llamada “llegada de Aristóteles”, con todo el estruendo que produjo (que no es del caso tratar ahora) significó una cuestión tardía que no alcanzó a marcar su estilo filosófico y aún estético, no obstante el denodado debate de Tomás de Aquino.
Va de suyo, naturalmente, que no ha de confundirse platonismo o neoplatonismo con las genuinas y originales doctrinas del propio Platón, con todo lo que éstas ofrecen de profunda indagación a fin de cribar su génesis y estructuración. Pero, aún más allá de toda posible polémica erudita sobre ello, es innegable la influencia decisiva que –podríamos decirlo así- el espíritu, o bien el “tempo” platónico ha dejado (quizás de modo indirecto y vía san Agustín) en autores occidentales (en apariencia tan disímiles) como Pascal, Hegel, Kierkergaard y el mismo ya nombrado santo Tomás y ¡ni qué decir! de los platónicos renacentistas florentinos (como Marsilio Ficino) o las corrientes filosóficas bizantinas.
Platón es, por lo tanto, un hito principal (sino el principal) en el desarrollo del pensamiento filosófico de todos los tiempos.
De origen aristocrático formó parte del círculo íntimo de Sócrates cuya figura señera quedó fijada para siempre en todas sus Obras. A la injusta muerte de aquél el grupo de discípulos más allegado sufrió el terror del partido democrático imperante y así fue como todos ellos conocieron los sinsabores del exilio. Conocemos muchos datos autobiográficos de este período por el relato que el mismo Platón efectuó en la “Carta VII”: “entonces – dice- me comenzó todo a dar vueltas con vértigo de náuseas y llegué a la convicción de que todas las actuales constituciones de los pueblos son malas. Y me vi impedido a cultivar la auténtica filosofía pues a ella yo hacía el honor de creerla fuente del saber para todo, maestra de lo que es bueno y justo tanto en la vida pública como en la privada… Nunca se verá la humanidad libre de los males que la aquejan, así pensaba yo, mientras no se hagan cargo de los negocios públicos los representantes de la verdadera y auténtica filosofía, o al menos mientras los investidos del poder público, llevados de un impulso divino, no se decidan a ocuparse seriamente en la verdadera filosofía”.
Huido a Megara, toma parte después en la guerra de Corinto para, posteriormente, viajar por el Mediterráneo y contactarse con exponentes de la escuela pitagórica que dejará en él una profunda impronta (son de este origen tesis tales como, la preexistencia de las almas, ciertas ideas pedagógicas, su concepción política y algunos mitos escatológicos).
En punto a los mitos platónicos, Joseph Pieper ha señalado con exactitud su doble procedencia, esto es, aquellas alegorías nacidas de la misma pluma del autor con todas las reminiscencias ajenas que se quieran (tal, por caso, el “mito de la caverna” consignado en el Libro VII de la “República”) y aquellas otras que son resonancia de conocimientos mitográficos más primitivos, comunes (diríamos hoy con Mircea Eliade) a la sabiduría religiosa de todos los pueblos (tal, concretamente, el mito de las dobles tendencias del “homo fallens”).
Arribado a Siracusa (Sicilia) residió en la corte de Dionisio I a quien trató, vanamente, de convertir a su ideal filosófico. Por intrigas del tirano fue vendido como esclavo en la plaza pública y rescatado por Anníceris, un socrático de la escuela de Cirene. De regreso ambos amigos en Atenas quiso Platón reintegrar el precio de su rescate pero aquél se negó a aceptarlo y con dicho dinero se adquirieron los jardines del héroe Academo, lugar en el cual en el año 387 se fundaría la Academia.
¡Bendita esclavitud de la que nacería la auténtica libertad del mundo académico! Con todo, en el prístino lenguaje de Platón “academia” es siempre sinónimo de franqueza y diafanidad que son las cualidades propias del orbe adolescente que rodeaba a Sócrates y no los estereotipos frívolos y vanidosos en que han devenido las intolerables “academias” (y los solemnes pavos “académicos” que las integran) de nuestros días.
