Panorama Católico

Por el Amor

“Todo procede del amor, todo está ordenado a la salvación del hombre, Dios no hace nada que no sea con este fin”.
Santa Catalina de Siena

“Sin cruces ni dolor, no se vive en el amor”
Kempis (Imitación de Cristo III 5, 7)

“Todo procede del amor, todo está ordenado a la salvación del hombre, Dios no hace nada que no sea con este fin”.
Santa Catalina de Siena

“Sin cruces ni dolor, no se vive en el amor”
Kempis (Imitación de Cristo III 5, 7)

“Sólo amando se puede ser profundamente cristiano y profundamente teólogo. Porque el amor agudiza el ojo del espíritu. El que ama necesita conocer… el que ama ve en el objeto amado cosas que no ven los otros. El amor nos descubre la hermosura y la dulzura del objeto amado. Pero, sobre todo, el amor nos hace semejantes a Dios, porque el amor cristiano es amor sobrenatural”
P. Juan Carlos Ruta (La teología, presencia de la fe en la cultura)

“…pero el conocimiento llena de orgullo, mientras que el amor edifica”
1 Cor. VIII 1

“Cristo me amó y se entregó por mí”
Gal. II, 20

Lo sublime de este film es ser capaz de transmitir lo inefable del amor, y sin necesidad de la retórica sino a través del detalle. El amor presente en todo el film, un amor implacable y que de tanto que golpea a Satán, lo lleva a un odio si remedio. Amor del que se entrega por nosotros… amor del hijo por la madre y de la madre por el hijo… amor de discípulo, pese a la negación… amor de compasión, de quien enjuga el rostro escarnecido. Donde hay amor, hay dolor… donde el amor es supremo, el dolor parece infinito. Construcción sabia, combinación de imágenes en movimiento, sonidos, música que embarga una aprehensión indudable de sentimientos que reconocemos como propios. Miradas, rostros, silencios, que, breves, lo dicen todo, por contraste con el caos y lo exasperante de las terribles circunstancias. El contraste no está usado como un recurso bajo, ni los caracteres son exagerados. Nada es forzado, lo certero de cada personaje, la ubicuidad de cada objeto, están impregnados por el amor. “El arte afecta al hombre – dice acertadamente un Maritain todavía lúcido en “La responsabilidad del artista”- mediante dos armas terribles, la intuición y la belleza, y le llega a la raíz de todas sus energías, intelecto y voluntad, imaginación, emoción, pasiones, instintos y oscuras tendencias. La cuestión está, como dijo León Bloy, en no golpear por debajo del corazón”. Y vaya si consigue esta película golpear justo en el corazón. Lo que Mel Gibson buscó en “Corazón valiente”, encontró al fin, tras corregir el rumbo y con la humildad del aprendiz que no claudica, llegar al Corazón sagrado. Todo por el amor de Dios, que ordena todo para nuestra salvación y, en un momento impensado, cuando la Iglesia modernista claudica y el “arte” y la cultura son el caballo de Troya del sincretismo indiferentista y el envilecimiento anti-católico, en este momento nos da este film que es como una espada, una espada que es, según San Pablo, la Palabra de Dios. Pero también es esa espada que pertenece a la Santísima Virgen, “pertransivit gladius”, la Corredentora que, como nunca se ha visto, cobra protagonismo permanente a lo largo de toda la Pasión, para aparecer, en su último, bellísimo plano, con el Redentor entre sus brazos, en unión dolorosa y amorosa, para siempre. “Apesadumbrada, silenciosa y serena”, como define Castellani a “la Pietá” de Miguel Angel, en quien inequívocamente pensamos.

Según León Bloy, “el dolor es la misma esencia de la vida moral. El amor se reconoce por esta señal y cuando esta señal falta, el amor es sólo una prostitución de la fuerza o de la belleza. Digo que alguien me ama cuando este alguien acepta sufrir por uno o para mí. De lo contrario ese alguien que pretende amarme sólo es un usurero sentimental que quiere instalar su vil negocio en mi corazón” (El dolor). “La más segura prueba de amor consiste en sufrir por el amado”, decía el Padre Pío de Pietrelcina. La más segura prueba de amor por Cristo (que nos amó primero a nosotros) consiste en aceptar voluntariamente los sufrimientos. Esta película nos muestra ese amor inefable a través del sufrimiento de Cristo. Haberlo suprimido o morigerado hubiese sido falsear las cosas para complacer a este mundo.

