Panorama Católico

Ponencia del editor y responsable no expresada en las Jornadas de Luján

Aclaremos que la elección de improvisar sus dichos ante una generosa audiencia durante la última jornada organizada por el Centro de Estudios San Bernardo de Claraval en la Villa Marista de Lujan en agosto pasado fue ocurrencia del autor. Cierto hecho anecdótico del día lo llevó fuera del presente texto, preparado para la ocasión.

Aclaremos que la elección de improvisar sus dichos ante una generosa audiencia durante la última jornada organizada por el Centro de Estudios San Bernardo de Claraval en la Villa Marista de Lujan en agosto pasado fue ocurrencia del autor. Cierto hecho anecdótico del día lo llevó fuera del presente texto, preparado para la ocasión. Presume que aquello que la grabación de lo dicho exhume será coherente con lo aquí más formalmente expresado. Dada su natural pereza lo envía en esta edición bajo el título antedicho, que es una broma a sí mismo. Bromas aparte, desea agradecer la hospitalidad y la inmerecida invitación para integrar un tan jerarquizado conjunto de expositores.

Teología de la Liberación y Medión ¿católicos?

Escribe Marcelo González

Medios en General.

Los organizadores de estas jornadas han tenido la gentileza de invitarme a formular algunas opiniones basadas en mi experiencia como periodista católico. El tema es “Teología de la Liberación y Periodismo ¿católico?”.

Tal vez lo más práctico sea ensayar una pintura -un poco al estilo impresionista- de los medios, y luego hablar de algún caso práctico, como para ver encarnado en el hecho concreto lo que muchas veces resulta difícil discernir y definir en la formulación teórica. Pero antes se hace necesario bosquejar mínimamente qué es la Teología de la Liberación.

Como la mayoría de Uds. sabe, es una corriente eclesiástica de pensamiento que reformula las verdades fundamentales de la Fe católica desde una perspectiva esencialmente marxista. Nutrida por algunos teólogos de muy buena formación, remotamente podríamos partir del pensamiento de Maritain (del Maritain humanista integral) y más inmediatamente el peruano Gustavo Gutiérrez y reformulada luego por muchísimos otros meramente repetidores, o simplemente agitadores o propagandistas de un cristianismo inmanente empeñado en realizar el Reino de Dios en la tierra por medio del cambio de las estructuras políticas, sociales, económicas y religiosas opresivas por otras liberadoras.

Para ello utilizan cierta terminología católica (pecado, liberación, reino de Dios, opresión, salvación, pobres…) vaciándola de su contenido semántico teológico tradicional, nacido de la interpretación magisterial infalible de las escrituras inerrantes y por lo tanto trascendente. Se asimila, pues, cierta terminología evangélica a la concepción marxista, inmanente, naturalista. Se le suma un componente mesiánico adicional al que ya trae de fábrica el pensamiento y la praxis revolucionaria del teórico alemán: esto es, la autoridad de la Iglesia (una Iglesia falseada, por cierto, pero eficaz por el respeto que la figura sacerdotal ha inspirado siempre en los pueblos de raíz católica secular). Esta es la receta del cocktail y el resultado es una bebida embriagante para ciertas personas que no quieren dejar de llamarse “cristianas” aunque su tesoro y su corazón estén en los vaivenes de las luchas de clases, (aunque también de “sexos”, “géneros”, “desarrollados vs. subdesarrollados”, “jóvenes vs. viejos” “jerarquía vs. feligresía”, “los de arriba vs. los de abajo” o cualquier forma dialéctica que salga al paso).

El jesuita Juan Luis Segundo en el Uruguay ha tenido una fuerte influencia intelectual, aunque los errores de sus doctrinas fueron rebatidos muy prolijamente por el P. Horacio Bojorge. Leonardo Boff o Fray Betto en Brasil, revistan en la categoría de propagandistas o apologistas de estas consignas político-teológicas. Camilo Torres marcó el camino del “cura comprometido” con la lucha armada, lo mismo que muchos clérigos que hoy en día son venerados como “mártires” en alguna iglesia del Buenos Aires.