Platón considera sólo como fundamental el concepto óntico de la verdad: el ser verdadero es la “idea” y así esta “idea” es siempre en sí misma idéntica e inmutable. Los sentidos no son la fuente sino la “ocasión” del conocimiento. El conocimiento sensible (que no es negado sino subordinado) opera por medio de la “reminiscencia” o recuerdo de las esencias puras contempladas por el alma en el cielo empíreo durante su preexistencia. La fuente del conocer es el puro pensamiento que no tiene que adquirir el saber de la verdad contenido en su misma naturaleza: lo justo, lo igual, lo grande, lo bueno, etc. son ideas innatas ya poseídas por el alma al quedar cautiva de su cuerpo. Es el código “soma-sema” (cuerpo-prisión) que Platón recoge de la herencia pitagórica pero que en él adquiere una dimensión más dilatada al vincularlo con su teoría de las ideas, significando de este modo la eterna lozanía del alma humana (“el alma no envejece”) que tanto impresionará después al ascetismo místico cristiano.
La “idea” tiene así una doble significación: 1°) idea subjetiva en el pensamiento (fuente de la verdad) y 2°) idea objetiva: el objeto que pensamos (objeto de la verdad). Es algo inespacial e intemporal y sólo asequible a la mente. Esta realidad ideal es más fuerte que toda la realidad material o corpórea ya que ésta alguna vez pasa, en tanto que la otra es permanente y eterna. El orbe sensible es así tan sólo la imagen opaca de la verdadera realidad ideal o mundo luminoso de las esencias puras.Conforme al sentido de la alegoría de la caverna (prisioneros obligados a conocer tan sólo sombrías imágenes o reproducciones) la función primordial del filósofo es liberar al hombre de las apariencias y conducirlo al verdadero ser. El núcleo central de la comparación radica en las diversas modalidades de ese ser. Un estrato descansa sobre otro, de tal modo, que la fundamentación va de arriba hacia abajo: lo superior es siempre un ser más pleno que funda lo que de él depende, exactamente lo contrario que nuestro evolucionismo a la moda que establece lo superior por lo inferior y que, por ende, deviene francamente antiplatónico, con todas las connotaciones que se proyectan al plano psicológico, pedagógico y cultural.
Este proceso de fundamentación lleva a ideas cada vez menos numerosas pero más ricas y de mayor comprensión hasta que se arriba a la cúspide de la pirámide o “idea de las ideas” de las que todas las otras dependen porque comprendiéndolas a todas, a todas establece y ella misma no depende ya de nada: es lo absoluto, lo suficiente en sí y lo que sobrepuja en poder y dignidad a todo lo demás, esto es, la “idea del Bien en sí” o Dios.
Con Platón nace la primera noción de “teología” y en él aparece con claridad el empeño por asentar firmemente la existencia de Dios contra el ateísmo, la providencia divina contra el deísmo y la justicia y santidad divinas contra una concepción mágica de la religión, todo ello sostenido en magníficas aseveraciones de carácter moral y pedagógico.
Platón llega a Dios por una doble vía: física (carácter indiscutible del movimiento que también impresionará a Aristóteles) y dialéctica o ascensión de hipótesis en hipótesis hasta el “sin hipótesis” o “sin soporte” que está más allá del mismo ser, sobrepujándolo todo en poder y valor.
El encomio socrático del amor contenido en el “Banquete” es la síntesis teológica más formidable que se haya concebido con sólo el auxilio de la razón humana y en ella desborda en toda su plenitud el oráculo de la iniciación mistérica atribuido a Diótima, cual magistral recurso retórico y litúrgico de Platón. Esa “revelación” de la divinidad constituye una metafísica erótica inescindible de la estremecedora contemplación de la belleza y en este plano ha sido Platón el único gran filósofo en atreverse a remontarse a Dios precisamente por intermedio de “lo bello”, ese “trascendental olvidado del ser” (al decir de Étienne Gilson); desde la sensible belleza del rostro de un púber hasta la infinita e inteligible belleza de la divinidad.