CON LA CRUZ

“Fuera de la Cruz no hay otra escala por donde subir al cielo”
Santa Rosa de Lima

“En la cruz está la vida y el consuelo
y ella sola es el camino para el cielo”
Santa Teresa de Jesús

“Y sólo la cruz enciende el amor de Dios, como la leña el fuego”
San Luis María Grignion de Montfort

“Imaginando a Cristo N.S. delante y puesto en cruz, hacer un coloquio, cómo de Creador ha venido a hacerse hombre, y de vida eterna a muerte temporal, y así a morir por mis pecados. Otro tanto mirando a sí mismo, lo que he hecho por Cristo, lo que hago por Cristo, lo que debo hacer por Cristo, y así viéndole tal, y así colgado en la cruz, discurrir por lo que se ofreciere”
San Ignacio de Loyola (E.53 – contemplaciones de la Primera Semana)

Esta fijeza que pide San Ignacio, este tener “a Cristo N.S. delante y puesto en cruz”, no puede proporcionárnosla el film, ya que el cine es imagen en movimiento. Pero esa demanda nos es suscitada de suyo por el film, y la imaginación ayudada y levantada de tal manera que esa contemplación pedida surja desde y a partir del film, de manera que el recuerdo de esas imágenes bellas y dolorosas, que aún nos impresionan, cumplan su cometido.

Por otra parte, ¿podemos, después de haber presenciado esta representación de la agonía de Nuestro Señor en la cruz, seguir mirando una cruz de la misma desentendida manera? ¿Podemos persignarnos en gesto veloz y automático, cuando hemos presenciado lo que la Cruz nos significa? ¿Somos capaces de salir del cine sin entender que el olvido nos pierde y que debemos recordar y revivir, y que la forma más exacta de hacerlo es el Santo Sacrificio de la Misa? Dice Nuestro Señor, por medio de San Pío de Pietrelcina: “Casi todos vienen a mí para que les alivie la Cruz… son muy pocos los que se me acercan para que les enseñe a llevarla”.

Y no se trata sólo de volver a ese Sacrificio, sino también de aprender a llevar nuestra cruz, aceptándola y hasta amándola, abrazándola como Cristo, en un gesto que es locura para este mundo, como lo fue entonces. En este film, cuando Cristo en la última cena dice a los apóstoles que no tengan miedo, porque habrán de sufrir persecución, lo hace mirando hacia nosotros, (es decir, el director decide que mire a cámara), a cada uno de nosotros. Sabio detalle para que no queden dudas, para reafirmar que Cristo sigue hablándonos y asistiéndonos hoy mismo a cada uno de nosotros en particular.

Por otra parte, esta mostración de la cruz vuelve a ser escándalo y no ya algo vaciado de sentido: “No se debe traficar, no se debe alterar el cristianismo. No se debe exasperarlo con persistir en un puesto equivocado, sino vigilar sólo que siga siendo lo que era: escándalo para los judíos, locura para los griegos. Y no una tontería cualquiera de la que ni los judíos ni los griegos se escandalicen, sino del que se sonríen y se irritan por el hecho de que se lo defiende” (Kierkegaard, Diario).

VOLVER A DIOS

“El mundo en su estado presente, la vida entera están enfermos. Si yo fuera médico y me pidiesen un consejo, respondería: hagan silencio, hagan callar a los hombres. La palabra de Dios no puede ser oída así. Y si, recurriendo a medios brillantes, se lograse gritar con una fuerza tal como para llegar a ser oído aún en medio del ruido, ya no sería la palabra de Dios. ¡Por tanto, hagan silencio!”
Sá¶ren Kierkegaard

Este film no nos proporciona el silencio -no tiene por qué hacerlo-, pero sí nos calla, para, tras su visión, reconducirnos a él. Nos calla del mundo, nos sumerge en nuestras propias miserias, en nuestra gratitud que no se manifiesta en cada segundo de nuestra vida, en las preguntas que se nos hacen y a las que inexorablemente deberemos responder. En la oscuridad de la sala, a solas -aunque sabiéndonos acompañados-, en silencio, recibimos un idioma que no es el propio y nos sumergimos en esas imágenes elocuentes y sugestivas a la vez que nos hacen callar para no alienarnos ni embrutecernos, en un olvido de sí que tiene el más alto propósito: contemplar el misterio de la Pasión y Muerte de Nuestro Señor para arrebatarnos momentáneamente de eso a que nos aferramos: nuestro propio yo, infatigable demandante que se vuelve omnipresente para ahogar en nosotros la presencia soberana de Dios.

Ver encenderse las luces del cine y -aún sumidos en la emoción- saber de tantos espectadores que habitualmente huyen al primer título de crédito, quedarse cabizbajos, ensimismados, silenciosos, es una pequeña señal. Por supuesto que para que el árbol dé frutos, cabe a cada uno su tarea. Para no confundirse: “El amor no consiste en sentir grandes cosas, sino en tener grande desnudez y padecer por el Amado” (San Juan de la Cruz, Avisos espirituales).

En el silencio habla Dios, y ¿en qué lugar encuentra el hombre hoy silencio? En esta ciudad, lo primero en que pensamos son las iglesias, pero dada la situación actual, ni eso ya nos ofrecen nuestros queridos templos: desde la feligresía que charla sin culpa de lo que dicen los noticieros hasta templos donde se suministra música funcional (sacra, por ahora) para “aclimatación” de aquellos fieles que, habituados al ruido constante, no se extrañen ni turben ante el silencio, esto claro, en los breves horarios en que resulta posible acceder a los mismos. No obstante, sigue siendo la iglesia, y las iglesias de la tradición, fundamentalmente, el lugar por excelencia donde el hombre busca ese silencio que el mundo le roba cada vez más. El film comienza, precisamente, con Cristo apartado, en el silencio de la noche, y en oración. Extraordinaria esta escena de oración en el silencio, oración que, llevada a un estado permanente, Nuestro Señor elevará al Padre aún cuando el silencio sea destruído por las caóticas multitudes y las tremendas circunstancias que supondrán su Pasión. El silencio estará en Cristo y será a veces la voz elocuente de Dios, incomprendida y rechazada, no escuchada.

Asimismo, se pueden decir dos cosas más acerca de esta primera escena de la oración en el huerto de Getsemaní. Por un lado, es un resumen de la diaria vicisitud o actitud del cristiano: lucha del espíritu, rechazo de la voluntad de Dios con nuestro miedo y nuestra impaciencia, finalmente, tras la tentación, el ponerse en sus manos, “hágase Tu voluntad”. Una vez hecho esto, vendrá su Gracia para ayudarnos a llevar nuestra cruz. Pero antes debemos pedirla. Caemos, sí, pero El nos levanta. Y así cada nuevo día.

En segundo lugar, esta primera escena, se nos muestra algo “enrarecida”, con toda la densidad diegética de un film de terror. Empieza in media re porque sabemos lo que viene, pero eso que alguien podría confundir con el suspenso en cine, es en realidad la búsqueda del director de querer transmitir una angustia fuera de nuestro alcance, de carácter sobrenatural y que basa su relación en la infinitud. Es la infinitud en sí misma que se angustia. Por eso no lo comprenden los apóstoles, ante las lágrimas de sangre y el agotamiento físico de Cristo. Es inexpresable. Mel Gibson no se saca la escena de encima enseguida, la hace debidamente extensa y terrible. Ominosa, por momentos terrorífica, esperanzadora.

“De la finitud puede aprenderse mucho, pero no a angustiarse, si no es en un sentido muy mísero y pernicioso. Quien, por el contrario, ha aprendido en verdad a tener angustia, puede empezar el baile cuando empiezan a sonar las angustias de la finitud, y los discípulos de la finitud pierden la razón y el ánimo” (S. Kierkegaard, El concepto de la angustia).

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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