Están también, en el ámbito del llamado “primer mundo” los “nuevos teólogos” que conforman esos colectivos curiosos, risibles y trágicos a la vez, pero increíblemente presentes en el mundo mediático e influyentes en la sociedad, como la famosa Asociación de Teólogos y Teólogas Juan XXIII de España que promueve la sociología marxista, el psicologismo freudiano y la, digamos, “folganza” generalizada para utilizar términos cervantinos.

No le envidiamos a nadie la misión de hacer el trabajo de Linneo de estos troncos, árboles y ramas, enredaderas y trepadoras ideológicas. Aun en su complejidad y diversidad las especies vegetales responden a un orden querido por el Creador y por lo tanto coherente mientras, que estos movimientos tienen una dinámica evolutiva que haría sentir vértigo al propio Darwin.

Antecedentes

La teología de la liberación es una de las tantas cabezas renacidas de la hidra modernista después de la condena de 1907. Aquello que definiera y anatematizara tan solemne como eficazmente San Pío X en varios documentos, en particular en su monumental encíclica Pascendi, después de un fuerte retroceso, un tiempo de repliegue y quizás debido a que los sucesores inmediatos del papa santo creyeron excesivo el sistema de control policial que se estableció en su momento para perseguir a los modernistas –verdaderos enemigos de Cristo dentro de la Iglesia-, renacieron con fuerza, en particular impulsados por algunos desaciertos del pontificado de Pío XI.

El Papa Sarto tuvo el mérito, hace casi 100 años, de sistematizar los principios de una “teología” que considera todo lo atinente a la Fe de un modo desquiciado, escindido de la tradición de la Iglesia. Nutrido por la influencia de los errores del protestantismo y sus consecuencias: el agnosticismo deísta, el liberalismo político, el racionalismo bíblico, el gnosticismo, el evolucionismo, el iluminismo mesiánico marxista, en fin… todo el plexo de ideas modernas o modernizadas. Ellas se han ido engendrando unas a otras, y luego repeliendo en la lucha ideológica de superficie, pero realimentando en la influencia profunda de las fuerzas que dirigen -humanamente hablando- el mundo actual. Nacen de cierta inspiración o motivación común: oponerse a la fe y al orden cristiano fundados en la revelación, la tradición y el magisterio de la Iglesia. Se funden en un denominador común: el inmanentismo naturalista. Luego se desarrollan en mil verientes distintas.

Son ideas que se reciclan bajo apariencia de teorías novedosas, bajo un barniz católico… vagas, cambiantes, etéreas, plásticas diríamos, porque son como una materia conceptual que no tiene forma permanente, que se adapta y se reformula de un modo constante. Dice el papa Pío X que el modo retaceado y parcial de mostrarse no nos debe engañar sobre la coherencia del concepto central que las articula. Pero a la vez, fundadas como están en la experiencia, el sentimiento, la inmanencia, mutan y se reformulan a más velocidad que los virus. De ahí que sea tan difícil señalárselas al público de a pie, sin mayor formación ni elementos de discernimiento intelectual.

Estas doctrinas (entiéndase que no hay doctrinas sin doctrinarios) habían trabajado subrepticiamente durante un largo tiempo dentro de la Iglesia para llegar a persuadir a clero y fieles de que ella, la Iglesia, o el cristianismo, el Evangelio, Cristo, el culto divino, el reinado social, en fin, todo lo que constituye la vida cristiana había sido trastrocado, malinterpretado, deformado y establecido contra el verdadero espíritu del Evangelio. Y pertinazmente sostenido por una jerarquía tiránica, rígida, apegada a privilegios, desatenta a las necesidades de los fieles. En su particular modo de ver, la doctrina de Cristo es algo enteramente distinto de lo que siempre ha sido creído por todos los cristianos en todas partes. Es decir, aquello que, según la definición de San Vicente de Lerins, constituye las notas distintivas de la tradición católica y que permite distinguir con toda claridad qué es católico y que no lo es.

Obviamente, desarraigar la fe no es tarea fácil, menos lo era en los tiempos en que el Magisterio hablaba con voz categórica, los cristianos acataban, la sociedad conservaba muchos más valores evangélicos que hoy en día y los medios no tenían todavía el poder de persuasión que han logrado en la actualidad.

Yo sigo creyendo que desarraigar la fe no es tarea fácil tampoco hoy, pero es obvio que el estado de confusión y descomposición doctrinal y moral que afecta tanto del clero como consecuentemente de los fieles es alarmante y en gran medida esto se debe al avance del poder de los medios, que actúan como contrapartes efectivas para neutralizar la autoridad y el poder persuasivo del Magisterio. Y a la vez, simultáneamente y quizás a causa de lo mismo, un intento fallido por parte del Magisterio de adoptar un lenguaje más “correcto” según los criterios del mundo, ha reforzado esa pérdida de autoridad y eficacia y ha redundado en la potenciación de los esfuerzos de los enemigos de la Fe, introduciendo confusión donde antes había claridad.

Teología de la Liberación y Medios

Podríamos decir que la Teología de la Liberación no sería posible sin los medios modernos de comunicación. No pasaría de ser un conjunto de teorías para iniciados, sin repercusión popular. Pero en virtud del poder de los medios, ella, bajo sus variantes más diversas, ha impregnado casi completamente el pensamiento los comunicadores sociales, con escasas excepciones, y naturalmente en distintos grados. Pero, en este momento, ellos dominan el campo, son los dueños de la pelota, si me permiten la metáfora futbolística.

Pero lo más extraordinario de este galimatías dialéctico en el que nos debatimos en el campo de la comunicación es que los que no adherimos, sino por el contrario combatimos estas ideas, muchas veces nos sorprendemos a nosotros mismos impregnados inconscientemente de sus consignas, de su terminología y finalmente de sus hábitos de pensamiento.

En el caso de los que no mantienen un alto grado de alerta o ninguno, la forma mental, el modo de interpretar la realidad, la capacidad de discernimiento está completamente condicionada por el pensamiento gramsciano, (ese método demoníaco que entrena a los propagandistas para llamar verosimilmente bueno a lo malo y viceversa). Su eficacia en la praxis revolucionaria es indiscutible y ha resultado extraordinariamente instrumental para la formulación y divulgación de las diversas consignas de las también diversas “teologías de la liberación” que andan por ahí. Podemos decir sin exagerar que periodistas o comunicadores son hoy irremediablemente instrumentos del engaño, la confusión o la distorsión ideológica, es decir, lo contrario de lo que es su vocación y espíritu profesional les manda ser. De transmisores de la verdad, o al menos de observadores calificados de los hechos que deben transmitir bajo cierta óptica subjetiva pero honesta, los periodistas o comunicadores, como se dice ahora, se convierten muchas veces involuntariamente en agentes de desinformación y subversión cultural, agentes voluntarios o involuntario de una verdadera guerra semántica.

Los medios al servicio de sí mismos.

Todos los que estamos aquí tenemos en claro que el mundo va en camino hacia un orden político universal –si Dios no dispone lo contrario- promovido por élites financieras e ideológicas que apuntan a la preparación de un gobierno mundial. El más extraordinario instrumento para la aplicación de este plan sostenido durante décadas y quizás siglos es el poder de los medios, con una importancia creciente. Los medios son a la vez una fuente de ingresos, un negocio multimillonario que tiene por objeto el lucro, y que se sirve a sí mismo, y obtienen ese lucro promoviendo esa desinformación y subversión cultural y moral. No niego que haya medios que van a pérdida por razones ideológicas, pero en su conjunto, la estructura globalmente hablando, moviliza miles de millones. El saldo global está muy lejos del rojo financiero. Esto hace que, paradójicamente, los medios se conviertan en “fines”.

Por definición, un medio es instrumental a un fin. Los medios de comunicación no son ya instrumentos de transmisión de la verdad de la información de hechos verdaderos sino formadores de mentes (¿dementes?) conforme hábitos de pensamiento y valores morales opuestos a la tradición occidental y por supuesto católica. Ya no se respeta el principio de no contradicción. Ya no interesa el decálogo. Están en otra cosa que más bien se orienta a la destrucción de los principios evidentes del bien pensar y de la moral natural, cuanto más aún la cristiana. Obviamente de la Revelación, la realeza social de Jesucristo, el orden social cristiano son ideas combatidas con pleno éxito en la sociedad de masas. Ya no es siquiera necesario hablar de ellas.

Pero finalmente han pretendido utilizar a la Iglesia -con toda su poderosa influencia- como uno de los instrumentos de establecimiento de este orden globalizado. Por eso hoy en día muchos clérigos “bienpensantes” de acuerdo a las normas de lo políticamente correcto tienen tanta prensa. Por eso los más enconados enemigos de la Iglesia tienen siempre espacio para curas apóstatas, para propagadores de las doctrinas heterodoxas desde el seno mismo de la Iglesia. Ellos tienen siempre un lugar disponible, están abonados. No es necesario mencionar nombres, porque Uds. bien los saben: monseñores, voceros, algunos ex clérigos amancebados que sin embargo siguen ostentando el título de teólogos y de católicos “disidentes” tienen abono permanente allí donde ellos quieran. Y cuanto más enemigos, mayos centimetraje o minutos de aire a su disposición.

Y esta es esta forma de docencia social de los medios instrumentalizando al clero, docencia que no es denunciada ni repelida desde las parroquias, las casas religiosas ni las sedes episcopales. Por el contrario, en general de esta influencia se nutren los que deberían ser maestros de la fe, formadores sacerdotales y religiosos y pastores de almas. Se convencen de que “ahora las cosas son así” (con ese grado de pobreza intelectual y doctrinal, con ese grado de carencia del sentido de la Fe) o le temen y por lo tanto cuando hablan buscan no contrariar lo que se opina en el mundo de los medios, que más que opinión es dogma. El dogma progresista ha reemplazado al dogma católico y los católicos con aires de libertad de pensamiento, han adherido al dogma progresista. “Quien busca salvar su vida, la perderá”, dice Nuestro Señor.

Medios católicos

Ahora bien, ¿qué pasa con los medios católicos? Los papas, desde León XIII por lo menos, pero especialmente San Pío X con su famoso texto “en vano construiréis iglesias…si no tenéis a mano la herramienta defensiva y ofensiva de la prensa católica”, o aquel otro “más vale un diario católico que seis predicadores” siempre han tenido en alta estima la propagación de la Fe usando todos los recursos lícitos. La Iglesia le ha dado una enorme importancia a los medios de prensa como forma de apostolado, como arma defensiva y ofensiva, doctrinalmente y políticamente hablando. Pensemos en los tiempos modernos y contemporáneos en santos como Don Bosco o Maximiliano Kolbe. Cientos de editoriales católicas, publicaciones periódicas… Todos los que estamos aquí somos deudores intelectuales de algún medio de prensa católico, estoy seguro. Debemos algún esclarecimiento o alguna revelación que ha sostenido e inclusive fundamentado nuestra fe al trabajo de un editor, periodista, ensayista. Quien no debe algo al P. Castellani o al P. Meinvielle, por mencionar solo dos próceres del apostolado católico de los medios en la Argentina. Y cuántos más podríamos mencionar.

Hoy en día la inmensa mayoría de la prensa católica se ha pasado con armas y bagajes al campo del enemigo. O al menos busca situarse en un terreno neutral, que es lo mismo. Es prensa de efemérides y noticias parroquiales o sirve a grupos de poder interno dentro de la estructura eclesial. Es una prensa que predica contra el magisterio, aprovechando los huecos dialécticos del magisterio postconciliar.

Ahora bien en el contexto de un magisterio episcopal y aún pontificio más acomodado al decir moderno, al tono opinante, llano, sin formulas categóricas, elíptico, generosamente concesivo de los documentos y discursos a la terminología ambigua, ¿qué prensa católica puede sostenerse? ¿Es extraño que se promueva la teología de la liberación o cualesquiera otros errores doctrinales o morales si cuando se recurre a la máxima autoridad magisterial las respuestas no resultan muchas veces claras y categóricas sino elípticas, en términos conciliatorios o también –esto es otro de los puntos en los que nos vemos empantanados con frecuencia- sostenido en bases argumentativas endebles. Me pregunto, ¿tiene razón de ser que un obispo fundamente la condena de vicios morales en argumentos como el siguiente: “van en contra de la dignidad humana”, sin hacer mención de que la causa primera de la malicia moral radica en que van contra la ley de Dios y el orden por él dispuesto? Así, al oído de la gente, de los católicos, la dignidad humana pasa a tener más importancia que la ley de Dios. Inclusive se olvida que la dignidad humana tiene su fundamento en el privilegio que Dios otorgó al hombre al “hacerlo a su imagen y semejanza” dejándole la posibilidad de elegir libremente el bien, pero que se pierde cuando este elige el mal.

Así pues, la prensa católica, abundantísima, tanto en soporte papel, como radial, televisiva o en Internet, profesional, semiprofesional, parroquial, oficial u oficiosa, independiente, en fin, de todo color y características, es mayormente un conglomerado de opiniones contrapuestas o contrarias en muchos casos, mayoritariamente confusas y en muchos casos heterodoxas. Al haberse debilitado la autoridad del Magisterio por razones extrínsecas o intrínsecas, la apologética pierde su faro de referencia y se vuelve deliberativa, subjetiva, reacia a cualquier forma de autoridad. En definitiva, triunfa el libre examen no solo de las Escrituras sino del Magisterio. No solo en los sectores progresistas, sino, en cierto modo, en los conservadores y hasta en los tradicionalistas.

Están los que dan por fundada la Iglesia en 1965, los que creen que las verdades de fe se deben adaptar a los tiempos, los que niegan legitimidad a los últimos 1700 años de Iglesia (y reinventan la historia de los primeros 300) y -la lista es numerosa- los que se anticipan a lo que sucederá inexorablemente según su criterio: el Papa renunciará a ser Vicario de Cristo y Doctor Universal de la Iglesia y esta se convertirá en un conjunto de comunidades independientes unidas por carismas comunes, libre y directamente inspiradas tanto en la doctrina como en el culto y la moral.

Por lo tanto, como va a suceder, se anticipan y comienzan a acelerar el devenir inexorable de la historia.

El problema de los medios católicos excede largamente la corriente de la Teología de la Liberación. Radica en la confusión doctrinal y en la debilidad asertiva y argumentativa de muchos documentos magisteriales. Parece que se ha dejado en el olvido el mandato de enseñar sin ambigüedades, con las formas categóricas propias de quien ostenta la autoridad de Verbo Divino y el tesoro de la Revelación. Se plantea una búsqueda de lo que ya tenemos, un “caminar hacia” donde ya estamos. Y un diálogo que se funda en el supuesto de que fuera de la Iglesia hay verdades que no existen dentro de ella… Inclusive se cuestiona la naturaleza misma de la Iglesia, su esencia, su jerarquía y su identidad doctrinal, su herencia cultual y su potestad disciplinaria. Privilegios propios de la Iglesia Católica, entregados por su fundador, Cristo, a su Vicario y sucesores, que lo son de toda la Iglesia de todos los tiempos y en todos los lugares.

Que puede hacer la prensa católica ante tales circunstancias. Tan simple de enunciar como ardua de realizar es la respuesta. Atenerse a lo seguro. A lo que la Iglesia ha creído siempre, por todos y en todas partes. Ante lo dudoso, ir a lo indiscutible. Esto supone ponerse buena parte de la jerarquía en contra. Sin duda. Pero solo con este resguardo doctrinal el polemista, comunicador, periodista católico podrá ser fiel a su misión.

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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