Capítulo aparte (aunque breve) merece la antropología platónica. El alma es aquí una esencia invisible, inmaterial, espiritual y supraterrena conformada por una triple actividad: racional (ordenada a la contemplación), irascible (a la que pertenecen los afectos nobles como la ira, el valor y la esperanza) y concupiscible (donde se asientan la libido, el placer, el descanso). Es en el “Fedro” donde se la compara como a “la potencia reunida en un esfuerzo único del tronco de caballos de un carro de carrera junto a su auriga”, donde éste representa a la parte espiritual, en tanto el corcel noble al irascible y el indolente al concupiscible. Se advierte aquí también la significativa intuición platónica en punto a comprender las manifestaciones plurales del ánima sin disolver, por ello, el unitario centro de tales actividades. Vale decir que incluso en la faz antropológica (dado su fundamento metafísico) salva Platón “lo uno en lo múltiple”, resolviendo así, de modo convincente, uno de los grandes problemas de la filosofía de todos los tiempos.
Esta noción del alma humana es esencial para comprender la ética platónica asentada en el concierto entre verdad y virtud y en la idea primordial de bien. En las disposiciones del alma para la virtud se distinguen conforme a la tripartición indicada: la sabiduría (entendimiento), la templanza (concupiscible) y la fortaleza (irascible). La justicia es omnicomprensiva de toda virtud y trasciende el ámbito de lo puramente legal para proyectarse también como virtud política. Es importante retener esta amplia apreciación de la justicia (en cuanto fuente justificante de todos los actos buenos y virtuosos) pues tendrá eco posterior en el pensamiento de toda la patrística y, particularmente, en san Agustín.
Es célebre, en Platón, la comparación de la idea de bien con el sol ya que, como éste, en el reino de la visibilidad da vida y crecimiento a todas las cosas, así en el reino de lo invisible la idea de bien es la causa de que todo sea conocido y que posea esencia y existencia. Con esto se desplaza (también aquí) el problema moral a un plano superior, el plano metafísico: la plenitud de ser debe implicar consigo la plenitud de bien.
Por último, en el plano de lo político advierte Platón que aquellos que han sido capaces de moderar sus propias pasiones serán capaces de moderar las ajenas; por ello deben gobernar los hombres ecuánimes, de vida buena y juiciosa. El gobernante es el piloto, el maestro y el médico del pueblo y ha de dedicarse enteramente al bien común.
Platón señala los peligros de la concentración del poder en una sola persona, cuando no existe el contrapeso de los cuerpos intermedios y se inclina a favor de un régimen de los mejores o más virtuosos (aristocracia) que evite las degeneraciones representadas por la timocracia (poder del dinero en manos de inescrupulosos), la oligarquía, la plutocracia (grandes holdings financieros o mediáticos diríamos ahora) y la demagogia democrática.
Cuando en una sociedad los ricos, sólo por serlo, son honrados en demasía se produce el menosprecio de la virtud. Con esta desmoralización gestada por la oligarquía del dinero fácil nace una juventud desordenada que se entrega al hedonismo y al libertinaje. Es entonces cuando la república, por medio de una democracia declinante, desemboca en la más terrible de las servidumbres (“República”, VIII, aquí la cita es imperiosa para evitar equívocos: el texto no es mío sino de Platón y por algo los clásicos valen para todas las épocas).
La jerarquía en la ciudad implica una jerarquía de deberes. Así como en el alma la parte superior rige a las inferiores, del mismo modo en el orden público los dominados por apetitos ruines deben ser dominados por la inteligencia y voluntad de los mejores.
Se engañan, sostiene Platón, quienes al verse celebrados por la multitud, se creen políticos. No es político quien es llevado por los impulsos de la multitud heterogénea (“República”, VI).
En el libro de las “Leyes” Platón rectifica ciertos esquemas utópicos de la “República” consignando que las leyes se deben imponer racionalmente para que su observancia sea acorde con la dignidad humana.
Platón ha signado desde adolescente lo más profundo de mi corazón y bien podría yo mismo haber suscrito con Landsberg la fórmula estupenda de que “la metafísica de Platón es primeramente una metafísica del eros…” Pude, alguna vez, expresarlo así:
“Absoluto señor de la belleza / que asciendes a las cimas ideales, / do contemplas las luces matinales / esencias de la prístina pureza. /
Tu peldaño sensible es la nobleza / de los rostros y cuerpos terrenales / que transportan a esferas celestiales / los recuerdos de lírica proeza. / El silencio del niño cuando reza / -abstraído de todas las maldades- / semeja tu magnifica certeza. /
¡Oh divino Platón!, tu fortaleza / es ejemplar de místicas edades / donde anida, cautiva, mi tristeza /”

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *